La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 12 de agosto de 2025

La semilla de Aurelia, por Manuel Recuero Gutiérrez.

 


Aurelia nunca quiso marcharse. Ni cuando sus hijos se fueron a la ciudad, ni cuando el médico le dijo que aquel invierno no sería fácil para los pulmones, ni cuando le ofrecieron vender la finca para hacer un camping rural. “Esta tierra me ha dado todo”, decía. “Yo sólo intento devolverle un poco”.

En su cortijo, escondido entre Fonelas y Belerda, Aurelia vivía tranquila. Tenía almendros, unas parras que daban sombra al verano y un huerto que cuidaba como quien riega los recuerdos. Por las mañanas, hablaba con las gallinas y horneaba pan, sin prisa, como enseñaron los de antes.

Cuando tenía tiempo, que era casi siempre, preparaba tarros de mermelada de higo, bizcochos de sémola con anís, y un aceite con laurel que curaba hasta las penas.

La gente la conocía de la feria comarcal. Siempre tenía el puesto más bonito: mantel bordado, flores frescas y un cuenco con almendras garrapiñadas para quien pasara. No vendía mucho, pero tampoco le importaba.

—Yo no vendo. Yo comparto —decía.

Un día, sin avisar, dejó de ir.

Fue Marta, una joven de Guadix que gestionaba una iniciativa de productos locales, quien subió a verla. La encontró bien, pero más delgada. Le había fallado una pierna y no podía andar bien. Aurelia le sonrió desde el porche:

—La tierra no necesita correr. Yo tampoco.

Pasaron la tarde hablando. Marta le preguntó por recetas, por plantas, por cómo distinguir un buen aceite sólo por el olor.

 

Antes de irse, Aurelia le entregó una pequeña bolsa de tela.

—Toma. Son semillas de tomate de colgar. De las de antes. Si las plantas con luna creciente, y las riegas cantando, dan frutos dulces hasta en noviembre. Pero ojo: si las plantas con prisa, se amargan.

Marta rió. Pero las sembró.

Ese verano fue el más seco en años. A muchos no les cuajó la cosecha. Pero en el pequeño bancal de Marta, en la huerta comunitaria que acababan de arrancar en Guadix, los tomates crecieron como si supieran que estaban en peligro de extinción. Rojos, firmes, dulces como cerezas.

Algunos se rieron: “Milagro de Aurelia”, decían. Pero otros empezaron a preguntar. ¿Qué más sabía aquella mujer? ¿Qué otras semillas tenía guardadas?

Marta volvió a visitarla. Esta vez no pidió permiso. Trajo una cesta con sus tomates, pan de horno de Darro y queso de cabra curado de Albuñán. Comieron juntas bajo la parra. Aurelia, emocionada, le confesó que guardaba un arcón con más de cincuenta variedades de semillas de la comarca. Judías pintas, garbanzos de secano, trigo recio, calabaza blanca, incluso lentejas que ya nadie cultivaba.

—Todo esto es Guadix —le dijo—. Pero la tierra sin gente que la quiera no da nada.

Así nació el proyecto “Semillas con nombre”. Marta lo lanzó con ayuda del ayuntamiento y los agricultores de la zona. El objetivo era sencillo: recuperar las variedades tradicionales de la comarca, cuidarlas y compartirlas. Cada sobre de semillas llevaba no solo el nombre de la planta, sino también el de la persona que la había cuidado. “Tomate Aurelia”, “Garbanzos de Paco el de Hernán-Valle”, “Calabaza Lola de Exfiliana”.

Se ofrecían en ferias, colegios, talleres. La gente volvió a sembrar. En terrazas, en huertos, en campos abandonados. Y con cada planta, se recuperaba una historia.

En un año, Guadix Natural dejó de ser solo una marca. Se convirtió en una red de personas que cultivaban memoria. Panaderos que volvían a usar trigo viejo. Queseros que apostaban por leche de cabra payoya. Agricultores que dejaban descansar la tierra como les enseñaron sus abuelos.

Y Aurelia, desde su porche, lo veía todo con ojos tranquilos.

—Ahora sí me puedo ir tranquila —le dijo a Marta una tarde de abril—. Ya he sembrado bastante.

Pero no se fue.

