La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 30 de octubre de 2021

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 59, 30 de octubre de 2021 "Peligro".




 

A LA INMENSA MAYORÍA, por José Luis Raya.




Cada vez observo a más y más autores, tanto en el mundo real como en el virtual, que abominan de la literatura de masas y se centran en aquella que coquetea con esa inmensa minoría. Se han vuelto elitistas, porque buscan a un lector culto o, mejor, extremadamente culto; exquisitos, porque en su mundo no puede entrar nadie que no pertenezca a su mundo; pedantes, porque se unen las dos facetas anteriores en la misma facción; distantes, porque no congenian con las apetencias de los demás; arrogantes, porque no se plantean nada de lo anteriormente dicho; soberbios, porque su opinión es irrebatible. Pues sí, me he quedado a gusto. Trato de ir seduciendo a más lectores sin menoscabar la calidad literaria, quiero indagar en su universo e inmiscuirme en sus gustos e inquietudes. Mis alumnos, sus padres, familiares o amigos, y así más de dos tercios de españoles (me estoy quedando muy corto) están siendo arrastrados por la era de la imagen, de lo inmediato, de lo efímero y de lo cutre. Lo peor de todo es que nadie hace nada por evitarlo, salvo distanciarlos aún más. Las televisiones y las RRSS alimentan diariamente a todos esos consumistas de lo mundano, de lo superfluo y de lo insustancial. Nosotros, los docentes, deberíamos encarrilar a todos esos lectores potenciales que no leen porque les aburre leer. Esta es la respuesta estandarizada que utilizan. Si los que nos consideramos medianamente cultos, abonamos los senderos del oscurantismo gongorino, por mal camino vamos. El Día de Todos los Santos acudí a mi ciudad natal para cumplir gustoso con la tradición de rendir tributo a nuestros difuntos. Ni cuatro meses hace que mi madre se marchó. Aunque me siento ya malagueño, uno no puede olvidar sus raíces. Aproveché esta circunstancia para acudir a un magnífico evento literario que pretende acercar la cultura al pueblo. Ese pueblo que deseo que se aleje urgentemente de lo ramplón. Sinceramente, urge. Ha sido denominado Aula Abentofail de Poesía y Pensamiento, donde realizan excelentes encuentros a finales de cada mes. El evento fue inaugurado en 1999 por Félix Grande, al que siguieron insignes escritores, pensadores o poetas como Luis Alberto de Cuenca, Justo Navarro, Pérez Reverte, Sánchez Dragó, García Montero, Eslava Galán o Jesús Ferrero por mencionar a los más renombrados. Y así más de un centenar que encumbra a la ciudad de Guadix a un pedestal cultural digno de encomio, coordinado y presentado fenomenalmente por el accitano Antonio Enrique, nada más y nada menos. El resto de los poetas o escritores que han sido invitados no voy a decir que son menores, ni mucho menos, pero sí son grandes desconocidos para el pueblo. La poesía es un género que estuvo y sigue arrinconado, incluso, en los lejanos anaqueles de las librerías más minoritarias. Disculpen la redundancia o el énfasis. A este paso solo se leerán entre ellos mismos en una suerte de autofagia y autocomplacencia, e irán distanciándose aún más de esa masa que se sumerge solo en el mundo de la imagen y la tecnología. Este último encuentro fue instructivo y emotivo, la poesía debe tener una carga emocional importante, de lo contrario se parece más a una receta de cocina. No existe el poema perfecto —siento disentir—puesto que no existen las emociones perfectas. Si un autor invitado no acepta matices, ni comentarios, ni opiniones acerca de lo tan magistralmente declamado, me hace ratificarme en lo que he comentado al principio, ¡con lo que me gusta equivocarme! La poesía y sus lectores van encaminados a convertirse en una especie de secta o congregación masónica inaccesible porque hay algunos que te cautivan por un lado, pero por otro te rechazan, puesto que se sienten instalados en el Olimpo de los Dioses —vanitas vanitatis— cuando verdaderamente no los conoce ni Dios. Desde la humildad y la sencillez reclamo una nueva poesía dirigida a esa inmensa mayoría, como diría aquel poeta.

EL ÚLTIMO GOLPE, por Cristina Zarca Pérez.

 

Pintura de Carmen Alonso Álvarez

En un pueblo tranquilo, la corriente del río transcurre por debajo del viejo puente de piedra y arena; un niño solitario juega a las canicas; el pueblo duerme la resaca de la noche anterior; las empedradas calles denotan un vacío silencioso, solo roto por los golpes de las canicas. El niño, ajeno a todo, sigue solo y únicamente se oyen levemente sus golpes contra un enemigo invisible.

Hasta que una conocida voz le llama:

¡Voy mamá! ¡Déjame que dé este último golpe! Y…, efectivamente, fue su último golpe. Un coche extranjero de alta gama apareció de pronto de la nada; sin percatarse el conductor de que en la calzada había un niño que jugando.

 

SOLA CON EL PELIGRO, por Pepe Velasco Romero.

