La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 29 de marzo de 2021

EL ROMANTICISMO DE LOS AUTORES, por Esneyder Alvarez.

 



En el ayer pensaba que el romanticismo se veía solo en libros,

dónde la creatividad del autor era solo ficción,

ver dos personas que se encontrarán y se amaran eternamente era imposible.


Imaginar que las flores tuviesen un sentido diferente de alimentar al colibrí,

O que las figuras de las nubes no fueran solo animales u objetos sin sentido,

ni que lo mejor que te pudiera pasar en cada mañana es que no hubiera lluvia al salir. 


Pero llegó el día,

me diste tu amor,

sonreí cada mañana al verte a mi lado,

te di flores en cada primavera,

la nubes mágicamente dibujaban tu rostro,


Entendí que el romanticismo de esos escritores nacía en de su corazón,

y su princesa era la dama que los acompañaba,

Supe que no podían imaginar otra cosa que   la felicidad al lado de ella no fuera  eterna.



ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 53, 30 de marzo de 2021"Romanticismo".

 





Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634




SUMARIO


PORTADA, por Adely Madrid



ENTREVISTA: 




TEATRO: 




POESÍA: 


QUÍMICA, por Isabel Rezmo.

 



Los invisibles átomos del aire

en derredor palpitan y se inflaman.

-Rima X-

G.A. Bécquer

Hay versos que están en el aire,

como tus ojos.

Hay versos que gritan como tus labios.

Se miran en el agua y rescatan la piel

de todo tu cuerpo.

 

Hay versos que hablan, que gimen abriendo la tierra

con todos los imperios,

en las batallas  distraen los ejércitos.

 


Átomos invisibles que aguardan tu alma,

y cuando se posan en la boca,

explotan a través de tu lengua

despertando todos los deseos,

y todos los augurios.

 

Hay versos.

Como los besos.

Como el átomo, el espejo,

la fuente, el sudor,

el placer  y tu boca.

 

LAS CUITAS DEL JOVEN EDUARDO, por Tomás Sánchez Rubio

                                                                                                    

             

 “Es esta existencia un doloroso tránsito donde mis pasos me guían como fantasma de ajada túnica, recorriendo con angustia infinita desfiladeros y acantilados. Cuando bajo al suelo, me convierto en compañero, durante infinitas noches sin luna, de cipreses, fuegos fatuos y lechuzas en cementerios de agrietadas lápidas. Entre mazmorras de cadenas enmohecidas me recreo desolado.”

            “A través de una vorágine de sentimientos contrapuestos, en este yermo donde mi vida se desenvuelve siempre incierta, turbulenta las más de las veces, en pocas ocasiones satisfactoria... , solamente mis amigos y compañeros de armas en el campo espiritual, Álvaro y Eugenio, presos de un desasosiego semejante al que me embarga, y sin cuya sensible comprensión y amistad sincera mis pasos en este mundo mezquino serían inaguantables, son capaces de comprenderme. En la soledad de la noche, mi leal lebrel Baxter, que está conmigo desde que nací y que tan bien me conoce, enjuga mis lágrimas junto al lecho.”

            “Oh, tempestuosa pasión, qué ingrato es vivir en tu seno abisal, pleno de tribulaciones por culpa de un amor no correspondido. Verte es doloroso, no verte es un duro trago. Notar cruzando mi cara el látigo de tu indiferencia, me consume. La fatal respuesta a la adoración que siento hacia ti hunde esta torpe existencia entre riscos de ruinas y escombros. A pesar de tu nombre, Virginia, eres dolor inabarcable y sin final.”

            “¿Cuánto más durará este sombrío tormento, esta vida no vida, negación de lo absoluto? Ahíto de una realidad prosaica no apta para almas elevadas, mis pensamientos se ennegrecen en noche eterna.”

            “Virginia, dómina cruel entre las ásperas espinas de este jardín sin rosas...”

            Venga, Edu, que te quedas el último como siempre ─le dice Virginia. ─He visto que tus papás han venido a recogerte. Los acompaña tu perrito Baxter. Qué grande está.

            —Sí, “seño”.

