La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 14 de mayo de 2019

HEBRA. Revista Literaria.Nº 9, mayo 2019

SE LAMENTA EL TIEMPLO, por Isabel Rezmo



Se lamenta el tiempo en los dedos,
haciendo de la sentencia el  interrogatorio
de un sueño.

Almacena en el calendario
las ausencias limítrofes
con el cuerpo y tus labios,
peligran enmarañados en mi cintura.

Madrigueras que  deshacen  la boca
cubierta de cenizas, cuando la ceniza es polvo
que jalea en  la brasa.

Se lamenta la golondrina en el  aire de Mayo,
se lamenta del cambio de estación  que sufre
el latido, bajo la sal de la tierra invicta.

Se lamenta el surco, las hojas  del jazmín,
cuando aletea en la noche instigando  al amante,
dejar su lado cóncavo por el lado convexo.


SE LAMENTA EL TIEMPO, por Antonio Morillas Jiménez.




Se lamenta el tiempo
que espera luz en la casa,
donde verá sus ojos
en espejos que abrazan el mar,
en mujeres de Sorolla
que esquivan flores mustias en la playa,
en incas de piedra que desfilan
en el estante
junto a elefantes de ébano
que dan la espalda a la puerta.

Y verá sus manos en la diosa de terracota
que volvió del sueño
en un anticuario de Creta
y vuelve a lamentar
los pasos perdidos.

Son guardianes de historias inconclusas
sobre los puentes del agua
- Praga o París -,
bajo los arcos del aire
- Roma o Berlín -.

Y desgrana sueños
mientras la palabra se despeña en los labios
para estrellarse en la espuma
y bosteza
     en los arrabales del día
- los ojos cubiertos de harapos -.

Nace un grito.

(En el aire fluye la fuente

que aplaca la sed de los jardines).

EL LAMENTO, por Gloria Acosta.



  Se lamenta el tiempo. Examina cajones, armarios y alacenas. Escudriña en sus recuerdos para subsanar un error y su pensamiento gira y gira en espiral porque el tiempo es indetenible. Nace muriendo y muere naciendo, una y otra vez hasta el infinito. Últimamente le acecha la curiosidad de desaparecer, la necesidad de la nada. Revisa albaranes y cartas, quejas, reclamaciones y  agradecimientos. El regalo de una tregua a la enfermedad, las cien velas de una tarta, las firmas de acuerdos arrancadas al tiempo de las negociaciones, deudas saldadas fuera de plazo. No siempre acierta. ¡Se siente tan mayor!... y se lamenta.
  Pero como tiempo al tiempo no le falta, al fin esclarece su desatino. Entregó a ella la relatividad del tiempo que vuela y a él la del que no termina de pasar.

Lástima de pareja.

SE LAMENTA EL TIEMPO, por Luis Pérez Algaba Chicano



Se lamenta el tiempo,
me observa acallándolo
con su propio silencio,
contrariado,
se aparece dentro de mí
trucando mis tripas
con espejismos de culpabilidad.

Mas se ha de lamentar,
pues soy un creador,
y a su constante avance
y amenazas de muerte no temo.

Se ha de lamentar
de que haya aprehendido a convivir con él
y hoy
le esté agradecido, puesto que
sin su inercia en mí y escalofríos,
me sería imposible hilar con calor
los versos que hoy
le dedico.

Se lamenta el tiempo
de ser su amigo.

LAMENTO DEL TIEMPO, por F. Javier Franco.



Se lamenta el tiempo que sin ti estuvo,
me quejo de las horas secuestradas
por el tedio del vacío, congojadas
lágrimas el único río que hubo.

Se lamenta el tiempo que me retuvo
lejos de tus caricias deseadas,
nunca son iguales las llamaradas,
aunque el mismo rescoldo las contuvo.

Se lamenta el tiempo y yo lo maldigo,
a pesar del calor de tus sentidos
y que tu hogar es ahora mi abrigo.

Se lamenta el tiempo y desconocidos
son los fuegos que no encendí contigo,
hay otros, pero aquellos están perdidos.

MARGARITAS, por Tomás Sánchez Rubio.



“Se lamenta el tiempo de que no sabemos aprovecharlo...” Cuando mi amiga Teresa le escuchaba a su abuelo Ricardo estas palabras, se apoderaba de ella una cierta desazón. Admiraba y quería a su abuelo, pero ese razonamiento realmente la inquietaba.  Se imaginaba el tiempo como un anciano cabizbajo, sentado en el borde de un abismo frente a un perpetuo atardecer. Vestido, por supuesto, “a la griega”, sostenía con una mano un reloj de arena, y en la otra apoyaba su frente abrumada...
            Por otra parte, Teresa se preguntaba si también le “dolía” al domingo que hubiera personas a quienes sus tardes se les hiciesen interminables; si al dinero le afligía el hecho de ir de mano en mano sin parar... ¿Acaso se quejaría la fama de ser tantas veces poseída por individuos execrables? ¿Le quitaba el sueño a la honradez sentirse con tanta frecuencia despreciada...?
            En fin, el abuelo Ricardo era medio poeta, medio músico, medio artista... Se ocupaba -y preocupaba- de muchas cosas, pero, por encima de todo, se trataba de un hombre impaciente. Contaba innumerables anécdotas, a veces muy divertidas; otras, trascendentales. No era persona, como le ocurre a bastantes mayores, que rememorara una y otra vez los mismos hechos; no “se repetía”. Sin embargo, el tema del paso del tiempo le afectaba especialmente: le molestaba ver a sus hijos, y luego a sus nietos, mirando la televisión mientras cenaban, o bien “despilfarrando” la tarde asomados sencillamente al balcón en vacaciones. Qué hubiera pensado al contemplar las horas que pasan los hijos de sus nietos con los ojos fijos en el móvil y los pulgares en continuo y frenético movimiento...
            Al abuelo de Teresa le angustiaba aguardar más de la cuenta: le exasperaba la demora del autobús, montaba en cólera cuando consideraba que había esperado demasiado en la consulta del médico o que la cola del cine no avanzaba lo suficientemente rápido. Iba corriendo a todas partes y presumía de ser puntual, de tal modo que se indignaba cuando llegaba tarde tres minutos la persona con quien se había citado. Reñía frecuentemente con su mujer al considerar que ella siempre “hacía las cosas a su ritmo”, sin consideración alguna hacia él, sin respetar sus tiempos. 
En más de una ocasión, años atrás, se había visto obligado a llevar a su nieta Teresa al colegio. La niña se detenía a veces para coger una margarita de esas que asoman tímidamente por las grietas de la acera; seguidamente, con una sonrisa que dejaba ver algunos huecos, se la ofrecía a su abuelo. Este tomaba la flor de mala gana y, apretando la mano de la pequeña, aceleraba la marcha con aire de fastidio.
            Con frecuencia decía el abuelo Ricardo que “había que dar ejemplo a los hijos”. Efectivamente, los hijos tomaron buena nota de su impaciencia y resultaron tan poco tolerantes, en ese sentido, como él. Cuando iban de visita a su casa, lo cual no hacían con demasiada frecuencia, apenas permanecían el tiempo justo; por otra parte, si algún día salían a pasear en familia, los contrariaba que su padre cada vez caminara más lentamente. Una vez muerta su madre, apenas lo llamaban por teléfono: “no tenían tiempo...”

Cuando el abuelo Ricardo dejó este mundo –“ya estaba tardando”, según su hijo mayor−, solo le lloró su nieta Teresa, mi amiga y la única que se paraba a recoger para él las margaritas que crecían en las aceras.