La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de septiembre de 2015

Vía alternativa, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.



I
Todavía resonaban en su cabeza aquellas palabras que su mujer le dirigió en el andén, justo antes de subir a aquel gusano de chapa que se arrastraba a velocidad vertiginosa a través  de la llanura. «Tenemos que hablar». No era la primera vez que se lo decía, y en aquella primera ocasión no fue sino el presagio de una gran tormenta conyugal. El fuerte carácter de Jaime y su escasa capacidad para afrontar los errores propios nunca habían supuesto un freno para que Marta, la única persona que le había hecho llorar, que había sacado de sus entrañas sentimientos escondidos, le tratara con un respeto y delicadeza no siempre merecidos. Su naturaleza  frágil, su voz queda, raramente lograban imponerse a aquel vendaval de energía y egocentrismo viril.
Así que cuando, de nuevo, pronunció esas palabras, rememoró viejas amarguras. ¿Acaso no había aprendido de sus errores?. Hizo auténticos esfuerzos por sacar más tiempo para los dos, se fueron de viaje, hicieron planes de futuro, intentaron con gran empeño tener descendencia. Parece que no fue suficiente. ¿O acaso se trataba de nuevos reproches? Enseguida lo averiguaría, dentro del vagón no había donde esconderse.
            El ligero traqueteo cuando se cruzaron con otro tren trajo a Jaime de nuevo a la realidad. Volvió a girarse a mirar por el pasillo, pero Marta no estaba a la vista. Al momento, se abrió la puerta del baño, y apareció su grácil cuerpo franqueándola. Ella notó la mirada de su esposo y le lanzó una sonrisa cómplice, aunque algo forzada.
―¿Te encuentras mejor?― preguntó cuando se sentó a su lado, tratando de mantener un tono relajado.
― Sí, es sólo que estoy algo mareada― respondió sin mirarle a la cara, al tiempo que se hacía con una revista sujeta en la malla del asiento delantero.
―Pero ya llevas varios días así, ¿no? Hace un par de noches también escuché como te levantabas al baño a...
―Estoy bien ― atajó con sequedad.
Estaba claro que no quería hablar de su salud, algo delicada desde siempre, por cierto. Otro asunto de mayor importancia pasaba por su mente, pero no veía la forma ni el momento de afrontarlo con la persona con la que compartía su vida desde hacía ya siete años. Marta resopló, cerró de golpe la revista y dijo:
―Cuándo hablaste con Ramiro, ¿te dijo que estuvimos juntos en Madrid... ―pausó la alocución un par de segundos, para concluir en voz baja― comiendo?
―No, no me dijo nada. ¿Cuándo fue eso?
―Hace un par de meses.
―¡Será cabrón!. Ya podía haberme dicho que vendría.
―Te llamó a la oficina, por lo visto, pero le dijeron que estarías reunido todo el día...
Aquel maldito proyecto le tenía tan absorbido que no tenía ni tiempo para devolver una llamada. Ahora recordó que, efectivamente, su secretaria le había dejado el mensaje en su agenda electrónica, que se perdió entre las múltiples anotaciones, como aquella en la que figuraba su aniversario, que pasó sin pena ni gloria, ni un detalle con su esposa, sólo un «lo siento» al día siguiente y un libro de cocina. Estaba claro que necesitaba establecer nuevas prioridades en su vida.
―Vaya ―atinó a contestar por decir algo―. Lo llevarías a aquella churrasquería junto al río, ¿no? Le encantan las costillas a la brasa. Bueno, mañana podremos hablar con toda tranquilidad, tendremos toda la jornada para ponernos al día― se puso a trastear en el móvil mientras proseguía―. Cuando me habló de la descabellada aventura que tenía en mente, me dejó de piedra. ¿Te lo puedes creer? ¿Pues no va y dice que se quiere coger un año sabático y aprovechar para dar la vuelta al mundo en su viejo cascarón? ¡Hay que tener narices!
―¿Eso fue lo que te dijo? ¿Nada más?― fue la respuesta de Marta.
Estas preguntas dejaron a Jaime algo perplejo. ¿Qué significaba ese «nada más»?.
La inoportuna aparición de la azafata ofreciendo periódicos y bebidas interrumpió la conversación momentáneamente, pero los pensamientos de Jaime se dispararon a una velocidad muy superior a los trescientos kilómetros por hora a los que en esos momentos se desplazaba el convoy. Aunque esa aceleración mental fue tan rápida como breve.
