La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 25 de julio de 2017

EL ARCHIVO HISTORICO DE LA COCINA PARA POBRES “EL NUEVO ARTE DE COCINA, SACADO DE LA ESCUELA DE LA EXPERIENCIA ECONÓMICA”, por PACO FUNES.


Archivo Histórico de la Diócesis de Guadix



El Archivo Histórico de la Diócesis de Guadix, atesora entre sus joyas, un libro de cocina peculiar por su antigüedad 1745, por su autor un fraile de la orden Franciscana de la Regular Observancia, y por ser uno de los primeros recetarios (si no el primero) que obtuvo un gran éxito entre las clases más desfavorecidas, a quien iba dirigido, y también entre los más pudientes, en quienes no había pensado su autor pero que, gracias al Cocinero Real, Francisco Ardit, fue dado a conocer. Por otro lado, este recetario estaba también pensado para sus hermanos de congregación o cualquier otra persona que, al igual que Fray Raimundo Gómez, recién entrado en la Orden, hubiera sido nombrado cocinero de convento o casa religiosa sin tener ninguna idea del arte de la cocina, como le ocurrió a él. Así es como este fraile aragonés, nacido a finales del siglo XVII, comenzó su contacto con la cocina.

Juan de Altamiras, es el pseudónimo de este religioso franciscano de la Regular Observancia, llamado Fray Raimundo Gómez. Fray Raimundo Gómez, nació en los últimos años del siglo XVII en la villa de La Almunia de doña Godina y murió en Zaragoza en torno a 1769. Entre los diferentes conventos en los que estuvo de cocinero destaca su presencia al frente del Servicio de la Cocina del Colegio San Diego de Zaragoza. La aceptación de su obra Nuevo Arte de Cocina fue tanta que se convirtió en uno de los libros de cocina más editados del siglo XVIII, e incluso del XIX, pues durante esos dos siglos llegó a ser la obra con más influencia desde el punto de vista culinario.

EL NUEVO ARTE DE COCINA, SACADO DE LA ESCUELA DE LA EXPERIENCIA ECONÓMICA”, se fragua en los fogones de los diversos conventos en los que Fray Raimundo había ejercido su labor, y nace con un objetivo muy claro, que los pobres pudieran comer bien por muy poco dinero; pues el entorno en el que se encontraba era el de una pobreza extrema. En España en esos tiempos la ausencia del concepto de Estado del Bienestar, la falta del reconocimiento de los derechos sociales y, por lo tanto de su garantía, dejaba a su suerte a muchos españoles y españolas que podían quedarse sin trabajo, enfermar gravemente, sufrir accidentes de trabajo, o llegar a una edad en la que ya no se puede trabajar. Muchas personas con trabajo vivían en situaciones muy calamitosas. Un gran número de los españoles eran marginados, siendo denominados “pobres naturales”, “pobres de solemnidad” y mendigos. Otro amplio grupo era el conocido como el de los “vagos”, “vagabundos” o “maleantes”, por lo que Fray Raimundo, buscó la forma de que estas clases pudieran disponer de un plato que les alimentara y aportara los nutrientes básicos con el mínimo esfuerzo económico; y, además, que fuera un manjar; así es como nace su libro en el que resalta lo de “sacado de la escuela de la experiencia económica” es decir, de hacer malabares para la escasa economía que manejaba la España de esos tiempos y, a ser posible, disfrutar del paladar.

El propio Fray Raimundo “Juan de Altamiras” dice textualmente:  

En el mismo instante en que forzado de mi obediencia me hallé en el empleo de la cocina, sin director que me enseñara lo necesario para el cumplimiento de mi oficio, determiné, cuando bien instruido, escribir un pequeño resumen ó cartilla de cocina; para que los recien profesos, que del noviciado no salen bastante diestros, encuentren en él, sin el rubor de preguntar que acuse su ignorancia, cuento pueda ocurrirles en su oficina.
A este fin he consultado á mis amigos de bastante esperiencia en el asunto que trato, he leído libros y manuscritos en la materia: y la aplicacion y ejercicio, me ha dado luz para esta pequeña obra, que quisiera fuese de alguna utilidad al bien comun, y mas principalmente à gente de economía: porque siendo preciso y necesario el gasto, con que la vida humana se ha de mantener, como es justo teniendo presente esta cartilla, no se despreciará cosa alguna; pues lo calamitoso de los tiempos no permite desperdicios; á mas de que en los pobres de Jesucristo es mas culpahle cualquiera gasto superfluo.

En 1745, cuando fue impreso por primera vez el “Nuevo Arte de la Cocina”, hubo de tener diversas aprobaciones, una de ellas, la que sigue textualmente a continuación, es la de Francisco Ardit, Cocinero Jefe de la Casa Real, por aquel entonces el monarca era Felipe V.

Francisco Ardit dice:
“he reconocido el Libro intitulado: Nuevo Arte de Cocina, sacado de la Escuela de la experiencia economíca, escrito por Juan Altamiras,
y confieso, que ha elegido el Autor el mas proprio modo de escrivir á la moda, pues ya hemos llegado à un tiempo, que solo se vive para comer; asi me ha declarado esta verdad los muchos años hace , que voy tostandome entre las Cocinas mas fuertes de esta Corte, siempre inquieto, y desvelado para inventar nuevos platos, en que saborearse el delicado gusto de mis Amos; y protesto, que por mas que contentarles he procurado, nunca del todo pude conseguirlo: Aqui hallaràn los de mi profesion el mas estraño conjunto, que pudiere ofrecerse à la comun utilidad, ya para desempeño de su oficio, como para saciar los apetitos de tantos, como vemos, que procuran la explendidez de sus mesas, con la simetría de abundantes, y exquisitos manjares, para lucimiento de su grandeza. De todo quanto escrive el Autor, ha hecho de ello la prueba, y yo no hallo cosa, que se oponga á la salud de quantos ( on ella ) quisieren comerlo; ni á la menor regalía de su Magestad, pues todo se encamina á contentar el gusto, sin mucho gasto, para lo que es digno de la impresion. Asi lo siento. Madrid, y Julio 4 de 1745.

Francisco Ardit.

        En el Archivo Diocesano se encuentra una magnífica edición de “EL NUEVO ARTE DE COCINA, SACADO DE LA ESCUELA DE LA EXPERIENCIA ECONÓMICA” de Juan de Altamiras, del que os acompaño una receta que espero alguien ponga en práctica e informe de su resultado.