 


Jamás, ni en sus peores pesadillas, hubiera imaginado el grado de fanatismo  y crueldad que podía llegar a alcanzar el ser humano. Ella, que desde que tenía memoria había tenido  alma de artista, y como poeta siempre le había cantado al amor y gustaba de ensalzar la belleza y  los más altos valores del género humano. No, no podía dar crédito a lo que estaban viviendo en esos instantes. Desde que aquellos fanáticos desalmados la aprehendieron, no sabía bien el tiempo que había transcurrido; se sentía estar mecida por el constante y persistente riesgo, como un muñeco desmadejado e inerme, y tenía la sensación continua de tener en su boca un puñado de arena que hubiera de masticar sin parar y sin la más remota posibilidad de deshacerse de él o de deglutirlo de forma alguna. Aquella sensación tan desagradable y la vez rara ella la achacaba sin ningún atisbo de duda a la persistente angustia  y desasosiego que se había instalado en ella desde que sus captores la sacaran de su casa para arrastrarla hasta aquel lugar inmundo. Si Nadia hubiera de definir aquella sensación, no le cabria duda de cómo habría de hacerlo: era como si allí se mascase el peligro.

         Tenía la desagradable impresión de que el peligro era algo físico, tangible, que parecía culebrear a través de su espina dorsal por entre la tela de aquella, para ella, absurda y anacrónica especie de saya que le habían hecho vestir. La sensación era como si una sabandija repugnante le subiera desde el coxis hasta el occipital en la misma base de su cráneo, en un zigzagueo que parecía premeditado e inteligente. Como si se comportara así exprofeso para causarle un terror a la vez que soterrado, persistente y demoledor. Para inocularle en sus carnes aquella angustia atroz y más que real que flotaba por cada rincón de la estancia como niebla espesa y fantasmagórica. Cada detonación seca; cada rasgar el aire de un acero; cada puerta cerrada con violencia u órdenes vociferadas con premura; cada resonar de pasos en tropel a través de los angostos corredores. Todo ello producía en ella una sensación de ansiedad e indefensión tal que erizaba todos y cada uno de los vellos de su cuerpo.

      Y a ella, Nadia Sayeed, artista de las palabras, creadora de belleza con el lenguaje, cantadora del amor desde que apenas hubo aprendido a hilvanar las palabras, se le hacía muy difícil aceptar aquella situación a todas luces brutal e irracional. Una brutalidad que en un principio supuso gratuita, pero que conforme se fueron sucediendo los acontecimientos y entrando personajes en escena, concluyó, no sin razón, que toda aquella escenificación tenía un fin muy bien planificado y definido. Tenía como objetivo máximo conculcar en ella el miedo. Hacerla conscientes del peligro que la circundaba. Allí estaba ella en aquel lugar donde vehementes fanáticos intentaban  matar sus palabras. Cercenarlas para que no pudieran cumplir su objetivo último de gritar libertad.

         Allí contempló horrorizada, en una ocasión que pudo vislumbrar el exterior a través de la exigua rendija de una enrejado  pero a la vez maltrecho ventanuco, al que pareció ser un buen hombre, indefenso y resignado, con el desamparo dibujado en su rostro desvaído, siendo decapitado de un solo tajo de irracional acero. Su cabeza rodó por el pavimento sucio de tierra reseca que no tardó en beber su sangre con ansia y sed de tiempo. En ese instante, Nadia comprendió que su libertad y la poesía que con tanto mimo desde siempre había cultivado, incluso su vida, habrían de ocultarse en profundas cloacas de miedo y de silencio. Porque el peligro estaba a la acechanza constante. En su febril imaginación,  a ella se le aparecía como un nocivo magma que le rondara de continuo, enmudeciéndola y paralizándola, y aquel efluvio parecía actuar como una entidad adiestrada para tal menester.

 

Nadia se retrotrajo en el tiempo y a su mente vino el recuerdo de momentos felices de días sin más preocupación que la de intentar ser feliz junto a los suyo. Días de preocupaciones cotidianas y cuestiones triviales  que ahora le hacían sentirse ridícula por aquellas pretéritas y poco acuciantes preocupaciones. Ahora lo que posiblemente estaba en juego era su propia vida, y la ensoñación duró poco. El sentimiento de peligro continuaba  ahí, corroyendo su ánimo como un gusano “barrenador” perforaría la carne en la que fuera depositado en estado larvario para, así, sin prisa pero sin pausa, poder desarrollarse,  destruir y a la vez alimentarse de la carne en la que fue depositado.  

 

        -¡Tengo miedo, mucho miedo! –confesó Nadia aterrorizada a su compañera de cautiverio.

         -¡De eso se trata, de someternos a través del miedo! En un principio nos exponen a una situación de peligro real o ficticio a través de la cual nos inoculan el miedo y a partir de ahí nos convertimos en auténticos zombis. En fieles y leales servidores de nuestros propios verdugos.

 

        Nadia se quedo mirando expectante y un tanto admirada a su compañera  de suplicio. No se había fijado en ella antes. Pensaba que la constate y expeditiva sensación de peligro en la que la  habían mantenido durante todo el tiempo que la tenían retenida había atrofiado casi por completo todos sus sentidos.

       -Tú no eres del país, eres extranjera, ¿verdad? –preguntó Nadia intentando fijarse mejor en ella pese a la lobreguez de la estancia.

      La otra la miró a su vez, pero nada contestó.

    -¡Dime algo, o me volveré loca! –pidió Nadia en tono de suplica.

   -¿Cómo te sientes? –le preguntó la compañera de cautiverio. Hablaba en su propia lengua con un acento más que aceptable.

