La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 14 de marzo de 2019

CRUZAR LA PUERTA DEL MUTISMO, por Consuelo Jiménez












No sabía si reír o llorar,

los verdes y azules de la lámpara

tocaban de soslayo en mi hombro,

la música acariciaba la luz,

era la culpa quién secuestraba el llanto y la risa.

El pensamiento estúpido se revolvía en mis tripas,

ansiosas de vomitar escamas del bien y del mal.

Sucedió que al abrirse una de las puertas de la sala,

ya no hubo vuelta atrás,

y con la venia del soberano silencio,

a borbotones afloraron mis versos, 

esos versos tan tuyos, tan míos

que se pliegan ante la curiosidad de los otros.

Nadie los sabe leer,

ni tan siquiera adivinarlos.

Mañana regresarás conmigo 
mientras me tomo despacito un té,

y el día se cae del calendario.


miércoles, 6 de febrero de 2019

Fallo del Certamen de Relato Breve "enHebra Guadix"




El Jurado del Certamen de Relato Breve "enHebra Guadix" formado por:


JOSEFINA MARTOS PEREGRÍN (Escritora).

PEDRO MARTÍNEZ DOMENE (Escritor).


Proceden al fallo del mismo.

Una vez leídos los trabajos y realizadas las deliberaciones oportunas, el jurado decide por unanimidad otorgar los siguientes premios:

1º Premio: 

El peso de las sombras, de Agustín García Aguado.

2º Premio: 

¿Creer es saber?, de Paz Fanlo.

3º Premio:


El rápido de las 19:35, de Javier León Surribes.



RELATOS SELECCIONADOS: 


¡Bajad, malditos! de Manuel Fernando Estévez Goytre.

Futuro imperfecto, de Francisco José Segovia Ramos.
Viajes de ida y vuelta, de Rubén Sancho.

La tribulación del asistente personal, de José A. Gago

Mirar sin ver, de Nieves Soria.

La fuerza del arte, de Emilia G. Castro.

El accidente, de Manuel Coterón.

Una Nochebuena en Alepo, de Francisco Juan Barata Bausach.

Camino de sombras, de Alfons Ruano Cruz.

El manto de Afrodita, de Jordi Manau Trullàs.

El viejo creador, de Tomás Sanchez Rubio.

La partida de ajedrez, de Pedro José Biedma Pineda.


                                 En Guadix, a 6 de febrero de 2019.


lunes, 14 de enero de 2019

HEBRA. Revista Literaria.Nº 7, enero 2019


ISSN 2605-0854



SUMARIO



JURADO: 


Soledad Zurera López (Poeta y Profesora de literatura jubilada)


POESÍA: 








PROSA POÉTICA: 







RELATOS:




















RETRATO DE CIUDAD, por Lourdes Páez Morales




Era solo un punto en la lejanía… Ya solo era eso. Solo un insignificante punto en el horizonte.
Eva se sentó en el bordillo de la acera. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse, y, aunque los faros de los coches pasaban a la altura de sus ojos, cegándola, permaneció así, inmóvil, perpleja, hundida, sentada en aquella acera de la calle en que se habían despedido para siempre. Por su mente paseaban recuerdos confusos, inconexos, hirientes, de los momentos felices que habían vivido. Heridas cerradas, sanadas, cicatrizadas, volvían a abrirse con ese ya último, definitivo, no retornable adiós. Miraba los rostros de quienes pasaban junto a ella: deformes, hirientes, mezquinos, interrogantes… Odio, desesperanza, desengaño. Quería morir en aquel instante. Las luces se multiplicaban en sus pupilas por efecto de las lágrimas, caleidoscopios de su dolor.
Un insignificante e incoherente punto, después de tantos puntos suspensivos… Después de tanto amor, de tanto amar, de tanto esperar amor y olvidar amar.
Eva pensó en las noches mirando la luz del móvil. Mirando la no respuesta. La odiosa, aborrecible, detestable doble uve azul como única señal de contestación. Recordó sus mañanas de cafés en sesión continua, y los fondos de las copas;y las asquerosas, repulsivas, sucias manos de quienes no sentían el más mínimo respeto por ella.
Imaginó su vida caminando por la cuerda floja. Se vio sin red,y sin alambre. Se vio cayendo al vacío. Entonces sintió pena de sí misma. Y se río de la gente que pasaba a su lado. Insultó a los conductores, y a los motociclistas, y luego insultó a su propia existencia.
Se levantó y pensó que ella, al fin y al cabo, estaba viva.
Él era ya un insignificante, anodino e inapreciable punto en la lejanía… Ya solo un punto y final.