            Diligente, se levanta de la silla; cabizbajo y con un aire digno mezclado con  resignación se coloca en la fila. Delante van sus compañeros Álvaro y Eugenio, que no dejan de molestarse el uno al otro: se tiran del pelo, se dan coscorrones, se hacen burla guiñando los ojos y sacando la lengua...

            Sonrientes, los padres de Edu están esperándolo a la salida de la escuela. Baxter, un bonito terrier juguetón y de mirada alegre, corre hacia él con la boca abierta y la lengua colgando. Le lame la cara inquieto, sin dejar de moverse a su alrededor. Eduardo reprime las cosquillas con aire grave. Al final acelera el paso, rojo como la grana.

            Virginia, la “seño”, se queda mirándolo desde la ventana del aula con una sonrisa indulgente...

DOY LA MANO A LA ILUSIÓN, por Yolanda de las Heras Sánchez.

 


Niego todas las caricias

que proporciona tu aliento,

con sabor a fuego lento,

y de unas manos ficticias.

Si de ello me beneficias

regalándome pasión,

te cedo mi corazón

tan sólo por un instante,

lo que dure un sueño errante

creando en mí, vocación.

Regalos de bruma y brisa

y de sonrisa presente,

ya se vive en el ambiente

la permanente sonrisa,

vestida de terciopelo,

y por sombrero, el cielo,

se siente entre la lavanda

y también por el romero.

En la creencia existente

y entre mi pelo, anida,

te cobijo en acogida,

en mí te quedas presente.

Te vuelves tan resistente

y dada la situación,

lucho con la indecisión,

si estás o te desvaneces,

si marchas o permaneces,

doy la mano a la ilusión.

VILLA AMALIA, por Isabel Pérez Aranda.

  




Me sostuve junto al tilo, rodeé la piel rugosa anhelando su roce, atenta fijé la mirada en la belleza primitiva del jardín. Aquel lugar perduraba en la memoria de otras vidas, susurraban idilios en piedras que el agua había descarnado, y un tapiz de hojarasca cubría cada milímetro de lo que fue.  Con cautela caminé los espacios atenta a los años y cambios infligidos, adentrarme en la boscosa umbría del fondo, atrajo los días en que dejaron de estar. Aquello ocurrió hace tanto, que a veces dudo que aquel esplendor fuese tal, el subconsciente haciendo de las suyas, pensé. El todo se sostenía de una opaca y sutil atmósfera, apenas el sol se adentraba entre las ramas de la espesura, la inmensa jungla reflejaba en el cristal la duplicidad regalada del instinto, la supervivencia de las hojas obtenían la atención deseada durante lunas.  Gire el gesto sobre los pequeños muros petrificados, que arrastran el musgo hacia un tapiz cubierto de capas y capas de urdimbre aún por descifrar, mantuve los pies levitados por temor a desterrar una milésima de esa paz sostenida de sueños engalanados de forja,  mientras la balconada advierte de una pequeña pérgola cubriendo el portal,  y antes de dar el último paso, de indagar en sus estancias, un sentimiento de permanencia devuelve la conciencia olvidada...

                                  

 

Rastro

 

Retienen las pisadas lo que fuimos,

escabrosa cima de piedras despavoridas

sujetando abismos de campos tendidos,

alientos desparramados,

valor del ímpetu de juventud huido

que enmudeció la lira. 

Mantengo de entonces la esencia compartida del agua

que emana cambios en la memoria del corazón,

alterando el aleteo de las mariposas 

esplendor de la hierba que va perdiendo lunas a ritmo del cosmos.

Latía el ímpetu,

las ansias,

la angosta subida de trinos felices

cuando el deseo era más fuerte

y la impronta busca en el recuerdo

aquel rastro que aún retiene lo que fuimos

por tiempos que no volverán.

A LAS CARTAS DE UN AMIGO, por Alicia María Expósito.

              


          No sé por qué hay momentos

          en los que todo son olas,

          y la soledad hiere,

          emisaria de rabia contenida.

 

           Entonces

           las palabras,

           las buenas,

           las que se dicen

          con el alma abierta,

          se pierden en el aire

          y quedan vagabundas,

          sin encontrar camino

          para ser escuchadas.

 

          Confundida,

          perdida en este caos,

          maldigo la distancia

          que me deja indefensa

          sin tus brazos;

          con los ojos más tristes

          y el recuerdo;

          anhelando

          esas tardes de invierno

          de café y confidencias.

