La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de agosto de 2021

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. Especial, 2021 "I CERTAMEN DE RELATO BREVE EL SOMBRERO DE TRES PICOS".


Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) 
por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634




SUMARIO




Primer premio, al relato:

 

Tan cerca, tan lejos, por Dña. DORI DELGADO GARCÍA.

 

Segundo Premio, al relato:

 

El milagro del pan, por Don ANTONIO RAMÍREZ SEVILLANO.

 

Menciones especiales a autores locales:

 

1ª  Mención, al relato: 

 

Mi comarca, por Don JUAN QUESADA HERNÁNDEZ

 

2ª Mención, al relato: 

Desde mi atalaya, por Don JOSÉ ANTONIO CASCALES ROSA

 

La entrega de premios tendrá lugar en la villa de El Bejarín, en un acto público, durante las Jornadas del Melocotón el día 21 de agosto de 2021, a las 20, 00 h. en  la plaza.

 

Relatos seleccionados para su publicación en el número especial de la revista ABSOLEM, incluyendo los premiados:

 

1.       Tan Lejos tan cerca, por Dori Delgado García.

2.       El milagro del pan, por Antonio Ramírez Sevillano.

3.       Mi comarca, por Juan Quesada Hernández.

4.       Desde mi Atalaya, por José Antonio Cascales Rosa.

5.       Entre viñas, por Juan Carlos Pérez López.

6.       La huerta, por Sam Gutiérrez Galve.

7.       Otro día Más, por Rafalé Guadalmedina. 

8.       Nacer a un lado del cielo, por Emilia García Castro.

9.       De paso escuchar la tierra, por Nuria Casas.

10.   Raigambre, por Ramón Lluis González Reverter.

11.   Un huerto en un bancal, por Cristina Cifuentes Bayo.

12.   El calendario de las aves, por Paula Martín Serrano.

13.   La vida es sólo química, por Eduardo Terrón Ledesma.

14.   Hambres, David Domínguez Parrilla.

15.   Tabaco avainillado, por Fernando Salcedo Alfayate.

16.   Los besos inmediatos, por Isabel Pérez Aranda.

17.   Los caminos del agua, por Ramón Llanes Domínguez.

18.   La noche sin pasado, por Miguel Hermoso Alonso.

19.   Guirnaldas de antaño, por María Calle Bajo.

20.  Un día en la oficina, por Carlota Magdaleno Ruiz.

 

 



 

UN DÍA EN LA OFICINA, por Carlota Magdaleno Ruiz.

 


Me encontraba en la oficina cuando uno de mis compañeros se me acercó con un entusiasmo incapaz de reprimir. Me resultó molesto porque me veía en la obligación de terminar un informe con un plazo corto de entrega. Me dio un codazo y me aseguró que no me arrepentiría, pero le insistí en que a mi esas cosas y menos las personas, me interesan. Por eso escribo artículos sobre nuevas tecnologías y nada más. Así que le di la espalda y seguí redactando el informe que tenía que entregar ese mismo día. Pero agarró mi silla y la hizo girar. Giré varias veces sobre mí mismo, me mareé y a punto estuve de darle una bofetada cuando me hizo la siguiente oferta:

-Si te interesa la historia, te prometo acabar el informe por ti.

-Me queda menos de una hora -le dije.

-Suficiente, te va a gustar -dijo asintiendo con la cabeza.

-Tienes diez minutos. Más no te doy.

Satisfecho, empezó a narrar, pero como era de esperar, tardó más y me enganché a su historia. Al parecer habían descubierto en un vacío pueblo español que llegó a tener unas cien personas, campos extensos de judías verdes sin cosechar. Me enseñó fotos y seguí pensando que me tomaba el pelo. Era un pueblo inanimado pero esos campos de judías que recorrían desde la entrada del pueblo hasta la iglesia y los campos que rozan con el sol del atardecer, sí daban la ilusión de estar habitado. Es entonces cuando ya pasados los diez minutos, miré mi reloj y cuando le iba a comentar que tenía que acabar con lo empezado, me dijo que eso mismo le ocurría a él. Al parecer esos terrenos extensos de judías cultivadas que se extendían por todo el pueblo eran responsabilidad de un solo hombre. Yo pensé en ese momento que no era otra cosa que historias suyas para divertirse un poco en la oficina porque ya sabemos que le gusta más venir a la oficina para charlar que para trabajar. Lo que yo no entendía era cómo él le conocía, pero me dijo que eso se revelaría al final porque si no, no lo comprendería bien. Este señor mayor fue un muchacho al que de pequeño le encantaban las judías al contarle su padre agricultor aquel cuento sobre las judías que llegaban hasta el cielo. Sin embargo, fue tempranamente tratado de raro y extraño porque no se sentía muy satisfecho jugando con otros niños. Más de uno, se presentaba en su casa sin previo aviso, se dirigía a su patio donde se encontraba y le robaba unas cuantas semillas. Al repetirse esto varias veces, el chico tomó la decisión de tener siempre las puertas cerradas salvo cuando alguien iba a salir. Ya nadie le robaba las judías, pero ya nadie venía a verle. Era él quien iba a llamar a casa de los demás para jugar y acabó siendo más social bajo presión lo que le llevó a dejar su solitaria afición. Pero un día que jugaban hubo un apagón y fueron a su casa al ser la única que tenía más luces auxiliares al ser el único entre sus amigos que residía durante todo el año. Sus compañeros de juego solo venían durante el verano. Eran casas turísticas. Estuvieron un rato viendo películas de miedo, pero se aburrieron enseguida y quisieron salir al patio por el buen tiempo que hacía. Entonces uno de ellos, no pudo contenerse:

-¡Joder Marcos! ¡Cuánto tiempo sin venir aquí!

-¡Es verdad! -dijo otro.

-¿A qué veníamos aquí? -dijo el primero.

-Era cuando cultivaba judías.

-¿Sabes qué?

-¿Qué? -dijo Marcos.

-Que las primeras sabían muy mal -dijo el primero.

-¿No las cultivabas? -dijo Marcos.

-Algunas, pero me aburría. Llegué a probarlas. Una pena que lo dejases.

-Me acabas de decir que eran malas.

-Salvo las últimas -insistió el primero.

-Erais unos aprovechados.

-¡Normal, míranos! -dijo indicando sus ropas ostentosas comparadas con las de Marcos.

Al regresar la luz, salieron de nuevo a la calle y no volvieron a pisar aquel patio.