    -¡Siento como si una mano gigantesca me estuviera oprimiendo el estómago sin parar a la vez que me lo arañara con saña! –contestó Nadia con franqueza.

    Volvió a mirar al rincón donde casi podía adivinar que se encontraba su extraña compañera, porque apenas podía verla, solo llegaba a escuchar su respiración entrecortada y, creía, podía adivinar su silueta recortada contra la exigua claridad que se filtraba a través de alguna rendija errática. Pero al centrar su mirada con más atención en el lugar donde le había parecido verla, comprobó, confusa y estremecida, que allí no había nadie.

      Aquel rincón estaba vacío.

      Estaba sola en aquel cuchitril inmundo. Estaba sola. Sola con su delirios, sola con sus miedos, sola con sus congojas… sola…  Quizá, todo fuera producto de su imaginación calenturienta y delirante. Estado al que la había llevado la percepción de constante peligro y del miedo exacerbado nacido de este  irracional contexto. Tenía que ser fuerte y sobreponerse, ser capaz de soportar la constante zozobra por la que le hacían pasar en todo momento para que esta no terminase por minar su razón y la hiciera olvidar hasta su identidad real. Pero el ambiente de exacerbado peligro persistía, y Nadia concluyó desalentada que la Nadia que saldría de allí, si es que lo lograba algún día, nunca volvería a ser la misma Nadia que entró. Y se sentía indignada a la vez que afligida. Enfurecida con la situación y a la vez con ella misma, por no creerse capaz de vencer con la tenacidad de sus convicciones la sinrazón ciega de aquellos fanáticos. No se sentía con fuerzas ni se creía con el suficiente valor para hacer frente a aquel estado de cosas y, por ello, se abandonó a su suerte.  

LA EDUCACIÓN SENTIMENTAL, por Tomás Sánchez Rubio.

 

Pintura de Mustafa Yüce

Los alumnos y las alumnas salieron cabizbajos, en una apretada fila, del gran edificio escolar en dirección al autobús que aguardaba en la puerta exterior. Cruzaban el patio tensos, esforzándose por disimular su miedo e inquietud. A algunos se les secaba la boca, si bien aparentaban un ánimo sosegado, manteniendo la mirada fija en un punto lejano; otros, por el contrario, temblaban de forma involuntaria pero perceptible.

El profesor de matemáticas, Arístides Gamboa, cruzados los brazos en actitud desafiante, escupió ruidosamente en el suelo al paso del grupo. El de filosofía, el señor Krupp, con una brillante chupa de cuero negro que contrastaba con la enfermiza palidez de su rostro, blandía una cadena de grandes dimensiones con la que golpeaba la sucia pared, ennegrecida por la persistente humedad... Horacio Manuel, el maestro de letras latinas, con un cigarrillo mal envuelto en los labios y  aquella gran cicatriz cruzándole el rostro, arrojó contra el frontal de una papelera la lata de cerveza formando un gran alboroto. Un sonoro eructo salió de su garganta encallecida por el tabaco y el alcohol barato. Junto a él, con ojos desquiciados y enrojecidos, la profesora de música, Eileen Moldova, rio con una estridente carcajada, más parecida al graznido de un cuervo atrapado en una zarza que al  sonido emitido por una garganta humana.

La fila de chicos y chicas, todos uniformados, llegó por fin al autobús. No podían dejarse llevar por las provocaciones...

Carla, la delegada de su clase, sin levantar la vista, tomó asiento detrás del conductor. Éste, con expresión entre preocupada e irónica, sentenció: Todos los viernes igual; en cuanto terminan las clases... No sé cómo los soportáis. Pobres muchachos.

Carla sonrió y dijo en voz baja, más para sí, que para él: ─Bueno, una se acostumbra a todo. En el fondo no son peligrosos…

Mientras pronunciaba estas palabras, Carla acariciaba el colt 45 que llevaba oculto en la mochila: todo un clásico que le habían regalado sus padres en su último cumpleaños.

AMÍGDALA EN BUCLE, por Pedro Pastor Sánchez.

 


«¿Quieres morir?».

            La frase percutió con fuerza en su tímpano. Notaba cómo el filo del mugriento cuchillo se hundía un milímetro en su gaznate. La pestilencia de su agresor, la hediondez de aquel aliento le saturaba la pituitaria, hasta el punto de provocarle arcadas.

            «¿Es que estás sordo, panoli?», vociferó de nuevo.

            Trataba de sujetar el amenazante brazo mientras pensaba en cómo había llegado hasta esta situación límite, cómo se había dejado arrastrar hasta el nauseabundo callejón por una figura tan desalmada y grotesca.

            La intimidación se repitió cual truculento eco, sacudiendo las telarañas de su memoria. No era la primera vez que le amenazaban, que mascaba el peligro. El patio del colegio se convirtió, en más de una ocasión, en territorio hostil, donde bajar la guardia por un momento significaba convertirse en una presa fácil.