Queda transcrita textualmente:

Cuadro de texto: Calabazas rellenas.
Escogerá; las calabazas del tamaño, las corlarás del cabo y coro a un dedo:
luego tomarás media caña que no tenga nudos, que esté á modo de las barrenas que tienen los carreteros ó cuveros , y taladrarás las calabazas de una á otra parte quitándoles el corazon, en cuyo hueco pondrás de la carne picada con los requisitos dichos en las almóndigas del carnero, reillenando las calabazas, y despues las pondrás en una cazuela; échalas el caIdo de los huesos. Ponlas á cocer por espacio de dos horas; la pasta y huevos las Comprime para que no se deshagan: cuando estén cocidas, échalas la salsa de avellanas tostadas con un tostón de pan remojado, huevos у especias, desatándolo todo en el mismo caldo; dará un par de hervores, moviendo de ruando en cuando la vasija no se socarren: así lo podrás servir.



viernes, 21 de julio de 2017

I CERTAMEN LITERARIO "POESÍA POR LA AGRICULTURA” (España)



Género:  Poesía


Abierto a:  escritores nacidos o residentes en España


Entidad convocante: Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte “La oruga azul” y Asociación CO-MARCA GUADIX NATURAL.


País de la entidad convocante: España



Fecha de cierre:    15 de Septiembre de 2017



BASES


 La Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte “La oruga azul” en colaboración con LA Asociación CO-MARCA GUADIX NATURAL con la finalidad de promover la creatividad literaria y apoyar los productos de nuestra tierra. Convoca el I Certamen literario y artístico “Poesía por la agricultura".

1. Podrán participar en este certamen todos los escritores que hayan nacido o residan en España.
www.escritores.org
2. Los trabajos literarios tendrán una extensión máxima de 30 versos, en letra tamaño 12, Arial, originales, rigurosamente inéditos y no presentados a otros certámenes.  El tema de las obras será la agricultura y su ambiente, se enviarán al correo:
 laorugazul2013@gmail.com.

3. El plazo de presentación comienza el 15 de  julio y finaliza el 15 de septiembre de 2017.



4. Un jurado compuesto por personas relacionadas con la literatura y la agricultura valorará los trabajos.

5. De todos los trabajos presentados, se seleccionarán 20 que a criterio del jurado tengan mayor calidad, entre los que se escogerán los ganadores. Los 20 mejores trabajos literarios, serán publicados en el blog de “La Oruga Azul”


6. Premios: Se establecen dos premios, un ganador y un accésit.


• 1 Premio: recibirá un lote de productos y un lote de libros.
• 2º premio:un lote de productos.


El fallo del jurado se dará a conocer el día 29 de septiembre en un acto público organizado por ambas asociaciones convocantes.

lunes, 17 de julio de 2017

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 46, 15 de julio de 2017 "Celebración".



Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634





SUMARIO



PORTADA (diseño), revista ABSOLEM.



ARTISTA ANFITRIÓN: 





VÍDEO: 





ARTÍCULOS: 






OPINIÓN: 





RELATOS: 










POEMAS: 











La soledad del prevencionista, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



            Estaba allí plantado, en el sótano de un fértil Mercadona. Improvisada alacena, una oquedad en el forjado albergaba un transistor. La radio escupía voces cual disparos en el frente laboral. Monologaban dos locutores con una alegría impropia, fingida, beoda.
            De pronto, escombros y polvo. Un portazo.
            —¡Puta puerta!
            Nuevo portazo.
            —¡Me cagüen su puta madre!
            Las ocho y treinta y cuatro.
            —¿La acometida de la izquierda o la de la derecha? —se oyó desde arriba, en el hueco del ascensor.
            Ahora cantaba Loquillo, su timbre chulesco y rasgado.
            Ruido. La sierra circular contra el ladrillo, royéndolo, tajando el adoquín en dos mitades desiguales. La radio. La sierra. La música estridente. Los dientes de metal. Protección auditiva obligatoria: sin señalizar.
            Y allí seguía él. Contemplándolo todo. Mirando y apuntando mientras otros trabajaban a destajo sin matarse. Cada uno a lo suyo. Como la vida misma.
            Las 8:47. Ahora berreaban unos australianos. Parecía hienas.
            Entre tanto, él tomaba notas absurdas para una lista de chequeo. Solo. Silencioso. Protegido por un casco y los tapones auditivos. Ya estaba acostumbrado. «Mejor así».
            —¡Las nueve y doce minutos! —Bramó el altavoz.
            Ya faltaba menos para el desayuno, esa tregua afable y deseada. Tan grata como agua de mayo. Receso en solitario, como casi siempre: acompañado de un café con leche y una tostada con tomate y aceite precintado. Higiene: OK.
            A través de los tapones, amortiguado, sonaba un estruendo infernal. Las radiales hacían coros a canciones insufribles. Al fondo, en el parking, una carretilla elevadora puso la guinda con pitidos alarmados. Señal acústica: OK.
            De cuando en cuando entraba algún trabajador del súper, en dirección a los vestuarios, tomados por el polvo algodonoso del escombro. Muy pronto los aseos serían ruinas de paveses. Aquello semejaba las aceifas de Almanzor.
            Y, de pronto, cuando menos lo esperaba, cuando toda su esperanza zozobraba, entró un albañil por la puerta. Cincuentón, bigotudo y cargado de espaldas. Sonrió cortésmente y, mirando al prevencionista a los ojos, saludó con tono amable:
            —Buenos días.

            Todo un triunfo a celebrar.

Regalos de reyes en fin de año, por CARLOS LAS HERAS YUBERO



Ya por pereza, por edad, por desilusión o por desconfiar en la magia, nada pido, (al menos de viva voz) a los Reyes Magos, pero aun así, fui agasajado con un magnífico regalo:
Me llamaron entre risas y cava, cada burbuja que tomé quería salir por la nariz y volver a la mar cercana; me salí a la terraza a llamarme a mí mismo al móvil, para ver si estaba, pero... no, no me hallaba.
Oía petardos y cohetes que encendían las nubes para que se alejaran y no taparan el sol de la mañana que yo tanto necesitaba.

Gritos de alegría en la casa y yo intentando llamarme en la terraza, para felicitarme por tener el enorme privilegio de estar allí, justo donde en ese momento pisaba, por tener la suerte de darme cuenta que oyendo la algarabía, los cohetes y las olas, todo a la vez, era un fin de año soñado.

