La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 14 de junio de 2015

La profecía, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN


Antonio subió por aquellos cerros polvorientos seducido por sus extrañas formas que imitaban figuras de seres animados. Desde la cima podía divisar las ramblas y barrancos como surcos trazados al capricho de un Dios de proporciones gigantescas. La noche, con la claridad engañosa del plenilunio, lo sorprendió sobre el montículo rodeado de un laberinto de cavernas pobremente iluminadas por la luz de los candiles. La ciudad, amordazada por la muralla, quedaba a lo lejos, reducida, casi invisible en la oscuridad. Alzó la vista al cielo, la inmensidad del firmamento donde millares de estrellas temblaban, lo sobrecogió e inició el descenso. En el recodo de un sendero, casi oculta, había una cueva. Movido por la curiosidad se acercó al umbral de la entrada y cuidando mucho de no ser visto, se encaramó al dintel de la puerta para mirar la escena.
Allí estaba una mujer anciana encorvada sobre un cántaro. Parecía recitar una salmodia extraña susurrada a la boca del mismo. Tenía la piel surcada de arrugas, y las manos huesudas y deformadas, pintadas con aleña. La visión de la mujer lo había impresionado tanto que sintió deseos de echar a correr, pero la curiosidad ganó el pulso al miedo y permaneció quieto observando lo que hacía la vieja.
-          Pasa, no te quedes ahí –dijo al pronto- estaba llamando al pilluelo del martinico que se ha comido el único trozo de pan que quedaba.
El joven Antonio se preguntaba qué criatura llamada martinico podía esconderse en un cántaro y cómo podía haberse percatado la vieja de su presencia, como no fuera que entre la maraña de pelo blanco tuviera un tercer ojo oculto. Con la lentitud de una tortuga se fue incorporando y, con paso quedo, se acercó a donde estaba el muchacho que en ese momento temblaba de miedo.
-          ¿Quién es ese martinico al que os referís? –balbució el muchacho.

-          ¿Quién ha de ser sino un hombrecillo minúsculo con sayo de fraile que se cuela en las alacenas para hacer de las suyas? ¿De dónde has salido zagal…? – le interpeló la anciana aproximando su avejentado rostro al de Antonio.


-          De la ciudad. He de regresar antes que entre más la noche, mis tías ya estarán inquietas. –respondió entrecortadamente.

Le  castañeaban los dientes, deseaba huir, pero por alguna razón desconocida sus piernas no le obedecían.

-          No has de temer, la luna está crecida y te alumbrará. – Antonio miró en dirección a la luna que resplandecía majestuosa entre los cerros. - ¿te gusta la luna? No podrás decir que no está hermosa.
-          Me gusta, sí, aunque me gusta más cuando está menguando y parece un zarcillo, la media luna. –respondió algo más relajado, porque aunque la estampa de la anciana le horrorizaba, no vio maldad alguna en su mirada.

-          La media luna…, ella es tu madre, pero la cruz será tu refugio. –dijo con voz sentenciosa- una cruz pesada que menguará tus alas, aunque alimente la tinta de tu pluma.

Metió la mano temblorosa en una faltriquera de color indefinido, descolorida, desgastada, cosida a la saya, y sacó un canutillo de caña atado a un cordón.
Toma este amuleto, consérvalo cerca de tu cuerpo. Sin él serás como una casa sin puerta abierta a la intemperie.
Antonio tomó el objeto e inclinando la cabeza en señal de despedida respondió:
-          Gracias, quedaos con Dios, he de marcharme.
-          Que Allah te proteja. –dijo casi en un susurro.
Así, con las palabras de la anciana latiendo en la memoria, descendió por senderos  y cañadas hasta llegar a la muralla, entró por la Bibrambla y se adentró por los callejones estrechos del Almorejo hasta llegar a su casa, donde halló a sus tías inquietas, con el rosario en la mano finalizando el credo.
-          ¡Alabado sea el Señor Antonio! ¿De dónde venís a estas horas? ¿No veis que ya es noche cerrada? – Exclamó su tía María interrumpiendo el rezo.

-          Perdonad mi tardanza, pero es que fui a oír misa en Santa María Magdalena y después, quise pasear por los arrabales y me perdí por las cuevas.
-          ¡Por las cuevas! – repuso su tía Isabel- ¿Y queréis decirnos que se os ha perdido por allí? Aquello está lleno de maleantes y gentes de mal vivir, dad gracias a Dios que aun no ha regresado vuestro padre. Andad, sentaos a la mesa y comed algo, la cena ya se habrá enfriado.

Aquella noche, Antonio tardó en coger el sueño, anduvo pensando en las palabras de la vieja. Sin poder resistirlo sacó tinta y papel del escritorio y escribió lo que había dicho la mujer sobre la media luna. Luego, tomó el amuleto y lo guardó en el cajón de la mesilla. Nunca había hecho caso a supersticiones, tal vez las palabras pronunciadas por la mujer eran producto de la senectud, en la que el juicio comienza a flaquear.

Tuvo que transcurrir un año hasta que volviera acordarse de lo sucedido aquella noche en que anduvo perdido en los arrabales de las cuevas. Fue el día de su Confirmación. Al salir de la misa vieron pasar una procesión de carros tirados por bueyes, custodiados por alguaciles y tres monjes inquisidores que se dirigían a la plaza mayor. En uno de ellos, rodeadas de barrotes, venían dos mujeres: una era la vieja que había conocido en las cuevas, la otra era una muchacha joven. La pobre anciana, tenía la mirada extraviada de quien ha perdido la vista, su figura era un despojo manchado de excrementos, tomates y huevos que el gentío le arrojaba. Siguió a la comitiva hipnotizado hasta la plaza, donde se habían instalado tres hogueras. A una de ellas se ató a la mujer que de inmediato se desvaneció. Cuando el verdugo prendió la tea, Antonio cerró los ojos, dio media vuelta y se alejó del cruento espectáculo. Sobre su pecho pendía la cruz con la que el prelado les había obsequiado al confirmar su fe.  La cruz le pesaba como el plomo, a partir de ese momento, comenzó a dar crédito a las palabras de la anciana.

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