            «Bernardo, no te metas en líos», le decía su madre a su hermano mayor. Pero Bernardo no hizo caso. Se le podía encontrar en medio del tumulto, en las tanganas, rifirrafes, peleas y escaramuzas de toda índole. Había nacido para pelearse con el mundo. Leandro era su antítesis. Seguramente porque su madre lo reprendía para no seguir los pasos de su hermano. Consiguió convertirlo en un niño apocado y temeroso, sin iniciativa, sin espíritu de lucha. Y más después de aquel aciago día. Bernardo, en una de sus locas carreras evitando ser cazado por las hordas infantiles que querían vengarse de sus bromas pesadas, se cruzó en el camino de una Vespa a toda pastilla. Muerto en el acto.

            «Hazme caso o acabarás como él», le repetía su madre a Leandro cada mañana con tono amargo. No levantó cabeza desde entonces, los ansiolíticos fueron su refugio.

            Nacho, repetidor infatigable, antagonista perpetuo de Bernardo en sus trifulcas de recreo, encontró, de la noche a la mañana, el camino expedito para imponer su ley en el patio. No había alumno que opusiera resistencia, ya fuesen menores o mayores que él. La arrogancia e intimidación del mastuerzo le servían para salirse con la suya, fuese cromo, bocadillo o bolígrafo multicolor su objetivo y botín.

            Ese curso transcurrió para Leandro sin pena ni gloria, como siempre, apartado en una esquina, consumiendo su bollito y zumo de piña con pajita rayada. Hasta que esa mañana infausta, el desvencijado balón llegó rodando hasta sus pies. Nacho, que capitaneaba uno de los equipos, se lo reclamó a voz en grito desde la banda. Con el nerviosismo y su total impericia en el arte balompédico, trató de hacérselo llegar de un puntapié, pero fue tal la fuerza que le impelió al cuero, que cruzó medio campo, cayendo a los pies de la delantera rival, que no dudó en fusilar al portero sin miramientos. Hete aquí que sonó el timbre, reclamo para volver a las aulas, por lo que el encuentro se dio por concluido, perdiendo por la mínima el bando de Nacho. Error imperdonable y que le acarreó no pocos problemas a corto plazo.

            En mala hora se le ocurrió patear aquel balón. Desde entonces, Nacho le cogió manía. No había día que no se hiciera el encontradizo. Primero fueron los chistes a su costa, poniendo de relieve su escasa masculinidad. Luego, frases gruesas que le ridiculizaban en público. Ante la actitud pasiva de Leandro, subió el tono y pasó de empujones y encontronazos a zancadillas en aulas y pasillos, cuando no terminaba el día calzándole una hostia sin venir a cuento. Más de un moratón tuvo que ocultarle a su madre, que seguía aferrada a la botella y las pastillas desde la desgracia de Bernardo.

Cada mañana el despertador era su condena. El pánico se aferraba a sus tripas, a sus neuronas, a cada paso que daba en dirección al colegio. ¿A qué nuevos peligros tendría que enfrentarse ese día? ¿Qué nueva trastada le tendría preparada su verdugo? A veces se lamentaba de no haber heredado el gen reaccionario de su hermano. A pesar de que, en sus juegos fraternales, le chinchaba y se burlaba de él, Bernardo tenía un alma noble. Y ahora le echaba de menos, seguro que no hubiese permitido que esa bestia le hubiese puesto la mano encima.

 

            «¡Gusano de mierda!, ¿dónde te escondes?».

            El vozarrón de Nacho retumbó cual trueno, todo el mundo de la tercera planta lo pudo escuchar. Era él el aludido, sin duda. Leandro vaciló un segundo en si agacharse bajo el pupitre, rezando para que no lo viera, o salir huyendo del aula, escaleras abajo, y al menos lidiar con el peligro en campo abierto, donde algún profesor pudiese salir en su auxilio. No hubo opción, el mostrenco fue más rápido que sus pensamientos, y entró en el aula dando tal patada a la puerta que casi la descabalga de sus goznes.

            El resto de alumnos salieron pies en polvorosa, no querían ser testigos de la escabechina. Lo agarró como un guiñapo y lo estampó contra la pizarra, provocando una nube de tiza que envolvió a ambos.

            «Así que has ido con el cuento de nuestros encuentros a mi padre, pedazo de mierda». Negó con la cabeza el aturdido infante. «¿Cómo que no? El hijo de la Toñi, bien claro me lo ha dejado mi padre mientras me sacudía con el cinto».

            Leandro comprendió que no serviría de nada, que cualquier respuesta sería errónea, así que se resignó a su suerte. El bruto lo agarró por la cartera, que llevaba colgando de sus hombros, y a empujones lo llevó hasta una de las ventanas abiertas. Lo subió al alféizar, sujetándolo inclinado cual mástil de bandera, su pecho más allá de la vertical de la fachada. Abajo, el conserje hacía aspavientos mientras cruzaba el patio como un relámpago. Le temblaron las rodillas, el vértigo le nubló la vista y por un momento creyó estar suspendido en el éter. Un nuevo graznido de Nacho le estremeció: «¿Quieres morir?».

           

Frente a frente, treinta años después. Toda una vida de pesadillas, de terapeutas, de miedo a las alturas. De nuevo tenía que enfrentarse al peligro, ahora por un puñado de billetes.

            Sintió otra vez la presencia. Un súbito frío le erizó la piel, como aquel día en la ventana. Frente a ellos, surgiendo de las sombras, unos refulgentes ojos reflejaron el brillo de la hoja asesina. Una risotada infantil recorrió el callejón. Sintió flaquear el brazo opresor, lo que aprovechó para zafarse. El miedo cambió de bando. Con aplomo, Leandro conminó al espectro: «Todo tuyo, hermano».