Se hicieron mayores y abandonaron el pueblo salvo Marcos. Su padre murió de viejo y su hijo tuvo que encargarse de cultivar el trigo y el tomate. A medida que pasaban los años, se fue quedando sin compañeros. A penas venían a verle y menos aún venían a robarle judías. Él les regalaba tomates y a veces algunas judías, pero eran tantas las que quería regalar que era demasiada cosecha para el tiempo que ellos se quedaban. La mayoría vivían en la ciudad y tampoco veían el valor de lo que les daba al conseguir lo mismo en el supermercado,aunque reconocían que tenían buen sabor. Se quedó solo y decidió adoptar una galga que encontró atada a un árbol al ser abandonada por un cazador. Ella también desapareció. Solo quedaba él: Incluso las casas que eran turísticas se dejaron caer. Era más rentable pagar los escombros y vender el terreno. Tenía cada vez más excedentes de cultivo al no competir con nadie y por el nivel de destreza adquirido así que para asegurarse que los restos de su perra no serían devorados, la enterró hasta donde ya no pudo cavar más y la cubrió de semillas de judías. Llovió fuertemente varios días y cuando regresó a la tumba, vio cómo habían florecido, pero a su vez los pájaros en cuanto pudieron, las devoraron. Fue entonces cuando se acordó de la cantidad de gorriones que ha visto morir de hambre y continuó plantando judías más allá de sus tierras. Una vez los pájaros saciados, a más judías plantaba, más bellas crecían. Lo siento jefe, esta es la razón por la que mi informe ha llegado con retraso.

-¿Puedes demostrar la veracidad de la historia? -dijo mi jefe retorciéndose en su silla.

-Juan era uno de los que veraneaban. Si me ha insistido tanto, es que quiere ir al funeral y no tiene acompañante.

TAN CERCA, TAN LEJOS (Relato ganador), por Dori Delgado García.


  



¡Dichosísimo tiempo aquel en que nuestra tierra seguía en quieta y pacífica posesión de todas las telarañas, de todo el polvo, de toda la polilla, de todos los respetos, de todas las creencias, de todas las tradiciones, de todos los usos y de todos los abusos santificados por los siglos! 

Pedro Antonio de Alarcón, El sombrero de tres picos 

 

Aunque nunca volví a Guadix, Guadix siempre estuvo en mí. Toda una vida fuera de España, haciendo las Américas de universidad en universidad. Primero como lector, después como titular. Rochester, Pennsylvania, Georgetown,... Muchos años de investigación y docencia sobre la literatura española del s. XIX. Soy yo quien ha llevado a mis aulas palabras que nunca habían sonado en los oídos de mis alumnos: Romanticismo, Realismo, Naturalismo. Zorrilla, Larra, Rosalía. El gran Gustavo Adolfo. Clarín, Galdós, Valera. La increíble condesa de Pardo Bazán. Y por supuesto, mi paisano Perico, don Pedro Antonio de Alarcón, con el que he compartido tantas horas de charlas imaginarias que ya casi me contesta sin que le pregunte. 

 Mis alumnos y yo hemos descubierto al periodista, al viajero, al escritor, al hombre polifacético y carismático que nos ha presentado la España convulsa del diecinueve, incluso con curiosas anécdotas de su vida. A través de su obra han conocido los entresijos de la época y a tipos tan variopintos como el Capitán Veneno, don Trinidad Muley, el carbonero alcalde, el tío Lucas o la señá Frasquita. Los excelentes servicios bibliotecarios estadounidenses nos permiten disponer de ediciones, fotografías, revistas, obras menores y estudios de todo tipo. 

 Los paisajes que descubren en las páginas de los libros los acercan y animan a visitar España. Estos yankis instalados en Halloween, en el Día de acción de gracias y en el Black friday han conocido cómo era una Nochebuena en familia en las faldas de Sierra Nevada, las vivencias de los españoles en la guerra de África, los pueblos de la Alpujarra, el baile de rifa en las cuevas de Guadix o cómo se disfruta de las mejores viandas una tarde de verano en la plazoleta de un molino en mitad del campo. 

 ¡Ay, el molino! ¡El viejo molino! Recuerdo con tanta nitidez mi juventud ayudando a mi padre en aquellos campos sembrados de hortalizas, trigos y maizales. Me llega el frescor de las alamedas, auténticos jardines de senderos que se bifurcan eternamente en mi memoria. Recorrí tantas veces en bicicleta o a pie el coqueto sendero que hacían el corregidor, el obispo y los demás señorones camino del molino. 

 Me invade la nostalgia cada vez que pienso en el valle del río cercano a la ciudad señorial, en aquellas ruinas donde yo imaginaba que estaba el molino que sirvió de inspiración a Pedro Antonio. Abro el navegador y me voy al mapa. Pongo el modo de vista “Satélite”. Sé de memoria las coordenadas exactas. Con velocidad de vértigo estoy una vez más, a miles de kilómetros, sobrevolando los campos que rodean mi pueblo como si fuera el magistral desde la torre de la catedral de Vetusta. Más que ansias de poder, lo que siento es curiosidad de detective. Curiosidad por recrear mis paseos, por ver si han hecho cambios, por ver si han preservado aquel paraíso. 

 La acequia de la Ciudad, la de Ranas y Rapales,... son nombres que me suenan a infancia. Recuerdo mis pies de niño dentro de sus cristalinas y frías aguas sentado al borde de algún camino mientras la brisa hacía sonar los cañaverales o empezaban a brotar los colores de la primavera en los almendros, los melocotoneros o los campos de amapolas. Recorro con el ratón los bordes de las acequias. Salto por bancales y huertas hasta llegar a las riberas del río, completamente seco ahora. ¡Qué ricas eran las moras de aquellas ramblas! 

 Desde arriba la enorme masa de alamedas es una alfombra aterciopelada y mullida en la que me gustaría internarme. Entrar en ese locus amoenus, un universo de sombra y frescor, tumbarme en el suelo para mirar cómo se mecen las copas de los árboles a merced del viento, cerrar los ojos para escuchar solamente hojas y pájaros, pájaros y hojas. 

 Siguiendo rutinas repetidas, arrastro el ratón hacia la izquierda para ver la cantidad de nieve que queda en la mole de inmensa belleza de Sierra Nevada. Después doy una vuelta por la zona de cárcavas que rodean la ciudad, por las laderas rebeldes de tierra rojiza con formas fantasmagóricas. Me detengo en la zona de los pinos, visito algunas higueras y castaños centenarios,... No parece que haya grandes novedades desde la última actualización. 