Noté que por fin mi móvil daba señal, de que alguien se ponía al otro lado y al pegar la oreja me escuché decir:
- Los Magos recibieron tu carta, no la has escrito pero la anhelabas escribir; son muchas  las cartas que no has escrito aunque en el cielo han quedado grabadas, así que recogieron tu carta y la de otras tantas personas y para ahorrar gastos de envío y evitar colas de correos, para evitar paquetes inútiles y todos esos líos, se le ocurrió a Gaspar (que significa Guardián del tesoro) hacer un paquete comunal y juntaros a todos vosotros aquí, donde ahora te escuchas y te hablas.

Así pues, reunieron vuestras necesidades, esperanzas y ganas, y os abrieron las oportunidades de recoger vuestro regalo, porque sois regalo de los demás, y los demás vuestro.
Has de saber que todos respondéis a los sueños de los cercanos; nosotros sólo hemos dejado hueco en vuestro tiempo para regalar vuestra presencia a los demás y que estos regalen con la suya; ahora os toca sentirlo y disfrutarlo.

Sin poder añadir una palabra, sin poder parpadear ni una sola vez, se cortó el teléfono; unos instantes de incredulidad, de volver a la realidad, y alguien pasó a la terraza donde yo estaba y me dijo:
-  no hay forma de llamar, están las líneas saturadas.
Yo le sonreí y le dije:

-  depende de con quien quieras hablar, depende desde donde te llegue la llamada. 

La sonrisa, por BEATRIZ SANZ ALONSO



Cuando éramos niños nos conocíamos sólo de vista. Nos veíamos de vez en cuando en el pueblo, en verano, pero nunca hablábamos. Recuerdo una mañana de sol, apoyada sobre la fachada de la casa de mi abuela, mientras bocetaba con mis lápices de colores, recién sacados la punta, que le vi pasar muy sonriente, alegre y despreocupado. Tendríamos los diez u once años. Y con cierta timidez, alzando con discreción la vista de mi bloc de dibujo, para que no me viera, sonreí al verle así de alegre; me hizo gracia su desparpajo.
Hace un par de años, ya rozando los cuarenta, coincidimos de nuevo allí, en el pueblo. Una cena improvisada en la era; nos habíamos juntado cinco personas, fue un día glorioso en el que hicimos un guiño a nuestros abuelos, destilando unos manojos de espliego. Entre los torreznos que nunca faltan por estas tierras y el buen vino, preparamos una barbacoa al llegar la noche, y mientras andábamos de entrañable parloteo, apareció él, entre la oscuridad. Gestos de palmadas, besos y abrazos de reencuentro. Sonreí, y en esta ocasión, a pesar del tiempo congelado, casi de inmediato comenzamos a hablar, a saber qué había hecho la vida de nosotros o qué habíamos hecho nosotros con ella, en qué nos habíamos transformado, quiénes éramos… y lo que puedo ahora decir, pasado un año, se me antoja contarlo como si fuera un cuento:

Nicolás tiene los ojos de caramelo, pero como es de suponer, no se pueden chupar ni saborearlos, así que me conformo con admirarlos pues su color invita a ello. Cuando me fijo bien y los observo, me doy cuenta de que, aunque no te los puedes llevar a la boca, son tan dulces que casi, casi, puedo apreciar el sabor de su mirada y al cerrar los ojos, sin querer, sonrío.
Tiene una voz que encandila, pero a veces le puede el temor y la vergüenza, y como no quiere llamar la atención, esconde todas esas cosas bonitas que desea decir su alma.
A Nicolás le gusta reír y contar, y cuenta con mucha gracia y frescura. Es fácil quedarte con la boca abierta cuando escuchas esas historias sencillas y divertidas que hace de las experiencias cotidianas de la vida.  Pues Nicolás afirma, que al igual que el silencio le da sentido a la música, las palabras le dan sentido a nuestras emociones y a nuestras historias, dibujando puentes de comunicación.
Está redondito y eso a él le acompleja, y yo le digo que lo redondo también es bello, y que cuando dejas salir todo eso que sabes y que nace sólo de ti, las redondeces se estiran.
A Nicolás le pirra el buen comer y el buen beber, no por chico fino sino por placer.
Y es que, un buen catador va aprendiendo a disfrutar de todo cuanto le gusta, y ¡bien que uno hace! De entre los placeres de la vida también están todas esas buenas costumbres que dan alegría al cuerpo; quizás lo difícil, y éste es el arte, es permitírselas.
A veces le pierde la impaciencia, se enfada como un niño, se cabrea y dice bajito ¡me cagüen to!, pero cuando se llena de ánimo y confianza, le vuelve a salir la sonrisa, esa sonrisa que suena dulce y bonita porque le sale de dentro, y a mí me gusta verle sonreír porque sus ojos chisporrotean y se vuelven golosina.
A Nicolás cuando era niño se le abrió una herida en el corazón, porque echó en falta el amor. Tiempo ha pasado hasta que ha cicatrizado y yo le recuerdo que detrás de esa experiencia hay un gran regalo: la ternura y el amor ya los tiene dentro. Sus ojos de caramelo se lo recuerdan, ojos verdes que evocan la esperanza, de mirada entrañable, que ven desde ese tierno corazón y sienten el amor libre. Ojos que Ven y Escuchan… y una voz para contar.

Este breve relato así se lo leí el otro día que nos volvimos a ver, en la urbe, mientras conversábamos un vino, y le hizo tanta gracia que de nuevo vi en él esa alegría que de niños expresaba de forma tan espontánea y sincera.

Y es que esta alegría a ratos se esconde, va y viene, viene y va; pero advierto su insistencia, quiere asomarse por cualquier esquina o recodo de nuestra cotidianeidad, deseando hacerse hueco sin ruido, levantando la mano una y otra vez, porque la alegría quiere venir para quedarse definitivamente. A veces acompañan los miedos, la desesperanza, la desilusión, y todas esas rabietas, enfrentamientos y enfados que gustan tanto de reaparecer en escenarios diversos y que cuestan tanto soltar; a veces incordian para caer en el desánimo y la desconfianza, pero cuando eres astuto y los desatrampas, ves que tan solo son enredos de una película de ficción y hasta te surge la carcajada espontánea de lo ridículo y absurdo.

