La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 8 de noviembre de 2026

Relatos ganadores del VI Certamen de Relato Breve "El sombrero de tres picos".





ÍNDICE


Premiados: 






Finalistas:





 

A COGER ACEITUNAS, por José Antonio Cascales Rosa.

 


A coger aceitunas me han convidado. Ni he cogido aceitunas ni he merendado.

Esta era una de las canciones típicas que se cantaban en los días de San Antón o de San Sebastián. También por la Candelaria y por San Blas, allá por los meses de enero y febrero. Hay que remontarse bastantes años atrás, había que convertir en fiesta la siega y la quema de la zarza, que impedía la recogida de la aceituna al crecer también en riegos y balates.Y es que era ahí donde antes se encontraban los olivos, dejando el resto del bancal para otras siembras necesarias para la alimentación de las personas y el ganado de la casa familiar.

 

Por los días que antes he comentado, pandillas de amigos y amigas, chicos y grandes, se armaban de hoces, horcas, horquillas de madera y ramales para la siega de estas zarzas. Había pequeñas competiciones no escritas para ver quién traía el “pincho” más grande.

Una vez segado, se aplastaba lo máximo posible y se introducía el ramal por medio, buscando siempre las raíces para que no se desvaneciera por el camino. Una vez atado, en la cuerda de tiro se colocaban las horcas y las horquillas, o simples palos para poder tirar en parejas.

Al final del día o principio de la noche se le prendía fuego. En todos los barrios había mínimo uno. Se cantaba y se bailaba alrededor de la hoguera, se hacían “rosas” (palomitas) y en las brasas se asaban patatas y alguna carne, que solía ser tocino.

¡Qué sabios eran nuestros mayores! Parecían rudos e insensibles, todos unos pueblerinos analfabetos, pero la realidad es que amaban la tierra y convertían lo que era una dura y penosa labor en encuentros de jóvenes, iniciándolos en las duras faenas de una forma divertida y amena, con el final en una fiesta.

A veces era complicado encontrar un pincho en condiciones, teniendo que alejarse bastante del pueblo. Hemos segado con nieve y hemos tenido pequeños accidentes. Incluso lo hemos tenido que quemar en el propio campo por no poder transportarlo.

Esto eran vivencias de juventud en unos años de escasez y poco menos que miseria: las pocas diversiones estaban ligadas a la tierra o a la iglesia, con sus diferentes santos. 

 

A coger aceitunas me han convidado, iremos bastantes gentes con fardos grandes y máquinas de batería para echar las aceitunas al suelo. Una vez los fardos llenos, se vacían en el remolque, quitándole los tallos grandes.

Aún siendo muy dura la labor de recogida, tenemos todo lo necesario para facilitar la faena, desde fardos grandes, guantes y máquinas eléctricas o de motor que dejan el olivo desnudo de frutos en un momento.

Cuando pienso en la recogida con mis padres siendo un crío, no recuerdo echar en falta todas estas carencias materiales de herramientas y ropas.

Primaba mucho el cuidar el olivo: palos con varas no se le daban. También es cierto que las variedades de aceituna que predominaban eran la lechín de Granada (menuera) y la picual, ambas muy duras de echar. Al olivo se le trataba con extrema sensibilidad, como si se acariciara la cara de la persona amada.

 

Se utilizaban unas escaleras enlazadas con un pasador y ramales en el centro para que no se abriesen. Se les denominaba bancos: eran necesarios ya que los olivos solían ser muy altos y desde ellos se accedía a las copas. Se ordeñaban sus ramas como si de ubres se tratara y se usaban varillos, unos palos en forma de uno que hacían la vez de gancho para acercar los tallos largos.

 

En el centro de las escaleras se colocaban unas lonas y ahí se iban dejando caer las aceitunas. Pese a ello, muchas caían al suelo y ahí entraban las mujeres para su recogida, que en los inviernos fríos y las mañanas escarchadas, dejaban las manos arrecidas. La lumbre siempre estaba encendida y también se calentaban algunas piedras para meterlas en los bolsillos del delantal. De esta forma, se podían calentar las manos más a menudo.