VISITA, por Yuleisy Cruz Lezcano


El peligro vino a conversar

con tu mirada perdida,

con la necesidad de tu cuerpo

de adornar los cementerios,

de alimentar tus sueños muertos

con el cemento que lleva las huellas

de epitafios obligados a vivir

cuando se consuma la carne

de las últimas palabras

que pueden soportar la atención

por un momento.

El peligro te oyó llorar de miedo

contra el muro

y él que es cazador de valles

donde el miedo florece

está empujando insomnios

donde el tuyo crece

para robarte los sueños

y echarse a reír.


Yuleisy Cruz Lezcano – Scritti & Poesie

 

LA PROEZA DE EDUARDO MORENO ALARCÓN, por Primitivo Fajardo.

 


Mi ilustre amigo el escritor Eduardo Moreno Alarcón, al que venero como a un druida medieval porque va por el mundo animando al prójimo con la flauta travesera de su alegre carácter y su zurrón cargado de humildad, sapiencia y pócimas literarias con las que dulcificar la dura existencia humana, firmó en la pasada Feria del Libro de Madrid ejemplares de su última novela, «La proeza de los insignificantes», galardonada merecidamente con el XIV Premio de Novela Corta «Encina de Plata», el certamen nacional más prestigioso de esta modalidad, que cuenta con un jurado fortificado por la editorial Premium con plumas de la talla moái de Luis Mateo Díez, José María Merino, Luis Landero y Gonzalo Hidalgo Bayal, de quienes Moreno Alarcón recogió orgulloso la distinción el año pasado porque el premio se otorga seis meses antes de la publicación del libro. Hace poco ha vuelto a reunirse con ellos para la entrega de la edición de 2021.

 

Como dicen los cazadores de codornices en los llanos de Albacete: el que la sigue, la mata, y el que no, la desbarata. Eduardo ya había sido finalista de este galardón en 2014 con su primera novela, «Entrevista con el fantasma». Se ve que es mal perdedor y que la espinita ponzoñosa del segundo puesto de entonces se le clavó bien hondo en la epidermis y ya iba siendo hora de sacársela con las aceradas pinzas del premio gordo.

 

No es la primera vez que el albacetense –de La Roda para más señas– logra un galardón, ni la vez primera que exhibe palmito en la importante cita literaria madrileña. Ya firmó en la edición de 2015, precisamente cuando se publicó «Entrevista con el fantasma». Si es un hito que colma de alegría a cualquier autor firmar en la feria dejándose la muñeca en sentidas jaculatorias a lectores próximos y anónimos, repetir es todo un récord del que mostrarse orgulloso porque refuerza su solidez, su templanza y su calidad como autor. No será la última porque aún quedan caudales ilimitados de narrativa por extraer de tanta capacidad creativa como almacena Eduardo en su rubicunda molondra, hipertrofiada hasta la última dendrita de lecturas, conocimientos e imaginación.

 

De hecho, cuando nos vimos el pasado mes de septiembre en la caseta de la feria, le pregunté por sus proyectos futuros. «Me apostaría el herraje, las orejeras y hasta la mielga a que ya tienes otro libro en puertas», le dije. Efectivamente, me confesó que se ha lanzado por fin a escribir la gran novela que todo literato sueña y anhelan con impaciencia sus fieles lectores (esto no lo dijo él, que es pura modestia, esto lo digo yo).

 

También le recordé que tiene otro asunto importante pendiente de publicar, que esperemos vea pronto la luz en formato papel, pues lo leí por entregas hace tiempo en el periódico digital «Crónica de La Roda»: «Los Paragnostas», un relato viscoso, surrealista, alienígena, que podría servir como guión para una serie de irse de vareta en Netflix. Está redactado a cuatro manos con su amigo y también escritor albacetense Pedro Pastor Sánchez, otro crack de la truculencia fantástica con quien Moreno Alarcón ha escrito además «Visionarios», un relato que engancha desde el título combinando las vicisitudes de Von Braun y su cohete V2 durante la II Guerra Mundial, las intrigas rusas y americanas en torno a la conquista espacial y las aventuras de la NASA y los astronautas del Apolo XI en su periplo lunar. Esta extraordinaria invención, de la que ambos firmaron ejemplares en la pasada feria, forma parte de «Efeméride», obra editada también por Premium que recopila ocho relatos de ciencia ficción de diferentes autores para conmemorar el 50º aniversario de la llegada del hombre a la luna.

 

«La proeza de los insignificantes»

 

Fruto de la inquietud de Moreno Alarcón por explorar nuevos horizontes narrativos surge «La proeza de los insignificantes», que fue publicada en abril de este año y obtuvo excelentes críticas. Al poco de ser alumbrada, el autor, emocionado con la llegada del nuevo retoño literario, que traía ese primer premio bajo el brazo, me confesó: «Personalmente, escribir esta novela fue una experiencia maravillosa, liberadora y divertida... Ojalá pueda llegar a los lectores con la intensidad que disfruté al escribirla».