Arremangados y con los colores que se suben con el buen vino, en esa tarde que apetece dejar que suceda, que uno deja de esconderse y se vuelve ligero, brindamos por el encuentro, por la vida y las sonrisas, ésas que rompen con los esquemas mentales, las que te alejan de los runrunes, te despojan de las nieblas y te alzan ilusionado a esos espacios de la imaginación donde todo es posible y donde ves, con tus mismos ojos, nuevos matices en las luces de los amaneceres y atardeceres; son esos espacios en los que uno se siente feliz porque sí, sin más, y en los que uno sonríe y se sonríe de su propia presencia.

¡Ah…! ¡Los olores…! Es curioso que cuando hablo con Nicolás al final siempre sale el tema de los olores; esos olores atemporales que te hacen parar casi en seco y sentir: los pinos, la tierra mojada, la hierba recién cortada, el pan horneado, el café de la mañana… Los olores rescatan nuestros recuerdos e irremediablemente pienso en mi abuelo, que cuando era chica, con mis cinco años y con sus noventa, me esperaba al salir del colegio bajo un pino muy alto y frondoso, y allí, mientras tomaba al hombro mi cartera para ir de regreso a casa, yo le frenaba el marcharnos, estirándole del bolsillo de su chaqueta de pana gorda, para que estuviéramos un ratito más. Y él, que ya se lo sabía, en su disimulo indagaba asombrado en mi cara de satisfacción, y, un día más, me dejaba que estuviera quieta por unos instantes, como a mí me gustaba, mirando hacia arriba, respirando un color verde intenso bajo el gran paraguas de piñas, para llenarme de ese olor a resina que estaba fuera y, sin querer, se me metía dentro.

Ahora que está cayendo la tarde, Nicolás y yo hacemos sonar las copas para brindar por este color: el color de los bosques, de la naturaleza, de la esperanza… el olor de la vida… el color de la sonrisa… y para mí, añado con la copa en alto y el último sorbo, el color de la sonrisa verde Nicolás.


Cerrado por vacaciones, por GLORIA ACOSTA.

IBAN NAVARRO



   El sol no tiene prisa en el paseo marítimo y la arena cercana transpira el sudor de un día tórrido. Una pareja se ciñe en unísono cuerpo al cobijo del agua y el joven interrumpe su pulsión amorosa para levantar una mano amenazante al errado golpe de pelota de dos imprudentes muchachitos.
  El golpeteo de una copa con un objeto metálico me llama a observar al grupo. Un señor con camisa blanca se levanta y propone un brindis que es aceptado con jolgorio a todas luces arrastrado desde  horas antes, y que empieza a declinar hacia el arremango de puños o apertura de  botones. Entre alzadas y choques de cristales clinclinea el aire festivo y el apurón del trago de la joven del vestido azul que recoge su bolso y deja unas monedas sobre la mesa. Serpentea entre sus acompañantes besando a cada uno con rictus contrito. La mujer de pelo corto que ocupa la esquina, se levanta, la abraza entre sonoros besos y limpia los ojos lacrimosos de la muchacha de azul. Mucha suerte. Ven a visitarnos en septiembre. Manda muchas fotitos al grupo de wasap. Ya se pierde apresurada entre los paseantes sin mirar atrás. Continúa la charla atropellada, los corrillos de a dos y de a tres.
  En soledad, las tardes se desparraman y pierden su forma. Se vuelven amorfas, cambiantes como nubes que se desdibujan al capricho de la brisa. Con disciplina se llega a conseguir entrar en uno mismo y silenciar el barullo exterior. Observar así el pedaleo de un improvisado ciclista o el grupo que se detiene ante el tenderete de pulseras de cuero del joven hippie de ojos claros que consigue arrancar la risa fácil de la chica de las trenzas, se hace liviano, como si todo flotara a cinco centímetros del suelo. Ni siquiera el graznido de las tres gaviotas que rozan el agua deja rastro sonoro. Entrar en uno mismo es una encomienda indefectible cuando la calle se sacude la mansedumbre de las estaciones frías y abruma el sopor del verano. La mirada se agudiza revelando fotogramas encubiertos por el ruido, y se liberan aromas nuevos que solo un sabueso lograría captar.
  Suena un teléfono móvil en la mesa de la izquierda rompiendo la magia. La mujer de pelo castaño y serena belleza lo coge apresurada, se levanta y se aleja del grupo. Mantiene una charla corta, guarda el móvil en el  bolsillo y contempla ajena un horizonte que parece no ver. Hermosa figura tatuada en el mar. Se acerca a la mesa y se sienta cabizbaja. ¿Ya llegó? Está recogiendo las maletas. No sufras, tú también te fuiste a su edad, es lo que le toca.
  El camarero me trae la cuenta. Me alejo al tiempo que el sol. Aún encuentran solaz en la playa los enamorados y los niños de la pelota sudorosa.
  El mando del coche grajea y me acomodo en el habitáculo caldeado. Leo un cartel grande en la puerta de la librería : “Cerrado por vacaciones”.

La España vacía de Sergio del Molino: una celebración literaria, por CUSTODIO TEJADA.




LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE. De Sergio del Molino.

Editorial Turner Noema. 294 páginas, en tres partes y con una coda de explicaciones no pedidas.
            
