La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 27 de noviembre de 2018

Certámen de Relato Breve "enHebra Guadix"



BASES






La Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul" Convoca el II Certamen de Relato Breve "enHebra Guadix”

·         Podrán concurrir a este certamen todos los naturales o residentes en España, mayores de 18 años.

·         La participación consistirá en enviar un relato breve de mínimo 600 palabras de máximo 1200 palabras, con tipo de letra Time New Roman, tamaño 12 a la siguiente dirección e-mail: laorugazul2013@gmail.com

·         Los relatos estarán firmados con el nombre del autor, además, en el cuerpo del mensaje se enviará teléfono del participante y dirección e-mail.

·         El tema de los relatos será de libre elección, si bien, todos los relatos comenzarán con la palabra “Guadix”, no pudiendo enviar más de uno por participante.

·         El plazo de recepción de los relatos será el día 20 diciembre de 2018.

·         Existirán tres premios consistentes en un lote de libros y la publicación de la obra en un número especial en papel de la Revista Hebra. Se seleccionarán, además de los ganadores, 12 relatos que también serán publicados. Los tres premiados recibirán un ejemplar de la revista Hebra. 
El jurado estará compuesto por personas relacionadas con la literatura.
 
·         La entrega de premios tendrá lugar el día de la presentación de la revista que será en el mes de abril durante la Fiesta del Libro que todos los años Organiza la Biblioteca Pública Municipal de Guadix, previa comunicación al ganador y seleccionados.

·         La participación en el certamen implica la aceptación de las bases de la convocatoria.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

HEBRA. Revista Literaria.Nº 6, noviembre 2018



ISSN 2605-0854






SUMARIO

Jurado: 

ANDRÉS MARÍA ADROHER AUROUX (Catedrático de la Universidad de Granada y Arqueólogo)


POESÍA






















MICRORRELATO






PROSA POÉTICA









RELATO




















ÉRAMOS TAN JÓVENES, por Gloria Acosta.




  Con las primeras luces se precipita el café sacándome de mis pensamientos. Debo darme prisa si quiero llegar a tiempo o se perderá en las entrañas de cualquier ciudad sin dar señales de vida. Así fue entonces y así sería ahora. El tráfico, aún fluido, me permite disfrutar de la conducción olvidando los kilómetros por recorrer. Los demás no acudirán, ya lo han dicho, unos con sus disculpas y otros con su silencio pero yo siento que debo ir aunque no tenga  una clara razón para ello, puede que en el fondo sea una burda y malsana curiosidad. Cuánto habrá cambiado, me hablará, me abrazará o se irá sin acercarse. Son las primeras dudas a mi decisión.
   Éramos tan jóvenes, tan distintos todos y a la vez tan uno. Llegó a nuestro instituto con el curso ya avanzado. El revuelo comenzó en el tiempo de descanso cuando le abordamos a preguntas. Qué tío, decían, expulsado de tres centros, vaya carrerón. Había que oír el murmullo de admiración cuando se presentó a delegado. Las chicas flipábamos. Qué guapo, qué ojos, qué labia. Se lo rifaban los grupos de clase pero él vino al nuestro, creo que fue por Teresa y al tiempo ya iban de mano por los pasillos. Yo hacía como que no me importaba uniéndome aún más a ella para estar cerca de él. Tere jugaba a hacerse la interesante  pero yo sabía que estaba deseando que la besara en el rincón de las parejitas, al fondo de la cancha donde los profes nunca vigilaban. Javi y los otros le animaban a ir a por ella. Lo mismo hacía Ana empujando a Teresa a tomar la iniciativa que para eso éramos iguales que los chicos.
   Así entre los meses intensos de aquel curso llegó impaciente el verano y seguimos más unidos aún en los días grandes de playa, planchados en la arena pasando las birras de mano en mano o corriendo al agua en saltos malabares  para profanar inmisericordes las crestas de las olas salpicadas de un incandescente resol. Felices, morenos, disfrazados de hombres y mujeres con pinceladas infantiles aún por diluir. No sé en qué momento se fijó en mí pero su pierna recorriendo la mía bajo una mesa destapaba una olla de rubor cual cartel luminoso diciendo mírenme. Teresa encontró pronto sustituto, así sin aspavientos mientras el grupo vadeaba los últimos días del último verano juntos.
—Un día bajaré de alguna montaña y haré una revolución, como el Che— decía a menudo mirando el póster que presidía su cama, luego me besaba de aquella manera torpe de lenguas ejecutando un desafinado concierto.
  Y vaya si la hacía a diario con sus locuras. Algunas noches de discoteca juré abandonarle  ahogado en vapores de alcohol y humo de marihuana, pero siempre terminaba sentada en el bordillo de la acera esperando que pasara su resaca y pudiera acompañarme a casa. Las chicas afeaban mi conducta dando lecciones de dignidad y los chicos del grupo siempre callaban dejando que cada cual resolviese sus asuntos. Pero qué podía hacer yo atrapada en un amor loco que solo circulaba en una  dirección. La fuerza de aquel sentimiento corría errática de un extremo al otro debatiéndose entre una huida cobarde o el precipicio de un fuego devastador. Ninguna de las dos opciones me satisfacía, ninguna iba a restablecer la paz de años anteriores cuando el deseo era ficción de Corín Tellado o de Lolita pasando de mano en mano. Todo se había vuelto más complejo desde que él había llegado, sucumbiendo uno tras otro a la llamada del amor libre en una vorágine que nos arrastraba como cantos rodados hacia la playa de una incierta madurez.
—Doña Rosa dice que eres carne de cañón- le solté un día.
— Esa profe sí que está cañón.
  Los demás se retorcían de risa con esas ocurrencias. Yo también porque sólo veía el mundo a través de  sus brillantes ojos grises.
  En septiembre volvimos a clase celebrando nuestro último curso como bachilleres. Los dos ocupamos la última fila escondiendo sin éxito las caricias de los ojos curiosos y del profe de mates que nos expulsaba de clase ante las risitas de los compañeros. El fin llegó el jueves 20 de noviembre. Alguien abrió la puerta de clase y pronunció las palabras que estábamos esperando,  “ ha muerto”, “ el cabrón por fin la ha palmado”.  Se suspendieron las clases y corrimos en busca de una radio o un televisor, llenos de dicha y miedo a la vez.
— No pienso quedarme en casa, me voy a celebrarlo.
Nadie le acompañó, mis padres por prudencia me lo prohibieron. De madrugada cuando Javi aporreó la puerta no pudieron impedir que echara a correr.

