La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de enero de 2020

HEBRA. Revista Literaria.Nº 13, enero de 2020

EL BOSQUE ERA UN TAPIZ, por Isabel Rezmo




El bosque era un tapiz

ondeando entre las  hojas secas,

 por la voz perdida de las ramas.



Era un deseo adherido a la savia de los árboles,

un rumor agotado por la fuerza del viento.



Susurraba lento, apresado por la montaña,

apresado por la lluvia,

apresado por la turbulencia  de tus besos.



El bosque creía ser un labio,

o un mar perfecto muriendo en la orilla.

Sin  saberlo dejaba impresa una palabra,

esquivaba la virtud a través del eco.



Todo era perfecto en tu ventana.

Como el bosque , dejabas entrar  a tu lecho.

Dejabas en el aire una pregunta,

dejabas incierto sabor a consuelo.



Y el bosque como tapiz,

dibujaba la silueta que decía ser tu hambre,

tu cielo, tu sexo;

apresado una vez más,

por la turbulencia de tus besos.

RETORNOS, por Tomás Sánchez Rubio





                El bosque era un tapiz. Desde arriba, en un día despejado de junio como aquel, sin rastro de nubes, la intensa lozanía de los grandes árboles de copas inmensas ocupaba de manera vertiginosa todo el campo de visión. Desde el suelo, a ras de la tierra, estos gigantes de diámetro inabarcable al abrazo de los humanos, de corteza gris y marcada por las grietas del tiempo, no se veían tan frondosos. Sin embargo, visto el conjunto de todos ellos desde el cielo, la cosa era distinta: solo se divisaba una masa compacta, verde de distintos matices: verde musgo, verde pino, verde enebro, verde esmeralda, verde vida, verde muerte... El sol al atardecer jugaba allá en lo alto poniéndole nombres y sombras a este paisaje infinito.

                Shasta había escuchado decir desde pequeña a los mayores que, cuando moría un miembro de la tribu, tras vadear el río en cuya orilla el cuerpo era incinerado, y que bajaba de las montañas adentrándose en lo más profundo del bosque, su espíritu volvía a la vida convertido en águila: esas mismas águilas cuya impresionante silueta cubría a veces a los niños y niñas, que, como ella, se entretenían jugando a diario con bayas y guijarros junto al poblado.

                Shasta pensaba con frecuencia en su abuela Tallulah. Cuando murió, ella era muy pequeña, tanto como una semilla que cupiera en la palma de la mano, según su madre. No obstante, recordaba perfectamente el rostro amable y sonriente de su abuela: lleno de profundos surcos, pero suave a la vez, y con unas largas trenzas blancas como raíces. ¿Por qué eran blancas las raíces de las plantas más oscuras y hermosas? Su abuela era una preciosa y erguida planta de bonitas raíces blancas.

                La guerra desde siempre había existido con otras tribus. En la guerra se respetaba siempre a las mujeres y a los niños. La lucha se dirimía entre los guerreros jóvenes y se llevaba a cabo en las pálidas llanuras, a plena luz del día. La paz no tardaba en llegar; nadie estaba nunca interesado en prolongar demasiado la lucha.

                Sin embargo, hacía tiempo que los mayores hablaban de gentes armadas que venían de muy lejos, del otro lado del bosque y de las montañas, y que arrasaban los poblados aprovechando las noches sin luna. No distinguían entre viejos y niños;  a todos torturaban y asesinaban sin razón aparente. Se hacía extraña en la mente de Shasta una actitud así.

                Un día especialmente caluroso, mientras ella y otras muchachas recogían  flores rojas de la buena suerte, destinadas a la fiesta de la boda, próxima, de la hermana mayor de su amiga Aiyan, vieron a jinetes de piel clara y extrañas ropas acercarse al poblado. La mayoría de los hombres jóvenes había salido temprano para cazar y no tardarían en volver con la comida... Todo ocurrió muy rápido. Solo recordaba las voces, el humo y el olor acre a animal herido, a hierba húmeda y a inocencia sepultada en el barro...