 ¡Tantos años sin volver! La pena es la calidad de las imágenes. Hay detalles que se escapan a través de una pantalla. ¿Cómo serán ahora los cultivos? ¿Tendrán las flores aquel olor de entonces? ¿Tendrán las frutas aquel sabor tan inolvidable? ¿Dónde estarán aquellos parrales y cerezos? ¿Dónde aquellas plazoletas tan gustosas que invitaban a la charla y a la degustación de productos de la huerta en todas las épocas del año? Ubi sunt? 

 Y, mis paisanos agricultores del siglo XXI, ¿serán hombres sabios, pegados a la tierra, asociados en cooperativas, cultivando productos ecológicos? ¿Habrán integrado los avances científicos y tecnológicos adecuadamente? ¿O serán usureros, gañanes de mirada torva que saquean la tierra y la envenenan a cambio de cuatro duros? ¿Serán como el tío Lucas y su fiel y bella molinera? ¿O serán Garduñas y corregidores? No quiero ni pensarlo. 

 Muchas veces, como Cernuda, me he planteado volver. Y el miedo siempre ha contestado con otra pregunta: ¿para qué? 

 Cierro la pestaña del mapa y mi tierra se esfuma en un segundo. Apago el ordenador siempre con el mismo convencimiento y el mismo regusto agridulce. Prefiero, desde esta atalaya a miles de kilómetros de distancia, seguir enseñando la obra de mi querido paisano Perico, seguir amando la tierra de mi infancia a través de una pantalla y mantener la idealización y la esperanza.

EL MILAGRO DEL PAN (Segundo premio), por Antonio Ramírez Sevillano.

 



                              

    Manolito vendía frutas invisibles. Las recolectaba por las mañanas en el huerto imaginario de su casa y las disponía en un canasto de pleita donde mostraba a sus vecinos las mejores brevas de mayo, los más dulces higos de agosto, las doradas ciruelas de San Antonio o las castañas de octubre.

     Para los más exigentes siempre tenía las uvas de abril, los melocotones de febrero, o cerezas en noviembre.

La buena gente del pueblo le seguía el juego y fingía comprar las exquisitas cosechas que maduraban en la imaginación del muchacho con una moneda tan irreal como sus brevas.

Después volvía a casa con el canasto vacío y los bolsillos, también vacíos, rebosantes de dinero ficticio.

     —¿Hay pan para comer? —preguntaba.

—Lo que ganas no es suficiente para comprar una hogaza —respondía su madre con el tono de quien extraña a un marido ausente desde que empezó la guerra.

     —¿Pero no has visto mis monedas? —decía con cara de contento.

    La mujer, sin encontrar palabras, explicó con lágrimas a su hijo autista que aquel dinero no valía para comprar pan, pero que no desesperara.

     —Tal vez mañana suceda un milagro —le susurraba con amor.

 

     Y quiso Dios que el milagro sucediera.

     Una mozuela pizpireta y alocada le abordó a la hora tercia cerca de la plaza de abastos, con un tono burlón le lanzó un reto:

    —Manolito, quiero la fruta del amor.

     —¿Qué fruta es esa?

     —La granada, “tonto” —Le espetó con sorna cruel aquella niñatadesconocida que se alejaba regocijándose en la burla y en la ignorancia del tonto del pueblo.

El muchacho advirtió en esos momentos que el milagro del pan quizá se produjera si hermanaba sus frutas con los dones de Dios. De este modo. vendería dos artículos por el precio de uno, tendría más clientes, obtendría más ganancias y por fin entregaría a su madre el dinero que valía para comprar pan.

Llamó “inmortales” a los melocotones, “sinceridad” al limón, “fertilidad” a las cerezas, “bondad” a las brevas, “honestas” a las castañas, “esperanza” a las ciruelas, “energía” a las bananas, “maternidad” a las uvas, “entereza” al melón, “prosperidad” a la sandía, “virginidad” a las naranjas, “salud” a la manzana…

En adelante mostraría a sus vecinos un canasto rebosante con las frutas mágicas de Dios.

 En el pueblo obviaron la nueva una ocurrencia de Manolito mientras se repetía el mismo ritual de vender frutas invisibles a cambio de una moneda imaginaria. María, sin embargo; la señora del alcalde pagó un céntimo de cobre, real y reluciente, por una manzana de salud. La mujer simuló comer, y mientras comía el puñado de aire que el muchacho le entregaba, sintió como si la juventud quisiera acomodarse de nuevo en sus viejos huesos.

      —¿Quién te dio la moneda reluciente? —le preguntó su madre al verla brillar entre las invisibles.

     —La señora alcaldesa, me compró una manzana de salud.

     Aquella madre abnegada corrió a comprar una hogaza de pan blanco para comerlo con unas hojas de borraja cocidas.

     Blanca como la miga, resplandecía la cara de Manolito que comía a bocaditos pequeños aquel manjar para que no se acabara nunca. Hasta las hierbas sabían exquisitas.

     No había despertado la hora prima cuando la ilusión alumbró otro día. En un huerto imaginario, un hortelano real simulaba recolectar fresas y arándanos, regaba higueras, manzanos, melocotoneros, vides…, confeccionaba surcos perfectos para nuevas siembras, dividía el terreno en pequeñas parcelas para diversificar cultivos, abonaba y permanecía alerta todo el año ante plagas, enfermedades o ladrones; y siempre con la zozobra que infundía el mal carácter de la madre naturaleza.

     Apoyado en una silla de enea, un canasto de pleita vacío rebosaba de frutos y dones que la tierra y la providencia regalan.

Con la mañana aún sin despabilar Manolito desemboca en la plaza. Nadie miraba la mercancía que insistía en mostrar. Le miraban a él.

     —¡Buenos días, hijo! —exclamó María con el mayor cariño y tomó la etérea manzana de la salud.

El señor cura, enfermo de cáncer, extrajo un anaranjado melocotón inmortal. Doña Asunción, la esposa del señor maestro, agarró dos racimos de uvas, pues deseaba alumbrar gemelos. Todos los vecinos compraron y pagaron un don, un deseo o un milagro, según cada cual quiso llamarlo, con una moneda real y reluciente.

     El muchacho llegó a casa más tarde de lo habitual, los céntimos se le escurrían de los bolsillos. La madre preguntó si los había robado, pero él respondió que se había repetido el milagro del pan. La mujer, entonces, con el gesto de quien extraña a un marido desaparecido desde que terminó la guerra, depositó en las manos del hijo una alianza de oro y extrajo del canasto las últimas ciruelas de San Antonio.

MI COMARCA (Mención especial), por Juan Quesada Hernández.

 


En el mundo hay gran variedad de agricultores y de cultivos:

Hay cultivos forzosos y cultivos libres; cultivos de amor y cultivos de ira; cultivos de paz y cultivos de guerra; y un sinfín más.