―Sí, claro. Me habló otra vez de Nuria. Pobre, creo que no termina de superarlo. Y es que, que te dejen esperando en el altar el día de tu boda, te deja muy tocado. Por mucho que ya haya pasado un año.
―Peor hubiera sido casarse con la persona equivocada, digo yo― replicó con contundencia Marta, pero su marido no pilló la indirecta―. Estaba claro que ese putón  no tenía nada en común con Ramiro, no entiendo como podían estar juntos.
Era la primera vez que Jaime oía una opinión tan categórica sobre Ramiro de boca de su mujer. Y estaba completamente de acuerdo, aquellos dos no pegaban juntos, pero nunca se había pronunciado al respecto. Parece que aquella comida juntos dio para hablar de muchos temas.
El zumbido del móvil volvió a interrumpirles. En la pantalla apareció el nombre de Ramiro, como si alguien le hubiese advertido de que estaban hablando de él. Jaime saltó por encima de las piernas de Marta para dirigirse al espacio entre vagones, mientras iniciaba la conversación telefónica:
―¿Qué tal, hombre? Precisamente estábamos hablando de ti. Llegaremos a Sevilla en poco más de una hora, alquilo un coche y salimos para Huelva ―silencio mientras prestaba atención a la respuesta de su interlocutor. ―De acuerdo, pues mañana nos vemos. No sabes las ganas que tengo de verte y que me cuentes cómo coño se te ha ocurrido semejante locura.
La puerta se deslizó suavemente y selló el cubículo de forma estanca, volviendo el silencio al vagón. En su interior, Marta miraba por la ventana a los postes que se sucedían uno tras otro, casi tan rápido como los días que habían pasado desde que su vida cambió. Tenía que compartirlo con su esposo, pero fue otra oportunidad perdida.

II
Las vitrinas del museo estaban atiborradas de variopintos objetos, todo tipo de artilugios usados desde la antigüedad para sacar a la luz los ricos tesoros en forma de minerales que albergaban bajo el subsuelo aquellos parajes. Pero lo que a Jaime realmente le llamaba la atención eran aquellas vetustas locomotoras enclaustradas en ese viejo hospital que ahora era el museo minero de Riotinto.
Mientras Marta y Ramiro intercambiaban comentarios a los pies de las estatuas de Claudio y Agripina, rodeados de ánforas y joyas milenarias, Jaime se quedaba absorto contemplando el vagón del Maharajá, el vagón de vía estrecha más lujoso del mundo, que por distintas vicisitudes acabó siendo la pieza estrella entre aquellas paredes. Prosiguió visitando la locomotora de vapor y leyendo sin prisa los múltiples paneles que hablaban de la otrora época gloriosa para la comarca.
―Chicos, ¿dónde os habéis metido? ― terminó por decir en voz alta una vez dio por terminada su exploración museística.
Desde un rincón del zaguán se escucharon sus voces. Allí estaban, sentados en un viejo escaño de madera. Marta estaba recostada sobre el hombro de Ramiro, lívida  y con espasmos.
―No me la cuidas nada ―dijo en un tono algo socarrón―. Deberías estar más pendiente de tu mujercita.
Jaime no dijo nada a este comentario. Ante este escenario, simplemente contestó:
―Vaya, creo que me quedaré con las ganas de subir en el ferrocarril minero. Por lo que he leído, es una pasada el cauce del río Tinto...
Marta no estaba con ánimo para responder a este tipo de sandeces. Se limitó a lanzar una mirada de asco, replicando:
―Si tienes tantas ganas de ir, vete. Mejor aún, marchaos los dos, yo me quedo aquí esperando a que se me pase este malestar.
Su respuesta no daba lugar a opciones que fuesen justificables. Si se quedaba alegando que no podía dejarla sola en ese estado le diría que podía cuidarse perfectamente por sí misma. Si se marchaba tal y cómo le había indicado, el problema lo tendría a la vuelta por no velar por su salud y acompañarla en este trance. Una vez más, Jaime sacó su lado pragmático. Seguramente no volverían al lugar en mucho tiempo, su mejor amigo se marchaba para hacer un largo viaje, y de todas formas, la bronca le iba a caer igual.
―Está bien. Si dices que prefieres esperarnos aquí, nos marchamos ya para subir en el vapor de la una y media. En una hora y pico estaremos de vuelta, calculo. Estarás bien, ¿verdad?
Ramiro se sintió algo incómodo ante este panorama. Tras su reciente conversación con Marta, era consciente de que Jaime todavía no estaba al tanto de la situación. Tal vez había llegado el momento de que todos jugasen con las cartas boca arriba.
