La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de septiembre de 2018

REFLEJO, Antonio Carbonel Sánchez



Cada vez que se veían
el mismo cristal les separaba,
turbio como un deseo
insinuado a contraluz.

Casi vulgar aquella historia
sobre mares de incertidumbre ,
con sus torpes silencios
discretos como la espuma.

Aprendió a susurrar otro nombre,
tan bella música presentida,
cada cual a un lado del vidrio
reflejando el mismo misterio.









           

MATILDE Y JOSÉ, por Tomás Sánchez Rubio.




            Cada vez que se veían, Mati y José agachaban la cabeza. Lo normal es que se encontraran en la plaza, la plaza grande del pueblo, los domingos por la mañana.
            A veces pasaban tan cerca el uno del otro que casi se tocaban; lo hubieran hecho con solo haber alargado un poco cada uno el brazo derecho.
            Mati iba a misa con su toquilla y su pañuelo en la cabeza, cojeando levemente por una temprana artrosis; caminaba del brazo de su madre -anciana aparentemente delicada, aunque de manos recias y boca firme-, sin mirar al frente. José, siempre al lado de su padre, hombre serio de piel marcada por surcos como de tierra arada, se paraba de vez en cuando a mirar algo que le llamara la atención. Cuando lo hacía, su progenitor se detenía pacientemente a cierta distancia, apoyado en el bastón con gesto cansado, hasta que José, con un par de zancadas volvía, preocupado, a colocarse junto a él para proseguir el paseo dominical. Normalmente no sacaba las manos de los bolsillos; algo que seguía haciendo a pesar de sus años.
            Hubo un tiempo en que Mati y José eran vecinos. Las familias de ambos no prestaban atención a los ratos que dedicaban al juego con otros niños, siempre más pequeños que ellos -aunque menos infantiles-, en el callejón de Las Frutas durante las tardes de verano. Nadie se daba cuenta de que entre los dos había surgido -en sabe Dios qué momento- algo parecido al amor, un amor tierno, inocente, pero amor al fin y al cabo...
            Cuando sucedió “aquello” y en casa percibieron lo que le ocurría a Mati, las dos familias acordaron que ella se trasladara a la ciudad, a casa de su tía: esa que solo se dejaba ver por el pueblo un par de días en las fiestas de agosto.
            Se decidió, asimismo, que el “fruto” de esa unión fuera recogido por Hortensita Maldonado, la hija de doña Amparo, que a la sazón no había tenido en su matrimonio -ni había podido tener- descendencia... La niña Hortensia y su madre, o más bien las sirvientas de la gran casa del Camino del Arroyo, cuidaron al niño con esmero. Este fue al mejor colegio interno de la capital; y en la casa que los Maldonado tenían allí, desarrolló su vida el chico, lejos del pueblo...
            Un día de verano a la hora de la siesta, Mati y José, que, aunque ya no fueran vecinos, tenían ventanas a la plaza, vieron tras los visillos bajarse de un coche a un joven alto, moreno y guapo, de ojos grandes y paso firme; llevaba un traje de alpaca y unos zapatos negros y lustrosos. Su abuela, doña Amparo, había enfermado y venía a visitarla por última vez... Se marcharía enseguida, pues ya no tenía nada que le uniera al pueblo. Nunca lo tuvo...
            Mati y José, cada uno por su lado, sintieron una punzada muy parecida en el pecho y la vista se les nubló por unos instantes.
            Al día siguiente, cuando se cruzaron los dos en la plaza, se miraron un instante, tras muchos años sin hacerlo, y se dedicaron, por primera vez en demasiado tiempo, algo parecido a una sonrisa...

                                                                                                                     

UN VERSO Y UN CAFÉ, por José Luis Centurión.





Cada vez que se veían...
Con un abrazo y un beso
en la frente, la recibía,
ella ruborosa, sentía
la presumía,  poniéndose
de puntitas, de su cuello
se colgaba y sonreía.

 Su voz suave, -con susurros-
al oído le expresaba,
desde hace ya largo tiempo,
al pasar te vengo admirando,
luces muy espectacular
y te has metido en mi mente,
en mi corazón y mi alma.

Siento que eres tú, una de esas
maravillas, solo se dan
pocas veces en la vida,
cuánta seguridad se ve
en tu transparente mirar,
sin interés has llegado
a mis sentidos  alterar.