Como dice Sergio del Molino en el artículo “El juicio final. Reducción del campo de batalla” aparecido en el nº 49 de la revista Eñe, primavera de 2017: “Si me resisto a la metáfora de la literatura como campo de batalla donde unos escritores luchan contra otros no es tanto por mis sentimientos ecuménicos ni por mi mala memoria…, sino porque no quiero verme envuelto en una pelea de perros por un trozo de carne” o de buitres que diría el poeta Jesús Montiel. Sergio continúa diciendo en el mismo artículo: “Prefiero parecer un ingenuo o un imbécil antes que asumir la metáfora de la batalla. Si quisiera pelearme, no me habría metido a escritor”. Y añade: “Envidio a los Welles de mi mundo y procuro guardar las distancias con los caniches ladradores y territoriales, siempre dispuestos a orinar en la esquina en la que te apoyas para expulsarte de ella”. Palabras que suscribo y hago mías.
            Como “un apóstol o un misionero, solo en su predicación” abres el libro y afrontas la lectura de La España vacía, y en cierta medida te sientes como el autor, “Legendre, Unamuno, Azorín, Machado y tantos otros, al situarse en medio del paisaje, se sienten solos. Dolorosamente solos” y aunque no “salvas tu alma” sí comprendes la soledad de tu geografía y quizá de tu lectura. Este ensayo es un vivo estímulo “que favorece la expansión de la fantasía, el ennoblecimiento de las emociones, la dilatación del horizonte intelectual, la dignidad de nuestros gustos y el amor a las cosas morales que brota siempre del contacto purificador…”(página 140) que diría Giner de los Ríos si lo hubiera leído, un buen paisaje para perderse en su lectura y a la vez para encontrarse en la memoria colectiva de un país que siempre está por descubrir porque siempre anda con complejos no superados (negándose a sí mismo) y con demasiadas puñaladas traperas. Y camino va, Sergio del Molino, de ser uno de los pocos sabios que en el mundo (España) han sido, y así lo demuestra la acogida que está teniendo este libro. Y si “la mayúscula es la forma ortotipográfica que tiene el castellano de sacralizar las palabras” –se dice en la página 140, permitidme que os recomiende encarecidamente la lectura de LA ESPAÑA VACÍA. VIAJE POR UN PAÍS QUE NUNCA FUE.
            Si Andrenio afirmó que “el ensayo está en la frontera de dos reinos: el de la didáctica y el de la poesía, y hace excursiones del uno al otro”, Sergio del Molino ha poetizado su saber, como diría Eugenio D’Ors. “La España vacía no parece tanto un país extranjero como una dimensión desconocida” –dice el autor en la página 157. La España vacía es un viaje o un libro extraordinario y entretenido, un verdadero deleite para los lectores de ensayo. Y permitidme que divague porque el libro lo exige, por lo que dice y por cómo lo dice. A veces con lógica inductiva y otras con lógica deductiva nos desmenuza y expone su teoría con coherencia y sabia pedagogía. Adentrarse en un ensayo es buscar un camino nuevo de conocimiento, acceder “a la verdad entendida como una forma de mirar que aspire a ver lo que se encuentra ante los ojos y no lo que se espera encontrar” –se dice en la página 129. Buscar la verdad que todo ensayo persigue exige lanzarse al río como hizo el labriego en la página 130 para impregnarse del paisaje: “Me lanzo también al río… floto con las orejas dentro del agua. Mis oídos oyen el río y mis ojos ven los pinos de la orilla, el puente y un cielo con nubes algodonosas, No se puede estar mejor. No hay baño más fresco que este”, y eso es lo que hace Sergio para reinterpretar la realidad, y al hacerlo la ha hecho más creíble, más veraz, ha contribuido con su luz personal a iluminar mejor nuestra historia. Todo junto al río Ladrillar. Y como un buen “desladrillador” abre puertas y ventanas en muros que parecían inexpugnables para que se ventilen las estancias de la España vacía (que se intuye rota y expoliada) y de la España llena (que se intuye prepotente, déspota y avasalladora), aunque es la supervivencia y la transmutación de nuestras plagas a lo largo de la historia lo que también nos sorprende y define, especialmente si las comparamos con lo sucedido en nuestro entorno europeo. Entre “las dos digestiones hay dos países extranjeros que, aunque ocupan el mismo lugar en el mapa, no se parecen en nada” nos dice en la página 131.
            En la página 167 nos cuenta una anécdota histórica acerca de una pregunta que le hizo Heine a Gautier: “¿Cómo se las va usted a componer para hablar de España una vez que la conozca?”. Y a esta pregunta le responde Sergio del Molino de forma aguda y certera, casi dos siglos después, al escribir La España vacía, un ensayo que se hace paisaje y literatura, “es una construcción, una mirada” (página 200). La magia de este ensayo radica en que el autor convierte a los lectores en viajeros del tiempo y del espacio.
            Nos dice en la página 72: “La España vacía está en los mitos domésticos y está en la literatura. Por eso no es un territorio ni un país, sino un estado mental”  o “España… no era tanto un país como una idea” –en la página 168, y un sentimiento añado yo, he ahí su debilidad y su fortaleza al mismo tiempo. Un país construido a fuerza de mitos, tópicos y leyendas, unas románticas y otras negras, ya sean made in Spain o importadas. La España vacía, de la que nos habla Sergio del Molino, forma parte del paisaje interior de todos los españoles, rurales o urbanos, ya que procedemos de los mismos páramos y esa impronta ha quedado grabada en nuestro ADN de emigrantes y colonos. Un país siempre visto e interpretado a través de ojos ajenos y extranjeros, como la influencia que tuvo el libro Voyage en Espagne de Théophile Gautier. Y tal vez por eso, necesitamos de los extraños  para conocernos mejor, ya que le hemos dado ese privilegio y esa credibilidad que a veces nos negamos a nosotros mismos, porque nos gusta vernos con “mirada cruel y desdeñosa” hasta inventándonos la traducción que más conviene a nuestro discurso si es preciso. Y como “el mito es un logos, una palabra en la que se hace presente la verdad” que diría José Carlos Bermejo y Fátima Díez; Sergio del molino nos acerca a ella, a la verdad de la España vacía y de la llena, que como nuevo mito podemos deconstruirlo y reconstruirlo, siempre sujeto a nuevas reinterpretaciones, hasta dar con el quid de nuestra esencia, sentido que necesita ser desvelado.
