La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 15 de julio de 2018

HEBRA. Revista Literaria.Nº4, julio 2018


ISSN 2605-0854


SUMARIO


Jurado: 
Justa Gómez Navajas (Docente, profesora de derecho)



POESÍA: 







RELATO: 












DE PUNTILLAS, por Isabel Rezmo


Llegó sin avisar,
sobornando las yemas de los dedos.
Inmediatamente después de un suspiro.
Aquel que atravesaba el círculo concéntrico de los labios.
Se quedó inmóvil como una tapia en la madrugada,
encendiendo las mejillas de un dormitorio.
Costaba mover la sangre,
el cuerpo, las piernas; el verbo,
La caricia, la mirada que no se ve,
el cáliz o la termita.
Pero llegaba. Llegaba como si el amanecer
estuviera adormilado por la aurora,
por el fresco rocío de los desiertos.
Los tulipanes yacían en el suelo,
las gárgolas no querían ver el lugar de los
relojes.
Y Dios era testigo, testigo inerte
de la absurda rutina que mata de hambre
el placer y el sexo.

MORIR DE OLVIDO, por Lourdes Páez

Pintura de Fernando Botero



Llegó sin avisar. Nadie le esperaba aquella mañana, justo a los seis meses y una semana de concepción. Su madre había hecho todo lo posible durante el embarazo por perderlo. Prostituta en activo, desahuciada por un cáncer no tratado, sin ayuda de nadie y adicta al alcohol, no contaba en sus planes con un hijo…
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Cada mañana se sentaba en la mesa de la esquina junto a las cristaleras de aquella cafetería,en la Plaza de Sagasta con Solferino. Solía tamborilear la madera con sus dedos costumbre “de viejos”, como él la llamaba, seguramente heredada de algún antecesor que desconocía mientras esperaba ser atendido por la camarera. Desde su posición, degustando plácidamente el café matutino, escudriñaba y criticaba para sí, o para los otros clientes que le circundaban en el interior, las bajezas de los que se sentaban en las mesas del exterior o los transeúntes.
“La vieja esa… Parece que no se da cuenta de los años que gasta. Maquillada como una vulgar ramera, y con un vestido tan corto como su vergüenza. Qué ridícula…” Pensaba José, repasando con mirada torva a la mujer más cercana a su mesa, justo al otro lado del cristal, que, sin compañía, miraba a ratos el móvil como si rehuyera con él su rotunda soledad.
“Y el sarasa aquel. Estará buscando planes. Se verá bonito con las gafas de sol. Mira la ojeada que les echa a todos los chavales que pasan… Qué asco de afeminados. No puedo con ellos” Proseguía, en una incesante sarta de improperios.
Y así, todo ese escaparate mundano de la cafetería, que pasaba ante sus ojos durante media hora, le servía a José para desquitarse de alguna amargura pasada que lo había convertido en un ser deleznable.
Llegó un día a la mesa más cercana a la de José una chica extranjera. Miraba el móvil nerviosa, con la impaciencia de quien esperaseuna llamada que le arreglarade golpe todos los problemas. No había apurado aún su café ni había recibido la ansiada llamada, cuando una voz ronca la sacó de su ensimismamiento.
“Oiga. Ahí no se puede usted sentar. Esa mesa está ocupada”.
Ella, molesta y contrariada a partes iguales, ignoró la advertencia de José. Tras un minuto de silencio, el anciano golpeó la mesa de la chica, que no salía de su asombro.
“Que te vayas de aquí, panchita”. Le gritó.
Ella no se movió. La camarera que solía servirle el café a José se acercó, y, aunque temerosa de la reacción del viejo, intentó hacerle entrar en razón. Y fue en vano, porque él continuó gritándole a la chica, que aguantó el tipo sin decir palabra, hasta que, a los pocos minutos, se echó a llorar. En ese instante, José se levantó de su silla y se dirigió a la puerta amenazando a los camareros de la barra con no volver más a la cafetería.
A la mañana siguiente, José llegó al local más temprano que de costumbre. Desde su mesa lanzó una mirada alrededor para asegurarse de que todo volvía a estar como siempre. Le pidió el café a la camarera y, aprovechando su cercanía, en un tono casi imperceptible, le preguntó por la chica del día anterior. La camarera le explicó que, al consolarla, le había contado sucintamente su triste historia. “Es una pobre chica, don José. Vino a España engañada, se ha quedado embarazada, y no tiene para comer. Ayer esperaba la llamada de una persona que la iba a ayudar con lo del niño… No quiere perderlo, ¿sabe usted?… Peroesa persona no la llamó”−le comentó al anciano.
José pasó la media hora del café ensimismado, siguiendo con mirada hosca a todo el que pasaba ante la cristalera,pero sin decir, inusualmente, palabra alguna.
A aquel silencioso día le siguieron varios más. También en silencio. Los camareros se miraban extrañados por el cambio de actitud en el viejo. Incluso hubo días en que ni siquiera apareció por la cafetería.
Una mañana, sentado en su mesa de siempre, José pidió a la camarera de siempre que se acercase, y,sacando un abultado sobre del bolsillo de su chaqueta, le susurró al oído: “dale esto a la muchacha sudamericana si vienepor aquí”.
Pero la chica nunca apareció. En las noticias de unas semanas después contaron que habían encontrado el cadáver de una prostituta ecuatoriana en el Parque del Polígono Oeste. Había intentado escapar de las redes de una mafia que la trajo engañada desde su país para trabajarcomo secretaria en España... Estaba embarazada de seis meses.
“¿Sabes? −Le dijo aquel día a la camarera,con enorme pesar, mientras daba vueltas insistentemente al café con la cucharilla−.Ese niño… Ese inocente niño debí haber sido yo”.

