La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 29 de enero de 2022

SÍNDROME DE FIERA ENJAULADA, por Marien González Rozas.

 



 

Carmen me dice que es un buen momento para reflexionar sobre mi «síndrome de fiera enjaulada». Pero yo no quiero reflexionar, ni pensar, ni desentrañar.

Es mi síndrome, soy así: salir al espacio exterior a caminar, a escuchar, a aprender, a reír, a indignarme o a luchar, me permite tener a raya mis pensamientos.

Es un mecanismo de defensa ante ese ruido mental tóxico y casi cien por cien negativo.

Como decía mi madre: «Porque no pienso, que si pensara».

El cerebro me resulta sumamente interesante y enigmático. «La teoría de la mente», que está estudiando Carmen, no sé si arroja algo de luz. Pero no creo que sea necesario complicar mucho el tema. Me gustaría hacer tan sólo unas preguntas a un grupo amplio de población: saber, por ejemplo, si sus mentes están pariendo incansables pensamientos de lo más peregrino, generalmente con tintes más bien gris oscuro.

No es mi casa la que se me cae encima, es el peso de mi mente infatigable y creadora de distopías o de realidades.

Los espacios muertos en los que la creatividad está totalmente anulada por la toxicidad del ruido mental. Domeñar mi cabeza; sería increíble poder revertir toda esa energía brutal que me agota en creatividad.

Mi creatividad está ahí, lo sé, lo siento, y cuando puede se cuela por una rendija y sale al exterior y me hace feliz.

Anoche abrí la ventana para ahuyentar los virus. Fuera estaba oscuro, dentro también. Por un instante sólo existían los pétalos rojos del tulipán moviéndose al son de una suave brisa. Y esta mañana, al asomarme a la terraza, la vida me dio una lección de lentitud en dos fases:

Un hombre con las manos entrelazadas a la espalda y la cabeza gacha cruza la plaza despacio, muy despacio, como si entre paso y paso hubiese un largo pensamiento.

Al poco, una mujer empujaba su carrito de la compra, o más bien, el carrito la empujaba a ella. Caminaba muy lentamente, como si todo el peso del mundo estuviese en su cuerpo.

Al rato hombre y mujer se perdieron y transitaron otros caminos fuera de mi vista.

 

 

 

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