CAMINANDO, por Isabel Pérez Aranda.





Era sólo un punto en la lejanía..., caminaba decidida a completar la ruta, y aunque el recorrido estaba marcado, había tramos en los que perdía un poco la orientación, era tal el silencio que ni los pájaros, ni  la brisa del aire pareciesen existir en aquel paraje, simplemente la contemplación me estimulaba a seguir, aún a sabiendas de estar entrando en terreno infranqueable y donde la maleza se sentía cómoda.
Llevada por un ímpetu hasta entonces desconocido para mi, continué ensimismada por las pequeñas cosas que encontraba a los lados del camino, la similitud herbácea me llevaba hacia otras tierras, con la diferencia de la exuberancia de estas en particular, como si aquí, se hubiese acumulado su verdadera salvia y emanase de manera que ninguna se quedase sin su porcentaje nutricional. Lo abrupto del pedregal me animaba, pues siempre he sentido cierta sensibilidad por las piedras, hay algo en ellas que me desmonta, a veces siento la necesidad imperante de saber que al tocarlas pueda percibir todas las existencias, su devenir desde el inicio hasta el lugar que ocupan ahora mismo, es en este sendero, donde agudizo esa percepción, como si fueran seres animados, las miro, las acerco, las acojo en mis manos y las vuelvo a dejar en su morada, pero no todas,  a veces es inquietante no entender, sigo caminando acompasando la respiración y el movimiento ligero de los brazos, el sol irrumpe con su fuerza se siglos, mi cuerpo comienza a buscar con mayor necesidad las sombras, sigo y descubro un matorral que parece por fin el camino, me intriga, es demasiado fácil, hago intención de apartar las primeras capas de maleza, no es fácil, hay una maraña de espino que quitar a manos limpias no me seduce nada, y aun así bajándome las mangas del jersey lo vuelvo a intentar, es una cueva, o al menos eso parece, el olor es salvaje, húmedo y salino, no se aprecia el fondo, el suelo está cubierto por una especie de manto viscoso pero a la vez petrificado, estoy sola, no debería adentrarme, pero mi curiosidad es más fuerte, ya he tomado la decisión, seguiré a delante, no se ve absolutamente nada, intento alumbrar con el móvil, solo hay oscuridad, ni siquiera un resquicio de luz que anuncie un final, es más grande de lo que hubiese imaginado, y pienso que he de dejar un rastro como hizo Pulgarcito, en este caso aprendida la lección no dejare migas de pan, primero porque no llevo, aunque dudo que alguien o algo se las comiera, a no ser que esta cueva este habitada por algún ser que yo desconozco, en fin, que dejare piedrecitas que he ido acumulando en mis bolsillos en ese afán de atrapar su energía. Empiezo a estar un poco cansada, necesito tumbarme, y no hay donde, es todo demasiado lúgubre, casi estoy dudando, casi decido dar la vuelta, en ese instante mis pupilas se enfocan, afinan la visión, solo era un punto en la lejanía, si, pero suficiente para no desfallecer. 





ERA SÓLO UN PUNTO EN LA LEJANÍA, por Isabel Rezmo.




Era solo un punto en la lejanía,
el ábside congénito de una mordedura
intentando esquivar los labios.

Era solo los puntos suspensivos de una idea
vagando uniforme por el lecho de una bisagra.

Intentaba ser  sueño,
pequeño  sentido declarado a la consumación
del tiempo,  tragando  monedas,
evitando ser la asfixia arrepentida de una lágrima.