  Aparco el coche en el lugar indicado y espero fuera. Al momento surge la duda y la aparto junto a la imagen recurrente de una navaja ensangrentada, un cuerpo inmóvil y un furgón de policía. El hombre que avanza despacio con la mochila al hombro, me reconoce, parece sonreír. Su boca dibuja la misma mueca de aquel día cuando dijo “ no quiero que vengas a verme a la cárcel”.
   Preso tras la puerta queda el brillo de sus ojos grises.


CON LAS PRIMERAS LUCES, por Isabel Rezmo.




Con las primeras luces
el otoño se congela.
Abre sus brazos salpicados
de letanías.
El color sepia urge
convertirse en agua,
el viento  penetra
intratable en los balcones,
abnegando los cristales
con huellas instantáneas
de descaro.

La penumbra es un jeroglífico,
mientras mis manos palpan
el alba.

Con las primeras luces,
todo es aire,
segundo,
fiebre consumida.
Luego:
comerse la manzana
prohibida.
Dejar huérfanas
de sangre, las lindes.

PASOS PERDIDOS, por Lourdes Páez Morales.


 

Con las primeras luces del día, me encontré en aquel sendero, con los pies descalzos y el cuerpo aterido por el frío de la noche… Vagaba en soledad, no sabía desde hacía cuánto. Miraba de cuando en cuando las nubes, que viajaban deprisa por encima de mi cabeza; unas veces en sentido contrario, y otras, al compás de mi marcha. Intentaba recordar de dónde venía, quién era… Pero mi mente no podía responder. En mi memoria solo aparece a veces un rostro de mujer, con ojos negros y redondos y el pelo castaño lleno de ondas… Me coge en brazos y me canta.
Desde hace tiempo solo escucho voces a mi alrededor, pero no comprendo qué me dicen. Hablan un idioma diferente al mío. Y cuando yo intento comunicarme con ellos, solo se ríen e intentan imitarme. Esa gente extraña me sonríe y me acaricia… Pero no sé quiénes son. Por eso me he ido.
Y ahora estoy aquí. Solo… Perdido. ¿Qué podía hacer?
Seguiré caminando. Espero encontrar a esa mujer que se aparece en mis recuerdos.


ÁRBOLES, por Tomás Sánchez Rubio.




            Con las primeras luces, Amalio ya se despierta. Abre los ojos, los cierra. Vuelve a abrirlos. Todas las mañanas igual. No puede volver a dormirse a pesar de que es todavía muy temprano. No obstante, en su cama juega a que sigue soñando: “Trizas, tristezas...” Piensa en el pollo asado que preside siempre la mesa en su casa el domingo... “Trozos de carne asada como ases de corazones... que lloran, que llueven...” Los días de lluvia se hacen interminables.

            Escucha a su padre levantarse. Se afeita con el transistor muy bajito. También percibe cuando, al irse, cierra la puerta tras de sí: la empuja desde fuera para asegurarse de que queda bien cerrada, de que, una vez que haya salido para la oficina, nadie podrá entrar a molestar a su familia. Su padre es un hombre bueno y tranquilo.