                El bosque era un tapiz, un impresionante tapiz de verdes e innumerables hojas perennes de árboles que las señalaban desde el suelo. Junto a ella se encontraba su abuela Tallulah.  Ambas volaban a gran altura, rozando los extremos de sus alas, libres, felices, unidas para siempre...


NAVIDAD AL FILO DE LA POSIBILIDAD, por Gloria Acosta






El bosque era un tapiz de musgos irisados bajo el vaporoso rocío que las primeras horas esparcía, liviano, sutil y resbaladizo entre la savia. El viento agitaba las ramas de  laureles y  brezos enredando en su  baile a las yedras que abrazaban  los troncos. Un explosión de davalias horadaban las cortezas. Cientos de ramas nuevas se soldaban entre sí cercando los troncos viejos que subsistían imponentes a esta fiesta verde y milenaria.La umbría cobijaba al misterio.

Tras un recodo, el sendero del Lomo de la Jara se retuerce. La humedad de la lluvia horizontal lo vuelve resbaladizo. Y de repente, al fondo, entre los Guardianes Centenarios que vigilan las cuevas de Toledo, el milagro navideño no sorprende a nuestra protagonista. Mercedes sabía que  el viñátigo milenario florecería a destiempo, cumpliéndose así la profecía familiar, trayendo a su memoria las palabras que su madre repetía. El árbol, majestuoso pese a su corteza agrietada por los años, regalaba hojas nuevas desnudando las viejas que dormían su sueño carmesí. Allí, en las axilas de las hojas superiores, brotaban en inflorescencia de sus pedúnculos las diminutas flores amarillentas que iluminaron los ojos maduros de Mercedes.

—Madre, cuánta razón tenías.



La vuelta fue una remembranza, una sucesión de vivencias infantiles, historias de mujeres vecinas de los valles de Aguere, que anduvieron por caminos de lecheras huyendo de los fielatos hasta llegar a la Recova Vieja. Su madre y antes su abuela, aún sin cantar el gallo, salían en comitiva desde la Cruz de los Álamos sin derramar una gota de los cántaros que guarecían la leche en equilibro sobre sus sombreros de paja. Un desfile de blusas blancas, largas enaguas, faldas negras y lonas de caminar, a ratos cantando y a ratos en silencio, temerosas, espantando con rezos sus miedos de brujas que acechaban por las enriscadas cumbres en busca de  caminantes a quienes maleficiar. Luego, los cazos, algunos con más agua que  leche, llamaban  de puerta en puerta en la ciudad desperezada.

La joven Candelaria acariciaba su vientre redondo, henchido el delantal. “Será una niña”. Cuatro meses después, a la vuelta del camino, en una cuneta, parió a Mercedes.

—Madre, en la plaza dicen que eres bruja.

Candelaria hace una cruz en el aire y sonríe a su hija que no para de bostezar.

—¿Qué te corto Mercedes?

—El mal de ojo.

—Yo te corto el mal de ojo, susto o disgusto, pero no te lo corto con cuchillo ni con hierro martillado, sino con la palabra De Dios y el Espíritu Santo.

—Madre, dicen que la abuela iba en las noches de aquelarre al Bailadero de Anaga y que luego bajaba a bañarse desnuda a la playa.

—Si te entró por la cabeza, Santa Teresa. Por la frente, San Vicente. Por la nariz, San Luis.

Luego, Candelaria bostezaba y se santiguaba.

—Diles que bruja no sea si en Navidad florea.



Mercedes apresuró el paso. El tiempo se había enredado entre los árboles y el sol del invierno se dejaba caer tímido y placentero. Sus hijos habrían llegado ya. Debía prepararse para el entierro.

—¿Qué dijo el viñátigo mamá?

Mercedes sonríe.


EL BOSQUE ERA UN TAPIZ, por Manuel Martín.



El bosque era un tapiz
entre  esmeraldas tempranas.

Reflejaba la luz que
bordaba de platas las sombras,
Iluminando los sonidos despertando la mañana.

El verde  lucía de gala
anudando imágenes de lana,
al compás de la seda
narraba mitologías,
alfombrando la vida,
coloreando de luz y pasión
la brisa entre narrativas.

Que embriagan la danza,
dando la bienvenida a la mañana.