Mi comarca ha tenido la suerte estar situada en una de las zonas más fértiles de todo mi país, a mi comarca la envuelve un desierto rocoso inmensamente bonito, pero que por culpa de algunos de mis compatriotas esta cada ved más seco. Podríamos decir que mi tierra es una bendición de los Dioses; también la podríamos dividir en zonas: al este del río y al oeste del río. Al este del río Fardes se encuentran la mayoría de grupos urbanos, entre ellos Guadix: Un pueblo crecido de no más de diecisiete mil habitantes, aunque esta zona era la más poblada de mi región, nos encontramos otra zona; Benalúa: es un pequeño pueblo cercano a los cuatro mil habitantes. Aunque a todos nos beneficiaba el río, muy pocos querían compartirlo y así es como comienza nuestra historia:

Hola, soy Ramón y soy nativo de la zona oeste. Desde pequeños siempre se le ha enseñado a los niños de mi municipio las grandes hazañas que han hecho nuestros guerreros por la comarca, aunque nuca se nos ha enseñado a valorar las hazañas de la otra zona del río. Aunque toda mi familia había logrado grandes hazañas y consideraban que mi pueblo había sido el de mayor mérito yo era un bicho raro, porque aunque quería mucho a mi pueblo, consideraba que si los cuatro pueblos trabajáremos juntos conseguiríamos más cosas. Hacía ya uso cuantos de años, la comarca había sufrido un intento de invasión, los pueblos del sur habían intentado apoderarse de la zona, pero luchamos juntos y conseguimos expulsarlos. Cuando ya se pensaba que había vuelto la paz el rey Carlos III había muerto y a su trono estaban dispuestos a gobernar dos pretendientes: Carlos IV y su sobrino Fernando I. Esto solo trajo una gran división entre los condados y antes de que se formara una guerra se decidió establecer una frontera que separara a los dos territorios: El río Fardes. Durante siglos los territorios habían seguido cada uno su rumbo, desarrollando culturas tan diferentes como idénticas conservando las mismas raíces lingüísticas y  culturales. Mientras al este a la lengua se le conocía como el Sarayevo al oeste se le conocía como el Bretuy. La agricultura fue un tema principal por el que los pueblos se pusieron de acuerdo a lo largo de los siglos. La agricultura estaba surtida por los ríos y ramblas que abarcaban toda la zona, por lo que cuando ibas paseando por la zona oeste veías los grandes cultivos de melocotoneros, los cuales te llenaban de vida cada vez que respirabas su rico aroma y comías sus ricas y jugosas carnes, y aunque era en menor medida grandes huertas se expandían entre los campos de melocotones. Al este había una gran cantidad de almendros y pequeñas huertas, las cuales después de recogerse se vendían en los mercados locales. Aparte de eso, grandes alamedas también se extendió al largo de toda la comarca sin diferenciar entre estados o naciones además de grandes cañaverales. La fauna era grande, trayendo desde pequeños anfibios como ranas a grandes jabalís. Era un lugar tranquilo por el que se podía transitar libremente y la naturaleza bella y frondosa. Pero un peligro exterior estaba a punto de romper la paz de aquel lugar. Doce kilómetros al norte se estaba construyendo una presa a cargo del gran reino de Granada, el cual se había asentado en el pequeño pueblo de La Peza y cual se había prometido controlar todo el cauce del río. No tardaron mucho las obras pero con el paso de tres meses la presa estaba construida, y los cambios se empezaron a notar en toda la comarca.

El río empezaba a descender en su caudal, los juncos empezaban a secarse, los anfibios a marcharse y las especies herbívoras de la región como las ovejas pastoreadas por los pastores ya no podían pastar suavemente. Los diferentes reyes se echaban las culpas mutuamente de la situación hasta que decidieron declararse la guerra, pero en ese momento entre yo. Un día mientras subía rio arriba hasta mi cortijo decidí seguir explorando hacia arriba, y entonces lo descubrí, aquel mastodonte de cemento estaba tapando a mi rio, a nuestro rio, aquel que había sido peleado por quedárselo cada reino. Baje rápido hasta mi casa y decidí contárselo a mis padres y al rey, estos no me creyeron. La vida era dura, me castigaron pero a la tarde siguiente decidí escaparme, mi padre estuvo a punto de pillarme, pero salí corriendo a ver al rey del otro reino, este si me creyó, pero con desconfianza mando una expedición. Yo fui con ellos y al corroborarlo decidieron rápidamente ir a parar la guerra sin sentido que se había comenzado. Al llegar a mi pueblo y al verme mis padres se enfadaron, lo note en sus caras. La conversación fue dura de llevar pero al final se encontró la paz, creando un acuerdo donde se reunificaría toda nuestra comarca. Otra vez la naturaleza nos había salvado. Esa gran “especie” que siempre está ahí para protegerte y cuidarte. Esa que hace que todos o una gran mayoría intentemos mirar hacia delante para salvarnos. Con el paso del tiempo otras amenazas fueron surgiendo, amenazas llamadas como cambio climático, sequía, despoblación, contaminación del medio y etcétera. Además la sociedad vuelve a estar dividida y aun sabiendo que nuestro país puedes acabar siendo un país con más falta de agua miramos hacia otro lado, gastando nuestros recursos y contaminando nuestro medio.

El mensaje es claro, necesitamos estar unidos para frenar esto, a lo mejor todavía tenemos tiempo para ponerle freno y arreglarlo. Con solo adoptar unas pequeñas medidas está solucionado. Tú y todos decidimos. La naturaleza y a lo largo nuestro bien común o el momento

DESDE MI ATALAYA (Mención especial), José Antonio Cascales Rosa.

 



Desde mi atalaya de piedras y barro, veo a veces la sierra nevada, otras veces mojada, y otras muchas con las hierbas marchitas, sedientas por un agua que no nos moja, que no va a torrentes ni ríos, no hay manantiales que nos socorran, ni fuentes con alegrías. ¡No hay agua ya en tus entrañas, para mojarnos estos labios entumecidos! ¿No hay agua en tus senos para amamantarnos cada día?

Yo recuerdo aquellas fuentes del rio, entre olmos y taráys, asomando su agua por la “cajea”, cristalina, entre chinas, con jóvenes lavanderas en sus orillas, con blusas entreabiertas, abiertas a sugerencias, jóvenes admiradores a sus lados como moscas en un pastel, con imaginaciones deseosas. No pasaban de las risas, de los juegos de juventud, de domingos trabajando en coladas de sábanas blancas perfumadas.

Ya dijo Federico:

“…y sentí borbotar los manantiales

como de niño yo lo escuchara.

