La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de enero de 2019

HEBRA. Revista Literaria.Nº 7, enero 2019


ISSN 2605-0854



SUMARIO



JURADO: 


Soledad Zurera López (Poeta y Profesora de literatura jubilada)


POESÍA: 








PROSA POÉTICA: 







RELATOS:




















RETRATO DE CIUDAD, por Lourdes Páez Morales




Era solo un punto en la lejanía… Ya solo era eso. Solo un insignificante punto en el horizonte.
Eva se sentó en el bordillo de la acera. Las luces de la ciudad empezaban a encenderse, y, aunque los faros de los coches pasaban a la altura de sus ojos, cegándola, permaneció así, inmóvil, perpleja, hundida, sentada en aquella acera de la calle en que se habían despedido para siempre. Por su mente paseaban recuerdos confusos, inconexos, hirientes, de los momentos felices que habían vivido. Heridas cerradas, sanadas, cicatrizadas, volvían a abrirse con ese ya último, definitivo, no retornable adiós. Miraba los rostros de quienes pasaban junto a ella: deformes, hirientes, mezquinos, interrogantes… Odio, desesperanza, desengaño. Quería morir en aquel instante. Las luces se multiplicaban en sus pupilas por efecto de las lágrimas, caleidoscopios de su dolor.
Un insignificante e incoherente punto, después de tantos puntos suspensivos… Después de tanto amor, de tanto amar, de tanto esperar amor y olvidar amar.
Eva pensó en las noches mirando la luz del móvil. Mirando la no respuesta. La odiosa, aborrecible, detestable doble uve azul como única señal de contestación. Recordó sus mañanas de cafés en sesión continua, y los fondos de las copas;y las asquerosas, repulsivas, sucias manos de quienes no sentían el más mínimo respeto por ella.
Imaginó su vida caminando por la cuerda floja. Se vio sin red,y sin alambre. Se vio cayendo al vacío. Entonces sintió pena de sí misma. Y se río de la gente que pasaba a su lado. Insultó a los conductores, y a los motociclistas, y luego insultó a su propia existencia.
Se levantó y pensó que ella, al fin y al cabo, estaba viva.
Él era ya un insignificante, anodino e inapreciable punto en la lejanía… Ya solo un punto y final.



CAMINANDO, por Isabel Pérez Aranda.





Era sólo un punto en la lejanía..., caminaba decidida a completar la ruta, y aunque el recorrido estaba marcado, había tramos en los que perdía un poco la orientación, era tal el silencio que ni los pájaros, ni  la brisa del aire pareciesen existir en aquel paraje, simplemente la contemplación me estimulaba a seguir, aún a sabiendas de estar entrando en terreno infranqueable y donde la maleza se sentía cómoda.
Llevada por un ímpetu hasta entonces desconocido para mi, continué ensimismada por las pequeñas cosas que encontraba a los lados del camino, la similitud herbácea me llevaba hacia otras tierras, con la diferencia de la exuberancia de estas en particular, como si aquí, se hubiese acumulado su verdadera salvia y emanase de manera que ninguna se quedase sin su porcentaje nutricional. Lo abrupto del pedregal me animaba, pues siempre he sentido cierta sensibilidad por las piedras, hay algo en ellas que me desmonta, a veces siento la necesidad imperante de saber que al tocarlas pueda percibir todas las existencias, su devenir desde el inicio hasta el lugar que ocupan ahora mismo, es en este sendero, donde agudizo esa percepción, como si fueran seres animados, las miro, las acerco, las acojo en mis manos y las vuelvo a dejar en su morada, pero no todas,  a veces es inquietante no entender, sigo caminando acompasando la respiración y el movimiento ligero de los brazos, el sol irrumpe con su fuerza se siglos, mi cuerpo comienza a buscar con mayor necesidad las sombras, sigo y descubro un matorral que parece por fin el camino, me intriga, es demasiado fácil, hago intención de apartar las primeras capas de maleza, no es fácil, hay una maraña de espino que quitar a manos limpias no me seduce nada, y aun así bajándome las mangas del jersey lo vuelvo a intentar, es una cueva, o al menos eso parece, el olor es salvaje, húmedo y salino, no se aprecia el fondo, el suelo está cubierto por una especie de manto viscoso pero a la vez petrificado, estoy sola, no debería adentrarme, pero mi curiosidad es más fuerte, ya he tomado la decisión, seguiré a delante, no se ve absolutamente nada, intento alumbrar con el móvil, solo hay oscuridad, ni siquiera un resquicio de luz que anuncie un final, es más grande de lo que hubiese imaginado, y pienso que he de dejar un rastro como hizo Pulgarcito, en este caso aprendida la lección no dejare migas de pan, primero porque no llevo, aunque dudo que alguien o algo se las comiera, a no ser que esta cueva este habitada por algún ser que yo desconozco, en fin, que dejare piedrecitas que he ido acumulando en mis bolsillos en ese afán de atrapar su energía. Empiezo a estar un poco cansada, necesito tumbarme, y no hay donde, es todo demasiado lúgubre, casi estoy dudando, casi decido dar la vuelta, en ese instante mis pupilas se enfocan, afinan la visión, solo era un punto en la lejanía, si, pero suficiente para no desfallecer. 