            Puede que Sergio del Molino, lo mismo que Azorín, también esté “afectado por un estado alterado de conciencia” (página 188) y haya escrito este ensayo porque ha sido elegido por el espíritu peninsular para anunciar una verdad revelada, a modo de profeta y visionario. “El punto de partida es el Gran Trauma, el éxodo de mediados del siglo XX cuyas consecuencias directas aún están vivas. Termino este ensayo con otro ensayo (de la misma manera que la España vacía es un país dentro de un país) en el que dibujo España como una casa llena de fantasmas. Fantasmas reales que no admiten exorcismos.” –nos dice en la página 53. También nos dice que su “trabajo es literario, y la mirada que lanzo a la España vacía es la propia de un escritor que la ha pisado, la ha conocido, la ha vivido, la ha amado y la ha leído. Propongo un viaje a través del tiempo y del espacio de un país insólito que está dentro de otro país”, como un viaje a otra dimensión. “El campo se vació de pronto, mientras Madrid, Barcelona y Bilbao duplicaron y triplicaron su tamaño” (página 61). Y lo que te queda claro es que se vació una España para llenar otra, y ahora igual da Madrid que Barcelona… porque ambas junto a otras ciudades hurtaron al resto su porvenir, ya que se ha construido un país en contra de los pueblos y su futuro. Difícil tarea pues vertebrar hoy día un territorio y un país tan centrifugo y descastado como el nuestro. Unas veces desde “hipótesis fantasiosas y heterodoxas muy variadas” y otras desde “fuentes documentales” el autor se enfanga en un análisis atrevido que no te deja indiferente. Nos dice el autor en la página 135: “No es nuevo que los pueblos miren con desprecio, miedo y odio a unas ciudades que, cuanto más crecen, más desprecio, miedo y odio inspiran”, pero paradójicamente en nuestro momento actual parece que es al revés, son las ciudades las que se sienten expoliadas para mantener a los territorios sumisos y yermos de esa España vacía, que ya esquilmaron y ningunearon en el pasado, y que hoy miran con cierta nostalgia y cierta envidia; porque en algún sentido se han invertido los papeles de la historia, y la dolida España ahora es la urbana (o llena) en contra de la rural (o vacía), a la que consideran parasitaria de sus logros y de sus beneficios y a la que miran como mera expansión de sus intereses, pienso yo.
            Quien elige el vacío también elige el silencio, y no es aconsejable coger la parte por el todo, a este ensayo hay que devorarlo de cabo a rabo para sacarle todo su jugo. Este ensayo, como un árbol, retrata una época, que lo mismo hinca sus raíces hacia el pasado, que ensancha sus ramajes en el presente como proyecta el sombraje de sus hojas verdes hacia el futuro. Y ojalá no sea usado para perpetuar ninguna leyenda negra ni ninguna alegoría de éxito social, sino para aprender a conocernos mejor, y avanzar así en la justicia y en la modernización de todo el territorio español sin distinciones ni fronteras pero respetando nuestra variedad y pluralidad. Y ojalá superemos tantos dramas y traumas al ser esta España nuestra un eterno “territorio de emigrantes y silencios” (página 77). No sólo nos encontramos con un análisis socio-político… sino también con un estudio literario-cultural de la época que abarca La España vacía y del enfoque con que aborda el ensayo: “El abismo que separa la España llena de la España vacía es demasiado grande” o “Son demasiados siglos de mirar al campo con una misma crueldad”-nos dice en la página 81.
            Sergio juega a ser un narrador omnisciente y lleno de dinamismo expositivo que convierte el renglón en camino, y todo lo dispone como un demiurgo que busca recrear una memoria y un pasado reciente, incluso todavía presente en muchos planteamientos, ya que él “encuentra señales esotéricas y se contagia de la mística” rural para exponernos pedagógicamente su punto de vista y rescatarnos así de nuestra ignorancia, página 133. “Algo pasó a finales de la década de 1980 en aquella España tecnopop y finalmente europeizada. El ingreso en la Comunidad Económica Europea en 1986… se vivió como la ruptura definitiva con el problema de España. Ya no habría más Unamunos ni Ortegas ni Marañones. Ya no más Machados melancólicos” –nos dice el autor en la página 75. Y habría que añadir que ahí no queda la cosa, porque ahora ha venido Sergio del Molino a dar una vuelta de rosca más si cabe, y ha rascado en la herida nuevamente para demostrar que todo ha sido un espejismo más, de tantos que hemos tenido. Porque “No hay desapego más grande y definitivo que el que siente el hijo de la estepa por su cuna o la de sus padres” o “… los españoles tienen el deseo de huir” –dice en la página 190, quizá porque no se contó con ellos para estar y cambiar el porvenir. Desde nuestra perspectiva actual el ensayo La España vacía es algo exótico y original, en el que Sergio del Molino, que se sueña un Charlie Parker en pijama, se convierte en un predicador depositario de una verdad y nos habla con la rotundidad de un evangelio, el suyo, con el que quiere hacernos partícipes de su viaje/experiencia a través de su “mano sarmentosa” y sabia y de sus pies viajeros. Sergio busca conocer mejor su país, España, y estimula la reflexión del lector con su discurso expositivo y argumentativo para establecer con él un diálogo, dejando libre el pensamiento para que fluya en muchas direcciones y el lector pueda tomar cartas en el asunto.
            Cuando lees La España vacía te das cuenta de que puedes intervenir en tu propia salvación y no eres un sujeto pasivo ni un mero espectador o un oyente solo, sino que te sientes parte activa del relato que se completa en ti; ya que todo ensayo lo que hace es convertir al lector en un laboratorio de su hipótesis, y en este caso por el número de lectores que el ensayo va teniendo y las expectativas que ofrece podría afirmarse que el experimento está dando resultado y su evangelización va ganando fieles edición tras edición. En el ensayo persiste una cierta idea de redención al poner en valor sus puntos de vista que apuestan por hacerse verdad revelada y salvífica. La España vacía inventa un paisaje argumental confiando en que los lectores le darán el acabado que necesita para convertirse así en una interpretación más o menos fidedigna de la realidad estudiada, que se eleva como una simbólica silueta del Moncayo: “confluencia mágica en la que los tres grandes reinos cristianos se (funden) en una ceremonia pagana que los (ata) a las raíces ibéricas” –nos dice en la página 156, como este ensayo que pudiera parecernos “exótico, atávico, sobrenatural” y patriota, pero que es mucho más.