ROMANTICISMO, por F. Javier Franco Miguel.

 




En tanto se me escapa aquella dicha

que prendida quedó en atardeceres,

pintados trampantojos los ayeres

que creímos mover como una ficha.

En tanto se revuelve ya en desdicha,
desguazada ilusión en los talleres,
aquel sentir pasado, aquellos seres
mágicos como la vida predicha.

Las fechas de almanaque van cayendo.
Nieve en las cumbres, ya todo es lo mismo,
el frío que se acerca va cubriendo

los destellos que fueron espejismo.
No quiero recordar, retrotrayendo
de adolescencia ansiar romanticismo.

HABLANDO DE LETRAS CON MÓNICA DOÑA

 


Mónica Doña, nacida en Jaén y residente en Granada, inicia su andadura poética con el cambio de siglo y tras años de formación. Ha publicado los poemarios Nueve Lunas (2000), La Cuadratura del Plato (2011) que obtuvo el premio internacional de poesía Vicente Núñez, Adiós al mañana (2014) y ¿Quién teme a Thelma & Louise? (2017) que fue finalista del Premio Andalucía de la Crítica. Asimismo, es coautora junto a Josefina Martos Peregrín, Sol Nieto y Paco Espínola, del «librisco» La caja de música de Erik Satie (2018). Su obra ha sido recogida en diversas antologías y otras publicaciones colectivas.

 

Mónica, nos has sorprendido con tu nuevo poemario “Mundo fantasma” ¿por qué ese título?.

 - Encabeza el libro una cita del maestro de maestros Juan Carlos Rodríguez que me dio el título y es, a la vez, un aviso de lo que vamos a encontrar en la lectura del poemario. No me resisto a reproducir parte de sus palabras que me sé de memoria:

“El ‘fantasma’ que de hecho recorre Europa -y el mundo- es la realidad del capitalismo neoliberal y sus expectativas plenas de desolación y ruina…”

- Hablando llanamente, un fantasma es algo que da miedo y no se ve. La producción de miedo es lo más eficaz para mantenernos acríticos, desarmados, paralizados. Y el miedo es lo que se nos inyecta a diario desde cualquier medio.

 Este es tu quinto libro de poesía ¿Es la poesía necesaria en el mundo actual?

 - Diría que sí. Considerando que cuerpo y mente forman una unidad que nos constituye como seres humanos, ambos deben estar alimentados. No sólo la poesía, cualquier actividad que fomente lo que llamamos creatividad -facultad que tenemos todos aunque tantas veces ni lo sabemos-, nos mantiene vivos y nos da armas para desarrollar conciencia crítica. Hay que tener muy en cuenta que lo contrario de creación es destrucción. Claro que hay que tener la suficiente formación, es decir, que todo empieza con la educación. Y ya sabemos cómo desde hace tiempo se maltratan las humanidades en el mundo académico de cualquier nivel.

 Si tuvieras que definir cada uno de tus poemarios con una palabra ¿Cuáles serían?.

- Con una sola palabra me resulta imposible. Creo que todos mis libros publicados hasta la fecha son distintos. No me gusta repetirme. En ‘Nueve lunas’, hablo de los mitos clásicos femeninos y su posible repercusión en nuestro presente cotidiano. En ‘La cuadratura del plato’ animo a que hablen por mí, los objetos de uso doméstico que hay en todas las casas. ‘Adiós al mañana’, es una recreación del mundo de la infancia y su influencia en lo que somos como adultos. ‘¿Quién teme a Thelma & Louise?’ es una indagación sobre la supuesta identidad femenina.

No me corresponde a mí hablar de las constantes que, de una u otra manera, hayan ido conformando mi escritura hasta hoy.

 Me ha dejado tu poemario, la sensación de extraña calma que precede al cataclismo, este se ha producido con el Covid19. ¿Crees en la premonición de la poesía?.

 - Esta es una pregunta que me resulta incómoda, que me genera conflicto. Considero que una premonición es algo esotérico y no creo en esas cosas. Yo lo dejaría en intuición, esa forma de conocimiento rápido que no pasa por lo cerebral. La intuición en poesía es muy importante.