ERA SÓLO UN PUNTO EN LA LEJANÍA, por Isabel Rezmo.




Era solo un punto en la lejanía,
el ábside congénito de una mordedura
intentando esquivar los labios.

Era solo los puntos suspensivos de una idea
vagando uniforme por el lecho de una bisagra.

Intentaba ser  sueño,
pequeño  sentido declarado a la consumación
del tiempo,  tragando  monedas,
evitando ser la asfixia arrepentida de una lágrima.

Intentaba ser la serenidad de la anciana remendando
en su fuero interno,  los años que pasan y no vuelven.

Era solo un paisaje diluido en la inmediata puerta,
de una jardín prohibido.

UNA HISTORIA, por Tomás Sánchez Rubio.




            Era solo un punto en la lejanía. El sol, al atardecer, se volvió rojizo manchando de ámbar y de violeta los jirones de nubes que encontraba en su declinar. Luis caminaba por la fría arena en uno de sus acostumbrados paseos por la playa; una playa vacía en un martes cualquiera de otoño. Se había convertido en parte de su rutina diaria desde que, dejando tantas cosas atrás, se instaló en aquel pueblo junto al mar.
            El punto que había contemplado en la distancia comenzaba a concretarse como una persona que caminaba en sentido opuesto al suyo, a su encuentro. Los dos marchaban a un paso parecido, ambos descalzos, con las manos atrás... Cuando estuvo lo suficientemente cerca, Luis distinguió a un hombre que se detenía de vez en cuando para mirar las olas como él mismo solía hacer en sus paseos vespertinos. Tenía una edad parecida a la suya, a pesar de que aparentaba ser bastante mayor. Ya a su lado, vio que le sonreía con un gesto cansado y lo miraba fijamente a los ojos. Pensó que iba simplemente a saludarle, como es lo propio entre dos caminantes solitarios que se encuentran en un paraje deshabitado. Sin embargo, se paró de pronto frente a él y comenzó a hablarle:
—Hola, Luis, ¿qué tal?
Mientras Luis, sorprendido, escrutaba su rostro para intentar reconocerlo sin éxito, el desconocido siguió en un tono neutro, sin entusiasmo, sin tristeza, con voz clara y firme:
—Debes volver. Te he acompañado demasiado tiempo... La primera vez que nos encontramos fue aquella tarde lluviosa de abril, cuando tus padres hicieron que te sentaras frente a ellos en la sala de estar para decirte que iban a separarse. También era yo quien te tenía cogido del brazo una fría mañana de diciembre en el entierro de tu padre tras más de dos años sin hablarle, mientras tu hermana te miraba sin reproche, pero con pena. Ese día te despediste de ella con prisas y sin mirarla a la cara. Te acompañé, pasados unos años, cuando llevasteis, ante tu insistencia, a vuestra madre a aquella residencia un domingo por la tarde; igualmente yo estaba allí cuando ibas a visitarla cada dos semanas. Os escuchaba charlar brevemente de la comida, del tiempo, de sus vecinos... Yo iba a tu lado en el coche cuando volvías serio tras cada una de aquellas visitas.
Sé que notaste más que nunca mi presencia aquel día que decidiste, con un nudo en la garganta, pero simulando resolución, dejar a tu mujer, tu novia de toda la vida, la que te quería a pesar de tu carácter difícil, la que te esperaba a la puerta de la academia con las manos frías metidas en los bolsillos de ese abrigo barato que tanto te gustaba. No quisiste darle hijos como ella deseaba, pero a pesar de todo seguía amándote...
            Después volviste a alejar de ti, sucesivamente, a todos aquellos que te querían. Aparentemente actuabas por pereza, por temor a la responsabilidad, al compromiso. Mi presencia, sin embargo, se hacía más notable dentro de ti. No te dabas cuenta, pero llegó un momento en que yo pasaba la noche mirándote en tanto dabas vueltas en la cama. Entraba en tu breve y entrecortado sueño y te revolvías inquieto...
            De nada sirve tenerme presente en tu vida, Luis. Es hora de que me vaya. Mi presencia te ha hecho daño, porque lo único que he conseguido es que huyas.