Era el mismo fluir lleno de música

y de ciencia ignorada”


Ya no hay agua en la cajea ni chinas en el cauce, el desierto ha llegado y todos los olmos secado.

Con la mirada perdida te observo sierra mía, mi corazón late con fuerza por no poder abrazarte y quitarte el sol que te castiga ¡que nos castiga todos los días!

Desde mi atalaya de piedras y barro…cierro los ojos y me abrazo al pasado, donde la niñez aun anidaba en mí, donde había una tierra calma, de besana larga, arada por yuntas y mancera en mano, agricultor de albarcas, con ronzal de esparto. Donde en cada surco había ilusiones, había esperanzas, donde en cada surco había alegrías y penas, donde en cada surco se enterraban los amores pasados y los odios guardados.

La niñez estaba en mí y la sembradera en el hombro, repleta de semillas, andaba tras el agricultor con un pasito corto y un golpecito de semillas en el borde de la tierra volcada por el arado, con un pasito corto y un golpecito de semillas. Siempre en el surco metido, a veces las manos arrecidas y los pies fríos, a pesar de toda la felicidad estaba en el aire.

Envuelto en la tierra revolcándome en ella, haciéndola mía, haciéndola de todos. Toda la vida giraba en torno a ella. Los zagales juntos, llevábamos las cabras al campo, se ataban con clavo y su ramal, y ¡nosotros a jugar! o a trabajar, había que mancajar, segar, arrancar, barcinar o trillar, sacar estiércol y un sinfín de tareas que no acabaría de enumerar. Y, sin embargo, éramos felices.

Las tareas del colegio eran secundarias, no es que no hubiese que hacerlas, es que a nuestros padres se les olvidaba recordárnoslas y a nosotros hacerlas. No en todos los niños y niñas era así, pero si en muchos, sobretodo en jornaleros y pequeños agricultores, donde todos teníamos que contribuir.Especialmente en verano había una actividad frenética hasta pasado julio, desde arrancar las legumbres (garbanzos, lentejas, mánganos, alverjones, habas, etc.) hasta la siega de la cebada, trigo e incluso centeno. Todo había que “barcinarlo” a la era para después trillarlo, pero en medio de la faena estaba el calor, tiempo de hacer “pilones” en el rio y remojones en sus aguas frías, ¡casi sin saber nadar! ¡Éramos felices! ¡Éramos libres!

El “abliento” tiempo de polvo en la piel, de picores, pero con la fuerza del viento y la ayuda de un “biergo”en manos de unos brazos expertos, se iba separando la paja del grano, todo se aprovechaba unas cosas para el ganado y otras para el humano. Si había tormenta (que las había a menudo) había que amontonar la parva para que se mojase lo mínimo, todo a marchas forzadas. Pero no nos quejábamos, esto era así y así se aceptaba. Los garbanzos eran los últimos en arrancarse y trillarse, lo demás estaba dominado. Llegado a este punto, con las bestias y las cabras al campo para que comiesen y nosotros a ver las ranas en las balsas (siempre nos juntábamos algunos niños en la misma situación), jugar al salto de la paloma o a hacer balsas de barro, a ver cuál era más resistente ¡algunos han salido ingenieros de caminos!

Ahora desde mi atalaya, veo molinos en el llano y placas en la estepa. ¿Dóndeestarán las liebres? ¿y las avutardas? Ya no se oyen los cantos de las codornices y las perdices, no se oye el canto en la mañana del jilguero, ni al ruiseñor cantando en la noche para que la hembra que está en el nido no se sienta abandonada, ¿dónde están?

¿Dónde están las risas de los zagales en la calle? ¿y los murciélagos en la noche? ¿y las salamanquesas en las farolas comiendo polillas? ¿Dónde está esa fauna tan rica? ¿Dónde está esa flora tan diversa?

¿Dónde están los humanos criados en el campo? Abandonamos la tierra, envenenamos sus aguas y creemos que avanzamos, avanzamos al ocaso al hoyo profundo, a lo irreversible… avanzamos a la burbuja... que se infla y explota.

Desde mi atalaya de piedras y barro, sentado cada mañana, ya con el pelo blanco, con el pelo cano, un nuevo día recojo para poder sembrarlo, no de grandes cosechas, ni de grandes arcas en el banco. El campo no son números y si grandes esfuerzos, grandes ilusiones y grandes esperanzas. El campo es nuestra casa, nuestro cobijo y techo. El campo y la tierra son nuestro sustento.

Serán ya los años, donde hay mas pasado que futuro, donde hay más recuerdos que vivencias, aun así, hay futuro me digo, pero también es cierto que, desde mi atalaya de piedras y barro, me oculto en aquella tierra calma, de besana larga, arada por yuntas... y… mancera en mano… agricultor de albarcas… con ronzal de esparto. En cada surco una ilusión una esperanza, en cada surco un odio enterrado y el amor no amado, en cada surco un recuerdo, un recuerdo de comer habas sentados en la orilla, jugando entre amapolas, regadas por primaveras mojadas.

ENTRE VIÑAS, por Juan Carlos Pérez López.

 


Tarsicio descorcha la botella. Sirve dos copas de vino de la ultima cosecha. Al olfatearlo, se le viene a la mente el primer día de toda una vida dedicada a la agricultura…

 

Septiembre de 1943.

El cielo está enjalbegado por un tono ocre que barrunta tormenta de barro. El viñedo está patinado por un tornasol metálico. Fulgores cobrizos espejean en las pámpanas, inventándolas como pétalos oxidados. Flamea en el ambiente la fragancia del mosto. Se ha levantado un viento desapacible; remueve la hojarasca y forma una polvareda que amortaja las viñas con un tul terroso. Ruedan por el suelo rojizo algunos cuévanos de mimbre vacíos. Pueden verse capachos de esparto entre las hileras de las viñas que, plantadas en vaso y arraigadas con potencia a la tierra franca, parecen alzarse briosas, anhelantes en las noches abiertas de tocar la luna y las estrellas con sus leños retorcidos, de los que penden apretados racimos de uva.

Los arrieros, a la sombra, fuman cigarrillos de picadura, y tiran de porrón para humedecer el gaznate con un clarete. Apersogadas con las riendas a los arbustos, las mulas pacen tranquilas. Portan las acémilas los serones en los que son volcados sin descanso los capazos con las uvas que serán transportadas hasta el lagar, donde, una vez despalilladas y prensadas, darán el néctar de color rojo picota con el que habrá de iniciarse el milagro del vino.

