La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de septiembre de 2018

APARIENCIAS, por Gloria Acosta.




Cada vez que se veían se sostenían la mirada hasta que el hombre de torso musculoso se perdía en el recodo del área sur del parque. Su carrera, sosegada y rítmica, facilitaba el tiempo necesario para que el hombre de enmarañada melena le escrutara con su anuencia, tras sendas inclinaciones de cabeza. Así sucedería al alba por aquellos años cuando la soledad del parque era interferida por los adictos al deporte o por los mendigos que habrían recogido sus cartones de los portales cercanos y esperarían a los primeros visitantes.
   Los dos hombres se solazaban en silencio sabiéndolo todo el uno del otro. Habían entelado una espuria relación circular entorno a la veintena de vueltas al circuito que el hombre del torso musculoso realizaba mientras el hombre de enmarañada melena colocaba en una pequeña manta los objetos de madera tallada con su cuchillo y con los que apenas aseguraría alguna comida diaria. Las  inclemencias estacionales nunca modificarían sus encuentros, fieles a una cita no convidada  pero sí pretendida que sin saberlo estabilizaría su cotidianidad necesitada como en todo ser humano de un espacio común donde enraizar el sentido de pertenencia.
  El hombre de torso musculoso engrosaría de forma insoslayable un entramado de ideas incontestables acerca de la vida de su silencioso compañero de parque. Una mezcla de sentimientos disformes forjaría durante aquellos años la historia vulgar y farragosa del hombre por el que sentía de forma indistinta abyección y encantamiento, hasta  que un sino avieso le desvelaría, antes que tarde, la ríspida verdad.
   La vida ociosa de aquel artesano desaliñado cuya preocupación era encontrar un banco donde dormir esperando a que otros cubrieran sus necesidades vitales le enervaba porque ese conformismo abocaba, según él, a una sociedad enferma y parasitaria que aborrecía con todas sus fuerzas. Un hombre sin familia ni compromisos, sin horarios ni disciplina, sin más reloj agotando su vida que el solar ni más espíritu que un egoísmo improductivo, un sobrante social, se diría a diario cada vez que su carrera  los enfrentaba, y sin embargo esa misma repulsa se vería  boicoteada a menudo por sentimientos incontrolables rayanos a la envidia. La absurda estolidez de esos pensamientos contrapuestos le agotaba más que el peso de sus piernas y trataría, sin conseguirlo, de afianzar su teoría de que solo seres luchadores como él sacarían al país de aquella crisis pertinaz que toreaba cada vez con menos fortuna.
  El hombre de enmarañada melena horadaba mientras tanto en silencio la materia muerta que desvelaba con cada puntada el interior almístico de los seres agazapados entre las laminillas de la corteza. Las mañanas del parque a esas horas en las que la luz se iba haciendo hueco entre las copas de los árboles empujando las tinieblas hacia su desvanecimiento eran las que le proporcionarían durante años la necesaria soledad de un creador. Sus pequeñas tallas rezumaban el misterioso hálito que el soplo de los dioses infundía a sus criaturas, abocadas a abandonar el Olimpo y alborozar las manos inquietas de los niños. Cada cierto tiempo levantaría la cabeza de su labor para acompañar con su mirada el pequeño tramo que recorrería el hombre de torso musculoso con su costosa vestimenta deportiva. Lo vería luego perderse tras un recodo y contaría los minutos en los que aparecería de nuevo por la cara norte empapado en sudor y jadeante. Un hombre altivo y afamado con una vida cargada de entramados sociales, reuniones y cenas opulentas que manejaría los hilos concupiscentes de un mundo empresarial, el abanderado de la caprichosa fortuna. Cuando su carrera  se acercaba a la vigésima vuelta, sabiendo próximo el final del recorrido, le saludaría con una sutil inclinación de cabeza en la seguridad consensuada de un próximo encuentro.
   Sería así en muchos albores, pero la verdad que solo pertenece a quien la habita se revolvería y, como un náufrago, arrojaría a la orilla su pundonor el día en que el hombre de enmarañada melena permitiría al hombre de torso musculoso realizar una comida diaria en su comedor social.

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