            A Amalio le cuesta trabajo levantarse. Sufre con frecuencia anginas y pasa días y días en casa. Él las padece a gusto: escucha la radio, su madre le compra pasteles... No se imaginan sus padres que a veces ha llegado a meterse en la boca cubitos de hielo del congelador para tener fiebre y que le duela la garganta...

            Amalio duerme poco y lo hace mal. Por eso está cansado a todas horas. No le gusta ir al colegio, como tampoco le gusta pasar las noches solo en su cuarto. Seguiría durmiendo en la habitación de sus padres, pero ya es mayor para eso.

            Se consuela pensando que un día acabará todo aquello. Cuando los otros se meten con él en el recreo, Amalio no dice nada. No se defiende. Solo dibuja árboles con muchas hojas muy verdes, con ramas que casi llegan al cielo.

            Cuando llega al mediodía, sigue dibujando en el salón mientras su madre cose en la silla baja y el televisor intenta llamar la atención con ahogadas voces. Sale muy poco, ya que no tiene amigos. Tampoco cree que le hagan mucha falta. Seguro que, si los tuviera, también se meterían con él...

            Cuando llega su padre casi es de noche. Cenan. “Qué serio estás” “¿Te pasa algo?” “¿Tampoco tenías hoy deberes?” “El domingo iremos a casa de los abuelos”.
Amalio se acuesta sin ganas de que llegue el día siguiente. Si al menos fuera ya viernes...

TRANCE, por Isabel Pérez Aranda.




Con las primeras luces
caen del cielo filamentos
que el asfalto repele en primera instancia.

La cortina de humo se adhiere con aplomo
al sustento de unos campos sedientos,
de manera vertiginosa transcurren los cambios
en un tapiz que enmarca territorios austeros,
perdidos en el horizonte.

La pertinaz lluvia se desliza por el frió cristal,
hacia lugares desconocidos, ajenos.

Conduzco decidida a filtrar cada olor
en la distancia, a pensarlos como propios,
a diluirlos y almacenarlos uno a uno en lo más profundo de la mirada,
solo ese segundo de trance de inexistencia es cuánto deseo,
este ahora Único.

Después abrigo la posibilidad de subsistir a lo sublime,
de contemplar la belleza liviana del huerto,
la semilla germinada,
el ronroneó de gato,
los ladridos con caricias,
la  piedra, la cueva,
cada minúscula porción de aire que respiro y comparto.

Con las primeras luces llego al destino siempre deseado.

CON LAS PRIMERAS LUCEs, Javier Gilabert




I
Con las primeras luces me recibe
de nuevo la mañana, y ya es hoy,
por más que en mí no note yo el avance
del ritmo acompasado de los días.

Igual que el árbol seco se sostiene
ancladas sus raíces en la tierra,
la cálida caricia de este otoño,
la nueva luz del día que se abre
no deja en mí el calor tan necesario
para afirmar que hoy de nuevo es hoy,
para querer seguir llamándolo presente.

Con las primeras luces la mañana
me mira y hay tristeza en nuestros ojos.

II
No atiendo a está tristeza que me acecha,
que apoya sus dos manos en mis hombros,
susurra en mis oídos las palabras,
resbalan por la sien al corazón.

Inútil compañera, date cuenta:
La víscera, ya sorda, no te escucha
ignora tu canción siempre que puede,
aunque mis pies la bailen con acierto.

Con las primeras luces la mañana
es un bello cadáver al que lloro.



SENSORIAL , Jose Guzmán



Con las primeras luces…los pétalos de los rosales, ungidos quedaron por el tacto de Dios. Amanecida con tonos a tahona y manzanilla,  lentamente, desde las entrañas de la ribera, velos tornasolados definen el cromatismo de los minaretes. Hojas de tez dorada, y  alma de primavera, son atusadas por un otoño de pensamientos. Encalado manuscrito, tu voz, huella de silencio fundida a mis pasos, jazmines de celosía, entregan su alma dulce, a la honda expresión azabache de una golondrina.

TU INDIFERENCIA, por Esneyder Álvarez.




Con las primeras luces del día inicia mi ilusión de verte
Con el primer suspiro, despierto mis sentimientos,
Como mis primeros pensamientos, te traigo a mí,
Con mi primer verso, te envío un te quiero.

La tarde llega, mis esperanzas de verte aún están latentes,
Mis suspiros no cesan,
Mis pensamientos por ti son más intensos,
Mis versos se multiplican.

La noche llego, otro día más sin verte,
Los suspiros se alejan y las lágrimas llegan,
Mis pensamientos ahora son sobre  mi fría soledad,
Mis versos describen tu indiferencia.