Cada semana, algún niño subía a visitarla con una planta en la mano. Querían saber si la hoja estaba bien, si la flor era buena, si aquello que crecían sabía cómo tenía que saber.

Aurelia miraba, olía, a veces daba un mordisco. Y luego decía:

—Bien hecho. Pero riega con alegría. Si lo haces triste, la tierra lo nota.

Hoy, en cada mercado de la comarca, hay productos con etiquetas que dicen:

“Semilla con nombre. Crecida en Guadix con memoria y cariño.”

Hay gente que viene desde lejos sólo para probar esos tomates, esas mermeladas, ese aceite que no se parece a ningún otro.

Pero los que viven aquí, los que caminan entre los secaderos, las vegas y los almendros, saben que no es sólo el sabor. Es algo más. Es el respeto. La paciencia. El saber que esta tierra no es nuestra, pero nosotros sí somos suyos.

Y si alguna vez pasas por una finca pequeña entre Fonelas y Belerda, y ves a una mujer mayor sentada bajo una parra, no dudes en saludar.

Aurelia quizá no oiga bien. Pero la tierra sí.

El mago de Guadix, por Gloria Arís Díaz.

 


La tarde caía como un manto de azabache sobre los páramos de Guadix, tiñendo las cuevas y barrancos de tonos morados y anaranjados. En medio de ese paisaje lunar, un hombre caminaba con paso tranquilo, su silueta alta y delgada recortada contra el cielo. Llevaba un sombrero de tres picos calado hasta las cejas, del que asomaban mechones de pelo tan blancos como la nieve recién caída. Era el Mago Elías, y su presencia, aunque discreta, era tan intrínseca al valle como el discurrir del río Alhama.

Elías no era un mago de trucos de salón ni de ilusiones baratas. Su magia era la de la tierra, la del agua y la del viento. La gente de Guadix, apegada a sus costumbres y a su mundo rural, lo conocía y lo respetaba. Sabían que, si la sequía apretaba, Elías encontraba el manantial oculto; si las plagas amenazaban las cosechas, susurros ancestrales aliviaban la tierra.

Hoy, sin embargo, el semblante de Elías no mostraba su habitual serenidad. El medio ambiente de Guadix, tan bello y frágil, estaba sufriendo. Las acequias, antaño repletas, ahora apenas murmuraban un hilillo de agua. Los campos, antes verdes y exuberantes de agricultura, se resquebrajaban bajo un sol inclemente. La modernidad, con sus monocultivos intensivos y su sed insaciable, había llegado al valle, prometiendo prosperidad a corto plazo a costa de la sostenibilidad.

La tierra no olvida solía decir Elías a los jóvenes agricultores, aquellos que, seducidos por la promesa de cosechas rápidas, habían abandonado los métodos tradicionales. Exige respeto, atención y paciencia". Pero sus palabras, a menudo, caían en saco roto, ahogadas por el zumbido de los tractores y el tintineo de las monedas.

Se detuvo Elías junto a un viejo olivo centenario, cuyas raíces retorcidas parecían contar historias de siglos. Puso su mano rugosa sobre el tronco nudoso y cerró los ojos. Sintió la sed de la madera, la debilidad de las hojas, la desesperación que emanaba de la tierra reseca. No era solo la falta de lluvia; era la desconexión, la pérdida de la armonía.

Una tarde, mientras el cielo amenazaba tormenta, pero se resistía a soltar una sola gota, Elías convocó a los agricultores más ancianos de la comarca. Se reunieron en la pequeña ermita del pueblo, sus rostros curtidos por el sol y la preocupación.

La solución no está en más pozos ni en más químicos les dijo Elías con voz queda, pero firme. Está en nosotros mismos, en cómo tratamos a nuestra madre, la tierra."

Los ancianos asintieron. Ellos recordaban los tiempos en que las cosechas eran diversas, los suelos ricos y las acequias fluían con alegría. Recordaban la rotación de cultivos, el respeto por el ciclo natural, la sabiduría transmitida de generación en generación.

