La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de marzo de 2016

El lenguaje de los árboles, por ANTONIO MEDINA GUEVARA.

Pintura de Martina Vanda


Me pasó en un día, como en tantos otros. 
     Es la primera vez que hablo de esto y no es por vergüenza, sino por miedo a que me tomen por un loco. 
     Decía mi paisano, García Lorca, que cuando era niño escuchaba a la naturaleza y le hablaba a las cosas por su nombre esperando una respuesta; que cuando andaba por los caminos y campos de la frondosa vega de Granada, encontraba a su paso toda una amalgama de vidas, tanto animal, como vegetal, que le parecía le devolvían el saludo a su paso. 
     Amiga: a mí creo que me pasa lo mismo cuando ando solo por el campo; creo que escucho a la naturaleza a mi paso y como me han educado a la antigua en que siempre se para uno a saludar: yo la saludo..., y ella me saluda a mi paso. Pero tengo que decir que para poder escucharla, es necesario ir andando muy despacio. 
     Me explico: 
     Hace poco que andaba por la vega de mi pueblo como en tantas otras ocasiones y me puse a escuchar los sonidos del campo. No cabe duda de que estaba influenciado —y estoy— por la creencia de que la naturaleza habla... ¡Pero es qué la escuchaba...!
     Era el segundo día de marzo y los almendros hacían que sus flores blancas y rosadas parecieran legión de pequeños nublos descansando sobre la tierra. Esta tierra es muy fría en invierno y tal vez por eso le cuesta desperezarse, de la misma que los sonidos parece que están durmiendo como lo hace la sabia, o las cigarras, esperando el buen tiempo, pero como bien sabes, amiga, la vega nunca está en silencio... 
     Escuchaba a los pajarillos piar al día que no era de duro invierno, sino de un plácido día de sol que más bien parecía de primavera. También escuchaba el suave susurro de las brisas llamando a no sé qué... ¡Pero llamando!
     Y me puse a escuchar lo me que decía el campo... 
     Desvié mis orejas como si fuesen antenas a unos grandes chopos que estaban pelados, pero con sus ramas muy despiertas a pesar de ser invierno... Y las escuché llamarme.
     Me decían cosas que al principio no entendía, pero que en cuanto puse más atención, empecé a entenderlo... Me preguntaban como lo haría un viejo que conoces desde tu infancia, por muchas cosas: por mi nombre, ¿si me acordaba de ellos cuando hace más de medio siglo y eran tan jóvenes como era yo  mismo, los vi balancearse al viento hasta casi besar el suelo?
     También me preguntaban, si todavía recordaba cuando pasaba por su lado raudo con la bicicleta familiar —que ya era un lujo tener una bicicleta, aunque fuera para toda la familia— y que pasaba gritando a las inclemencias del tiempo con los pies arañados por brozas y ramas... Que me  veían pasar surcando los vientos tal como lo haría un bajel, tan nuevo que, a la más mínima brisa, es empujado suave a no se sabe dónde... Me preguntaban, si  me había dado cuenta de lo que ellos habían crecido y de lo que yo estaba menguando; si no añoraba el tiempo en que cigarras, jilgueros, abubillas, colorines y torcaces, miraban de reojo al cielo por si grandes aves de rapiña escudriñaban los bancales, acequias y olivos, para buscarse el sustento... 
     Les respondí que sí. Que claro que recuerdo aquel tiempo tan igual y a la vez tan diferente. 
     Pero que las cosas han cambiado... Creo. 
     Que ahora sólo en primavera explosiona todo el sonido de la vega, que ahora ya no hay trigales, casi frutales y tantas otras cosas.... Que ahora, y a pesar de ser por miles tan verdes y preciosos, solos están los olivos haciendo compañía al campo; que la vega ya no es vega, que las acequias se están secando y la gente nada más canta un poco en los días de aceituna... 
     Y respondió un olivo: 
     «¡¿Qué me vas a decir...?! Ya casi nadie para a nuestra  sombra... Sólo lo hace de vez en cuando algún viejo que pierde su vista mirando al Cerro y que, apoyándose sobre la tierra que tengo a mis raíces, como cansado, se pone a pensar en no sé qué cosas... Ya no se sientan las parejas en los ribazos a contarse sus secretos... Ahora no pasan andando; pasan de largo montados en sus rápidos aparatos a los que llaman coches... Ni tan siquiera pasan montados en sus caballerías como antes... »