 

La almazara no tenía para limpiar la aceituna, por lo que había que llevarla limpia de hojas. Para ello había un soplillo, que era una especie de abanico en forma de media luna: el arco era de madera y el centro de tela. Una persona con una espuerta en la cabeza las iba dejando caer despacio y otra persona las soplaba. Era un trabajo muy lento y pesado.

 

Lo que no ha cambiado demasiado era la comida y la alegría de que llegase esa hora. Solía ser comida fría y embutidos. En estos tiempos, todo es comprado y envasado pero en el pasado era de la propia matanza de la casa. Se solía hacer también zalamandroña, una ensalada hecha con las verduras que teníamos deshidratadas en la despensa.

 

En la base de un balate, protegido del norte, se montaba la mesa, que no era nada más que un mantel extendido y todos a su alrededor desesperados por empezar. Siempre había fruta de invierno o serbas deshidratadas y algún dulce de la navidad pasada.

Se daba una pequeña cabezada y a continuación, la faena. Pero como dice un cuñado mío: “un costal vacío, ¡quién lo levanta! Pero un costal lleno, ¿quién lo dobla?”. Todo es cuestión de comenzar y el cuerpo por necesidad se activa.

Ahora ha pasado el tiempo de aquellos días llenos de juventud. Pasan los años y el trabajo se hace pesado.

Me convidan y convido a recogerla y lo mejor de todo sigue siendo el rato de la comida y de la armonía compartida.

Quiero alabar el trabajo de las mujeres, en especial en aquella época, donde después de la faena del campo, estaba la de la casa y los niños. También había que preparar la comida para el día siguiente y ¡menos mal que las ropas se podían repetir!

TIEMPO LENTO, por Almudena Casado García.

 


Esperanza se frotó las sienes al tiempo que se sentaba unos minutos antes de que sonara el timbre que marcaba el final del recreo.

—¡Maestra! —dijo una muchacha en un tono cantarín asomando la cabeza por la puerta de la sala de profesores.

Cinco profesoras se dieron por aludidas y se volvieron hacia la puerta. Esperanza continuó con los ojos cerrados.

—Espe, creo que preguntan por ti —le dijo su compañera de departamento rozándola suavemente el hombro—. Y te va a alegrar el día.

La profesora se volvió hacia la puerta y allí estaba Lucía, una antigua alumna. A Esperanza le llevó unos segundos reconocerla, al fin y al cabo, ella había intentado formar a una adolescente que le miraba con cara de «qué me está contando esta mujer» y se encontraba ante una joven feliz que le saludaba desde la puerta con entusiasmo.

La profesora sonrió, se levantó despacio y se sumergió en sus recuerdos mientras se dirigía hacia la puerta.

 

Hace más de siete años tuvo que aprender a amar el paisaje rojizo de las majestuosas cárcavas de Guadix, un paisaje que ahora no solo le parecía el más bello del mundo, sino el lugar al que llamaba hogar. Ella, sevillana de pura cepa, recibió la notificación de destino definitivo en Guadix como el mayor drama de su vida. Con las maletas cargadas de ropa de invierno, se presentó en el instituto el primero de septiembre, aprendiendo de golpe que el viento de la sierra poco tenía que ver con el calor de su tierra.

Una vez que comenzaron las clases, sus estudiantes la consideraban una criatura exótica, y cuando ella les llamaba «chiquillos» con su acento trianero, ellos le respondían con una sobria timidez accitana. Pero Esperanza nunca se había rendido, y su oportunidad llegó el año en que el ayuntamiento cedió unos terrenos para huertos sociales comunitarios, y ella, profesora de Biología, decidió participar con su alumnado. El proyecto giraba en torno a la agricultura ecológica tradicional, y el objetivo era que los chicos y chicas aprendieran el proceso de compostaje, la rotación de cultivos, el control biológico de plagas y, sobre todo, a comprender el lento ritmo de la naturaleza.

El primer año de huerto fue toda una experiencia. Allí estaba ella frente a treinta adolescentes que miraban la tierra con una mezcla de aburrimiento y desconfianza.

—¡Vamos a organizarnos! —dijo la profesora alzando la voz para hacerse oír entre el griterío juvenil— A ver, José, deja el calabacín en el huerto del vecino y coge la azada.