            Se dio la vuelta y, sin despedirse, pasó de largo de Luis y continuó su camino. Luis se dio la vuelta y lo vio alejarse, hasta que se convirtió de nuevo en un punto en la lejanía... Aún no era de noche. Era extraño, como si el tiempo se hubiera detenido...
            Entró confuso en casa. Cogió el móvil. Tras dudar unos instantes, buscó la agenda y marcó aquel número que un día había borrado... Cuando acabó de hablar, hizo la maleta: había decidido volver.

DESDOBLAMENTO, por Jose Guzmán Pérez.


     


     Era solo un punto en la lejanía...un desdoblamiento de mi “yo”, visión más allá de las pupilas del espejo, de las desgastadas formas de los capiteles, del corazón de miel del jazmín. Un espacio abovedado, grácil y uterino. Alegoría onírica, del anaquel que expresaba los primeros gestos del incunable, nanas de fuego mecían la quietud lacerada de mis instantes. El ala y la huella convergieron, como la cara y la cruz en una medalla de plata. Dios me otorgó la gracias de nacer de tus entrañas, educaste mi claroscuro, y juntos seguiremos haciendo camino, reencontrándonos, en la espiral que guardan las rosas entre sus pétalos, seremos tierra y raíz, ecos, eternamente germinados por la luz de nuestras improntas. Brisas espirituales de mañanas de incienso, y atardecida de paz y creencia para nuestros cuerpos.

UN PUNTO EN LA LEJANÍA, por Gloria Acosta.




Era solo un punto en la lejanía, una luz tenue en la noche o un haz incandescente bajo el ángulo meridiano del sol, blanca sobre el verde, coronada de rojas ondulaciones de teja muslera, luciendo ventanales que desafiaban el rigor de los inviernos en la comarca. No se percató de su existencia hasta pasado un tiempo de su llegada, cuando el cambio estacional provocó el destello en una ventana de la cara norte, que fulminante, proyectaba la luz sobre los pinos.

 La soledad de Llano Negro sobrecogió en un principio su ánimo socavando la determinación de su impuesta soledad tentándolo a regresar a lo conocido, al mundo rutinario de la ciudad de la que huía en un último intento. Sin embargo pronto una inusual quietud se apoderó de él afianzando la decisión tomada. Era ese silencio lo que buscaba y que le proporcionaba la pequeña casa alquilada en la zona más alejada del núcleo poblacional lo que le devolvería la motivación perdida hacía ya tanto tiempo, sin embargo la evidencia de  las hojas en blanco agolpadas en el suelo como si aquella condenada Olivetti que descansaba indolente frente a la ventana se negara a incrustar sus manecillas en la cinta negra, revelaba una verdad que mermaba su maltrecha inspiración. 