Era de tal sencillez su belleza
que el silencio declama versos de resplandor,
mientras un ruiseñor,
anidaba la esperanza con hilos de amor
en este tapiz de luz y color

que embriaga la mañana .

LA NUEVA CAPERUCITA, por Lourdes Páez Morales.



El bosque era un tapiz. Sus infinitos colores parecían la paleta de un pintor. Caperucita, sin miedo, atravesó la ladera del robledal camino de casa de su abuela. Llevaba los pasteles y los panes para ella que le habían encomendado, ya que se encontraba enferma. Su madre le había advertido convenientemente: “No hables con desconocidos, ni te apartes del sendero”. Ella, obediente, así lo hizo, ya que un feroz lobo, a mitad del camino, le había dirigido la palabra y ella ni le había mirado. Llegó a casa de su abuela temprano. Tenía la pobre mujer mal aspecto: el rostro pálido, los ojos enfebrecidos. Caperucita le apartó un trozo de pastel en un plato y le calentó un poco de leche. Cuando estaban tranquilamente charlando sobre las tareas escolares de Caperucita, unos nudillos golpearon la puerta de la cabaña. “¿Quién es?” −Preguntó la abuelita. “No esperas a nadie, ¿no? −Le preguntó Caperucita a su abuela. A lo que esta le respondió que no.
Caperucita intuyó quién podía ser, y, ni corta ni perezosa, subió al desván a buscar la escopeta recortada de su recientemente fallecido abuelo. Antes de volver a bajar, se asomó sigilosamente por el ventanuco que estaba justo encima de la puerta y constató así la presencia del lobo que la había abordado en el camino.
“¡Pasa, pasa!” −Le dijo Caperucita al visitante, encañonando la pistola hacia la puerta. “Soy un pobre lobo, y me he perdido en el bosque” −Respondió el bribón, que se quedó de piedra al entornar la puerta y ver a la pequeña escopeta en ristre. “Esta pequeña no tendrá el valor de dispararme” −Pensó el lobo, mientras la niña le explicaba −sin soltar el arma− cómo llegar al territorio donde habitaban los lobos. Hechas todas las explicaciones, Caperucita le invitó a marcharse. Y el lobo, dando tiempo a una mejor oportunidad, se quedó al acecho tras unos matorrales cercanos a la cabaña a la espera de que la niña saliera y poder zampárselas a ella y a su abuelita. A los pocos minutos, se escuchó un disparo, y el lobo, sobresaltado, se aproximó a la ventana de la cabaña. Un cazador que pasabapor allí acudió al sitio donde se había producido ladetonación y vio al lobo merodeando la casa. Encañonándolo con su arma, le hizo huir, y entró en la cabaña para ver qué había sucedido. “Gracias a dios que llega usted, señor cazador. Por eso he efectuado el disparo al techo −Le dijo Caperucita al hombre− Le tengo dicho a mi abuela que ponga un pestillo en esta puerta, porque hoy una, y más a su edad, no puede vivir en medio del bosque sin ninguna medida de seguridad.”
El cazador les dijo a ambas que el lobo había huido, pero que tuvieran cuidado. “¿Me lo dice, o me lo cuenta? −Le contestó Caperucita al hombre− Con los tiempos que corren no te puedes fiar de nadie. Y menos de un lobo que habla”.

¿QUÉ HAGO AQUÍ?, por Consuelo Jiménez.



El bosque era un tapiz de matices vitales,
era un lujo de contrastes que inundaba de brillo la fronda.
Hilos dorados, puntadas ocultas, tejían los sentidos.
Caricia, silencio, cuerpo. 
Celestial seducción, sutil guarida de lo oculto.
¿Qué hago aquí?
Rastrear calientes orgasmos furtivos en el magno capítulo vencido.
Desatar pájaros, sacudirlos al aire.
Liberar versos al vasto infinito.
Imaginar, urdir un ovillo de imágenes.
Crear un poema, un lugar absorbente de rojos y verdes,
un cuerpo febril y tierno, 
musgo, bosque, un misterio.
¿Qué hago aquí?
Incendiar la palabra, recordar.