     «¡Cómo cambian las cosas a través de los siglos…!» 
     Luego, se animó ese olivo y siguió en voz alta recordando cosas que yo no había visto, o que ya había olvidado: a otros que pasaron antes, a los padres de mis padres y a los míos también.... A gente que echan en falta porque pasaron por esta tierra cuidándolos..., y a otros que no, porque de ellos sólo hacían leña.
     Sin saber que contestarles, con gran añoranza de otros tiempos, me dio un poco de pena la conversación del olivo, pero más, la de un inmenso chopo y, más aún, sabiendo que un vecino me había contado que, a la menor oportunidad, lo cortarían de cuajo de la acequia porque  daba sombra a los otros árboles. 
     Y entonces me dijo uno de los chopos: 
     «Sé lo que estás pensando… Sé que el día menos pensado  me cortarán de raíz porque yo no doy frutos... Pero es que sólo me han enseñado a mirar al cielo y a crecer muy alto. Sólo sé dar cobijo a los nidos y silbar al viento, sobre todo, cuando estoy lleno de hojas que flotan a las brisas... No me  enseñaron a dar fruto alguno.... Y yo, ya soy muy viejo para  aprender cosas nuevas» 
     Les dije que no se preocuparan; que siempre habrá un niño que se suba a sus ramas, un nido con algarabía en primavera esperando a saber volar, o un anciano apoyado a su tronco recordando cuando sus pies trepaban a las copas como los de un gato... Y me pareció escucharles unos suspiros de alivio... Creo.
      Entonces, creo que se alegraron y empezaron todos a silbar al viento, mientras los pajarillos cantaban al ritmo de los silbidos como la mejor y más armoniosa de las orquestas... 
     Luego, cuando ya me iba, me pareció también escucharles decir: 
     «¿Volverás…?» «¿Volveremos a hablar...? » «¡Nadie nos habla…!»
     Y al chopo decirles: 
     «Veis…, aunque yo no doy frutos, doy ritmo a los vientos, refugio a los nidos y paz al campesino...!» Entonces me pareció escuchar las risas de otro árbol a las palabras del chopo que venían de un olivo centenario acostumbrado a  escuchar todo tipo de conversaciones. 
     «¡Todos somos necesarios! —le decía el viejo olivo, que es tan sabio por ser tan viejo—, unos damos frutos de invierno, otros de verano..., y tú, chopo, das lo que tienes, como cada  cual »
     Me puse a mirar lo primero que vieron mis ojos cuando se abrieron a la vida y observé que allí apenas faltaba algo, pero sí alguien; ¡muchos…! Seguí andando por las veredas que ahora son carriles, pasé por albercas que ya no están o que duermen su eterno sueño convertidas en escombros y lugares de zarzales, y me vi en ellas desnudo gritando al viento, remojando la fruta robada, o navegando por unos palmos de agua cristalina que entonces eran océanos. Como en un sueño… Pero desperté y estaba solo.
     Luego, después de andar lentamente entre ellos y de seguir el murmullo de una acequia que me conoce desde niño durante largo trecho, cuando llegué a uno de aquellos árboles que mis manos plantaron cuando apenas tenían fuerza, lo miré y pensé en aquél día en que mi padre me enseñó a plantar... ¡Cómo mis manos crearon algo tan hermoso y necesario....! Y creo que, al ver mi cara, tal vez ese árbol me reconoció y sus ramas intentaron tocarme el hombro, pero ya estaban viejas y no podían agacharse tanto. Entonces, para  ayudarle y a pesar de que a mí ya me cuesta trepar, me subí a su tronco y acaricié sus cimbreantes ramas que intentaban mostrarme el cielo... Y con una voz muy baja, me dio las gracias por regarlo, podarlo y darle abono a sus raíces.... Susurrando  a mis orejas... Creo. 
     Creo que perdí por momentos la razón, pues a los susurros de la vega se unieron unas voces que hace ya muchos años no están por aquí y que llegaban a mis oídos tan cercanas que pensé estar en otro tiempo. Cerré los ojos y no quería abrirlos, pues pensaba que al abrirlos desaparecería todo lo que oía y veía con ellos cerrados.       

     Todo eso lo vi y lo escuché… Creo. 

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