—¡Maestra, que me he manchado el pantalón! —se quejó una jovencísima Lucía— Es que yo no entiendo esto para qué vale, si los tomates los compras en bandejas de plástico en el súper.

Y ese fue el momento en el que Esperanza fue consciente del desafío. Su arma era la pasión que ella sentía por la vida silvestre y unos cuantos positivos en el boletín de notas para motivar a sus estudiantes. Convirtió la vermicompostera en una competición en la que ella era la primera en ensuciarse las manos.

—El grupo que consiga el compost más equilibrado —decía consiguiendo la atención de sus chicos y chicas— se lleva un punto extra en la evaluación. ¡Recordad que la compostera tiene que oler a bosque húmedo! ¡Nada de echar cítricos a las lombrices, y triturad bien las cáscaras de plátano para que las digieran mejor!

Lucía, que lideraba las quejas del grupo, comenzó a cambiar el chip cuando los pulgones atacaron los tomates que tanto les había costado cultivar. ¿Cómo resolver el problema sin utilizar productos químicos? La chica revisó las fichas que habían copiado en clase y lideró un pequeño ejército que dedicó la hora a cazar mariquitas por el huerto para utilizarlas como fuerza de choque ecológica. Al día siguiente construyeron un hotel de insectos con unas cajas de madera, piñas y cortezas de árbol.

Esa semana, ante la atenta mirada de Esperanza, Lucía descubrió la importancia de entender y respetar a la naturaleza, y sus ojos brillaron con una chispa que su profesora reconoció de inmediato: la vocación.

El proyecto tuvo sus altibajos, pero el balance general fue positivo: no solo consiguieron unos tomates riquísimos, sino que se unieron al grupo los ancianos del pueblo que trabajaban sus propias parcelas de huerto. Los abuelos les enseñaban los trucos de la siembra en función de las fases de la luna y los estudiantes aportaban la base científica que Esperanza les explicaba en clase.

 

Cuando la profesora llegó hasta Lucía, convertida ahora en una joven imponente, esta la abrazó, inundándola con el calor cierto del cariño verdadero.

—Maestra, te he traído algo —dijo orgullosa Lucía mientras recogía del suelo una enorme caja de madera repleta de unos tomates oscuros, casi negros, y unos melocotones de suave piel anaranjada—. Son de la última producción de la cooperativa. Hemos conseguido optimizar el uso del agua de Sierra Nevada con sensores de humedad que funcionan con energía solar, y el control de plagas es cien por cien biológico, como me enseñaste con las mariquitas y las crisopas. Los agricultores están encantados, pues mantenemos los niveles de exportación, pero conservando la agricultura local que respeta nuestra tierra.

Esperanza tomó uno de los tomates con delicadeza y palpó su piel tersa y suave, anticipando la promesa de un sabor intenso.

—Tenías razón, maestra —continuó Lucía–. Al final he comprendido que el secreto del futuro está escondido en la tierra de siempre, y que lo único que tenemos que hacer es escuchar a la naturaleza.

Esperanza sintió un nudo en la garganta ante aquella muchacha peleona que ahora regresaba convertida en una ingeniera agrónoma que dedicaba su vida a la agricultura ecológica de su comarca. Reconoció que aquella sevillana que había convertido en un drama su traslado a Guadix, había plantado una semilla mucho más profunda que la de los huertos sociales. Y es que, como ella ya sabía, todo en la naturaleza requiere un tiempo para germinar.

EL EMBALSE, por Justo Gonzalo Burcio.

 


Dejé el puerto atrás. Me encontraba a unos minutos de Jérez del Marquesado. Estaba un poco mareada de tantas curvas y no era la mejor manera de empezar una ruta que me ocuparía previsiblemente toda la mañana. Bajé la ventanilla; el aire fresco y puro me hizo sentir mejor. Allí estaba el cartel indicando el nombre del pueblo. Aparqué el coche. Eché un vistazo alrededor. Era verdaderamente un paraje extraordinario. Todo estaba en silencio menos el interior de mi cabeza, a la que no paraban de llegar imágenes de él.