El capataz de la cuadrilla, dado a predecir el tiempo a través de las cabañuelas, intuye que el calor apretará en unas horas. Con su vozarrón de recia encina, manda descansar a la cuadrilla. Los vendimiadores, sudorosos y con la respiración agitada, no pierden tiempo ni en sentarse; en cuclillas, cortan con el  corquete o con navajillas buenos pedazos de tocino fresco sobre trozos de hogaza de pan desgajados a mano, echándose un cacho a la boca, al que le sigue un trago de clarete al coleto con cierta prisa, para volver al tajo cuanto antes y así evitar vendimiar con las temperaturas altas, pues ello afectaría a la calidad final de las uvas, ya que se iniciaría la fermentación antes de que llegasen a la prensa.

Anselmo sobrevuela con su satisfecha mirada el pago familiar, los ojos aguanosos por la emoción. Situado en una llanura donde los vientos baten afables, es bendecido por un clima mediterráneo, de temperaturas muy altas en verano y rigurosas en invierno. Pero ello no le incomoda. Después de más de un lustro de sacrificado trabajo, recomponiendo muros, podando, replantando, resucitando cepas, saneando la tierra y mirando al cielo ―rezando para que no cayesen lluvias en exceso que inundasen el viñedo o heladas que impidiesen la fructificación de la uva―, por fin ha obtenido la ansiada recompensa: está vendimiando la cosecha que habrá de darle el primer vino propio, en el que espera que quede reflejada la personalidad de sus uvas, y bien marcado el carácter del rudo paisaje en el que fructifican sus viñedos.

―Vamos Tarsicio, agarra ya la barjoleta y llévala bajo el árbol, que hay hambre y sed, hijo. A ver si tu madre nos ha echado unas migas.

El chiquillo corre con júbilo a cobijarse bajo la fronda del enorme árbol que, en una inusitada segunda floración, se exhibe majestuoso en el lindero de la viña familiar. Apenas come unas cucharadas de migas y un pedazo de tocino crujiente, Tarsicio se sube con destreza a las cruces de las ramas del majestuoso árbol. Al coronar la copa, el crío lanza un alarido, para desesperación de su padre. Tarsicio no para de remedar el grito del Rey de los Monos desde que vio El tesoro de Tarzán, protagonizada por Johnny Wheissmüller, en el destartalado cinematógrafo que los domingos montan en un establo del pueblo, en cuyo término municipal se encuentra el viñedo de su padre. Pero los chillidos de su padre se alzan por encima de su llamada a los animales de la selva.

―¡¡Bájate de ahí arriba, so desgraciao, que te vas a partir la crisma!! ¡Mira que como te caigas, yo después te eslomo a palos! ¡Pero es que tu madre te hincha a alpargatazos! Vamos, ni en la cueva del castillo vas a poder esconderte de ella.

―Pero padre, si solo estoy jugando un poco.

―¡¡Que te bajes de ahí te he dicho!! Los árboles son la patria de los monos, y la viña la de los agricultores como tú y yo, así que tira pabajo que hay faena por delante, y no poca. A ver si te enteras de que este viñedo va a ser tu comer el día de mañana. ¿O acaso también tú piensas en abandonar el pueblo? Porque como sigamos así, en unos años no queda un Cristo en toda la comarca.

Mientras ayuda a su padre en las labores de la viña, Tarsicio no deja de mirar de reojo al árbol: Es esbelto, solitario, añoso. Sus ramas están vencidas por el peso del manto floral que conmueve los sentidos. A contraluz, ofrece una estampa prodigiosa de vida arraigada en la tierra. Ya piensa el zagal en volver a subirse a él en compañía de los pocos amigos que van quedando, con los que acude a la viña al atardecer para dar rienda suelta a su imaginación, el árbol, al igual que las ruinas del castillo medieval, entonces reconvertido en un baluarte que ansían asaltar.

Tarsicio ignora aún que el viñedo y el árbol acabarán alzándose como una imagen de naturaleza salvaje y rotunda que arraigará con vigor en el centro de su alma. Sin saberlo aún, entre las viñas o bajo la sombra del árbol, labrará día a día esa heredad que su padre y él trabajan para que sea parte del legado familiar.

 

Se le torna la mirada aguanosa a Tarsicio. Toma las dos copas de vino. Se avecina a la ventana. Le ofrece una copa a su anciano padre. Brindan. Paladean el vino. Guardan silencio mientras observan sus viñas, el cielo inflamado ya por los tonos cobrizos del véspero.

LA HUERTA, por Sam Guitiérrez Galve.

 





    Un par de piedras salieron disparadas ante la pesadez de la silla de ruedas al entrar en el camino de tierra. El sol caía entre las montañas y marcaba el sendero. El viejo señaló el río que se divisaba entre los olivos. Las cigarras cantaban, a lado y lado, junto al crepitar de los dos paseantes, que avanzaban en silencio. La melodía de un ruiseñor y el abejeo de un tractor lejano animaban un paisaje templado.

 El hijo frenó la silla y se puso frente a su padre. Estaba en sus últimos momentos de vida pero lo sentía deseoso de salir corriendo, al son del viento y prendido del olor de la huerta. Un perfume cálido y dulce a causa del contacto de los rayos de luz con la fruta. El viejo suspiró, cerró sus fatigados ojos y volvió a los veranos de su niñez, esquejando brotes con sus hermanos y persiguiendo gatos entre los matorrales con los demás zagales. 

 Se frustraba al no poder levantar las tajaderas por sí solo pero conocía las peculiaridades de cada planta o árbol en la huerta. Su padre, esquilador de ovejas, le mandó al monte a los 5 años. El recuerdo de arrastrar la azada por las kilométricas rengleras de maíz estaba fresco en su memoria, para después caer en el regazo mojado de sudor. En el lomo siente el cruel dolor de riñón de esas jornadas que parecían no tener fin. Sin embargo, las noches de agosto con sus primos y la tortilla de patatas de su tía no quedaban empañados por los duros días de trabajo en época de siembra, que daban comienzo en San Pedro y concluían el día de San Román. 

 Se vio a sí mismo apuesto y con un inocente bigote, detrás del peral más tupido, torpe e inexperto, excitado y rebozado junto a la que sería su compañera de vida. Apretó las manos al sentir en su rostro el despiadado sol de julio en las mañanas de trabajo que empezaban al alba con el riego del maíz. Recordó con cosquilleo la brutalidad con la que su perro ratonero aniquilaba en una tarde decenas de roedores, criaturas que ponían en peligro la cosecha devorando las raíces de la remolacha. 