Intentaba ser la serenidad de la anciana remendando
en su fuero interno,  los años que pasan y no vuelven.

Era solo un paisaje diluido en la inmediata puerta,
de una jardín prohibido.

UNA HISTORIA, por Tomás Sánchez Rubio.




            Era solo un punto en la lejanía. El sol, al atardecer, se volvió rojizo manchando de ámbar y de violeta los jirones de nubes que encontraba en su declinar. Luis caminaba por la fría arena en uno de sus acostumbrados paseos por la playa; una playa vacía en un martes cualquiera de otoño. Se había convertido en parte de su rutina diaria desde que, dejando tantas cosas atrás, se instaló en aquel pueblo junto al mar.
            El punto que había contemplado en la distancia comenzaba a concretarse como una persona que caminaba en sentido opuesto al suyo, a su encuentro. Los dos marchaban a un paso parecido, ambos descalzos, con las manos atrás... Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Luis distinguió a un hombre que se detenía de vez en cuando para mirar las olas como él mismo solía hacer en sus paseos vespertinos. Tenía una edad parecida a la suya, a pesar de que aparentaba ser bastante mayor. Ya a su lado, vio que le sonreía con un gesto cansado y lo miraba fijamente a los ojos. Pensó que iba simplemente a saludarle, como es lo propio entre dos caminantes solitarios que se encuentran en un paraje deshabitado. Sin embargo, se paró de pronto frente a él y comenzó a hablarle:
—Hola, Luis, ¿qué tal?
Mientras Luis, sorprendido, escrutaba su rostro para intentar reconocerlo sin éxito, el desconocido siguió en un tono neutro, sin entusiasmo, sin tristeza, con voz clara y firme:
—Debes volver. Te he acompañado demasiado tiempo... La primera vez que nos encontramos fue aquella tarde lluviosa de abril, cuando tus padres hicieron que te sentaras frente a ellos en la sala de estar para decirte que iban a separarse. También era yo quien te tenía cogido del brazo una fría mañana de diciembre en el entierro de tu padre tras más de dos años sin hablarle, mientras tu hermana te miraba sin reproche, pero con pena. Ese día te despediste de ella con prisas y sin mirarla a la cara. Te acompañé, pasados unos años, cuando llevasteis, ante tu insistencia, a vuestra madre a aquella residencia un domingo por la tarde; igualmente yo estaba allí cuando ibas a visitarla cada dos semanas. Os escuchaba charlar brevemente de la comida, del tiempo, de sus vecinos... Yo iba a tu lado en el coche cuando volvías serio tras cada una de aquellas visitas.
Sé que notaste más que nunca mi presencia aquel día que decidiste, con un nudo en la garganta, pero simulando resolución, dejar a tu mujer, tu novia de toda la vida, la que te quería a pesar de tu carácter difícil, la que te esperaba a la puerta de la academia con las manos frías metidas en los bolsillos de ese abrigo barato que tanto te gustaba. No quisiste darle hijos como ella deseaba, pero a pesar de todo seguía amándote...
            Después volviste a alejar de ti, sucesivamente, a todos aquellos que te querían. Aparentemente actuabas por pereza, por temor a la responsabilidad, al compromiso. Mi presencia, sin embargo, se hacía más notable dentro de ti. No te dabas cuenta, pero llegó un momento en que yo pasaba la noche mirándote en tanto dabas vueltas en la cama. Entraba en tu breve y entrecortado sueño y te revolvías inquieto...
            De nada sirve tenerme presente en tu vida, Luis. Es hora de que me vaya. Mi presencia te ha hecho daño, porque lo único que he conseguido es que huyas.

            Se dio la vuelta y, sin despedirse, pasó de largo de Luis y continuó su camino. Luis se dio la vuelta y lo vio alejarse, hasta que se convirtió de nuevo en un punto en la lejanía... Aún no era de noche. Era extraño, como si el tiempo se hubiera detenido...
            Entró confuso en casa. Cogió el móvil. Tras dudar unos instantes, buscó la agenda y marcó aquel número que un día había borrado... Cuando acabó de hablar, hizo la maleta: había decidido volver.