El Mago Elías desató un antiguo pergamino de su morral, que desplegó con cuidado. Estaba lleno de símbolos y dibujos incomprensibles para la mayoría, pero que los ancianos reconocieron como conocimiento ancestral. Hablaba de la siembra de variedades autóctonas, de la importancia de la biodiversidad, de la gestión comunitaria del agua, de la restauración de los márgenes de los ríos y de la reforestación con árboles nativos.

Debemos volver a mirar a la tierra con otros ojos explicó Elías. No como una máquina de producir, sino como un ser vivo que nos sustenta. Y debemos recordar que cada acción que tomamos tiene una repercusión en todo el ecosistema.

Al principio, hubo escepticismo. Algunos jóvenes se burlaron, llamándolo "el viejo de las supersticiones". Pero la sequía persistía, y las cosechas seguían languideciendo. Poco a poco, la desesperación fue cediendo el paso a la curiosidad.

Uno de los primeros en probar fue Miguel, un joven agricultor que había heredado de su abuelo unas pocas hectáreas. Decidió seguir los consejos de Elías: diversificó sus cultivos, introdujo leguminosas para enriquecer el suelo, y, sobre todo, dejó de usar pesticidas agresivos. Al principio, fue lento, los rendimientos no eran los que esperaba. Pero Elías lo visitaba a menudo, no con palabras de aliento, sino con pequeños gestos: un ungüento para las plantas, un consejo sobre el riego.

Con el tiempo, el suelo de Miguel comenzó a recuperarse. Las abejas regresaron a sus campos, los pájaros anidaban en los árboles que había plantado. Sus cosechas, aunque no tan masivas como las de sus vecinos, eran de una calidad excepcional y, lo más importante, eran sostenibles.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por Guadix. Otros agricultores, viendo los resultados de Miguel, comenzaron a imitarlo. Lentamente, pero con paso firme, el paisaje rural de Guadix empezó a cambiar. Las acequias se limpiaron, se plantaron árboles autóctonos en los lindes de los campos, y la diversidad de cultivos regresó.

Un año después, la lluvia regresó con fuerza. No fue una tormenta devastadora, sino una lluvia suave y constante, que empapó la tierra sedienta. La gente de Guadix salió a celebrar, no solo la lluvia, sino la renovación de la esperanza.

El Mago Elías, con su sombrero de tres picos y su sonrisa enigmática, observaba desde la distancia. Sabía que el camino era largo y que los desafíos continuarían. Pero también sabía que la magia de la tierra, esa que la agricultura ancestral y el mundo rural habían custodiado durante siglos, había vuelto a despertar en el corazón de Guadix. Y esa, pensó, era la magia más poderosa de todas.

Lo que te toca, Rafael Porcel Porcel (Segundo Premio).


 


Tras la tristeza inicial, los bonitos reencuentros y dejar algo la vida pasar,

aquí vuelvo, junto al río y la montaña, lejos de donde vivo, pero en casa.

Fue hace un tiempo, cuando recibí una llamada,

en mi trabajo, en la capital, y la vida se quedó en pausa.

Él, —siempre fuerte, siempre constante—,

el que parecía que iba a ser eterno, al final, no lo fue.

Y aquí estoy de nuevo, pero con un sabor distinto en la boca.

El amargor de los primeros días de duelo,

se ha convertido en apacible nostalgia, que endulza los malos tragos,

con el recuerdo tranquilo y sereno de los buenos momentos pasados.

Se fue cuando se tenía que ir, y en vida hizo lo que tenía que hacer,

o bueno, no todo, pues aquí estoy,

frente a lo único que no dejó bien atado.

Mi campo. Mis raíces. Esto es lo que me ha tocado.

Rodeada de un desierto, entre cerros de esparto y arena,

donde poco nace y la tierra se desprecia.

Sin embargo, —me han dicho—, que también se codicia,

pues el agua, ese bien tan preciado, riega el esplendor de ahora: mis fanegas.

De aquí, mis vecinos dicen que salían los mejores melocotones de la comarca,

sandías grandes como carretas, y tomates, tomates rojos de sabor inmejorable.

Y además, hay una cueva, al fondo, usada como abrigo en la labranza,

como almacén de útiles varios, donde jugaba a esconderme entre aperos y cántaros.

Pero desde hace un año, todo está yermo, vacío,

y nada llena el hueco que él ha dejado.