 El sonido tímido del arroyo le evocó la pérdida de un mejor amigo, que le rompió el alma antes de haber cumplido los 14 años. La fuerza del agua desbordada arrasó las casas de la ría y la inundación aún se maldice en toda la provincia. Sintió el llanto desconsolado de su madre tras una pedrada que apaleó frutos y hortalizas y les dejó sin probar longanizas y perniles toda la primavera. 

Se encontraba en esa huerta que le acompañó en los momentos que quería revivir una vez más antes de partir, para tenerlos frescos ante el viaje que estaba a punto de dar comienzo. Esa huerta que egoístamente creía suya y que tanto echaría de menos. 

 Después llegaron el servicio militar, la mudanza a la ciudad y los hijos, y sus encuentros se limitaban a Navidades y fiestas del pueblo. En sus visitas se despertaba antes que nadie y bajaba para estar a solas con ella. Andaba por la huerta sin prisa ni destino, acariciando las hojas de los árboles y volvía a casa con melocotones y ciruelas para desayunar en familia. 

 Rememoró las carreras entre frutales de sus hijos primero y nietos después. También vio a toda su gente comiendo al pie del almendro para celebrar la partida hacia la capital de su hija menor. En esa huerta había enterrado a padre, madre y hermanos, y pronto ocuparía un lugar junto a ellos. El mismo sitio donde 85 años atrás contemplaba estrellas fugaces como olivas una noche de estío. 

El hijo observaba, discreto y sonriente, la travesía de su progenitor. Posó su mano en el hombro del viejo y cerró los ojos con él. La brisa acaramelada del anochecer les acariciaba y se mantuvieron inmóviles, absorbiendo ese instante. Abrieron los ojos y sin intercambiar palabra volvieron por donde habían venido.

OTRO DÍA MÁS, por Rafael López Soriano

 



Antes del amanecer, el Antonio despierta con el impetuoso canto de los gallos. Se retuerce en la cama. Tiene los huesos molidos, pero no de tiempo para lamentos. El Antonio se enfunda unos pantalones de pana con pegotes secos de barro y una camisa bañada en sudor helado. Baja a la cocina y toma el café que le acaba de preparar la Beatriz, su mujer.

Tras pronunciar un tímido “Hasta luego”, sale del cortijo y se enfila hacia el cobertizo construido a base de adobe y piedra. La escarcha se amontona sobre el camino y las zarzas. Mediante una exhalación, el Antonio comprueba que hace un frío de mil demonios. “La Navidad ha traído el crudo invierno”, masculla. Empuña el rastrillo y lo clava sobre una alpaca para distribuirlo entre los diferentes comederos. Abre la verja que encierra a ovejas y cabras y éstas se lanzan voraces hacia el forraje. Seguidamente, toma la espuerta y la llena de semillas para echarle de comer a las gallinas y a los conejos. La marrana, por su parte, se repone después del parto y sus rosadas crías dormitan sobre su abdomen. “Ya vendrán los zagales a amamantarlos”, medita.

Al salir de las cuadras, con un morral bajo el brazo, al Antonio lo espera una cuadrilla compuesta por un puñado de vecinos del resto de cortijos. “Felices fiestas”, le saluda el Arcadio sonriente. “Vamos al lío”, apremia el Antonio con un tono seco. Cargados de varas, fardos, espuertas y sacos, los hombres montan en el remolque de un tractor y se dirigen hacia la Cañada Pardilla. “Parece que éstas están cargadas”, apunta el Arcadio. El Antonio asiente en silencio y observa el cielo raso. Nada más pisar, las botas se hunden en el barro que baña el bancal. El grupo de jornaleros extiende los fardos y comienza a dar palos en perpendicular a la dirección de las ramas de los olivos. Las aceitunas de tonalidad verde oscura caen al suelo junto a algunas hojas que describen hipnóticas espirales. El Antonio escala por las ramas centrales del olivo hacia la copa y, una vez fijada su posición, limpia de frutos la parte superior.

Al concluir el árbol, entre varios hombres sujetan los fardos y se dirigen hacia el siguiente y así sucesivamente hasta acabar con todos los olivos del bancal. A media mañana, detienen la cosecha para descansar. La cuadrilla toma unas piedras y se sientan sobre ellas formando un semicírculo. Del morral, el Antonio saca un pedazo de pan junto a una tajada de chorizo de la matanza y un bocado de queso producido por la leche de sus cabras. “Estos olivos son de los duros. Cómo tienen de pegada la aceituna, ¡la virgen!”, exclama el Arcadio. “Las picuales son cosa magra”, sentencia el Antonio, quien, sin mediar palabra, coge el botijo y se acerca a un arroyo cercano a tomar agua fresca.

Antes del mediodía, la cuadrilla estira los fardos sobre las espuertas y un cargamento de aceitunas y hojas se posa dentro de los sacos formando una montaña regular. A continuación, los jornaleros montan en el remolque de vuelta a los cortijos. Nada más bajar, un olor a migas hechas a la lumbre hace salivar al Antonio. Al entrar a la cocinilla, la Beatriz acaba de remover los tropezones de harina y aceite. Los zagales revolotean alrededor. “Josefa, ¿le has dado de mamar a los marranillos?”, inquiere el Antonio. “Claro, padre”, contesta tímida la niña con el rostro cubierto de pecas. La Pilar, la zagala mayor, sirve los pepinos y los tomates de la huerta familiar sobre la paila de migas, a la que ya le ha incorporado unas tajadas de tocino. La familia se reúne alrededor de la comida y cuchara en mano van vaciando el manjar. El Antonio apura un vaso de vino y cavila observando las conversaciones de su familia. Repela la manzana y se despide fugazmente hasta la noche. Se interna en un pedregal que hay detrás de las cuadras y busca una piedra lisa. De cuclillas, el Antonio siente una brisa gélida sobre sus nalgas. Cuando se limpia, escucha el traqueteo de un tractor y posteriormente un eco que proviene del camino: “¡Antonio, que nos vamos pa’la negra!”

Los jornaleros regresan a la Cañada Pardilla. El silencio es sólo interrumpido por los jadeos y los bamboleos de las ramas vareadas. Cuando comienza a atenuar la luz del sol, la cuadrilla da por concluido el jornal. Aúpan los sacos de aceituna al remolque y se despiden hasta el día siguiente. Algunos se retiran a descansar, otros a la taberna a entibiarlas penas. El Antonio vuelve a pie al cortijo. Mira el horizonte mientras nota el sudor correr entre su espalda y la camisa. Al llegar, se mete derecho a los corrales. Libera a las ovejas y las conduce hacia un prado cercano con la ayuda del perro pastor. Su hijo pequeño, el Antonio chico, aparece detrás corriendo. “Padre, de mayor yo llevaré a las ovejas”, atina a pronunciar atropelladamente. El Antonio sonríe tímidamente. “Tú estudia, hijo mío”, responde suspirando.

