En esta noche de imbecilidad perpetua,
no es tu culo —en su perfecta redondez— el que me incita
en pos de ti.
No son tus pechos —en su turgencia de cubana—
los que mueven estos pies de botarate cojitranco.
En esta podredumbre que me habita,
jamás seré lactante —torpe succionador— para ti.
Será otra leche la que empape mis quijadas, mis labios
secos o resecos, siempre ávidos de ti.
Nada me importan tus caderas, si bien me orientan en lo
oscuro.
En este deambular de pocas luces,
tan hondamente idiota,
mi anhelo más preciado no es tu sexo,
y bien que lo lamento, no te creas.
Pero has de saber, amada mía,
que estoy hambriento, muerto de hambre, traspellado* de
ti.
En esta noche de estupidez perpetua,
has de saber, ahora que vas semidesnuda,
que no es mercurio ni epilepsia lo que azoga mis
entrañas,
no es borrachera ni tres tazas de café sin sacarina,
no es droga dura ni blanda la que excita este apetito
desmedido.
Es hambre, rugir de tripas.
Hambre de ti, de una parte de ti.
Anatomía que me pierde en la erección de mi idiotez.
La fuerza motriz que azuza a este zoquete que ahora soy
son tus sesos, tu encéfalo, tu espléndida mollera.
Así pues, no me rehúyas.
No alargues la agonía de mi vientre descompuesto.
No te resistas.
No corras más, que esto es así.
Deja que me sacie con tu cuero cabelludo,
y en una mamandurria de alaridos inconexos —mi triste
condición gutural—
deja que te muerda, al menos, tu lóbulo frontal.
*Traspellado / traspellao: localismo manchego que
significa “persona hambrienta”.
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