La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de septiembre de 2018

REUNIÓN DE POETAS O CONCIERTO DE VENCEJOS, por Dori Hernández Montalbán




Cada vez que se veían se abría para ellos la rosa de los vientos, porque sabían que el secreto del viento se haya más allá del horizonte.
Cada vez que se veían, hacían como si no se hubieran visto nunca. De hecho, al principio solo veían caer la  lluvia. Se miraban desde lejos, los unos a los otros, y se adivinaban en la distancia.
Los árboles se están quedando más solos que la una, pensaban. Y cuando se encontraban muy cerca, se miraban silenciosos, como miran los gatos, reconociéndose, ignorándose adrede, o midiéndose como se miden dos viejos contrincantes.
Cada vez que se veían lo hacían por casualidad, en el rincón del café de los poetas, junto a la mesa circular, sentados bajo una reproducción del famoso cuadro de Picasso “Les  demoiselles d'Avignon”. Entonces jugaban con las palabras, las dejaban salir a borbotones, sin apenas pensar, luego las escribían de corrido sobre el papel,  una cosa surrealista. Parecido a aquel jueguecito verbal de Federico G. Lorca y los de la residencia de estudiantes:” La tonta, la tonta, la gallina y por ahí debe de andar alguna mosca”.
Cada vez que se veían estrenaban concierto los vencejos arriba en la copa de los cipreses. Se sentaban a escucharlos mudos de asombro, luego quedaba el asiento vacío, el director de orquesta, un vencejo solitario sobre la rama, esperando el aplauso.
Solían verse puntualmente una vez al año a la hora precisa que clausura el invierno; bebían,  cantaban, se despertaban con el sol y regresaba cada cual por donde había venido
Cuando llovía sobre la cebada, cruzaban el campo sonámbulos y acudían al lugar señalado sin apenas percatarse los unos de los otros. El último paraguas, todavía abierto desde entonces, ha echado raíces en el porche, ahora es el árbol más hermoso del jardín.
Cada vez que se veían echaban en falta las horas soñadas en la lejanía, aquello que no sucedería jamás, el tiempo trascurrido, y los abrazos no dados. Pero curiosamente, cada vez que se veían hacían como si nunca se hubieran visto. Después tocaba esperar la paz, es tiempo de tregua, se decía. A partir de aquí tocaba deambular en soledad por las aceras, tomar café, ir al cine…Se añoraban sin embargo, aún sin haberse amado bajo el cielo estrellado del estío, o al escuchar el breve silencio que precede al cri, cri, de los grillos. Contemplar un par de zapatos vacios siempre nos lleva a engaño.
Cada vez que se veían era como si anduvieran de puntillas, amparándose en la oscuridad de la noche, se dejaban una carta en el buzón vacio.
Asistían al espectáculo de la vida inmóvil, confinados en su animal, mientras la tierra giraba. Se ignoraban enmudecidos ante tanta levedad.
Cada vez que se veían subían al tranvía sin rumbo fijo, qué se puede esperar de los artistas, pobres locos, majaretas,…perseguían el canto al final del camino, apenas un balbuceo, el último quizá,…Aquel con el que muere el pájaro traspasado por la certera flecha que le espera desde siempre. En ellos permanece inscrita la nostalgia. Pobres poetas, en ellos y en las arterias de las hojas de otoño, cuando quebrado el seco tallo planean poblando de deseos el vacio con du sangre amarilla. Ellos, no se conocen, pero se reconocen en  el grito original que quedó atrapado en la raíz del tiempo, en el amoroso sonido que custodia la rosa de los vientos. Ellos esperan, esperan siempre con la emoción pura e intacta de un niño, el primer llanto producido a consecuencia de un beso, por eso, en ocasiones se sienten como pájaros sin ojos a los que les falta todo menos el dulce disfrute de su solitario vuelo.


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