            A una parte de España (o a toda) nos impregna una “moral de derrota”, un “sustrato antiurbano de ideología tradicionalista o carlista”, y que nos hace seres paradójicos, ya que como les pasa a Valle-Inclán o a Ciro Bayo se reclaman como “parte de un movimiento que tenía como uno de sus objetivos principales destruirlos” –nos dice Sergio del Molino en la página 209. Y es que la autodestrucción nos seduce a los españoles, por lo que de provocación y rebelión tiene, tarea a la que estamos dedicados en cuerpo y alma desde siempre (quizá por herencia de los visigodos). Quizá porque pensamos que una vez destruidos nos reconstruiremos de otra manera, mucho mejor y más perfecta… Los españoles no tenemos mayor enemigo que nosotros mismos, nos encanta posicionarnos con fanatismo los unos contra los otros y buscar la diferencia más que la semejanza, la descalificación más que el halago, la división o la dualidad antes que la unión, el privilegio más que la igualdad y la solidaridad… Y paradójicamente, por lo que sorprende este ensayo, es que mirando al pasado parece que viéramos el presente y adivináramos el futuro de una gran nación llamada España que está condenada per saecula saeculorum a no entenderse consigo misma. Quizá porque vivimos con el corazón partío, como diría el cantante, obligados siempre a dejar de ser lo que somos y lo que fuimos (parte de esa España vacía) para ser lo que otros quieren que seamos, una nueva generación de folio en blanco de esa España llena con la que a veces no nos identificamos pero en la que no queremos desentonar para no seguir siendo más víctimas. Y para colmo disfrutamos negándonos quizá porque escondemos otros intereses más espurios, y es que una parte de nosotros busca la pureza inmaculada de nuevos proyectos nacionales para alejarse de los errores históricos y de las derrotas que España ha sufrido, como vía para superar frustraciones tradicionalistas, de cargas y complejos de culpabilidad que nuestra historia nos ha dejado en nuestro ser más profundo, y que aunque nos vayamos en busca de nuevos “Dorados” siempre viajarán con nosotros. Todavía en la genética de muchos de los que viven en la ciudad circula el Gran Trauma de la España vacía, y de otros traumas que por asociación nos vienen a la mente, esa derrota y pérdida que supuso la emigración, más entendida como exilio de una identidad y una intimidad robada para siempre. Esto en cuanto a los que se fueron, porque los que se quedaron y padecieron tanto o más que los otros, buscan ser contados desde la dignidad, el esfuerzo y la honradez de la resistencia, ya que todos quieren huir de lo vergonzante. Nos habita un complejo de culpa. La España vacía y la España llena también han provocado unos ciudadanos rotos, desde la conciencia o desde el subconsciente. Por una parte están vacíos, y han sido “rellenados” con otras nostalgias que no son las suyas, ni familiar ni culturalmente hablando. Han tenido que reinventarse para adaptarse. Los han obligado a tener unos planteamientos que han asumido como propios, cuando en realidad su “genética total” es forastera en esencia, pero el olvido y la renuncia a seguir siendo es el precio que tienen que pagar para ser aceptados, para ser considerados de pata negra y vivir en paz sin más exclusiones ni menosprecios, como ciudadanos de primera.
            Hay algunos pensamientos que como sinestesias, me llevan de una época o otra, y me pregunto si no seguiremos en la actualidad viviendo en “montes inverosímiles y en los yermos más feroces” del pensamiento de nación que tenemos. “Como esa forma de nacionalismo que consiste en amar el país a través de la suela de los zapatos” –nos dice en la página 135, así, de la misma forma, al recorrer renglón a renglón este ensayo consigues re-conocer la España más moderna y contemporánea, y te ayuda a comprenderte mejor a ti mismo como producto-resultado de esa dicotomía de la España vacía (rural, interior, despoblada, serrana, antigua, yerma, pobre, cateta…) versus la España llena (urbana, poblada, productiva, exterior, marítima, moderna, glamurosa, cosmopolita, rica…). “Las excursiones eran un acto de amor, una peregrinación a lugares santos” –se dice en la página 137, y eso es también este ensayo, una peregrinación a nuevos espacios de pensamiento que buscan una nueva Jerusalén y una nueva Meca para dar sentido a nuestro ser como habitantes de un territorio, y por tanto partícipes de una esencia y de un estar en el mundo. Y una reflexión me viene a la mente, como cada día nos desconocemos más los españoles (de una comunidad y de otra) ¿Se puede caminar por España hoy sintiéndose español, o en alguna medida nos hemos retrotraído a antes de la Restauración? ¿Será necesario volver al excursionismo como herramienta pedagógica para hacer país? Lo digo por el desconocimiento que tenemos los unos de los otros, y siempre forjado en medias verdades, en tópicos y en envidias, y que da como resultado el que nosotros mismos sigamos siendo nuestro peor enemigo, el Gran Trauma que nos (des) habita tantas veces y nos impide ser compatriotas sinceros, puesto que siempre miramos de reojo al que tenemos al lado.
            La España vacía no tiene pinta de que sea un ensayo escrito “por poderes”, como pudiera haber sido la película documental de Buñuel “Las Hurdes: tierra sin pan” o el libro “Les Jurdes” de Legendre en francés, y tampoco sabemos si va a influir mucho en su tiempo como aquellos; aunque sí sabemos que ya van más de sesenta mil ejemplares vendidos, y eso es algo importante en este país que se dice que no se lee. Nos dice Sergio en la página 117 que “Nadie vio la película de Buñuel, como nadie leyó en España el libro de Legendre, pero ambos, película y libro, se convirtieron en soportes de un mito”. Ojalá este ensayo no corra la misma suerte e influya y cale su mensaje, tanto en letra como en espíritu. Ya que España siempre se encuentra en la misma encrucijada, el problema de España siempre “trata de una lucha entre quienes creen en el estado y quienes aspiran a destruirlo o a cambiarlo por otro” –nos dice el autor en la página 121.
Nos pregunta el autor en la página 235, refiriéndose a un artista argentino: “¿Qué busca Cristobal Repetto en el desierto? Un anclaje, quizá. Tiempo y silencio. Puentes entre el pasado y el futuro”, precisamente lo que quizá necesitamos buscar aquí en nuestro país, entre la España vacía y la llena, entre la que quiere ir junta o la que desea marchar por separado, echándose en cara culpas y complejos, en voz alta o desde la mirada recelosa. “Todos (caminamos) contra las ciudades y sus inercias… y (acabamos) más pronto que tarde viajando al vacío de (nuestro) país, porque la parte habitada suena a hueca y sabida para (nosotros)” “(explorando) los orígenes familiares y geográficos… desde el prestigio y la aclamación” o sea, “volver al pueblo” –nos dice Sergio del Molino en la página 237, y aquí está el quid de la cuestión. “El imaginario de la España vacía ha sido construido desde fuera… Nunca ha sido dueño de sus propias palabras. Siempre ha estado contado por otros” (página 251).