Mis ojos se dirigieron a la fuente que se encontraba en la plaza. Abrí el maletero, me calcé las botas de montaña y coloqué la mochila a la espalda. Cerré el coche y fui directa hacia ella. El agua estaba cristalina. Bebí y aproveché para llenar la cantimplora. Empecé a caminar, pero rápidamente me detuve cuando contemplé uno de aquellos antiguos lavaderos de piedra que aún se conservaban en el pueblo. Recordé haber leído en una de las guías que tenía en su casa que durante generaciones habían sido el lugar donde se reunían las mujeres de Jérez para lavar la ropa y compartir la vida. Me quedé un rato observándolo hasta que empecé a vislumbrar una sombra a mi lado que me hizo estremecer. Continué caminando hasta alcanzar la pista forestal.

Allí comenzaba el sendero que ascendía por la ladera norte de Sierra Nevada, siguiendo durante varios kilómetros el Sendero Sulayr. Venancio me habló de aquel recorrido al poco de conocernos.

—¡Cómo es la memoria!

Miré hacia arriba. La pendiente era pronunciada. Tragué saliva para hacer pasar la hiel que deja un recuerdo amargo y empecé a subir.

Me propuse llevar un ritmo fuerte; quería romper pronto a jadear, que bombeara tanto mi corazón que su sonido no me dejara escuchar el grito que habitaba en mi interior. Después de alcanzar uno de los miradores naturales del camino, el sendero continuaba entre pinares hasta un antiguo refugio forestal. Parecía más bien una vieja casa de guardas. Al llegar, entré. No había nadie, aunque se notaba que era un lugar de paso para senderistas y montañeros. Cerré los ojos. Dentro, el silencio era el sonido más grave. Agudicé los sentidos y su olor me vino por un instante. Rápidamente los abrí, desconcertada, y salí de allí.

Continué por el sendero hasta abandonar el Sulayr y tomar una antigua pista forestal que descendía hacia el valle del río Alhama. Empecé a coger ritmo y sentirme bien. El aire limpio entraba en mis pulmones, el sudor brotaba de mi frente y el acto de caminar me hacía sentirme lejos… tan lejos y tan cerca.

Llegué a un antiguo cortijo semiderruido. Apenas quedaban en pie algunos muros de piedra y el viejo corral. Solitario, triste y mudo, como estaba yo en ese momento.

Por aquella ladera, la madre naturaleza estaba encargándose de recuperar lo que un día fue de los hombres. Pinos silvestres, robles y encinas crecían alrededor de las ruinas. El aroma de las plantas de tomillo y romero calentadas por el sol hizo que me entrara hambre. Paré allí y saqué un sándwich de la mochila. Daba pequeños bocados mientras intentaba imaginar cómo tuvo que sentirse Venancio caminando por aquellos mismos senderos. Desde aquella primera vez que me habló del lugar, nunca más volvió a hacerlo. Tampoco pregunté. Sé que no le gustaba recordar. A mí sí, aunque doliera.

Al poco de llevar unos meses, un día, al despertar, me sorprendió mirando las marcas de su brazo.

—Coordenadas —me dijo—. De donde vengo, para que no me olvide y no tener que recordar.

Dejé que esa mañana se fuera como la bruma entre los árboles, di el último bocado, bebí agua y me puse de nuevo en marcha.

—¡Si supieras lo que te recuerdo, Venancio! ¡Lo imposible que me resulta dejarte marchar!

Llevaba andados unos dieciocho kilómetros cuando apareció ante mí el azul intenso del Embalse de Francisco Abellán. Descendí por la pista hasta la presa. No había nadie. El viento apenas rizaba la superficie del agua. Estaba un poco nerviosa, no tanto por el esfuerzo físico como por la emoción que me había acompañado durante todo el camino.

Dejé la mochila a un lado de la orilla, me desnudé lentamente. El sol estaba alto. Cuando me arrodillé para mojarme la nuca y la cara antes de zambullirme, su rostro ondulante apareció en el agua. No había duda, era él.

—Déjame marchar —decía su imagen, con voz de agua.