En este libro hay una sección que habla de distopías, y la Covid es una distopía que estamos padeciendo. Quiero pensar que ha sido una casualidad. Pero es posible que el advenimiento pandémico sea una consecuencia más de nuestro maltrecho mundo actual, de tantos ataques indiscriminados al planeta que habitamos.

 Estamos en inmersos en un “mundo fantasma” ¿Qué elementos del mismo se ven reflejados en tu poemario?.

 - He querido estructurar el libro en seis secciones y que cada una hable de un efecto concreto de los muchos que conforman el malestar de nuestro tiempo. Aquí se habla de desamor, de falsificación del lenguaje, de tantas muertes prematuras, de la problemática del yo, del viaje como búsqueda del lugar perdido que se concreta en fiebre turística o migración necesaria. Y sí, la última sección es una revisión de ciertas distopías históricas y un posible horizonte distópico. Pero quizá, lo más constante en este libro, lo que encadena los conflictos, sea la soledad que atraviesa todo el poemario de forma explícita o soterrada. Pero no la soledad buscada que es buena y tiene prestigio. Se trata de la soledad que lleva al desamparo, al aislamiento, a la ruptura de vínculos sociales y afectivos, a la desolación sin retorno.

Se me dirá que nada de esto es nuevo, y yo respondo que efectivamente así es. Lo nuevo es la intolerable dimensión que han alcanzado muchos problemas humanos como consecuencia del individualismo, del sálvese quien pueda, de las abrumadoras desigualdades, de la codicia de ‘los amos del mundo’ que no sabemos quienes son.  

 Gustavo Adolfo y yo, es un poema que me ha gustado especialmente, al final se cierra con una interrogación magistral: ¿Y cómo no fallar en matemáticas, / en geografía, en lengua y en amores, / si era yo la poesía? ¿Qué es la poesía para Mónica Doña?.

 - Este poema habla de mi primer encuentro-desencuentro con la poesía allá en la adolescencia. Que Bécquer es un poeta magistral e imprescindible, lo sabemos. Pero es un poeta que yo empecé a leer mal, muy mal. Con el tiempo me he ido dando cuenta que no sólo me pasó a mi sino a otras mujeres poetas o no. Rosario Castellanos que es poeta de cabecera, publicó la recopilación de su obra bajo el título ‘Poesía no eres tú’. Ahí queda eso. Bécquer, al escribir “poesía eres tú” está señalando a la bella amada de pupilas azules. Si la mujer es la poesía, queda anulada como poeta. Juega el mismo papel pasivo y silencioso que la musa que se tiene que conformar con ser musa y nada más. En cualquier caso, el debate en torno a la Rima XXI becqueriana, sigue abierto.

Y para terminar y contestar a tu interrogación final, te diré que escribo poemas porque me gusta mucho y me he preparado para ello. Lo hago con goce pero también con dolor. Hay de todo en el proceso de construcción del poema. No me quejo porque ha sido un oficio conscientemente elegido. Aunque sigo sin saber qué es la poesía y lo único que tengo claro es que poesía no soy yo.


Gustavo Adolfo y yo


Con las rimas de Bécquer

en el sagrado fondo del pupitre

pasó la adolescencia.


Quizá por eso nunca

resolví los problemas

de las oscuras matemáticas,

en el ángulo oscuro

del oscuro colegio

de las monjas oscuras.


Y aunque las golondrinas regresaban

-No a mi balcón, por cierto-,

se hacía muy difícil encontrar

una pupila azul en vacaciones.


¿Y cómo no fallar en matemáticas,

en geografía, en lengua y en amores

si era yo la poesía?

PREMONICIÓN, por Dori Hernández Montalbán


Sevilla  22 de Diciembre de 1870. Casa de Julia Cabrera, primer amor del poeta Gustavo Adolfo Bécquer.

La mañana del 22 de Diciembre de 1870, Julia Cabrera, se había levantado inusualmente inquieta, envuelta en un misterioso halo. Había soñado con campanas doblando tristes y chicas, oyó que alguien la llamaba; el viento y la lluvia golpeaban los edificios. Un turbión de agua recia arrancaba de cuajo árboles y tejados. Escuchó el ruido de los arroyos, invadiendo las calles convertidas en ríos…

-Ayúdame Virgen Santísima del Amparo - Esto dijo para si, nada más despertar y poner los pies en el suelo. Al intentar descifrar aquel galimatías, un escalofrío le recorrió la espalda.

