La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de enero de 2019

CAMINANDO, por Isabel Pérez Aranda.





Era sólo un punto en la lejanía..., caminaba decidida a completar la ruta, y aunque el recorrido estaba marcado, había tramos en los que perdía un poco la orientación, era tal el silencio que ni los pájaros, ni  la brisa del aire pareciesen existir en aquel paraje, simplemente la contemplación me estimulaba a seguir, aún a sabiendas de estar entrando en terreno infranqueable y donde la maleza se sentía cómoda.
Llevada por un ímpetu hasta entonces desconocido para mi, continué ensimismada por las pequeñas cosas que encontraba a los lados del camino, la similitud herbácea me llevaba hacia otras tierras, con la diferencia de la exuberancia de estas en particular, como si aquí, se hubiese acumulado su verdadera salvia y emanase de manera que ninguna se quedase sin su porcentaje nutricional. Lo abrupto del pedregal me animaba, pues siempre he sentido cierta sensibilidad por las piedras, hay algo en ellas que me desmonta, a veces siento la necesidad imperante de saber que al tocarlas pueda percibir todas las existencias, su devenir desde el inicio hasta el lugar que ocupan ahora mismo, es en este sendero, donde agudizo esa percepción, como si fueran seres animados, las miro, las acerco, las acojo en mis manos y las vuelvo a dejar en su morada, pero no todas,  a veces es inquietante no entender, sigo caminando acompasando la respiración y el movimiento ligero de los brazos, el sol irrumpe con su fuerza se siglos, mi cuerpo comienza a buscar con mayor necesidad las sombras, sigo y descubro un matorral que parece por fin el camino, me intriga, es demasiado fácil, hago intención de apartar las primeras capas de maleza, no es fácil, hay una maraña de espino que quitar a manos limpias no me seduce nada, y aun así bajándome las mangas del jersey lo vuelvo a intentar, es una cueva, o al menos eso parece, el olor es salvaje, húmedo y salino, no se aprecia el fondo, el suelo está cubierto por una especie de manto viscoso pero a la vez petrificado, estoy sola, no debería adentrarme, pero mi curiosidad es más fuerte, ya he tomado la decisión, seguiré a delante, no se ve absolutamente nada, intento alumbrar con el móvil, solo hay oscuridad, ni siquiera un resquicio de luz que anuncie un final, es más grande de lo que hubiese imaginado, y pienso que he de dejar un rastro como hizo Pulgarcito, en este caso aprendida la lección no dejare migas de pan, primero porque no llevo, aunque dudo que alguien o algo se las comiera, a no ser que esta cueva este habitada por algún ser que yo desconozco, en fin, que dejare piedrecitas que he ido acumulando en mis bolsillos en ese afán de atrapar su energía. Empiezo a estar un poco cansada, necesito tumbarme, y no hay donde, es todo demasiado lúgubre, casi estoy dudando, casi decido dar la vuelta, en ese instante mis pupilas se enfocan, afinan la visión, solo era un punto en la lejanía, si, pero suficiente para no desfallecer. 





1 comentario:

  1. Muy bueno Isabel. Espero que sea sólo fruto de tu imaginación y no andes sola por ahí, aunque sea emocionante!!! Me gusta mucho!!����

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