La noche cae mientras el ganado torna a su encierro. El Antonio enciende un candil de aceite, llena un barreño de agua templada y se retira al baño a quitarse la mezcla de sudor y tierra que cubre su cuerpo. Una vez aseado, regresa a la cocinilla, donde aguarda su familia y un cuenco que rebosa potaje de habichuelas. El caldo le templa el alma. De postre, la Beatriz saca unos roscos de vino y una botella de gloria casera, el licor típico del periodo navideño.

 

Cubiertos de una montaña de mantas de lana, el Antonio y la Beatriz se resguardan en la cama del frío penetrante. “¿Qué día es mañana, Beatriz, sábado o domingo?”, inquiere el hombre sonriente. “Mañana, otro día más”, responde la mujer. Tras un beso tierno, el Antonio siente su cuerpo molido mientras aguarda el sueño reparador.

NACER A UN LADO DEL CIELO, por Emilia García Castro.

 



Uno sabe muy bien cuándo está en las últimas, porque eso que se dice de que ves toda tu vida pasar de golpe, como si fuera una película, es verdad.

Max estaba tirado en medio del arroyo, por la fatalidad de una piedra situada tan a propósito que, al caer sobre ella, le coincidió en la nuca. Sintió una oleada de megavatios correr desde sus pies y, después, dejó de sentir el cuerpo; ya era solo mente extenuada en vagos recuerdos, desdibujados como si fueran de otro, al final solo en blanco y negro. Por último se fijó en el cielo, donde un avión dejaba una línea recta que lo dividía en dos partes.

Un arquitecto siempre piensa en líneas, rectas y curvas, pero en líneas y en volúmenes. Quién hubiera pensado que, de una aldea tan remota y tan pobre, pudiera salir un muchacho como él a hacer una carrera, que se hubiera licenciado, como se decía entonces, que llegara al principal estudio de arquitectura del país y que llevara algunas de las mejores obras a nivel internacional.

«Tú no tienes porte de licenciado; no sé, te falta algo», recordó como un eco las palabras que su amigo Gero le había dicho varias veces en la vida. Era su muy querido compañero de la facultad y de sus primeros lances de juventud, pero también era certero como un águila sobre su presa. No le quedaba más que callarse si le escuchaba esa sentencia, porque su trasfondo de aldea era algo muy difícil de ocultar. Mira que lo había intentado con un trabajo de primera y un triunfo social que sería la envidia de muchos; pero sí, Gero tenía razón. 

También la tenía su amigo de infancia de la aldea, con el que compartió juegos en la escuela nacional. Ese amigo se había quedado en el campo y regentaba una cuadra con unas cuantas vacas, cuidaba los pastos y cultivaba su huerta. Cuando Max retornaba a la aldea, a visitar a la familia que le quedaba allí, le ocurría algo parecido a lo que le pasaba en la ciudad.

«Aquí somos ya muy pocos, Maximino, la gente se va del campo. Bueno, tú vienes de tiempo en tiempo, pero no es lo mismo que vivir aquí aguantando las penalidades». Ya no le llamaba nadie Maximino porque adoptó el nombre de Max, que le parecía más internacional y más chic. Escuchaba raro su antiguo nombre, siempre en la aldea, y sentía una especie de vergüenza y de culpabilidad extraña, como una acusación velada por ser un desertor, alguien que había dejado al campo solo y abandonado a su mala suerte. Pero uno no puede ir por la vida llamándose Maximino, Max es mejor.

Notó su cabeza mojada por la escasa agua que discurría por el riachuelo y recordó que este había sido para él, desde el principio, una auténtica frontera: a un lado del arroyo, la aldea enclavada en el valle brumoso; al otro, los procelosos caminos que llevaban a la ciudad, y a otros mundos que se le antojaban fabulosos desde que tuvo uso de razón. La corriente se cruzaba por un puente sencillo de madera y, un poco más allá, pasaba la carretera que llevaba a la civilización; aunque muchas veces no usaba el puente, y saltaba de una piedra a otra con la agilidad de un niño hasta alcanzar tierra firme. 

En aquellos dominios remotos, más allá del arroyo, había triunfado y eso no podía negarlo nadie. Su piso en el mejor ático de la ciudad, su pareja que era modelo de pasarela, su coche deportivo que rugía al acelerar, daban fe de ello. Quiso retener con fuerza esa sensación de gloria, pero le supo algo falsa y desvaída. Rememoró los viajes y las cenas entre la crema de la buena sociedad, y se vio a sí mismo vestido con un traje tan exclusivo como caro. «Te queda mejor la ropa barata, de todo a cien, de tienda china, de mercadillo, de baratillo», eran las variaciones que le regalaba Gero, puede que por rencillas entre arquitectos, puede que porque fuera verdad.

Procuraba vestir la ropa sencilla para ir a la aldea, pero allí tampoco servía porque había que ponerse un mono, coger los aperos para ir a segar al prado y, luego, recalar en el bar a hombrear. Hasta sus propios padres le parecían más auténticos, el padre con su ropa de mahón, y la madre con la eterna bata de cuadritos, ocupados en sus faenas agrarias que a Max se le hacían tan absurdas. Cuando los dejaba atrás, dejaba todo aquel mundo íntimo que se había visto obligado a traicionar, y el punto álgido de ese trasvase era el arroyo, el que traspasó aquella tarde, como tantas otras veces, saltando de una piedra a otra hasta alcanzar la ribera opuesta, llegar al aparcamiento y coger el deportivo para salir zumbando hacia la ciudad.

Pero esa tarde tropezó por segunda ocasión. Solo le había ocurrido otra vez siendo niño, cogió una mojadura tremenda porque era invierno y el arroyo iba muy lleno, y su madre le riñó muchísimo. Esa tarde ya era mayor, era verano y el arroyuelo iba bastante seco, olía a heno recién cortado y a ganadería pastando en las cercanías. Saltó igual que siempre, con movimientos medidos semejantes a una coreografía, pero se había puesto unos zapatos nuevos muy caros, de marca italiana, que no funcionaban bien con los pedruscos del arroyo. Y la piedra acerada estaba clavada en el cauce agostado, dejando una cresta asomar, como si fuera un arma que había incidido justo en su nuca.

No podía mirar más que al firmamento, dividido por la línea dibujada por el avión, y pensó que en cuál de aquellas dos partes le tocaría nacer de nuevo. Mientras la raya blanca y los azules se iban difuminando, dejó de sentir la humedad en el cabello y todo era flotar y divagar en uno de aquellos cielos.