Una nueva arcada, que Marta trató de mitigar balbuceando como pudo:
―Por favor, marchaos ya, sólo faltaría que tuvieseis que esperar al siguiente turno. Yo estaré bien, no os preocupéis.
El motor del utilitario rugió pocos minutos después. Enfilaron la carretera hacia el punto de partida del ferrocarril. Los dos amigos tenían muchas cosas que contarse, aunque no sabían el vuelco que darían sus vidas en cuestión de minutos.

III
La vieja locomotora de vapor reptaba renqueante por la ladera de la colina. La chimenea lanzaba a la atmósfera una gigantesca columna inmaculada, mientras el cadencioso balanceo de las barras excéntricas transmitían el movimiento a las  enormes ruedas metálicas, a cuyo paso hacían crujir las decrépitas traviesas. Eran apenas tres viejos vagones de madera, colmados hasta los topes de familias, principalmente, que se agolpaban a ambos lados asomando por los ventanales sus cámaras fotográficas. La verdad es que el espectáculo era alucinante. La parduzca tierra dio paso, paulatinamente, a toda una variedad cromática entre el rojo y el amarillo. Por su parte, el reflejo del cielo sobre la superficie del río quedó atrapado por una amalgama de tonalidades carmesí, que convertían el serpenteante cauce en una arteria desbordada de hematíes.
El ambiente se fue cargando de gases sulfurosos, y a cada regato que encontraban en los meandros, los comentarios de los presentes se disparaban de forma exponencial a las instantáneas tomadas, a cada cual más bizarra y colorida. La actividad minera, principalmente extracción de cobre a partir de pirita, había convertido al río en veneno puro para las especies que lo habitaron, pero por otro lado le dotó de un halo tan fantasmagórico, tan inquietante, que nadie que pasara por allí podía resistirse a visitar.
El guía que les tocó en suerte no tenía muchas ganas de trabajar ese día. Se dedicó a dar someras explicaciones sobre los decadentes edificios del parque industrial y los procesos de extracción. Estaba más pendiente del móvil que del personal de abordo y sus respuestas a algunas preguntas eran tan imprecisas como poco convincentes.
Mientras la gente se agolpaba preferentemente en el tercer vagón, exento de incómodos cristales para la obtención de fotografías, Jaime y Ramiro se sentaron en un ángulo del más próximo a la locomotora, donde casi podían masticar las arenillas de carbón que se desprendían de la cámara de combustión.
―¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?. Por lo menos año y medio, ¿no? Recuerdo que estabas con los preparativos de la boda.
Fue pronunciar esas palabras y caer en la cuenta de que había metido la pata. No fue precisamente una buena época para Ramiro, y Jaime sabía que no estuvo a la altura, apenas le llamó para interesarse por su estado. Sufrió una profunda depresión tras anularse el enlace, y le costó meses recuperarse del golpe anímico que supone una decepción así.
―No sé, ya no me acuerdo― respondió indolente.
―Bueno, no importa cuanto tiempo haya pasado, el caso es que aquí estamos, y me alegro de que las cosas te vayan bien. Lo que no entiendo es como se te ha ocurrido lo de la vuelta al mundo en barco. Chico, esa manía tuya de pasar penurias gratuitas...
Desde su estatus y vida aburguesada, Jaime nunca podría comprender que alguien pudiera lanzarse a una aventura de este tipo con el único afán de vivir experiencias, descubrirse a sí mismo, así que tampoco hizo mayores esfuerzos para justificarse.
―Ya sabes que siempre he estado un poco loco― le dejó caer guiñándole un ojo―. Creo que es el momento más oportuno para hacer algo que siempre soñé. Ahora no tengo ninguna atadura y sí muchas razones para poner tierra, en este caso mar, de por medio.
―Dime la verdad, ¿estás huyendo de algún marido cornudo? ―el comentario pretendía ser gracioso, pero a oídos de Ramiro era como una revelación. ¿Realmente lo había dicho a propósito o seguía viviendo en la inopia?. Era el momento de averiguarlo.
―¿Conoces a alguno del que debiera huir?
El tono sarcástico funcionó como un resorte en las sinapsis de Jaime. Repentinamente las teselas que conformaban los comentarios y situaciones vividos en los últimos meses comenzaron a organizarse y recomponer un mosaico que hasta ahora, por fragmentario e inconexo, le era ajeno. El distanciamiento de Marta de los últimos meses, los viajes por motivos laborales, un especial ensimismamiento de ésta en ocasiones, incluso los libros que últimamente veía en sus manos sobre barcos y viajes oceánicos. Si añadimos la última píldora sobre el encuentro reciente en Madrid, y la escena de explícita complicidad en el museo, arrojaron un resultado en la ecuación que no esperaba del que una vez fuera su mejor amigo.