Julia se pasea intranquila por el salón de la casa. De repente le viene un aroma a jazmín ¿Cómo puede ser? ¡Es invierno…!

En ese instante suena la campanilla de la puerta de entrada, Julia se dispone a abrir, es Macarena, criada al servicio de la casa.

JULIA: Buenos días Macarena pasa, pasa mujer.

MACARENA Julia: Buenos días señorita. La noto un poco nerviosa…¿ Ocurre algo?. Perdone el retraso, pero no he tenido más remedio que pasarme por el barrio de San Lorenzo para dar un recado a mi tía Manuela  que, como sabe, está muy mayor…

(Julia la interrumpe y no la deja continuar)

JULIA: Está bien Macarena, no tiene importancia, vamos a sentarnos. Estaba esperándote ansiosa. (Macarena deja el mantón en el perchero. Se sientan.)

MACARENA: Usted dirá

JULIA: Esta noche, he tenido  un sueño muy extraño. Me he despertado muy nerviosa. Me ha parecido tan real…y al mismo tiempo tan sin sentido. Ahora mismo siento escalofríos.

(Macarena la interrumpe)

MACARENA: Con permiso señorita, le voy a traer algo para que se abrigue, hace mucho frio para que esté así.

(Macarena entra y vuelve a salir con algo de abrigo)

MACARENA: Póngase esto, se va a quedar helada.

JULIA: Gracias, Macarena.

MACARENA: Bien, ahora  continúe: ¿Qué es eso tan terrible que  ha soñado?

JULIA: Pues, he soñado que llovía mucho, a mares, una lluvia torrencial que anegaba calles y casas. La casa de Gustavo se caía a pedazos; ¿recuerdas que te hablé de Gustavo, mi único novio?.

MACARENA: Sí, sí lo recuerdo.

JULIA: Pues a su casa se la llevaban las aguas y el río Guadalquivir se llenó de lodo. Y después de que amainó la tormenta, los pájaros huían en bandadas. Luego comenzó a nevar.

MACARENA: Eso es que ha pasado usted frío, no se habrá arropado lo suficiente.

JULIA: Gustavo andaba perdido en una arboleda, toda cubierta de nieve y sujetaba entre las manos una golondrina herida.

MACARENA: ¡Qué cosas, una golondrina en invierno! Cosas de sueños señorita Julia.

JULIA: No, ha sido algo más que un sueño, Macarena.

MACARENA: Tonterías, señorita, supersticiones…, a ver si va a ser usted más supersticiosa que las gitanillas de Triana… que por cierto, no sabe usted la que han organizado con los números, que según ellas, iban a salir en “el gordo”, pues no han dado una. El número me lo ha apuntado el lotero y lo tengo aquí, aquí está: el 09914. No ha salido ni uno de los números que habían vaticinado.

(Macarena, claramente, intenta distraer a Julia, pero esta sigue inmersa rememorando el sueño, como hipnotizada.)

JULIA: Gustavo estaba tendido a orillas del Guadalquivir, con las ropas mojadas como si una tromba de agua lo hubiera dejado varado. Tan joven, tan elegante… tan guapo, pero con los ojos muy tristes. Con un silencio mortal, escuchaba el murmullo del agua. Y algo más, nuestras cartas… ¡Dios mío, nuestras cartas! –Julia no puede contener el llanto. – en mi sueño he visto cómo ardían nuestras  cartas, atadas con un lazo celeste, Macarena, el mismo lazo que le regalé cuando marchó a Madrid.

MACARENA: ¡Qué cosas, señorita Julia, qué cosas! ¡Jesús del Gran Poder! No se preocupe, esto no ha sido más que un mal sueño.

JULIA: Luego lo he visto como cuando jovencito, pintando junto a su hermano Valeriano, pintando la luna llena.

(Macarena, sin dar crédito)

MACARENA: Pero, Señorita ¿Usted se cartea todavía con el señor Gustavo?.