Intenté contener mis lágrimas, pero surgían con tanta fuerza que pensé desbordarían la presa. Al cabo de unos instantes observé cómo se alejaba por las aguas del embalse mientras yo empezaba a tranquilizarme y aceptar su despedida. Al traspasar la línea invisible del horizonte, antes de desaparecer para siempre, salté al agua con el ansia de darme un último baño con él. Nadé intentando alcanzarle, con todas mis fuerzas, desesperada, pero no avanzaba lo suficiente. No iba a conseguir llegar. Paré, exhausta. Me tumbé boca arriba flotando, mirando al sol, sintiendo cómo mis pulsaciones volvían poco a poco a su ritmo normal, observando toda la vida que se concentraba a mí alrededor… y empecé a reír.

No, no iba a alcanzarle, aún no.

sábado, 7 de noviembre de 2026

RUTA EN MOTO, por Beatriz Chirosa Díaz.

 


Es difícil controlarse, pero he prometido no correr.  Voy encima de una Suzuki  900, bordeando el pantano de Quentar, curva tras curva a cual de ellas más cerrada. Hace años que no cojo una moto, pero aún conservo la habilidad de conducir y apreciar el paisaje. Son fotogramas pasando ante mis ojos, el contraste del azul del agua con el verde de los pinos, podría decirse que estoy de  ruta por Canadá. Se me nublan los ojos, han pasado más de veinte años y sigue dándome pena, pasar por el cortijo, lo que fue la humilde casa del pastor. Pobre hombre, no le hacía daño a nadie, y tuvo que morir por unas cuantas ovejas que no les solucionaban nada a sus asesinos. Así es la vida, pura maldad. Me sobrepongo y sigo avanzando. Si pasara más por aquí, ya lo habría superado. Es complicado para los hijos de los inmigrantes como yo, volver a la tierra que vio nacer a sus ancestros. La gitanilla, que lugar tan bonito, tan fresco, que buenos recuerdos. Cuando pasábamos el mes de agosto aquí, mis padres y mis tíos nos traían a pasar el día, juegos, barbacoa, baños en el pequeño rio. Todo es parte del pasado. Tengo que aceptar mis circunstancias actuales. Nuevo estado civil, vuelvo a la soltería. Lo único bueno es que voy a poder pasar mis vacaciones y parte de las de mis hijos aquí en mi tierra. Me disperso, no puedo permitírmelo. Tengo un objetivo, encontrarla. Para eso el bueno de mi primo me ha prestado su moto nueva. Nueva para él, porque tiene más de veinte años. Mil quinientos euros, una ganga. Se la ha comprado a la hija del vecino. Recién comprada, le dio alzheimer y ha pasado todo este tiempo en un garaje, tapada con un toldo, una pena. Está claro, que la desgracia de unos es la suerte de otros, puta vida. Otra vez mi cabeza se va por las ramas. Tengo una misión, contactar con ella y que me reconozca, yo me veo igual que hace veintidós años, mis hijos me dicen que para mis cuarenta y cinco años estoy bien. Claro que ellos que van a decir, son mis hijos. Tengo que llegar a Guadix, voy por Purullena, ya me falta menos. Que buena compra ha hecho mi primo, la moto va genial. La próxima vez que pase por aquí, tengo que llegar a las bodegas Muñana y comprar unas cuantas cajas de vino. Mis vecinos del norte tienen que probar los caldos tan exquisitos que tenemos aquí en mi Granada. Me conformo con que me reconozca, tengo que hacerme el encontradizo, se dónde vive pero no puedo ir allí. Parecería un acosador, que en realidad lo soy, pero tengo que disimular. Seguro que sigue casada, en un matrimonio feliz, no como el mío.  Es sábado, por la mañana, ella era mucho de mercadillo, empezaré por allí. Si no me la encuentro por casualidad, iré a la Plaza de la Constitución, que los Felipe le encantaban, o en la churrería del paseo. Dios mío, con esos hábitos alimenticios  puede que el que no la reconozca sea yo. No me importa, tenemos una conversación pendiente desde hace mucho y tengo que solucionarlo. No me porte como ella se merecía, necesito disculparme. Y que ella me  diga lo que quiera o lo que le salga del alma. Necesito su perdón, para seguir adelante. Estoy en la rotonda de Adolfo Suarez, voy a buscar aparcamiento y comenzar mí búsqueda. Podría ser que ella también este soltera o infelizmente casada, no quiero hacerme ilusiones. Qué espectacular es la catedral, no voy a entrar porque dentro seguro que no está. Ya veo al gentío en dirección al mercadillo allá que voy, y que sea lo que Dios quiera.