Cientos de chopos se arriman a los dos costados, parcelas enteras,

las más fértiles, las más enteras, ahora dispuestas en pasarelas,

al gusto de una industria maderera, que sin ser la peor de las que hubiera,

a mí, verlo todo así, me apena.

La cueva, al verla de cerca, me acongoja con su oscuridad.

Ahora me amenaza, más como un agujero en la tierra,

como si a devorar me fuera, pues en realidad no se trató con todo el cuidado que mereciera.

Cuando yo le preguntaba, siempre me decía,

—Algún día, cuando hubiera, cuando los sueños en certezas se convirtieran,

esta tierra brillaría entre la maleza. La cueva será un palacete, haremos una gran fiesta para celebrar entre los amiguetes, y tus hijos y nietos tendrán un lugar del que enorgullecerse.

Me paro, junto a la acequia me siento.

Sobre el único árbol que queda en pie.

Un sauce enorme, de ramas frondosas, cuyas hojas caen lenta e incansablemente,

y que parece llorar la pérdida del que tuvo su cuidado.

Mi mente necesita orden y sosiego,

observar de fuera adentro, para poder decidir.

Pensar, en si resistir o dejar morir,

a esta tierra, labrada por generaciones,

si dejarla a merced de una industria sin cariño ni cuidado,

sin quererla como la quisieron los que antaño aquí se sentaron.

—O cambiar yo—. volver del presente al pasado,

que la nostalgia se convierta en nuevos recuerdos creados.

Mi corazón quiere, mi cerebro me dice no se puede.

Mi vida está en otro lado,

¿cómo voy a volver, si ni siquiera sé utilizar un simple arado?

¿Cuántas vueltas tengo que dar para mantener vivo un legado?

Si en realidad, Él me ha abandonado.

Y aunque haya visitado mil veces este lugar como fiel peregrino,

ahora me siento perdido.

Porque aquí, no era un dónde, era un quién,

y cuando él se ha ido,

entiendo que no amaba tanto el lugar, sino su presencia.

Y de pronto, un pajarillo se posa sobre mi hombro.

Me pía, parece que entiende mi lamento,

yo desde lo más profundo de mi alma, parece que también lo entiendo,

hasta que se va, dejándome un tanto contrariado.

Alzo la vista, y no veo el nido sobre el árbol,

me esfuerzo en seguirlo, hasta que en el interior de la cueva,

encuentro el ponedero de barro.

Ahí están, las jóvenes golondrinas, que como yo,

a pesar de irse, volvieron cada año,

que desde niño, me siguieron con su canto.

En realidad, no quisiera dejar de escucharlo,

pues ellas, el sauce, la propia tierra, también merecen ser amados,

no perecen, aunque el humano se haya marchado,

queda belleza y alma en este campo.

Ahora entiendo lo que él veía. Ahora comprendo lo que me decía,

que no necesitaba grandes lujos ni vivir entre riqueza,

que este era su bien más preciado.

La paz que siento, el tiempo detenido en un anhelo,

el trabajo con las manos que no deja tiempo para el lamento,

quizás es lo que necesito para salir del mundo que no da descanso.

Puede, que poco a poco y con esfuerzo, logre cumplir un sueño.

El suyo, —pero admito—, voy haciendo mío.

Pues como esas golondrinas, que cada año vuelven,

a mí me gustaría seguir regresando,

y como ellas, tener mi refugio de barro.

Espero poder, y que no me equivoque,

tomar la decisión acertada, antes de recibir un último estoque,

y no abandonar a la tierra que mi corazón lleva,

pues es mucho más, que polvo y arena.

Melocotones, por Cecilia Díaz Marín (Relato ganador).

 


Como era habitual, habían dejado la preparación de la sangría para última hora. Así, si algún invitado llegaba con puntualidad a la fiesta, las solía ayudar en su elaboración o, al menos, en su cata preliminar.

Elisa había pelado varios melocotones comprados, junto otras bebidas y vituallas, en un supermercado virtual que suplía la escasez de comercios en el barrio céntrico donde vivían. Sin hacer uso de una tabla de cortar, los partía en cuadraditos de regularidad pasmosa, mientras Sonia, con una concentración que le daba aires de bruja urdiendo un conjuro, mezclaba vino, ron y limonada en un humilde (pero enorme) cubo de plástico azul.