RETRATO DEL DESEO, Consuelo Jiménez



Llegó sin avisar en el fragor del trueno,
las nubes alborotadas se alzaron en clamores.
Destilaba anhelo el roce,
la piel ardía bajo el arco de la quimera.
El viento eyaculaba en la mañana,
el cascabel sonaba en la hoguera.
Los ojos se adueñaron de salvajes latidos,
el frenesí de las olas arrebató la pereza al mar,
un húmedo acento aderezaba los instintos,
mientras el placer febril palpitaba cerca, 
muy cerca del deseo.
Y así te guardo amor, con recelo, 
temiendo a las cenizas vagando en mis dedos.



                                  


LUCÍA, por Tomás Sánchez Rubio.






Llegó sin avisar. Al abrir los ojos, Lucía lo vio sentado en una silla al pie de la cama, muy derecho pero a la vez con gesto cansado. El sol de abril le bañaba el rostro. Al principio contempló su perfil, pero el joven volvió la cara de pronto y la miró sonriente. Era como si hubiese presentido que por fin ella había despertado. No sabía cuánto tiempo llevaba en el hospital. Su último recuerdo es que estaba lavando los cuatro cacharros de la semana, en su banquito frente al fregadero -dichosa artrosis...-, y se puso todo negro... Había sentido, durante todo el día, un fuerte dolor en el pecho... Habría cogido frío seguramente...
“La saqué a paseo.
Se me constipó...”

Le era familiar esa frescura en la mirada: unos ojos claros, alegres, fijos en los suyos. Aunque estaba sentado, lo adivinaba alto, como ella: la “larguirucha” de la clase...

“Eres alta y delgada
como tu madre...”

Su presencia, no sabía bien por qué, le recordaba aquellas tardes a la salida del colegio junto a sus compañeras; un colegio que pronto  fue obligada a dejar por la muerte de su madre. Tenía que ocuparse de su padre y de sus hermanos. 

“Debajo un botón, ton, ton,
que encontró Pachín, chin, chin...”

Después se casó, pero Juan la dejó pronto. Se reían sus vecinos porque era más bajo que ella; sin embargo, se trataba de un ser de corazón enorme. A diario se acordaba de él...

“Yo soy la viudita
del conde Laurel...”

Pasó el médico y le dijo que estaba recuperada, que esa misma mañana le daría el alta y podría volver a casa. No, no tenía hijos. Solo un sobrino que de vez en cuando la visitaba. Sin embargo, su vecina, Asunción, estaba siempre pendiente de ella... Asunción, que tenía una llave, fue quien la encontró “caída a todo lo largo” en la cocina...

Bueno... La verdad es que “casi” tuvo un hijo. Se malogró poco antes de cumplírsele los seis meses de embarazo: una caída en la azotea mientras tendía la ropa... Ahora sería un hombre alto, moreno como ella...

¿Dónde está? ¿Lo ha visto usted, doctor? Estaba ahí sentado. No, no era familia...

Adiós, adiós....

“Mambrú  se fue a la guerra,
Mire usted, mire usted, que pena... “


DESATINO, por Isabel Pérez Aranda.


Llego sin avisar, como llegan las tormentas de verano, con una furia inusitada, anulando todo lo existido hasta el momento, añadiendo dolor y desconcierto.
Desde ese instante, construir mentalmente cada año de olvido, cada mes señalado, cada día de sol, cada noche de luna, cada hora infinita de horror. Se deshizo el hechizo.
La espiral de demencia había comenzado, la prueba más dura nos hundió en la indigna incomprensión.
En los últimos segundos de existencia, cabalgaron su delirio en la más absoluta soledad,
sin respuesta sin un porqué, y nada, nada nos consoló.
Fue todo un despropósito, un mal sueño, una realidad tan real, que mareaba,
¿Qué queda de una vida cuando se acaba?
¿En qué momento paro el tiempo para ellos?
¿En qué sueño sus sueños olvidaron?
¿Cuándo y cómo sus huellas dijeron basta?
Se abandonaron en un amor mal entendido, se arrastraron el uno al otro a la desidia o quizás, les supero la vida, que también les llego sin avisar.

ADVENIMIENTO, por Gloria ACosta


Pintura de Nacho Puerto


Llegó sin avisar. Los demás tuvieron tiempo de prepararse, de hacerse a la idea y algunos de no estar para verla, pero a ella le sorprendió su presencia como una visión intempestiva. Tuvo que aguzar la vista para arrancar en ella algunos rasgos familiares. El brillo joven de la mirada había dejado paso al velado opaco de viejos ojos de mujer vieja, de oscuras bolsas recorriéndolos, de pestañas pobres y lagrimeo continuo. El cabello fino y encanecido no guardaba ni un resquicio de su antiguo esplendor, perdida ya su marca de identidad cuando lo paseaba ondeante en las tardes de amigos. La tez se asfixiaba oscurecida por manchas que salpicaban el rostro formando traviesos dibujos arremolinados en las mejillas flácidas, en la frente y sobre todo en las manos. ¡Ah... las manos! Apoyadas en las muletas que sostenían el peso de su cuerpo seco, como garras huesudas de nudosos sarmientos ¿a quién acariciarán con el tacto áspero de aquel tiempo muerto? Observó por último los labios apretados que dibujaban la línea horizontal de un camino sin recorrer.
 Apartó la vista de su inminente vejez en el espejo deseando no haber despertado nunca del coma.