¿Me aceptarías un café,
y un verso acaricie el alma?,
Juntos mirar las estrellas,
quiero escribir a la luna
lo que nos reste de vida,
a lo que besaré tú alma
hasta saciar todas ganas.

TRIÁNGULO, por Marian Orruño Touzón.




Cada vez que se veían, un petardo estallaba en su mente; la miraba, no se resistía a ella, ni ella a ella, era como ver una película de violencia, no querer apartar la vista del atacante ni del atacado...
Aquel maldito funeral de uno de los parientes lejanos de Luis, lejanos y no tanto y no era de extrañar que muriese uno al mes, tenía tantos, a esa velocidad, en pocos años, ambos quedarían libres de funerales. Se hacían mayores a un tiempo, y es un eufemismo el calificativo cambiando de sentido la palabra, viejos la realidad, viejos como un mueble, una pared desconchada, un electrodoméstico; cargados de hombros, agotados, sedientos de paz, descansaban.
Y en uno de aquellos infinitos funerales, conocimos a Lucia y no es que Lucia fuese de la familia  de Luis, acompañaba a una prima indirecta del muerto a participar en ese adiós impuesto en la sociedad de todos los tiempos, civilizada o no, antigua o moderna, absurda costumbre por otra parte, porque pareciendo un homenaje al muerto, precisamente el destinatario es quien no lo disfruta, frío e inmovilizado, no está para celebraciones y resulta, en lugar de un homenaje, un encuentro informal de familia y conocidos y habitualmente terminado en comida, cena o cuando menos en una ronda de vinos por los bares de los alrededores.
No hacía dos meses de casados y un año de relación, aún no habían discutido seriamente, aún no tenían hijos, aún no habían pagado el piso, aún nada, aún...
La conocieron aquel mismo día, el mismo que despedían al muerto, dijo llamarse Lucia y no recordaba cómo fue el encuentro con ella, en qué momento tomaron contacto, ni la razón que hubo para ello.
Lucia le resultó una mujer atrayente convirtiéndose en su mejor amiga, fue recíproco, una especie de flechazo, su gusto por la música, el teatro, la lectura, el cine, coincidían, fue un punto de inflexión entre ambas. Me dijo que nunca había conocido a nadie como yo, fue a los pocos días, muy rotunda aquella afirmación poniéndola en guardia, no obstante siguió en la conveniencia de su amistad... Lucia era soltera, sin compromiso y sin ninguna gana de tenerlo...
Cómo pensar, ni por un momento, que su marido, algún tiempo después, tendría un lío con ella. Canallas infieles! Pero al fin a los dos amaba, a Lucia y a su marido, casi los encontró al tiempo, no hubo demasiado espacio entre ella y él, su marido y Lucia.
Lucia estaba celosa de Luis, él también lo estaba de ella, el uno de la otra, la otra del uno... Lucia quiso saber cómo hacía sexo con su mujer, deseaba pulsar ese registro en el que te das hasta el fondo. Nunca había tenido relación con un hombre y deseaba tocar el cuerpo que ella tocaba, al fin deseaba sentirla en esa acción de entrega.
Intuyó desde un principio que a Lucia le gustaban las mujeres, la forma de decir, de hacer, de mirar y no es que tuviesen una conversación al respecto, para Lucia resultaba una pesada cruz su tendencia, no se manifestaba abiertamente, odiaba lo que era y no podía cambiar, lo acarreaba en absoluto silencio. Una tarde en una de sus habituales borracheras, Lucia le confesó haber estado enamorada de una compañera de instituto, se fueron de vacaciones y ocurrió... Eran habituales sus confesiones en aquel estado.
Lo bueno de sus borracheras, era que nunca recordaba qué había hecho o confesado al regresar a aquellos pequeños espacios sobrios...; por lo demás, no resultaba un inconveniente, todo lo contrario, su carácter agrio, malhumorado y violento, la hubiesen hecho reaccionar de manera negativa al enterarse de sus confesiones, un cataclismo dado su carácter. Pero en fin, la soportaba, aguantaba sus insoportables estados, sentía pena por ella, por su soledad y sobre todo porque de otra manera, no hubiese tenido nadie con quien compartir aquellos aficiones compartidas por ambas.
En fin, ocurrió y fue de pésimo gusto, su marido no se enteró de la pretensión de Lucia, cómo lo iba a saber si es que cuando a un hombre se le ofrece algo así..., le tiene sin cuidado el fin buscado por la otra, ya sea dinero o algo más oscuro y fue directo como un toro Miura y Lucia hizo porque se enterara, y no entendía cómo se las ingenió con su virginidad y el otro sin enterarse de la magnífica oportunidad que se le brindó de desflorar a una mujer, madura y poco atractiva y con un acentuado toque masculino, sin embargo lo hizo, porque una vagina es una vagina, venga de quien venga y al enterarse por azar, sufrió, algo que iba incluido en la intención, además de enterarse de lo que le daba Luis, tres o cuatro días a la semana y no podía darle ella...  
Por costumbre sigo yendo a esos insoportables funerales, no sé por qué voy y no lo hago por encontrarme con Luis, dejó de ir hace mucho, lo olvidé, ni con Lucia que sigue yendo; alguna vez la veo, creo que va por encontrarme en ellos. Nos miramos,  nos escrutamos, sólo eso...