 

Que está llegando a los lectores es notorio porque en seis meses ha cosechado un meritorio éxito de ventas, y que es gozosa su lectura lo aseguro yo que la he leído tres veces y he disfrutado como un gorrino hozando salvaje en un edén patatal. Bien es verdad que tiene poco mérito la crítica por mi parte porque soy un adicto confeso a los textos de Eduardo y me declaro adorador circunspecto y mitómano de su narrativa, lo que me hace poco imparcial a la hora de juzgar su obra.

 

Mas esa debilidad no me impide resaltar con justicia sus variopintos méritos, aunque suene a nenia lastimera. Si bien no voy a cometer la imprudencia de calar el melón de su argumento, pues cada palabra de lo escrito cuenta y está estudiada para sorprender al lector, diré que el narrador de la historia es un escritor que no quiere publicar la que será su última novela pero se empeña su editora. Los hechos comienzan en el bucólico paisaje del Maestrazgo turolense cuando una bola luminosa se desploma del cielo sobre los huertos de la localidad de Tronchón. La investigación del meteorito atraerá a un geólogo planetario del CSIC y asesor de la NASA y a una catedrática de cristalografía y mineralogía de la Complutense. Las vidas de los protagonistas y de los habitantes del pueblo se verá afectada por este suceso, pues deberán afrontar la proeza de seguir adelante con su vida asumiendo los cambios acaecidos.

 

Sí puedo afirmar sin temor y sin ambages que se trata de una metanovela original en su concepción, divertida en su argumento, de tinte costumbrista y fantasía desbordada y cargada de recursos narrativos. Literatura pura trazada con desparpajo y maestría épica y una imaginación fuera de lo común. En su línea y con todas las características del estilo personal al que ya nos tiene acostumbrados el escritor rodense, cuya obra, desde el primer cuento a la última novela, es reconocida por una prosa rica en epítetos, denso vocabulario y aroma poético, rebosante de simbología, con imágenes grotescas, delirantes, bañadas de expresividad y complejidad psicológica, con párrafos cortos, precisos y armados de ritmo musical, golpes efectistas y metáforas medidas que son certeros trallazos a la conciencia del lector.

 

Sus geniales creaciones, fruto de la investigación, de la intuición y del conocimiento exhaustivo y extremo de un lenguaje que domina a la perfección y las más variadas técnicas expositivas, que domina con soltura como escalpelos forenses y sin constreñirse a un único género, invitan a la reflexión y despiertan el ansia por la lectura porque desarrollan con intensidad tramas, ora complejas, ora hilarantes, ora tremendistas, cuajadas de sorpresas y trampas para osos. El autor sabe recrear ambientes con una singular tensión poética en las anécdotas, en las situaciones y en los personajes que saprofitan la atención del lector y actúan sobre su ánimo como ondas expansivas… como si este tuviera el cerebro embutido en una campana de bronce de iglesia gótica repicando a medianoche o a la sagrada hora del Ángelus.

 

 

De casta le viene al galgo

 

Eduardo Moreno Alarcón puede escribir sobre lo que quiera porque sabe, se esfuerza y se divierte. Y escribe divinamente, escribe como los ángeles. O mejor dicho, como si fueran los mensajeros del cielo quienes le dictaran las divinidades que escribe, como cuando a San Isidro le cultivaban la besana los rollizos y alados angelotes mientras se echaba la siesta. Una vez, disertando sobre la profesión de escritor, dije de él que era un erudito de raza y bajo su apariencia de geniecillo informático, de científico despistado, de famélico y menesteroso monje del Himalaya, o de perito con mesiánica vocación política de redentor de pueblos, se escondía una mente cartesiana, lúcida, analítica, creativa, ingeniosa y trufada de proyectos y delirios literarios. Todo eso desbocado no hay barrera material que lo frene.

 

Si a las pruebas nos remitimos, poco me equivocaba. Destacan en la poliédrica capacidad creativa de Moreno Alarcón las facetas de músico (pertenece a la banda de música Virgen de los Remedios, de La Roda), actor de teatro y autor de piezas teatrales y, sobre todo, la de escritor pertinaz, prolífico y aficionado a coleccionar triunfos, que a su producción novelística añade la de guionista de proyectos artísticos, prologuista de poemarios y novelas ajenas, jurado de premios literarios, analista de opúsculos, coordinador del club de lectura de literatura fantástica en la Casa del Libro de Albacete y la colaboración asidua en brillantísimas publicaciones literarias electrónicas como «Absolem», y portales digitales relevantes tal que «CosmoVersus».

           

Coronada por su más reciente actividad de dramaturgo, que le ha llevado a estrenar el 21 de octubre de 2021 en el Teatro de la Paz, en Albacete, la obra «Esconde la mano», producida por Teatro Thales e incluida en la red de artes escénicas de Castilla-La Mancha, la andadura de Eduardo Moreno Alarcón en el mundo de las letras se remonta a su infancia, allá por los primeros años ochenta en los talleres de la «Imprenta Samuel», perteneciente a su familia, impresores de La Roda de toda la vida, donde el chaval creció viendo a su padre trasegar entre minervas, legajos almacenados en anaqueles y manipulando cubos de tinta y resmas de papel, lo que un día no muy lejano habría de orientar definitivamente su irrenunciable vocación hacia la escritura.

