La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de mayo de 2014

4 L(a)mentos, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.

            


1.    AGUA

    Telmo apuraba una última calada del cigarro. El humo ascendió, formando remolinos hasta desvanecerse en la plúmbea nube que se cernía sobre el pesquero, azotado por los primeros ramalazos del temporal que amenazaba allá, frente a la proa. Mientras exhalaba el blanco hálito, la mente vagaba a su antojo por caminos inescrutables, memorias de un pasado no tan lejano pero que a él le parecían remotos. Pero, ahora que la distancia a la costa se acortaba, ahora que irracionales lazos de sangre parecían henchir con fuerza su descastado corazón, algo se removió en su interior, un sentimiento de naturaleza casi olvidada embargó el hosco cuerpo del curtido marinero, hasta el punto de obligarle a tragar salitrosa saliva.
Fueron muchos los años de peregrinaje alrededor del mundo, surcando los mares para subsistir, no sabía hacer otra cosa. Este fue siempre su oficio. Y ahora el caprichoso destino quería jugar con él, trayéndole de nuevo al pueblo que lo vio nacer y al que no regresaba desde la muerte de su madre. Consumida murió, le recriminaron sus tías, agostada y sin lágrimas por la pertinaz ausencia de su querido hijo. Ella no llegó nunca a entender que su negativa a volver a pisar su tierra obedecía a motivos tan viscerales que sólo alguien que hubiese sentido un rechazo semejante podría entender. Su amor de juventud, Julia, la que le prometió amor y fidelidad eternos, buscó en pecho ajeno el calor que él no podía darle mientras surcaba el mar buscando un banco de peces que le permitiese pagar las facturas. El amor se convirtió en odio, que volcó contra su antagonista, hasta que comprendió que no era éste el culpable del desamor, sino él mismo por no saber atender las demandas de su esposa. La reyerta concluyó con varios dientes del amante por el suelo, y un sendero polvoriento tras de sí cuando las autoridades vinieron a buscarle.
Consumida ya la colilla, la tibia brasa intentaba calcinar la callosidad del dedo. Una ráfaga de viento avivó la casi estéril pavesa, y una breve llamarada anaranjada recorrió la exigua circunferencia. Este hecho inopinado le sugirió levantar la cabeza para intentar vislumbrar, sin éxito, las luces del faro de Miralmar en lontananza. Consternado, aprovechó un bufido de Eolo para lanzar el resto de ceniza por la borda, sin ser consciente de que, muy pronto, él correría la misma suerte.

2.    AIRE

   Lorenzo nunca imaginó que tendría tan cerca el sol que le prestaba el nombre. Mientras por sus cascos retumbaban los acordes de aquella canción de moda que unos melenudos vociferaban mientras púberes criaturas sucumbían bajo el enfermizo influjo sonoro, él ponía rumbo al corazón de la masa acuosa que, embravecida, levantaba muros líquidos que rompían con estrépito en el espigón. A Loreto, su joven mujer, no le hacía gracia este nuevo destino, pero, a punto de romper aguas, no era momento para discutir. Allá la dejó, en tierra firme, mientras su helicóptero de salvamento, el primero que se utilizaba en estas lides, trataba de arrebatarle al mar aquello que reclamaba, la vida de los que se atrevieron a surcar su inmensidad sin permiso, a arañar su superficie sin el beneplácito de Poseidón.
     Desde muy pequeño, Lorenzo conoció la solidaridad. En aquella época, que una madre criara a un niño sin padre era una auténtica heroicidad. Además, en un lugar que le resultaba ajeno, extraño, pues tuvo que huir del escarnio al que le sometieron sus vecinos. Pero otras gentes, más sensibles y solícitas, les prestaron ayuda desinteresada, y acogieron a la madre y a su retoño en la comunidad sin hacer preguntas, respetuosos con el secreto de la joven. Y se recordaba a sí mismo subido a un árbol, tirando avioncitos de papel que retozaban en el aire junto a los mirlos. Y al arrullo de sus cánticos se imaginaba montado en ese trocito de papel que surcaba el éter sin fin, ora ascendiendo, ora cayendo en picado, en completa y salvaje libertad.
     Años de estudio y entrega más tarde, consiguió su objetivo de ser piloto, y además procurando ayuda a quién pudiera necesitarla. Por ejemplo, a aquel hirsuto marinero que batía sus brazos buscando una tabla de salvación, tal vez real y metafóricamente hablando a partes iguales. De forma algo imprudente, trató de acercarse para que el amarrado salvavidas cayera próximo al náufrago. 
    Aquel día, cuando se adentró en la tormenta, no sabía que nunca vería la cara de su hijo.