Cuando faltaba el último cuarto de melocotón por trocear, Elisa olvidó su meticulosidad y, desprendiendo la carne del hueso, se metió el resto de la fruta en la boca y la saboreó con los ojos cerrados.

Sonia, que acababa de terminar su poción mágica para animar fiestas, miró a su compañera de piso con extrañeza primero, después con sorna.

-          ¿Momento magdalena con el melocotón, Eli?

Avergonzada por haber sido sorprendida en su fruición, Elisa respondió con una firmeza un tanto desmedida a la inocua broma de su compañera de piso.

-          Qué sabrás tú lo que es un melocotón, Sonia. Creéme: esta cosa insípida, dura y sin una pizca de olor, desde luego que no lo es.

Sonia, sorprendida por la severidad de Elisa, hizo ademán de cambiar de tema –quizás señalar que sus invitados ya llegaban tarde, o sugerir que la fiesta era un buen momento para lanzarse, por fin, con Julio-, pero su amiga se le adelantó.

-          Hablando de melocotones, Sonia, quería contarte algo en lo que estoy pensando desde hace algún tiempo…

Y entonces lo soltó, con la firmeza que le daban sus frecuentes prácticas mentales, pero también trasluciendo inquietud en aquel ensayo general de la gran función que pronto representaría ante sus (previsiblemente) atónitos y decepcionados padres.

El pueblo donde estos aún vivían había sido próspero, si no rico, en los años que antecedieron a la construcción de la autovía que, si bien lo conectó con la capital, también lo dejó desangrándose, seccionado en dos por una carretera nacional por la que ya casi nadie pasaba, salpicada de puestos coagulados de cacharros de cerámica sin comprar, que fueron cerrando en los siguientes años. También por aquel entonces, el orgullo de su pequeña y fértil vega, el glorioso melocotón aromático y tardío que había dado renombre al pueblo, murió de éxito cuando, ante su paulatina demanda, se intentó hacer pasar por autóctonos otros melocotones foráneos de mejor aspecto, pero escaso sabor y perfume, destrozando así la fama en menos tiempo del que había costado edificarla.

Elisa, nacida poco después de esas últimas glorias, siempre había sentido premura por no dejarse atrapar por aquella decadencia. Ya veinteañera, arquitecta y cosmopolita, volvía al pueblo, del que también sus amigos del instituto habían huido para ubicarse en la ciudad, sólo lo imprescindible. Por ello, a Sonia le sorprendió la decisión que iba a tomar -que ya había tomado- y que, en casi diez años de amistad, jamás hubiera esperado, pese a que desde hacía algún tiempo la notaba pensativa, insatisfecha.

Seguía Elisa hablando cuando llegó el primer invitado: Julio, con una camisa blanca que le hacía parecer aún más guapo y resplandeciente, pero al que las jóvenes, con el eco del discurso aún retumbando entre las paredes, prestaron escasa atención.

La fiesta, largamente planeada, fue un pequeño fracaso. Los invitados, percibiendo un enrarecimiento entre las anfitrionas, se marcharon temprano con la excusa de continuar en un pub cercano. Elisa y Sonia se quedaron recogiendo los escombros del sarao, terminando la noche entre justificaciones, preguntas, lágrimas y un abrazo final, si no de comprensión, al menos, de apoyo.

*          *          *

Pese a que las jóvenes se habían escrito casi a diario durante el año que había pasado desde aquella fiesta, llevaban varios meses sin verse. Exultante por la visita de Sonia, Elisa no hizo comentarios sobre la incongruencia del atavío que esta había elegido para caminar por la finca (pantalón bombacho blanco, botas militares negras y un minúsculo top de crochet), más apropiado para un festival veraniego que para recolectar fruta.

Mientras recorrían aquel laberinto fragante, fue presentando a su amiga a los jornaleros con los que se encontraron, intercalando curiosidades sobre el cuidado del melocotonero y del funcionamiento de la cooperativa de la que era la socia más joven con explicaciones sobre cómo compaginaba su labor en ella (publicidad y redes sociales, junto a tareas puramente agrícolas que le resultaban inesperadamente gratificantes) con dos días de teletrabajo en el despacho de arquitectura del que no había querido desvincularse.