PLEITO DE ANTÓN EL RAPAZ, ORIUNDO DE LA VILLA DE HUENEXA, por Dori Hernández Montalban


    

    Con las primeras luces del día, confiesa Antón “el rapaz”, ahora vecino de Wadis haberse levantado hoy. Dice haber hecho noche en las caballerizas de su amo don Diego Alonso Aragonés, maestrescuela. Hace larga alabanza por el buen trato que deste recibe y por todas las atenciones que su amo le dispensa, que en buena hora lo encontró y a sus nobles animales con los que duerme; nobles en demasía para tanto villano como anda suelto por ahí. Y a juzgar por cómo mira al alguacil, más parésceme a mí que es a él a quien dedica dichas lindezas.
    No se le conoce oficio alguno, dice ser criado sin amo, pues sirve ocasionalmente a quien bien le place. Que desconoce el motivo por el que se le apresa, pero que es, acaso, por lo de la liebre, que sí, que lo confiesa, que se dedica a cazar liebres y que aquesta última la fue a cazar muy lejos de las tierras del marqués del Zenete pero que la liebre corría tanto y tan apriesa que se metió en sus dominios, pero que otros muchos tienen esta afición y que no se les captura ni sanciona.
   Que puntualmente baja a mercadear a esta muy noble y leal ciudad de Guadix. Y que hoy, muy de mañana, refiere haber hecho trueque con una vieja mujer, a quien todos conocen por aquí como la vieja Lema. Una anciana zarrapastrosa que anda zancajeando por las callejas dentro del recinto amurallado de la ciudad; cargada esta de abalorios, cuentas y frutillas.
   Dice conocerla bien, y que es forzoso que todos la conozcan pues es muy artera en fraguar y ligar asuntos amorosos y en mediar en otros de dudosa índole. Asuntos que nada le competen, pues es en extremo metijona y al decir de muchos, hasta sabe embrujar, y que aún hoy recorre la villa de parte a parte a pesar de su ancianidad. Esta dispone de una amplia clientela a la que poder engatusar.
   Refiere que esta mañana hizo trueque con ella, una buena pieza de caza: una hermosa liebre de largas orejas a cambio de dos celemines de trigo blando, trigo que hizo bendecir en la Iglesia Mayor antes de amasar.
   Al ser interrogado sobre el porqué mandó facer aquello responde que porque la tal Lema, ya le había advertido mucho acerca desto, que ella dijo
    -Y tened presente lo que sale por la boca de vuesa merced, no vayáis a dixir a nadie quién os proporcionó aquete trigo, y si esto facéis ansí, Dios te lo premie, a cambio no diré yo esta boca es mía a cuenta desta liebre que de cierto sé, la robas en tierras del marqués.
       Y como no era la primera vez que abortaba sus malas artes, prefirió curarse en salud y facer bendecir el trigo, que desta manera se ahorraba males mayores. Después dice haber comido deste pan ya horneado, añadiéndole una medida de vino como es su costumbre y quedarse tan plácido y satisfecho que al poco quedó dormido contemplando la luna, chica como la luz de una antorcha, alumbrando su cara, hora si, hora no, según la negrura o la largura de la nube viajera que la traspasara.
     Que recuerda le golpearon y después se vio preso. Y que aquí lo truxo el aguacil en mala hora.
     Jura y perjura no haber tenido tratos con el maligno. Jura no conocer otro nombre que el de Antón, pues es ansí  como lo han llamado desde rapaz, aunque más le place el de “rapaz”, pues de aquesta manera lo llaman todos.
  Declara vivir a la intemperie desde que se conoce, merodeando por lugares con otros hideputa. Confiesa haber pasado la mayor parte de su vida herido y maltrecho, abandonado de su parentela a los que no conoce. Y que pasar la vida entre sangrías y purgas no es plato de buen gusto para ningún cristiano. Tanto es ansí que dice haber estado a punto de morir a causa de unas malas calenturas. Y que si está vivo es gracias a un accidentado chapuzón que dio en la fuente que mana en las eras de San Antón.  Aguas estas que según el hablilla del común, curan calenturas y tercianas.
    Después desto, declara que lo acogió en su casa un tal maese barbero hasta que halló mejoría. Y de seguido, no teniendo a dónde ir, todo fue sobrevivir de lo que sobraba a los charlatanes, vagabundos, y otras gentes de mal vivir y peor folgar.
   Refiere también haber sido alojado por un viejo santiguador que en mala hora fuera y le parta un rayo donde se halle pues esto le causó harto daño. Y que si no creen ustedes lo que dice, pueden vuesas mercedes llamar a aqueste su amo de ahora, don Diego Alonso Aragonés que aqueste dará cuenta y razón de su persona.
      Aquesto se consideró por este tribunal y así se fizo, quedando todo aclarado, y satisfecha la cantidad de dineros que valía la liebre al administrador el marqués.

            En la ciudad de  Wadis, a 20 de febrero de 1523.