RIVALES, por Lourdes Páez Morales.



Cada vez que se veían… ¡Ay, qué cabezonería la de ambos! Cada vez que Pedro y Miguel Ángel se veían, cruzaban a la otra acera por miedo a volver a enzarzarse y pegarse en medio de la calle. Ninguno de los dos había querido ni podidoolvidar el incidente en el Jardín de San Marcos, donde Bertoldo, conocedor del carácter pendenciero de ambos, se había visto obligado que separarlos a fin de que no acabara corriendo la sangre entre los jóvenes. Aquella misma mañana, Miguel Ángel había tenido la osadía de hacer la visita a palacio que los dos habían convenido hacer juntos para ofrecer sus credenciales como pintor y escultor respectivamente. La fanfarronería de Miguel Ángel al vender su buen hacer en los dos oficios molestó tanto a Pedro, tres años mayor que él, y a quien debería haber correspondido la preferencia del ofrecimiento de sus servicios a Lorenzo el Magnífico como escultor, que su amistad de años se desvaneció entre los frondes de helechos que les rodeaban.
A partir de aquel día, en todas las calles de Florencia el paso de Pedro suscitaba risas y comentarios maliciosos en voz baja. Algunos encuentros públicos entre ambos habían terminado en sonados tumultos que escandalizaban y divertían a partes iguales a la malévola sociedad florentina. Tras la llamada de ambos al orden por parte de los Médicis, hubo un período de contención que cesó en 1491 con un encontronazo fortuito entre Miguel Ángel y Pedro en la Capilla Brancacci. Un importante encargo escultórico al primero por parte de Lorenzo el Magnífico fue el detonante de la pelea. El resultado: la nariz rota que obsesionó a Miguel Ángel y acabó plasmando en sus autorretratos y en un verso –“Mi rostro tiene la forma del miedo” y la otra parte expulsada de la ciudad.
Pedro pasó el resto de su vida penando por su desdicha. Dejaba atrás su querida Florencia, su sueño de ser escultor en la cuna del arte; en un peregrinar que le llevó a Inglaterra y finalmente a España. En Sevilla, víctima de nuevo de su ira, murió en una húmeda e ínfima celda del castillo de la Inquisición. Dicen que lo encontraron inerte, con los ojos fijos mirando al cielo a través del ventanuco… Soñando quizá con salir volando de nuevo hacia la Toscana.

Benvenuto Cellini y Giorgio Vasari recogen en sus escritos la anécdota de la pelea en la que Pedro Pietro Torrigiano rompió la nariz a Miguel Ángel Michelangelo Buonarroti− al principio de sus carreras. No sabemos con certeza cuál fue el escenario de la disputa.


ALETEO, por Isabel Pérez Aranda.



Cada vez que se veían, 
temblaban las musas dormidas, 
se entonaban cantos de sirenas, 
y se dejaban posar para respirarse a sí mismos, 
olvidaban el lugar el momento y hasta el ser 
para refugiarse tal camaleones de un entorno hostil. 

Cada vez que se veían,
ahogaban los olvidos, 
los tiempos perdidos 
asumían el riesgo de desaparecer, 
de ser engullidos por los ecos reflejos, 
de perder los contornos, 
de hacerse humo,
y disiparse como aire. 

Cada vez que se veían 
era un principio, un final 
rompían las olas su hechizo mimético
 y no había viento que los sostuviera
ni flecha que los acoplara
mas que el vibrante aleteo de psique 
volando hasta el amanecer.