A coger aceitunas me han
convidado. Ni he cogido aceitunas ni he merendado.
Esta era una de las
canciones típicas que se cantaban en los días de San Antón o de San Sebastián.
También por la Candelaria y por San Blas, allá por los meses de enero y
febrero. Hay que remontarse bastantes años atrás, había que convertir en fiesta
la siega y la quema de la zarza, que impedía la recogida de la aceituna al
crecer también en riegos y balates.Y es que era ahí donde antes se encontraban
los olivos, dejando el resto del bancal para otras siembras necesarias para la
alimentación de las personas y el ganado de la casa familiar.
Por los días que antes he
comentado, pandillas de amigos y amigas, chicos y grandes, se armaban de hoces,
horcas, horquillas de madera y ramales para la siega de estas zarzas. Había
pequeñas competiciones no escritas para ver quién traía el “pincho” más grande.
Una vez segado, se
aplastaba lo máximo posible y se introducía el ramal por medio, buscando
siempre las raíces para que no se desvaneciera por el camino. Una vez atado, en
la cuerda de tiro se colocaban las horcas y las horquillas, o simples palos
para poder tirar en parejas.
Al final del día o
principio de la noche se le prendía fuego. En todos los barrios había mínimo
uno. Se cantaba y se bailaba alrededor de la hoguera, se hacían “rosas”
(palomitas) y en las brasas se asaban patatas y alguna carne, que solía ser
tocino.
¡Qué sabios eran nuestros
mayores! Parecían rudos e insensibles, todos unos pueblerinos analfabetos, pero
la realidad es que amaban la tierra y convertían lo que era una dura y penosa
labor en encuentros de jóvenes, iniciándolos en las duras faenas de una forma
divertida y amena, con el final en una fiesta.
A veces era complicado
encontrar un pincho en condiciones, teniendo que alejarse bastante del pueblo.
Hemos segado con nieve y hemos tenido pequeños accidentes. Incluso lo hemos
tenido que quemar en el propio campo por no poder transportarlo.
Esto eran vivencias de
juventud en unos años de escasez y poco menos que miseria: las pocas
diversiones estaban ligadas a la tierra o a la iglesia, con sus diferentes
santos.
A coger aceitunas me han
convidado, iremos bastantes gentes con fardos grandes y máquinas de batería
para echar las aceitunas al suelo. Una vez los fardos llenos, se vacían en el
remolque, quitándole los tallos grandes.
Aún siendo muy dura la
labor de recogida, tenemos todo lo necesario para facilitar la faena, desde
fardos grandes, guantes y máquinas eléctricas o de motor que dejan el olivo
desnudo de frutos en un momento.
Cuando pienso en la
recogida con mis padres siendo un crío, no recuerdo echar en falta todas estas
carencias materiales de herramientas y ropas.
Primaba mucho el cuidar el
olivo: palos con varas no se le daban. También es cierto que las variedades de
aceituna que predominaban eran la lechín de Granada (menuera) y la picual,
ambas muy duras de echar. Al olivo se le trataba con extrema sensibilidad, como
si se acariciara la cara de la persona amada.
Se utilizaban unas
escaleras enlazadas con un pasador y ramales en el centro para que no se
abriesen. Se les denominaba bancos: eran necesarios ya que los olivos solían
ser muy altos y desde ellos se accedía a las copas. Se ordeñaban sus ramas como
si de ubres se tratara y se usaban varillos, unos palos en forma de uno que
hacían la vez de gancho para acercar los tallos largos.
En el centro de las
escaleras se colocaban unas lonas y ahí se iban dejando caer las aceitunas.
Pese a ello, muchas caían al suelo y ahí entraban las mujeres para su recogida,
que en los inviernos fríos y las mañanas escarchadas, dejaban las manos
arrecidas. La lumbre siempre estaba encendida y también se calentaban algunas
piedras para meterlas en los bolsillos del delantal. De esta forma, se podían
calentar las manos más a menudo.
La almazara no tenía para
limpiar la aceituna, por lo que había que llevarla limpia de hojas. Para ello
había un soplillo, que era una especie de abanico en forma de media luna: el
arco era de madera y el centro de tela. Una persona con una espuerta en la
cabeza las iba dejando caer despacio y otra persona las soplaba. Era un trabajo
muy lento y pesado.
Lo que no ha cambiado
demasiado era la comida y la alegría de que llegase esa hora. Solía ser comida
fría y embutidos. En estos tiempos, todo es comprado y envasado pero en el
pasado era de la propia matanza de la casa. Se solía hacer también
zalamandroña, una ensalada hecha con las verduras que teníamos deshidratadas en
la despensa.
En la base de un balate,
protegido del norte, se montaba la mesa, que no era nada más que un mantel
extendido y todos a su alrededor desesperados por empezar. Siempre había fruta
de invierno o serbas deshidratadas y algún dulce de la navidad pasada.
Se daba una pequeña
cabezada y a continuación, la faena. Pero como dice un cuñado mío: “un costal
vacío, ¡quién lo levanta! Pero un costal lleno, ¿quién lo dobla?”. Todo es
cuestión de comenzar y el cuerpo por necesidad se activa.
Ahora ha pasado el tiempo
de aquellos días llenos de juventud. Pasan los años y el trabajo se hace
pesado.
Me convidan y convido a
recogerla y lo mejor de todo sigue siendo el rato de la comida y de la armonía
compartida.
Quiero alabar el trabajo
de las mujeres, en especial en aquella época, donde después de la faena del
campo, estaba la de la casa y los niños. También había que preparar la comida
para el día siguiente y ¡menos mal que las ropas se podían repetir!






