La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de septiembre de 2018

CAMBIOS FUNERARIOS 1, por Josefina Martos Peregrín.




Cada vez que se veían,los neptunianos se reconocían aunque no se conocieran y recordaban que no había regreso, que habían llegado al planeta Tierra para quedarse.
No tenían intención de acabar con los terrestres, para qué, en realidad ellos precisaban poco para vivir: poco alimento, poco oxígeno, poco contacto. Apenas abultaban lo que una chispa de soldadura, pero una chispa poderosa, necesitada de un cuerpo deshabitado que ocupar, un cuerpo sin voluntad… ¿Para qué matar a nadie? ¿No existían los cadáveres? Cualquiera reciente les valía, incluso rígido, pero libre de corrupción y heridas; no les incomodaban las mejillas lívidas, incluso cárdenas, siempre que no se hubiera instaurado el hedor.
Una vez conseguido un muerto en su punto, no demasiado marchito, atendían al siguiente paso: el ropaje. Preferían las ropas formales, anticuadas, oscuras y rectas; para comprarlas y vestirlas contaban con sus congéneres ya instalados: para pagar, ponerse los pantalones, abrocharse la chaqueta, anudarse la corbata, o bien, encajar la faja, el cierre del sujetador, la cremallera a la espalda. Y el peinado impoluto, engominado, brillante, onda y rayas bien marcadas, sin olvidar el maquillaje, que, total pero discreto, no conseguía disimular el contraste estremecedor entre la lividez de la piel y el tono oscuro de los trajes. Mejor no mirar las manos, esas manos blancas de venas azules y vello hirsuto, y de uñas siempre pintadas de perfecto escarlata en las mujeres.
Se llenaron los periódicos, la televisión, los medios todos, de noticias sobre resurrecciones; al principio, celebradas con sorpresa y alegría, pero poco después recibidas con preocupación creciente ante lo inexplicable, ¿acaso había vuelto la catalepsia? ¿Pero había existido realmente tal enfermedad? ¿Alguna vez había sido algo más que la obsesión maldita de las postrimerías románticas?
Nadie sabía ni entendía. Por si acaso, para poder resucitar, se extendió el rechazo a la cremación, rechazo muy aplaudido por los neptunianos, puesto que les proporcionaba un mayor número de cuerpos en sazón. No es que fueran malos, sólo algo fríos, actuaban con suavidad, apenas comían ni bebían ni sabían de sexo, pero eran muy capaces de amar… a su manera. Vivían hacia adentro, como si contemplaran un paisaje interior o escucharan una música propia. Su mayor alegría consistía en reunirse en la oscuridad de la noche, a las afueras de las ciudades, para callar en compañía.
Mitad zombis, mitad alienígenas, estos muertos vivientes formales, impolutos, inapetentes, iban invadiendo la Tierra con sus cuerpos robados, extendiéndose, escalando jerarquías, mudando de casa y trabajo cuando lo creían oportuno.
No era un secreto, sucedía a la vista de todos, resultaba fácilmente demostrable que el mundo se estaba llenando de resucitados, de vivos no del todo vivos. No cambiaban, no crecían, no envejecían. Nunca morían.
Tampoco molestan. Trabajan sin protestar. Cumplen los mismos deberes y gozan de los mismos derechos… Entonces, ¿por qué este miedo a que nos resuciten? ¿Por qué ha llegado el momento en que todos los humanos dictamos nuestra última voluntad vital y funeraria ordenando, exigiendo, la incineración inmediata apenas dejemos de respirar?
Que no me ocupen, escríbalo claramente, señor notario, que no me ocupen, por Dios, por el Sol, por la Libertad…Por lo que más queráis, ¡quemadme!

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