Al volver de la finca, se sentaron en el porche de la cueva donde ahora vivía Elisa y siguieron charlando frente a una cerveza helada mientras caía el crepúsculo lánguidamente. De repente, Elisa desapareció en los vericuetos de la cueva, regresando con un boceto que colocó con mimo sobre la mesa. Era un melocotón dibujado con tinta negra, delimitado por una línea doble que empezaba y terminaba en su parte superior, engarzando el extremo inicial con el final en una especie de v, como si lo estuviera mordiendo.

-          Mira el logotipo que he diseñado para la cooperativa, Sonia. Es un melocotón, pero también es un uróboro. ¿Sabías que son dos símbolos de inmortalidad? Quería unirlos, pero sin que el uróboro fuera una serpiente. Podría parecer un gusano, y no queremos que se nos asocie con fruta podrida… ¿Te gusta?

Sonia miró al horizonte, donde se vislumbraba, incendiada por el ocaso, una de las hazas que había sido de los abuelos de Elisa y que algún día sería de sus hijos, si los tenía. Por primera vez, entendió completamente el viraje que había emprendido. El melocotón, el oróboro, alegorías de inmortalidad. También lo era, comprendió, el campo, que le había dado el sentimiento de arraigo y pertenencia que ahora la iluminaba. Miró con orgullo a su amiga, y asintió con la cabeza.

Fallo del Jurado del V Certamen de Relato Breve "El sombrero de tres picos" 2025.

 


ACTA DEL JURADO

            Reunidos en Guadix (Granada), a 22 de julio de 2025, Antonio Morillas Jiménez, en calidad de presidente del Jurado, Caridad Barranco, y José Mª Molas, en funciones de Secretario, habiendo participado igualmente en la selección y deliberación Carmen Hernández Montalbán. Se procede a valorar de forma definitiva los relatos presentados y leídos, en atención a las bases establecidas del V CERTAMEN DE RELATO BREVE "EL SOMBRERO DE TRES PICOS"

            En primer lugar, se valora muy positivamente la participación de 58 relatos, de diversas procedencias del territorio español, cumpliendo las bases del concurso y con calidad más que aceptable. Se reconoce, cada vez más, la importancia de este Certamen y se considera necesario mantenerlo y potenciarlo en la medida de lo posible, para su consideración a las organizaciones convocantes.

            En segundo lugar tras las deliberaciones propias, se acuerda otorgar los siguientes premios:

1º Premio para el relato Melocotones de Cecilia Diaz Marín, vecina de Alfacar

2º Premio para el relato: Lo que te toca “, de  Rafael Porcel Porcel, vecino de Bejarín.

            A continuación se designan por el Jurado los relatos que merecen  ser felicitados y publicados  on line en la revista Absolem, y en edición especial en formato libro, los siguientes que suman en su totalidad diez relatos:

4º .-El mago de Guadix, de Gloria Aris Diaz, Barcelona

5º.- La semilla de Aurelia, de Manuel Recuero Gutiérrez, Madrid

6º.-Mermelada con letras, de Alba Escudero Hernández, Cortes y Graena

7º.- Fanega de trigo, de José Cobo de la Cruz

8º.-Viaje del héroe rural, de Paqui Pérez Ramírez, Málaga

9º.-Raices de paja, de Jacobo Vieites Sánchez, Arzúa

1º-. La tierra que canta en los surcos, de José Carlos Vara Mata, Madrid

                        Sin más acuerdos se dio por terminada la reunión

El Secretario

 

jueves, 19 de junio de 2025

AHORATELEO, revista literaria. Número 12. junio de 2025.

 



Editado en Guadix, Granada 


Entrevista a José Luis Raya, autor de La turbulenta vida de Sandra Almodóvar.