 

Podríamos decir, por tanto, que juega con ventaja y que de casta le viene al galgo, pues generosa es su herencia de larga estirpe rodeña emparentada con la cultura local. Sin restar un adarme de mérito a su currículum, Eduardo lleva en el genoma la profesión de escritor, igual que se transporta en el ácido desoxirribonucleico el color de los ojos, la forma de andar, la pulsión suicida, el instinto asesino o el afán depredador de libros.

 

Por parte de padre, Eduardo es nieto de Samuel Moreno Romero, impresor e intelectual de la época del Ateneo rodense, en los primeros tiempos del siglo XX; e hijo de Eduardo Moreno Martínez, que regentó el taller tipográfico durante buena parte del siglo pasado. Por si fuera poco, en el lado materno es bisnieto de Arturo Alarcón Santón, autor del Himno a La Roda, gran músico y pianista, compositor de zarzuelas que se estrenaron con éxito en los años veinte. Su hermano, y tío bisabuelo de Eduardo, fue el catedrático y arabista Maximiliano Agustín Alarcón Santón, una de las figuras más destacadas de la sociedad rodense de principios del XX y el mejor amigo, compañero de juegos, de lecturas y de estudios que tuvo el gran filólogo rodense Tomás Navarro Tomás, miembro de la Real Academia Española y una de las luces incandescentes que ha tenido nuestra lengua en toda su historia.

 

Una fulgurante carrera

 

Los primeros poemas de los años mozos dieron paso en la adolescencia de Eduardo a la creación de comics emulando los tebeos de la época, con los que se fue forjando en su mollera, en la imprenta sita al pie del «Faro de La Mancha», la torre de la iglesia de El Salvador de La Roda, la más alta de la provincia de Albacete, la tramazón de su incipiente vocación de juntaletras. Sin embargo, contra todo pronóstico, su subconsciente –podríamos pensar que manifiestamente mejorable en aquella época– le llevaría a Madrid a licenciarse en Psicología en vez de en Filosofía y Letras. Aunque, cuidado, porque viendo ahora los resultados pienso que pudo ser un error premeditado.

 

Sabiéndose los principios regidores de nuestra lengua y grabado a fuego el impulso guerrero de las letras en lo más profundo de sus islotes de Langerhans, seguramente era más práctico para él de cara al futuro entender los problemas psicológicos del ser humano y el alcance de los esguinces neuronales de las mentes criminales. Así ha podido extraer de sí mismo las abundantes dosis de jugo literario con que ha creado personajes tan inquietantes como magnéticos con los que salpicar sus truculentas historias.

 

Prosigo. Con la pluma al ralentí y la carrera liquidada, fue dando tumbos desorientado ganándose la vida como técnico en Prevención de Riesgos Laborales y Medio Ambiente, hasta que el grisú estalló en su conciencia y obró la criatura en consecuencia. Despuntó en 2008 llevándose de calle el concurso de relatos de terror «Nexus Outsiders», que volvió a ganar en 2009, quedando al descubierto su «yo» de narrador omnisciente.

 

Numerosos artículos publicados y dos primeros libros, compendio de relatos breves de misterio y ciencia ficción con títulos tan horripilantes como «Lo que vino de las profundidades» (2010), prologada por nuestro paisano y dramaturgo Pedro Manuel Víllora Gallardo, y «Oscuro parentesco» (2014), revelaron su estatura de gran novelista y genial visionario. Su virtud creadora nos obsequió con unas incursiones estremecedoras en el mundo del terror, la alucinación y lo sobrenatural que nada tienen que envidiar a los mejores relatos fantásticos de Irving, Lovecraft, Tolkien, Stoker, Dickens, Poe, Verne, London, Chéjov, Kafka, Asimov o Stephen King, por citar solo la docena de sabios a los que en el altar de mis devociones atufo de incienso a diario.

 

Sería por esta época, quizás antes, cuando tomó la sabia determinación, mancomunada con la «Musa del Omaña», Marién, su santa, de dejarse de martingalas y arbitrar su espantada del mundanal ruido para sumergir su cuerpo entero y su arte palpitante en la pila bautismal de su pulsión por contar historias y untarse con los óleos del sagrado –y maldito– oficio de escritor, como el seminarista se entrega sin pensarlo a Dios, a la oración y al celibato. No es poco riesgo el que asumió al afirmarse en tal oficio en un país empecinado en ignorar, cuando no despreciar, la dedicación absorbente a la literatura.

 

Una vez rota la cadena laboral y retirado a su guarida en el Nueva York de La Mancha –Azorín dixit–, llegaron las novelas a cascoporro para confirmar lo acertado de la resolución. Media docena de obras publicadas en pocos años dan la talla de Moreno Alarcón como máquina de producir secuencialmente literatura explosiva, como deflagran con cadencia de milisegundos los detonadores en las voladuras controladas. Cada distopía, cada mutación, cada evisceración mental suya que se ha visto retractilada en la encuadernación, ha superado el reto de ser bendecida con algún espaldarazo literario de ámbito nacional, e incluso internacional como el «Naji Naamen Literary Prize» de El Líbano, en 2019.