“Si un vicio de los entusiastas es su tendencia a exagerar” –nos dice Sergio del Molino en la página 145, intentaré ser comedido esta vez, y solo diré que “La España vacía: Viaje por un país que nunca fue”  es un ensayo que va más allá de un “viaje curioso e impertinente” y aunque pareciera ser en algún momento “un lamento por el desierto y la falta de árboles” alcanza una mirada de ardilla que “podía cruzar la Península de Irún a Cádiz” saltando de argumento en argumento, deshaciendo mitos, porque al explicarnos nos reinventa y nos reinterpreta en la soledad del paisaje, desnudándonos en bastantes momentos, hasta hacernos tambalear y fijar así el paradigma que sustenta este ensayo: El mal de Maritornes (página 181). Nos gusta hablar mal de nosotros mismos, ya sea por desconocimiento o con mala fe, y tirar piedras encima de nuestro tejado común. Porque después de leer este ensayo “lo que queda, lo que se transmite, es, ciertamente, un decir” (página 241), ya que la inmensa mayoría de este país es “víctima del éxodo rural” y “es normal que busquemos pasados mitológicos que nos expliquen o que nos consuelen de la liquidez feroz que se derrama alrededor”. En el ensayo buscar esa España vacía es buscar el útero que nos cobija a todos, nuestra lengua materna, el paisaje que somos porque “somos esa España vacía, estamos hechos de sus trozos” y “es la única forma plausible de patriotismo que queda para un español” –dice en la página 248. Y si “desde 1975, los españoles se han desentendido de España” ¿qué podemos esperar como nación?, ¿será quizá porque España “(forma) parte de un país extinto al que nadie (quiere) regresar”? (página 250), al que quizá le echamos siempre la culpa de nuestro atraso secular o porque quizá nuestros complejos no superados ni asumidos nos han hecho unos cobardes cuya meta principal es la comodidad, olvidando que una nación se construye con sacrificios pero también con reconocimientos y homenajes.
Nos deja algunas perlas metaliterarias que también sazonan el texto: “Casi nunca hay cosas nuevas en la literatura porque su historia consiste en una actualización y una refutación cíclica de los mismos mitos” –nos dice Sergio del Molino en la página 225. “Y llegó allí donde toda la literatura aspira a llegar, al alma de los lectores” –añade en la página 76, que es donde llega este ensayo; porque a su “historia le conviene que lo sea”, una obra literaria y un nuevo mito, “como señal que da sentido a todo” y lo celebra. Y es que este ensayo, al estilo de la Institución Libre de Enseñanza de Francisco Giner de los Ríos, con su fluir didáctico y su retórica, renueva nuestro modo de ver y entender la historia moderna y contemporánea de España.
Me vais a permitir que ahora haga un popurrí de citas ya que encontramos reflexiones muy interesantes, y que como vasos comunicantes nos llevan a otros pensamientos donde el tono de las palabras dice mucho: “El carlismo… fue la venganza de una España que empezaba a vaciarse contra la España que empezaba a llenarse” –página 190, o “Cuando los nacionalistas vascos y catalanes empezaron a construir sus edificios ideológicos a finales del siglo XIX, se encontraron con que  los carlistas ya les habían hecho casi todo el trabajo” –añade en la página 209, lo que parece describir nuestra realidad más genuina y en la que parece que todavía estamos, salvando las distancias y los nuevos matices. “La tradición no es más que una mentira compartida como si fuera verdad y transmitida con modales religiosos, como tan bien sabía hacer el carlismo” (página 218). Hay algunas comparaciones poco acertadas como “para los jóvenes aldeanos… echarse al monte en una carlistada equivalía a emprender la yihad para un musulmán de hoy”, pero que quizá puede dar luz de por qué surgió ETA, Terra Lliure… y que apunta a un ingrediente en nuestra convivencia que se ha escondido, que es el odio acumulado, y que durante los últimos años no ha hecho más que crecer, porque la transición la hemos usado más para incidir en lo que nos separa que en lo que nos une. También dice: “La constitución de las autonomías se escenificó no tanto como una avance hacia un estado moderno y democrático, sino como una restauración de instituciones usurpadas” (página 210), citas que nos invitan a pensar que algo se hizo mal en nuestra transición al apostar más por las tijeras que por el pegamento. En Madrid y Barcelona (quizá como arquetipos de esas dos Españas eternamente enfrentadas para asombro del ahora) sucedía lo mismo y se aprovecharon de las mismas ventajas en contra del resto, fueron las grandes “receptoras del éxodo de la España vacía” –página 225, a la que fagocitaron, no solo demográficamente, incluso falseando la historia si es preciso, para saciar sus hambres expansionistas y modernizadoras que todavía hoy dura, y sin la cual no serían lo que son.
Si partimos “de la premisa del tiempo detenido” encontraremos una aclaración para entendernos mejor a nosotros mismos, a esa España vacía y a esa España llena que nos (des) habita y nos (des) protege al mismo tiempo, pero sobre todo nos explica, desde la “teología del paisaje” ya que “pone las cosas en leyenda”. E igual que el estado o la patria “no puede existir sin la irracionalidad de los mitos”, este ensayo no alcanza su grandeza hasta que no lo interiorizas en ti mismo, lo proyectas en el pensamiento formando parte de él y consigues que los mitos sobre el paisaje traduzcan tu sed de pertenencia a esa España muchas veces desconcertante y esquiva. El día que los españoles de las dos Españas, del norte o del sur (porque la España vacía y la llena están más allá de lo marcado por Sergio del Molino), estemos a la altura de este ensayo y nos pongamos en la piel del otro, sin excepciones ni desertores, otro gallo cantará, otra realidad más justa y equitativa nos hará más patriotas, como diría Unamuno; aunque sea redescubriéndonos en círculos concéntricos, ya sea desde Madrid, Barcelona, Bilbao, Sevilla, Valencia o desde el pueblo más pequeño y recóndito de España, sin insidias ni menosprecios y sin calumnias, pero juntos, porque España no es el problema sino la solución. Una última cita nos puede cohesionar como país más que cualquier discurso actual: “mirar en los rincones de la España vacía de los que procedemos es mirar dentro de nosotros mismos” para “recrear el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos” (página 239), y eso es lo que hace magistralmente este ensayo: vernos desde dentro con orgullo. Más allá de la introducción, del desarrollo de sus ideas y nos guste o no el resultado de las conclusiones que proyecta, La España vacía nos toca de lleno y nos explica, es un punto de partida para entendernos mejor y avanzar con paso firme hacia un futuro en común desde el autoconocimiento y la aceptación del otro. Y aunque por el número de páginas que he escrito, más que opinión o reseña parece un ensayo de otro ensayo, lo que pretendía era solo aportar mi granito de arena a un libro que me ha gustado leer y que recomiendo.