Algunas tardes lograba liberarse de la presión de la editorial  saliendo a pasear por los caminos polvorientos salpicados de pequeños caseríos abandonados o de modestas viviendas de  agricultores de la zona. Era una buena tierra gracias a los alisios que barrían la  humedad esparciéndola por las copas de los árboles para enfilarse finalmente ladera abajo entre barrancos, en su afán de fundirse con el mar siempre vigilante a lo lejos. Fue ese loco viento en las interminables noches de invierno el que lo arrancaba de la cama obligándolo a sentarse en la mesilla a  escribir esa historia que no llegaba y el que le impulsó a acoger al cachorro de pastor garafiano que arañaba incansable su puerta. La ventera y los asiduos al bar de  La Mata no dieron señales del  dueño y decidió darle una tregua a su soledad y a la del pobre animal lisiado en el que vio reflejada su propia desazón.

  La compañía de aquel lupoide logró apaciguarle el ánimo y volvió a sentarse frente a la ventana con el calor de aquel cuerpecito peludo y ocre cubriéndole los pies.

  Ocurrió con la llegada de la primavera que prestó atención a una casa blanca entre el pinar de Las LLanadas. Un ígneo rayo de sol incidía sobre las ventanas de la cara norte lanzando destellos cual montañero perdido agitando un espejo. Le pareció que no había estado  allí y se preguntó si estaría deshabitada como tantas otras de los alrededores, pero en la parte trasera se vislumbraba un hilo de humo proveniente con seguridad de la cocina. Pronto dejó de interesarle mientras los días fueron transcurriendo lentos y densos entre paseos con su cachorro cojo, algunos vinos en el único bar de la zona y cuartillas estériles que salían de la máquina de escribir sin parir nada que mereciera la pena. Luego estaba aquel viento endemoniado que no cesaba y una vaguedad temporal que le borró cualquier estímulo pasado, como si ya nada importara, como si los días fueran una sucesión de estampas difusas y solo las noches sentado en la mesilla frente a la ventana fueran lo único tangible. De entre la negrura del ramaje llegaba puntual y parpadeante la luz lejana de la casa blanca . Se percató de que nunca veía entrar o salir a nadie, como si el humo y  los haces de luz fueran sus únicos habitantes. Tecleó entonces la primera frase de su novela : “Era solo un punto en la lejanía”. Luego siguieron otras hasta que le pudo el sueño, pero en la mañana las hojas morían ardientes en la chimenea y por allí escapaban la campesina viuda con sus cinco hijos labrando la tierra con el día y apurando la taberna en la noche, el joven asceta buscando la conjunción con la madre naturaleza,  el matrimonio feliz en los comienzos y silencioso en el declive de los años. Allí moría cualquier intento, siete palabras salvadas de la quema en el blanco del papel, el blanco de la casa, el encierro inútil, el rugido del viento, la fatal obsesión que provoca la nada, la sequía, el abandono, la suciedad vital.

 Fue su cachorro pastor quien se atrevió aquel día a aligerar el paso. Los animales no saben de patas, viven felices, corretean, ladran y recogen pelotas sin lamentar su suerte. El punto en la lejanía fue creciendo, perfilando sus rectas, sus maderas, y su volumetría reveló la respiración habitada, patente sin traspasar la puerta. Tarde para sortear la curiosidad, quizá la forma de llenar sus páginas fuera escudriñar por la ventana, el punto final a un comienzo interminable.

  El anciano de aspecto sucio y desaliñado quemaba algo en la chimenea. Un viejo pastor garafiano, jadeante, se desplazaba a tres patas perdiéndose en otra habitación. Junto a la ventana descansando en una mesilla la Olivetti dejaba leer una frase: “Era solo un punto en la lejanía”.