EL IDIOMA DE LAS ACEQUIAS, por José Carlos Vara Mata.

 


La primera vez que mi padre volvió del cementerio, traía barro en las uñas.

No lo vi yo. Para entonces llevaba tres días enterrado bajo una lápida sencilla, con su nombre escrito sin tilde y una fecha que a mi madre le habría parecido una falta de respeto. Lo vio Tomasa, la vecina de la acequia, cuando salió a las cinco a abrir el agua y encontró junto a la compuerta unas huellas que solo podían ser suyas: torcidas hacia dentro, más hondas del lado derecho, como caminaba él desde que la mula le pisó el tobillo.

—Tu padre ha venido a regar —me dijo.

Yo pensé que en los pueblos la pena se parece a la sequía: primero nadie la nombra y luego todos creen haberla visto.

Volví a Bejarín para vender la finca. Lo llevaba decidido desde Madrid, donde la tierra cabe en macetas y el agua sale sin mirar al cielo. Treinta y siete melocotoneros, ocho almendros cansados, una higuera que partía el muro y un trozo de huerta que mi padre llamaba “la herencia”, aunque nunca dio más que tomates torcidos, calabacines enormes y discusiones.

El comprador era un hombre de Murcia que hablaba de placas solares con ternura de padre reciente. Decía que allí ya no compensaba sembrar. Que el agua se había vuelto una mala herencia. Que el campo, si quería sobrevivir, tenía que dejar de parecer campo.

Yo asentía. Había aprendido a asentir lejos de casa.

La tarde antes de firmar entré en el cobertizo a buscar las escrituras. Olía a gasoil viejo, cuerda de esparto y azufre de sulfatar. Sobre la mesa seguía el sombrero de mi padre, aquel de paja basta con tres picos deformados por los años: uno hacia la frente, otro hacia la nuca y otro levantado como la oreja de un perro.

De niña me daba vergüenza. Ningún jornalero llevaba un sombrero así.

—Sirve para escuchar el viento —decía él.

Yo le contestaba que el viento no decía nada. La última vez que discutimos le grité algo peor: que se iba a morir allí, vigilando cuatro árboles feos, y que yo no pensaba heredar su ruina.

No volvió a llamarme durante una semana. Después sí llamó, pero no lo cogí.

Debajo del sombrero encontré una libreta azul. No eran cuentas ni escrituras. Eran frases sueltas, apuntadas con lápiz:

«Si la hormiga cierra la boca, no abras surco.»

«Cuando el lagarto sale antes de San Juan, el calor viene sin educación.»

«No arrancar la malva de la linde. Ahí duerme la abeja pequeña.»

«Mi hija cree que el campo solo sabe pedir.»

Pasé el dedo por esa última línea. Me molestó que acertara incluso muerto.

Seguí leyendo. Había dibujos de raíces, manchas de aceite, avisos sobre la rambla, nombres de pájaros, deudas pequeñas y una receta para curar un tronco rajado con barro, ceniza y tela de sábana. En la última hoja escribió:

«Cuando yo falte, levantar la piedra plana del tercer melocotonero. No antes. Los vivos son muy brutos con lo que aún respira.»

Fui al bancal al anochecer. La tierra estaba abierta por grietas finas, como si alguien la hubiera escrito con una uña. Al fondo, las cárcavas de Guadix se encendían con el último sol y parecían costillas. El tercer melocotonero era el más pequeño, casi seco, con dos ramas apuntando al cielo como brazos de niño castigado.

Aparté la losa con una azada.

Debajo no había dinero.

Había una caja de lata, oxidada, llena de sobres. Cada uno tenía escrito un año: 1995, 2002, 2011, 2020, 2024. Dentro guardaba semillas envueltas en papel de periódico: habas moradas, trigo recio, tomates de piel fina, pepitas de melón, almendras amargas, huesos de melocotón.

En algunos sobres había notas.

«Tomate de tu abuela. No aguanta cámara, pero sí agosto.»