3.    TIERRA

    Demetrio se levantó del camastro sin tener consciencia de lo ocurrido la noche anterior. Una punzada incesante en su sien acompañada de un persistente zumbido coclear le impedían pensar con claridad. A duras penas se arrastró hasta el baño y arrancó las legañas de sus ojos, para ver en el espejo el duro reflejo de lo que una vez fue una persona esperanzada. No pasaba un solo día sin que sus primeros pensamientos matutinos le transportaran a épocas pretéritas, en las que una mujer una vez le amó, a pesar de su carácter arisco, a pesar de la soledad que destilaban tanto su figura cómo el entorno que habitaba.
El magnífico farallón en el que se enclavaba el cilíndrico torreón convertían a este punto geodésico en privilegiado mirador al inmenso océano. El tortuoso camino ascendente disuadía a curiosos, así que, aparte del abnegado cartero que, de tanto en tanto, osaba visitarle, fatigoso, para entregar la correspondencia, podría decirse que la vida de Demetrio fue transcurriendo en su propio ensimismamiento, que trasladaba a un macilento cuaderno a modo de reflexiones.
Una vez aseado, se dirigió a la cocina, pues el estómago le reclamaba ya algo sólido, y no la combinación de licores y vino barato que lo inundaron con profusión la noche anterior, único bálsamo que encontró a los tormentos a los que le sometía su mente trastornada por el aislamiento. Al prender el interruptor, la bombilla se negó a arrojar apenas un fotón. Se acercó y le dio un leve golpecito con el dedo, para comprobar con estupor que el delgado filamento se encontraba intacto. Probó con el interruptor del cuarto, con el mismo resultado, lo que sólo podía suponer una cosa. Al pensarlo, el pánico se apoderó de él. Se abalanzó sobre la puerta conducente a la helicoide que recorría las tripas del faro, subiendo los escalones de forma atropellada. Cuando salió a la cúpula, encontró la lámpara fría y apagada. Lo más probable era que la tormenta hubiese provocado algún fallo en el tendido eléctrico, dejando a oscuras y a su suerte a cualquiera que surcara la costa. Se asomó por el balcón y miró al horizonte, donde pudo contemplar como los equipos de salvamento se aproximaban al casco de un barco que mostraba su panza.
La embriaguez e irresponsabilidad de sus actos causaron la catástrofe, pensó. Tenía que haber estado alerta para conectar el sistema de alimentación auxiliar, así aquellos hombres, atrapados por el oleaje, al menos hubiesen tenido una oportunidad, una referencia a la que poner rumbo. Un sentimiento de infinita amargura atenazó su alma. Jadeante, las lágrimas brotaron a borbotones hasta colarse por la hendidura de su mellada boca. Un último pensamiento sobrevoló su mente antes de dar el paso definitivo y precipitarse contra las rocas a las que vivió encaramado tantos años: “Julia”.


4. FUEGO

    Las exequias por las personas que perdieron la vida en tan funesto día se celebraron con toda solemnidad en Miralmar. Una docena de ataúdes se apretaban en la pequeña iglesia parroquial mientras el canónigo echaba el responso. Doce cirios se consumían y su cera derretida formaba meandros por entre las desvencijadas maderas del presbiterio. Llamas que simbolizaban las almas de cada uno de los desdichados que se atrevieron a desafiar al mar, y que vieron como el fuego de San Telmo, en esta ocasión, no fue un buen augurio.
    Loreto se deshacía en un mar de lágrimas. Su hijo crecería huérfano, como lo hizo anteriormente su padre. Lo que no sabía era que, en un requiebro del destino, Lorenzo había fallecido en el vano intento de salvar a su propio padre, aquel marinero que un día partió hacia los confines del mundo y volvió para perecer junto a su hijo. Trágico destino el de ambos.
Terminado el funeral, cada familiar se llevó los restos de su desafortunado pariente para darles sepultura en sus respectivas localidades. Por el contrario, la tierra santa estaba vetada para el suicida, por lo que las autoridades, ante la falta de familiares o amigos que se hicieran cargo, decidieron incinerar a Demetrio, y en un gesto que les honraba, esparcir sus cenizas en el mar desde lo alto del faro que tantos años alumbró sus miserables días, excepto aquellos que compartió con la mujer que, día tras día, subía al faro para atisbar la deseada llegada de su marido, y que harta de esperar, se entregó al farero que escribía versos de amor en aquel cuaderno.






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