JULIA: ¡No, no, por Dios, de ninguna manera! ¿cómo podría? Esas cartas de las que le hablo eran pequeños mensajes que nos mandábamos de jóvenes. Las escondíamos en lugares que sólo él y yo conocíamos, y de este modo nos comunicábamos. Las debió atar con aquel lazo celeste y me juró que las guardaría siempre, Macarena.

(Macarena se asoma al balcón al notar que la luz disminuye considerablemente.)

MACARENA: Señorita Julia ¿cómo puede ser que ya haya oscurecido?.

JULIA: No ha oscurecido Macarena, esto es una señal, es un eclipse. Tenemos que ponernos en contacto con Estanislao, él sabrá que es lo que ocurre. Vamos, ayúdame a arreglarme Macarena.

(Macarena se dispone a peinarla y recogerle el cabello como de costumbre).

VOZ EN OF: Becquer murió en Madrid a las 10 de las mañana del 22 de diciembre de 1870. Media hora después, “los invisibles átomos” del aire de Sevilla, ese aire y ese cielo que ninguna otra ciudad del mundo pudo igualar jamás, comenzaron a apagarse. Hacia las doce menos cuarto de la mañana Sevilla oscureció totalmente su cielo –aunque sólo por unos segundos- sobre el que apareció brillante, altísima, como un último homenaje, la cruz del Sur.

CUARTETO PARA CUERDAS, por Eduardo Moreno Alarcón.

 


Hubo un aullido, a lo lejos. Piafaron las monturas en el acto. Ernest tuvo un mal presentimiento. Los jinetes acallaron a las yeguas y aminoraron el paso. Rudolph, el criado, abismó los ojos: miró a poniente, hacia los picos que el ocaso oscurecía. Por encima de las cumbres se cernían nubes turbias. De repente, efímeros fulgores de relámpago. Primero distantes, luego más cerca.

Ni rastro del cierzo. Aquel cielo compacto, ennegrecido, ejercía una presión casi física sobre el bosque. Sobre los seres que habitaban en su entraña. Un peso oculto, inasible. El crepúsculo tenía la textura onírica de un delirio. Ernest observó su languidez y su grisura impenetrable, la noche que empezaba a consumarse al igual que la tormenta. Su virulencia descargaba en lontananza. Se aproximaba inexorable, amenazante. Nubes cerradas que velaban la visión, las hayas y el sendero.

Un bando de rapaces bajó al prado para luego remontar a los roquedos. Formas oscuras en el aire. También se protegían de la furia elemental, la cólera telúrica y celeste.

Entretanto, los árboles caducos conspiraban con susurros ancestrales.

Llegó la lluvia, torrencial. Los goterones resbalaron por los cuerpos de los hombres como un temblor desolado.

Estremeció el bosque otro aullido. Atávico y agudo, muy prolongado. Tornaron los relinchos de las yeguas. Protestas de pavor. Ernest sintió una inquietud vecina a la angustia. Quiso rezar con los rescoldos de su fe.

—¡Debemos guarecernos, mi señor!

Salieron al galope, atravesando el aguacero y la penumbra. Fantasmas enlodados. Espectros de agua y barro. Llovía sin tregua, millares de cántaros. Crecían los arroyos y torrentes con increíble desmesura. El cielo era un confín emborronado. La tierra un charco inmenso. El mundo, un cuadro sumergido en tinta china, sin límites concretos.

Luego de un tiempo sin tiempo, salieron a un claro y, ya en campo abierto, tomaron un camino cenagoso que era afluente a la deriva. Las aguas turbulentas culebreaban pendiente abajo, hacia un valle de espesura verdinegra, muriendo en la ribera desbordada de un arroyo.

—¡Allí! ¡Allí, señor! ¡Mire! ¡Son luces!

Los trotes de aguazal se fueron haciendo lentos hasta la quietud. Al fin llegaron a lo que parecía una aldea. Un sitio decadente, asilvestrado, con casas que eran ruinas. A esas horas y con semejante temporal no se veía ni un alma. Al fondo, sobre la torre de la iglesia, o lo que antaño fue una iglesia, las sacudidas de los truenos cuajaban el aire de un temblor frío.

Aquel pueblo había perdido su juventud hacía mucho tiempo.