No. No podía ser. Nadie tendría tal sangre fría como para decirle a un amigo, a la cara, que se estaba follando a su mujer. Y además así, de sopetón y con una sonrisa en la cara. Jaime pensó que era otra de las elaboradas bromas a las que le tenía acostumbrado en sus tiempos estudiantiles, aunque esta vez se había pasado. Aún así, cambió el rictus de su cara, desencajada por un instante.
―¡Eres la hostia, macho! ― soltó un vozarrón de tal magnitud que sus compañeros de viaje más cercanos se giraron para ver que pasaba―. Si no fuera porque te conozco, te hubiese partido la cara aquí mismo― concluyó.
―Entonces no te ha molestado, ¿verdad? ― respondió Ramiro―. Ya le decía yo a Marta que lo sabrías entender, que ya que se ponía a buscar un amante, mejor  alguien de confianza― y soltó una risotada nerviosa.
En realidad, no sabía bien como había encajado Jaime la confesión, si realmente pensaba que era cierto o que se trataba de una broma de mal gusto, así que intentó seguir el juego hasta sus últimas consecuencias. De todas formas, al día siguiente desaparecería de sus vidas por una larga temporada.
―Además, yo ya no tengo nada que hacer. Marta se ha dado cuenta de que sólo te quiere a ti, a pesar de todo, y ahora que vais a ser padres...
―¿Padres? ― preguntó Jaime con extrañeza.
―Vaya, se me ha escapado la gran noticia. Te ruego que me perdones, pero Marta me lo ha confesado hace un rato, y con esta incontinencia verbal mía...
De nuevo la cara de Jaime cambió. En esta ocasión no creía que fuera parte de la broma. Los síntomas que mostraba Marta eran claramente compatibles con una reciente concepción, algo que habían estado buscando, con más ahínco tiempo atrás, a fin de darle estabilidad a la pareja y formar definitivamente una familia. Pero en lugar de mostrar felicidad por esta situación, no pudo reprimir un gesto de enojo, que no pasó inadvertido a su amigo.
―No te enfades, hombre. Si ella tenía pensado decírtelo, pero no encontraba el momento adecuado. Ya sé que no hubiese sido lo mismo enterarte por ella, pero, bueno, no creo que merezca la muerte por darte buenas noticias― trató de disculparse mientras le daba palmaditas en el hombro.
En ese momento, el rugido de la máquina se detuvo, sonó el estridente silbato que tantas veces hemos escuchado en las viejas películas en blanco y negro, cuando los enamorados se despedían en un andén atiborrado de vapor y maletas. La escena, en este caso, no era tan sentimental, había cierta tensión contenida buscando una válvula de escape.
―Por favor, señoras y señores pasajeros, hay que bajar del tren. ¡Todos abajo, por favor!― dijo el guía a voz en grito.
―¿Pero qué pasa?. ¿Por qué bajamos aquí? ― inquirió Ramiro.
―Veo que no han estado muy atentos a mis explicaciones, lo he dicho hace un rato― le contestó displicente―. La máquina tiene que dar la vuelta para llevarnos de  nuevo a la estación, y este es el único punto con cambio de agujas. Sólo serán unos minutos. Aprovechen para estirar las piernas y ver el paisaje.
El guía se apeó del vagón haciendo indicaciones a los dos amigos para que le  siguieran. Ya en tierra, continuó:
― Pueden dar un paseo mientras la locomotora realiza la maniobra, pero no se alejen demasiado, por favor. Y recuerden lo que les dije antes, el agua del río no puede beberse, por supuesto, pero tampoco puede tocarse, tiene altas concentraciones de azufre y ácidos muy corrosivos. Vigilen en particular a sus hijos. Gracias.
La máquina se puso de nuevo en marcha, soltando una bocanada de vapor, que poco a poco se fue desvaneciendo según se alejaba, adentrándose aún más en aquel paraje sobrenatural. Mientras, la gente hacía el tonto cerca de la púrpura orilla, haciéndose fotos y destrozando alguna que otra suela de zapato.
Jaime le sugirió a Ramiro que le siguiera.
―¿Pero es que no lo has oído? Ha dicho que no nos alejemos.
―¿Quieres ver algo realmente espectacular? En uno de los paneles del museo leí que aquí al lado podemos vislumbrar un paisaje que parece auténticamente marciano. Sólo tendremos esta oportunidad. ¿Vienes o no?