Háblanos un poco de ti

Nací en Guadix en 1963 y mis recuerdos no son de un patio de Sevilla, sino de un cerro árido ubicado en la zona alta de la humilde calle San Marcos. Allí me sentí arropado y querido por abuelos, tío y primos que vivían muy cerca de la casa cueva donde nací. Como éramos una familia sin recursos, leía y releía con voracidad los escasos libros que encontraba esparcidos por cualquier rincón. Mi tío Miguel me socorría con algún libro de su, para mí, amplísima biblioteca. Ahí surgió mi pasión por la lectura y la escritura, por eso me hice profesor de Lengua y Literatura, si bien me hubiera gustado ser escritor y vivir de esta tarea. Muchos son los llamados y pocos los elegidos. Mi formación fue lenta debido a esa escasez de recursos; sin embargo, fueron los clásicos de nuestra literatura los que alumbraron mi camino. Otro día contaré la notoria arbitrariedad de las grandes editoriales para contratar a “esos elegidos”. Es una pena que haya grandísimos escritores (-as) en la sombra de este caprichoso mundo editorial.


¿Qué podemos encontrar entre las páginas de La turbulenta vida de Sandra Almodóvar?

 Se trata de la biografía novelada de una artista trans que se está convirtiendo en un icono de una época dura y turbulenta, cuajada de homofobia y transfobia. Sandra Almodóvar fue encarcelada sencillamente por querer ser mujer. Su vida, atormentada y apaleada, fue ensartada también por momentos hilarantes, de lo contrario no hubiese entendido que hubiera sobrevivido tanto tiempo. Este mundo puede ser tan maravilloso como cruel. 


¿En qué reside la fuerza de este libro?

En la fuerza del amor. A pesar de todo el odio que a Sandra se le transmitió con todo tipo de insultos, vejaciones y golpes, ella lo transformó en amor. Ella desprendía optimismo, vitalidad, dulzura y amor. Lo que más he admirado era la actitud que mantenía ante un mundo que la había pisoteado. Sandra nos ha dado una lección de vida. 


¿Cómo describirías tu trayectoria? 

Yo parto de un lema: escribe lo que a ti te gustaría leer. Y de otro mucho más importante: si se desea captar nuevos lectores y mantener los que vas consiguiendo, has de mantener un cierto equilibrio entre información, entretenimiento y reflexión. Debemos pensar que nuestro libro tiene muy serios competidores, desde las RR.SS. hasta las plataformas digitales, televisión o los videojuegos. Algunos de mis lectores me aseguran que cuando llegan a casa, después del trabajo, no enchufan el televisor, sino que continúan con la lectura. Esta es mi principal motivación. Ahora he concluido este libro que se diferencia de los anteriores en que se trata de una biografía novelada. Como ya lo hiciera Truman Capote en A sangre fría, he ido entrevistando, analizando documentos o contrastando. Lo difícil ha sido ensamblar toda la información recopilada para crear una novela adictiva y de calidad literaria. Este es el objetivo que persigo en toda mi obra. Reto conseguido. 


¿Cuál fue el último libro que leíste? ¿Por qué lo elegiste? 

Suelo leer varios libros a la vez, últimamente no me centro en uno solo. Soy un poco promiscuo en este sentido. Suelen ser de géneros diferentes: novela, ensayo o poesía. Me gusta ir descubriendo nuevos autores y regresar a los que son mis amuletos: Murakami, Muñoz Molina o Saramago entre otros. Los escritores debemos tener estos autores fetiche que nos ayuden a progresar estilísticamente sobre todo. Por ello estoy ahora deleitándome con el libro de relatos “Vicisitudes” de Luis Mateo Díez: una verdadera joya literaria. 


¿Algún nuevo proyecto? 

Como algunos saben, he sido siempre un seguidor del género fantástico y de terror, así que retomaré la novela corta de terror gótico que dejé aparcada para iniciar la biografía novelada de Sandra Almodóvar, cuyo título provisional es La aldea muerta, ambientada en el norte de España durante las guerras carlistas. A continuación, he pensado iniciar una novela de testimonios y entrevistas centrada especialmente en hombres homosexuales casados con mujeres. Hablando con algunos de ellos, consideré que sus vidas son perfectamente novelables, al menos formalmente como relatos. Cada entrevistado ocupará un capítulo, será su propio personaje, dueño de su historia y podrá aparecer con su nombre real. Hay algunas historias tan tormentosas y atormentadas que merecen ser leídas o escuchadas. Otras se resolvieron de una forma increíble y otros siguen casados y muy felices, demostrando que el amor es mucho más flexible y poliédrico de lo que creemos o nos han hecho creer.