«Haba que nadie compra porque se mancha. Da caldo oscuro y no se rinde.»

«Melocotón del árbol viejo. Pequeño, feo, dulce hasta hacer daño.»

En el último sobre solo había polvo y una frase:

«Si esto también se muere, no culpes al cielo. Pregunta primero quién cerró la acequia.»

Me senté en la tierra. Pensé en mi padre guardando semillas como otros guardan fotografías. Pensé en sus manos agrietadas, en sus silencios, en la manera absurda que tenía de hablarle al agua. Pensé también en mí: en las veces que deseé que vendiera, que se jubilara, que dejara de necesitarme. No porque odiara el campo. Porque me daba miedo parecerme a él.

Entonces oí la compuerta.

No fue un ruido sobrenatural. Fue el golpe seco de la madera al abrirse. El agua entró despacio por la acequia, primero dudando, luego con esa alegría marrón de las cosas que regresan. Tomasa apareció al otro lado con una linterna.

—Te tocaba media hora —dijo—. Tu padre la dejó pagada.

El agua rodeó mis botas, alcanzó las raíces del melocotonero seco y desapareció en la tierra con un sonido pequeño, casi de boca.

Al día siguiente fui al notario con la caja de semillas dentro de una bolsa de supermercado. El comprador ya estaba allí, limpio, bronceado, con las manos tan lisas que parecían recién estrenadas. Me habló de futuro, rendimiento, hectáreas útiles.

Yo saqué el sombrero de mi padre y lo puse sobre la mesa.

—¿Eso qué es? —preguntó.

Miré sus tres picos vencidos: uno señalaba la puerta, otro la ventana, otro el suelo.

—Un plano —dije.

No firmé.

Volví a la finca. Planté tres huesos de melocotón junto al árbol seco, sin saber si era época, sin saber si se hacía así, sin saber casi nada. Después me puse el sombrero.

El viento no habló.

Pero movió la malva de la linde. Una abeja diminuta salió de allí, torpe, sucia de polen, y se metió en la sombra del árbol seco.

Comprendí entonces que mi padre no había vuelto del cementerio.

Nunca se había ido del todo.

 

BAJO LA SOMBRA DE LA PARRA, por Lucía Alcázar Lara.

 


    El cielo se aclara poco a poco y la luz se extiende por las viñas sin prisa. Las cepas se ven bajas y separadas, alineadas en filas largas que parecen no terminar nunca. La tierra es seca, de color rojizo.

    Los vendimiadores llegan con cestas y tijeras. Se colocan los sombreros, se cruzan saludos, y las manos curtidas se preparan para el ritmo del día. Muchos se conocen de otros años. Son un grupo de diez personas. Forman una cuadrilla de seis hombres y cuatro mujeres.

    Uno a uno, los racimos caen con cortes precisos y las cestas se llenan de uvas. Los carros van y vienen hacia la bodega. Allí, las uvas se vuelcan sobre la prensa.

    La bodega es fresca y huele a mosto. Las paredes son gruesas y mantienen la temperatura baja incluso en los días de más calor. El suelo es de cemento, algo húmedo por las salpicaduras del agua con la que se limpian las cubas.

    Barricas grandes de roble, oscuras y grandes, con sus aros metálicos bien ajustados, se alinean a un lado. En el otro, los depósitos de acero brillan bajo la luz tenue de las bombillas.

Jarsa, un perro bodeguero andaluz, se mueve con calma por la bodega. Busca ratones que planeen robar uvas.

    Ese año, entre los vendimiadores, apareció un rostro nuevo: Youssef. Es muy joven. Alto y delgado, con los hombros ligeramente encorvados por costumbre y por el trabajo pesado. Se mueve con timidez. Su piel está tostada por otros soles y otros trabajos.

    No se une a las bromas ni comparte historias. Los demás lo observan con desconfianza, pero lo aceptan cuando ven que trabaja con precisión.

    El perro es desconfiado y apenas se acerca a la gente. Había sido el perro de un hombre que tenía una bodega en Jerez. Cuando murió, los hijos vendieron la bodega a un capataz manchego que también se llevó al perro. Añora a su dueño y espera su regreso cada tarde, cuando todos se van, sentado bajo la sombra de la parra.