Jaime ya había iniciado la marcha, así que Ramiro optó por seguirlo, tal ver merecía la pena acercarse y ver algo fuera de lo común, le pudo su espíritu aventurero.
Pocos minutos más tarde, la locomotora regresó en sentido contrario por una vía de servicio paralela, se paró unos metros por delante de los vagones, retrocedió marcha atrás y accedió de nuevo a la vía principal, enganchando el convoy por el que hasta ahora había sido el vagón de cola.
De regreso a la estación, Jaime se mantuvo callado, sumido en sus pensamientos. Es verdad que tal vez no había sido un buen marido, que no había dedicado a Marta los minutos y cariño que merecía. Cuando al pasar de vuelta se fijó en desvencijadas y oxidadas locomotoras que yacían en vías muertas, pensó que no quería ser como una de ellas, era preciso retomar el pulso de sus vidas, buscar nuevas metas, revivir enterrados sentimientos.

IV
Marta empezaba a impacientarse. El viaje en tren había durado algo más de lo que Jaime había previsto. Se la encontró en el mismo banco donde la dejó, se sentó junto a ella y la besó en los labios. Se sorprendió ante este gesto, al que no la tenía acostumbrada.
―¿Te encuentras mejor? ― le preguntó mientras le cogía de la mano.
―Igual, además tengo hambre. Vámonos de una santa vez. ¿Y se puede saber dónde está Ramiro?
―Le han llamado del amarre, algún inconveniente de última hora con el barco. Ha tenido que marcharse de forma apresurada. Como sabes, zarpa mañana temprano. Me encargó que te transmitiera sus disculpas por no poder despedirse en persona.
Marta se quedó algo extrañada, no era un comportamiento propio de Ramiro, aunque no era el momento para darle más importancia, estaba demasiado hambrienta como para pensar.
Mientras conducía el vehículo, los últimos acontecimientos bullían en la cabeza de Jaime. Llegó al paso a nivel y se detuvo sin necesidad, pues aquella vía llevaba años muerta. Miró a un lado y al otro, y en ese preciso instante le dio por pensar que la vida, a veces, nos da una segunda oportunidad, inesperada, en la mayor parte de las ocasiones, y no siempre merecida. En su caso, aunque fuese a costa de la vida de un amigo. ¿Cómo iba a pensar Ramiro que le empujaría al fondo de aquella sima por la que fluía incesante una cascada corrosiva? Nadie buscaría su cuerpo allí, que por otra parte, estaría reducido a un amasijo de miasmas en cuestión de días. “Sin cuerpo no hay delito”, cómo solían decir en las películas.
Seguramente una mentira precisaría de más mentiras para sustentarse. Lo primero sería buscar una excusa para dejar a Marta en el hotel y marchar al puerto de noche, hacerse a la mar, hundir el barco de su amigo y regresar en el bote salvavidas. No era empresa fácil, pero tenía que hacerlo. Ya nadie preguntaría por Ramiro en unos meses, todo el mundo daría por supuesto que estaba realizando su soñado viaje transoceánico.
Luego estaba el asunto del parto. Es verdad que todos los niños parecen iguales al nacer, pelo rubito, ojos azules. Pero con el tiempo, al comprobar como la criatura conservara esos rasgos, alguna avispada abuela o tía lo advertiría con comentarios del tipo: «¿Pero de quién habrá sacado este niño estos ojos azules? De su padre no, desde luego».
Craso error. No creía que, ni siquiera en esas circunstancias, Marta confesara su infidelidad. Estaba claro que Ramiro no se hubiese planteado poner un mar de por medio si creyese tener alguna oportunidad con su mujer, por lo tanto, fue ella la que le dio la patada, seguramente cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Lo que ninguno de los amantes sabía era que Jaime, tras un rutinario examen urológico, averiguó que era estéril. Tal era el trauma que suponía para él, que ocultó esta información a su mujer durante meses, buscando el mejor momento para decírselo. Ya no lo haría, por supuesto. Y tampoco podía dejar un cabo suelto de forma que, en un futuro, el verdadero padre pudiera reclamar la paternidad de su retoño.
El azar quiso que tuviera una nueva oportunidad para rehacer su vida, una vía alternativa que hasta ahora no había contemplado.
―¿Estás esperando a que me muera de hambre? ¿Quieres arrancar ya? ― la mujer resoplaba de impaciencia.
―Claro, perdona. Se me fue el santo al cielo.


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