Y entonces escuchó la melodía. Rozar de arcos y cuerdas. La trémula caricia de un cuarteto acompasado: violines, viola y chelo. Fusión ambigua, agitada, resonante. Al principio, Ernest creyó que era un engaño de su mente. Pero las notas eran reales. Acordes que llegaban a su oído de pianista y que sonaban cual reclamo de sirenas. La música ejercía como imán. Lo arrastraba de manera inexorable. Lo atrapaba en su cadencia de armonías. Ernest Ligeti, excelso compositor, no salía de su asombro. Se hallaba arrobado por la vivencia sonora, la cualidad turbadora, desconocida, de aquella partitura.

—¡Aprisa, Rudolph! ¡Entremos en la iglesia!

Apersogaron las monturas a dos árboles sin hojas, reliquia de ejemplares extinguidos. Dentro del templo, modesta parroquia de piedra desnuda y altar semivacío, la atmósfera era dudosa. El seno de la nave sugería espacios etéreos, lugares fuera de las leyes naturales, del tiempo, de los hombres y de Dios.

A excepción de los intérpretes, no había ningún espectador. Sin público asistente a aquel concierto (o al ensayo previo al concierto). Porque, a tenor del escenario, allí se celebraba un recital: atriles impolutos, el frac de los músicos, velones alumbrando partituras, los instrumentos lustrosos… El cuarteto no detuvo sus acordes ni su tempo. Con pasmo creciente, señor y criado tomaron asiento en un banco carcomido por larvas microscópicas.

Tras dos movimientos, largo y andante, el concierto se remató con un fogoso allegro. Afuera se sucedían los relámpagos, los truenos y el diluvio.

Ligoti se levantó de su asiento y aplaudió a rabiar… justo antes de caer desplomado sobre una lápida de piedra ennegrecida. Después la penumbra lo rodeó todo…

Cuando al fin recobró la conciencia, Rudolph estaba a su lado, lívido como la cera.

El mundo amanecía con las huellas aún recientes del intenso chaparrón. La iglesia, como el resto de la aldea, era un mudo camposanto. No hallaron signo humano por el pueblo. Ernest se precipitó al altar, ahora vacío por entero, llamó a gritos a los músicos… Sólo silencio y su voz rota rebotando en las columnas…

 Ernest recordaría siempre aquel instante como magia envuelta en sombras y sonidos. Nunca, ni antes ni después, escucharía nada igual.

Pero su mente musical no se olvidó de lo escuchado. Y decidió reescribir el concierto; los tres movimientos; nota a nota. Su genio creativo fue registrando los detalles armónicos, la turbadora melodía. Se encerró en su gabinete, a solas con el piano. Desplegado sobre el atril, papel pautado, tintero y pluma.

Pasó el tiempo. Semanas, meses enteros de trabajo febril, minucioso y obsesivo. Subyugado por la fuerza oscura e indómita de aquel flujo sonoro, sumido en trance artístico, Ligoti recompuso cada tiempo del cuarteto.

Luego vinieron los ensayos. Los músicos que habrían de interpretarla.

Por fin llegó el gran día.

La noche del estreno, en la sala de conciertos no cabía un alfiler. Lleno absoluto. Verdadera expectación entre la gente congregada.

El público quedó prendido del sonido, de la candencia, del efecto de la urdimbre entre las cuerdas.

Concluían los violines el allegro mientras la viola iba alargando un do grave y el chelo percutía en pizzicato dos corcheas, para abocar, como remate, una redonda doliente: final de la obra.

Arrancaron los aplausos entusiastas… Mas al punto se asfixiaron. Surgieron gritos de socorro. Del patio de butacas. De la platea. De los palcos. De todas partes. Aullidos de terror…

Simultáneamente, los cuatro instrumentistas fallecieron fulminados.

En ese instante, una figura entró en la sala para exigir lo que era suyo por derecho, su aplauso merecido por tan magna partitura, la música brotada de sus manos descarnadas. Su lúgubre reclamo.

Hubo un quinto fallecido. El afamado compositor que se precipitó al vacío desde el palco de honor. Ernest Ligoti, reescritor del cuarteto, cayó en la trampa invocatoria de La Muerte.