    Pero cuando vio a Youssef trabajar solo, se acercó a él. Youssef, sorprendido, le ofreció un trozo de pan. Jarsa lo aceptó, moviendo la cola.

Una mañana llegó un coche viejo levantando polvo. De él bajó una mujer joven, de piel tostada por el campo y ojos tranquilos. Es María. A su lado saltó una perra blanca, pequeña, vivaracha, de orejas puntiagudas. Es Luna.

T    odos la saludan, todos menos Youssef, que la observa desde lejos.

    Jarsa sí se acercó, se quedó quieto, mirando a Luna. La perra movió la cola y lo olisqueó sin miedo.

—Parece que tu perro ha encontrado una amiga —dijo María, mirando a Youssef.

Youssef se puso nervioso. No estaba acostumbrado a que le hablaran con tanta naturalidad.

—No es mi perro —respondió con timidez.

María sonrió, una sonrisa tranquila, sin burla.

—Luna es un torbellino —dijo, inclinándose para acariciarla. Tu perro parece más tranquilo. Eso es bueno. Los extremos se atraen.

Youssef sonrió.

—¿Cómo te llamas? —preguntó María.

Youssef respondió, sin levantar del todo la vista.

—Yo soy María y ella es Luna.

La perra blanca movió la cola y se acercó a Youssef.

Jarsa, mientras tanto, se había sentado junto a Youssef, como si quisiera dejar claro que estaba de su lado.

María miró a Jarsa con atención.

—Jarsa es un perro solitario. No se va con nadie, sin embargo, a ti sí te busca.

Youssef bajó la vista hacia el perro, sorprendido por la frase.

—No sé por qué me sigue —admitió.

—Porque te entiende —dijo María, sin dudar—. Los perros reconocen a la gente que está sola y busca compañía.

Youssef, nervioso, levantó la mirada por primera vez.

Luna se acercó a Jarsa y le dio un pequeño empujón con el hocico. Él respondió moviendo la cola.

María rió.

—Pues parece que ellos ya han hecho amistad. Ahora faltamos nosotros.

Youssef no supo qué contestar.

Un día, en el descanso se sentaron juntos bajo la sombra de la parra, y ella le preguntó por su familia, por cómo había llegado hasta allí.

Youssef tardó en responder.

—Fue por necesidad —dijo al fin—. En mi pueblo, Taza, no había trabajo. Mi hermano se vino antes.

—¿Y viniste solo? —preguntó ella.

Él asintió.

—Sí. Mi hermano ahora está en Francia. Yo me quedé aquí. Me gusta el campo. La gente.

María inclinó la cabeza.

—Supongo que vine buscando un sitio —añadió él—. Y todavía no sé si lo he encontrado.

María lo miró con comprensión.

—A veces los sitios tardan en mostrarse. Pero tú también echarás raíces fuertes, aquí o donde la vida te lleve. A mí me gustaría que fuera aquí.

Youssef levantó la vista, sorprendido.

Jarsa, tumbado a su lado, movió la cola.

—Mira, hasta Jarsa está de acuerdo conmigo —dijo María.

—Quizá… quizá sí —dijo Youssef, mirando el horizonte.

María se levantó y le tendió la mano al joven.

—Es hora de recoger.

    El atardecer en el viñedo se llena de una luz dorada. Cae sobre las hileras de cepas y las tiñe de un brillo cálido. Las sombras se alargan entre los surcos, rectas y profundas, marcando el terreno como líneas perfectamente rectas.

    Los pájaros cruzan el cielo en vuelos cortos, buscando los mosquitos antes de que el sol se esconda.

    El cielo se vuelve anaranjado y se funde a lo lejos con la tierra. Las nubes son pinceladas de color amarillo, rojo y violeta.

    El último día de vendimia, al caer la tarde, todos se reunieron bajo la  sombra de la parra para beber el mosto fresco.

María se sentó junto a Youssef.

Jarsa y Luna dormían juntos a sus pies.

—¿Volverás al año que viene? —preguntó ella.

—Si hay trabajo… sí —respondió él.

—Trabajo habrá. Yo te pregunto por ti.