 

Aparte de «La proeza de los insignificantes» (2021), ha publicado otras cuatro novelas y la antología de cuentos «Sucesos del otro lugar» (2020), prologada por el escritor granadino Francisco José Segovia Ramos, que reúne lo mejor de su demencial y premiada cosecha de la última década. Las novelas se titulan: «Entrevista con el fantasma» (2015), ya mencionada, finalista del VIII Premio de Novela Corta «Encina de Plata»; «La fuente de las Salamandras» (2017), finalista del II Certamen Alféizar de Novela, que tuve el honor de presentar con el autor en La Roda; «Sonata de mujer» (2018), finalista del XXXVII Premio Felipe Trigo, prologada por el escritor argentino Alejandro Mansilla; y «Apuntes del espejo» (2019), premio Jerónimo de Salazar de Novela Histórica.

 

Con otros mimbres publicados por distintos mecanismos, imposibles de reseñar aquí por ser legión, ha recolectado variopintos galardones. Al ya mentado «Nexus Outsiders» hemos de añadir ser finalista en la IV edición de los premios «Mallorca Fantástica», en 2011; el tercer premio en el concurso de relatos «Víctor Chamorro», en 2012; ganador del II certamen de relatos de terror «Sueños de Opio», en 2013, además de finalista de este premio en la edición de 2014; y primer accésit en el I certamen literario «Guadix, primavera y vino», de 2017.

 

Un oficio brillante y premiado

 

Eduardo lleva en el sacerdocio magisterial de las letras poco más de una década, pero ha producido un material literario inmenso, altísimo y de calidad extraordinaria. Ojalá esta obra tuviera más reconocimiento en los medios y estuviera para su disfrute al alcance de cuantos más lectores mejor. Por desgracia, vivimos una época extraña en la que publican con facilidad los marrajos de la prensa rosa, los políticos mediocres –valga la redundancia– y los presentadores y tertulianos levemente estreñidos que pululan por las televisiones, a los que las grandes editoriales publicitan con prioridad para garantizarse las ventas. No es que eso esté mal, porque lo importante es que la gente lea, aunque sea una rasilla de hueco doble, pero sería mucho mejor que se diera el equilibrio entre ambos extremos, la alternancia promocional entre famosos y noveles. Por fortuna, hay otras editoriales más modestas, como Premium y su «Encina de Plata», empeñando cuerpo, alma y peculio en sacar a orear a los escritores solventes como Eduardo para darles un empujón en su carrera, lo que en este cicatero mundo siempre es de agradecer.

 

Por todo lo aquí escrito, y desde mi pétrea gárgola capitalina, exhalo un deseo que es a la vez una premonición de arúspice interpretando la voluntad divina en las entrañas del animal sacrificado: que su obra recibirá el reconocimiento abrumador que por trabajo, actitud, rigor, empeño y talento le corresponde. Es la justicia que merece la carrera literaria del eximio escritor rodense Eduardo Moreno Alarcón, cuya proeza está en sacrificar ilimitadas dosis de paciencia y un mantenido esfuerzo de trabajo cotidiano a su pasión por la literatura, repartida entre la dramaturgia, las colaboraciones editoriales y las novelas. Pasión de la que ha hecho un oficio tan brillante y tan premiado.


ANTE EL PELIGRO, por Carmen Hernández Montalbán.



 

PELIGRO, por F. Javier Franco Miguel

 

Pintura de Robert Magee



 

I

un balcón y un tendedero

la figura perdida del reflejo del sol en el cristal

y una paloma negra que se acerca y se posa

fuego inundando el cielo

y la luz quemada por el insomnio

los párpados pegados de recuerdos

de regresos de un futuro incierto

pero ya perceptible

no sé si es peligro de muerte

o de vida

o si acaso el peligro soy yo

somos nosotros

o el miedo nocturno a reconocer

que somos nada en la nada

o el valor de haberlo sabido siempre

no hay más peligro que vivir

y despejar los senderos del no momento

utiliza armas de dedos

despeja el instante que ya no existe

insiste en nunca revivir el instante

hay una fuga de nubes rompiendo el cielo

lo que queda de cielo

lo que el sol no quemó en tus ojos

despídete del peligro

porque tras él sólo es cierto

            (el, mi, tu, su, nuestro, vuestro)

                                                              silencio

 

II

es peligroso

olvidarse de la propia sombra

al frente al lado a la espalda

la traición no sabe de puntos cardinales

las pisadas la lluvia el otoño

no son suficientes para herir

es necesario olvidar

que eres un ser vivo

todo se compone en un laberinto

donde las sombras

son el único guía

y una sombra sobre tu sombra

espera

para asestar el golpe definitivo

pero cuando el borde del abismo

se olvida de ti y no quedan planos

para sombras

despídete del peligro

porque tras él sólo es cierto

            (el, mi, tu, su, nuestro, vuestro)

                                                              silencio

 

III

peligro

              peligro

                             peligro

la sirena destroza los oídos

pero nadie ni nada te arrebata

la sensación

de no saber despedirte de tus recuerdos

ellos pueden ser el peligro

te destrozan anidan en tus pensamientos

pero al fondo al fin

solo son sombras

que el sol del tiempo va quemando

no queda nada

no sabemos nada

somos nada en la nada

no hay más peligro que vivir

utiliza armas de dedos

despeja el instante que ya no existe

cuando el borde del abismo se olvide de ti

despídete del peligro

porque tras él sólo es cierto

            (el, mi, tu, su, nuestro, vuestro)

                                                              silencio

 

silencio roto por sirenas

sirenas ahogadas por silencio