La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 30 de marzo de 2022

HABLANDO DE LETRAS CON MARCELINO SÁNCHEZ Y JULIA MORENO.

 


Marcelino y Julia, como comisarios de la exposición, es un placer teneros como invitados en nuestra sección Hablando de letras de la revista Absolem, gracias por responder a nuestra entrevista.

Ayer hicieron ochenta años de la muerte del poeta y hemos tenido noticia de la exposición “Verso sobre lienzo”, que hermana 23 obras del pintor de Quesada, Rafael Zabaleta y Miguel Hernández. ¿Cómo surgió la idea de la exposición y por qué?

    Esta exposición es fruto del encuentro póstumo entre estos dos grandes artistas contemporáneos españoles de mitad del siglo XX en el espléndido edificio del Museo Zabaleta de Quesada (Jaén), al que llegó Miguel Hernández de la mano de su esposa Josefina Manresa, cuidadora y custodia de su legado, cuando la Diputación de Jaén decide adquirirlo. El hecho de encontrar juntos en un mismo espacio la obra de ambos creadores nos llevó a detectar confluencias significativas en enfoques, miradas, temáticas y sensibilidades compartidas que nos deslumbraron de manera que decidimos profundizar en esa dirección y detectar los ensamblajes entre ambas obras. Especialmente durante los meses de confinamiento y posteriores de restricciones, ha sido una dedicación constante y muy intensa.


La exposición, que se clausura el 2 de mayo próximo, está ubicada en El Centro Cultural Baños Árabes de Jaén ¿Puede contarnos cómo está resultando esta iniciativa?

    El resultado es impresionante, emocionante y muy vistoso, la sala de la capilla del Palacio brilla con las luces de los cuadros de Zabaleta y resuenan los ecos de los versos de Miguel, creando un ambiente tan especial que es inédito. El diálogo que establecen las 23 obras de Zabaleta con los 23 poemas de Hernández es maravilloso. Se pueden observar los cuadros y leer los poemas, pero también hay un sistema de códigos QR que descargan en el teléfono unos audios de los poemas que permiten disfrutar de recitados de espléndidas y sensibles voces poéticas como Antonio Carvajal, Trinidad Gan, J C Friebe y Marife Santiago, quienes aportan vida auditiva a la contemplación de las obras pictóricas sin distracción.  

Es un recorrido por las emociones, que se culmina con dos breves poemas de recepción al ábside y de despedida instalados en el suelo, que contextualizan parte del significado de este encuentro proverbial de dos artistas que vivieron una misma época y tuvieron recorridos que parecían distantes, pero que, al ver esta exposición, se descubren cercanos.


¿Cómo surgió la idea del título: ¿Verso sobre lienzo?

    La verdad es que ahí tiene mucho que ver las vueltas y vueltas que se le debe dar a un título de cualquier cosa, pero sobre todo al de una exposición tan compleja como esta.

"Verso sobre lienzo" nos surge al final, tras desechar algunas variantes algo más complejas. La sorpresa nos viene cuando nuestro amigo y gran investigador Luis Jesús Garzón Cobo, nos cimenta una tarde que hay un libro de una poeta de Guadix que se titula exactamente igual y nos envía la reseña.

En efecto Carmen Hernández Montalbán, tiene un excelente poemario que se titula exactamente igual y es el resultado de la composición de poemas al aire de grandes cuadros de piezas maestras de la historia de la pintura europea. Nuestra sorpresa fue tremenda y, la verdad, pensamos en cambiar el título, pero al mismo tiempo decidimos hablar con la autora para explicarle la coincidencia y plantearle una solución que mantuviera los dos títulos, el del libro y el de la exposición. 

Creo que al albur de esta coincidencia podría plantearse una conferencia-recital sobre este libro.
La poesía y la pintura no están tan lejos.


·       ¿Qué tienen en común ambos artistas?.

    En común Zabaleta y Hernández tienen la cercanía a sus terrenos, a sus paisajes y sus paisanajes. Nunca renuncia a sus orígenes para plantear su arte, para fundamentar sus obras, para construir sus mundos interiores de dónde sacan la energía creadora y donde fundamentan sus principios para elaborar sus creaciones. Sus vidas, sus entornos, son su sustento principal y en ellas tiene una fuerza especial la gente sencilla. En ella plantan la dignidad, la grandeza de lo sencillo, el valor de quienes se esfuerzan cada día, la humanidad de lo simple pero profundo.

Ambos están al hilo de lo más moderno de su tiempo, pero ellos lo utilizan como materia básica para afianzar esos cimientos, no renuncian a nada de la modernidad y deciden ser lo que quieren ser, no abandonar sus raíces, deciden ser modernos siendo de los artistas más auténticos de su momento. Sin artificios, pero extremadamente modernos, se colocan ambos como insuperables interpretes de la realidad que les tocó vivir en lo personal y en sus contextos sociales.


¿Llegaron a conocerse el poeta y el pintor?

    No hay ningún dato que acredite que se conocieron en el sentido de trabar amistad o algún tipo de relación artística. Pudieron coincidir en Valencia en algunas círculos culturales o artísticos de los que se organizaron alrededor del año 1937 y 1938, pero no consta relación directa.

Si sabemos que Zabaleta tenía en su biblioteca obras de Hernández, seguro “El rayo que no cesa”, incluso aparece destacado en unas notas manuscritas y sabemos también que, en conversaciones con el poeta Vivanco, manifestaba preocupación por la situación carcelaria de Hernández.


·  ¿Qué opinan sobre el diálogo entre las artes? ¿Deberían darse cita, con más frecuencia las distintas disciplinas artísticas en una exposición?

    Es evidente que creemos que es una manera de aportar una mayor perspectiva y abrir las vías de acercamiento. Las artes son creación y la creación es fruto de la capacidad humana de construir desde la nada un “relato” que provoca emociones, ya sea utilizando la herramienta musical, pictórica, fotográfica… Importa el mensaje, la comunicación y si existe complementariedad se multiplican las formas de provocar emociones, comprensiones, acercamientos…

De eso se trata, de acercar conexiones, vincular comprensiones, de sentir emociones. El resultado es más que satisfactorio, al menos en nuestro caso es impresionante, muy emocionante y enriquecedor.

Os animamos a hacer una excursión a visitar la exposición y nos brindamos a hacer una visita guiada especial para vosotros. Será un placer establecer una conexión con vuestra excelente iniciativa.

Abrazos poético-pictóricos y sobre todo de afecto y amistad artística. Gracias por vuestro interés.

Gracias.

domingo, 27 de febrero de 2022

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 63, 28 de febrero de 2022

 




ALMENDRO EN FLOR, por Isabel Pérez Aranda.

AL AMPARO DE PERCIVAL, por Luís Muriel Burgos y Torcuato Romero López

 

Hoy he creído notar el primer aviso de Percival. Sus cuerdas han sonado de una forma especial. Lo conozco bien. Llevamos mucho tiempo juntos y por eso sé que esta mañana ha sido distinto y que tengo que darme prisa.

Percival es mi violín, bueno, creo que es más correcto decir que yo soy su hombre. Nos conocimos casi por casualidad y aunque algunos detalles fluctúan algo borrosos en mi memoria, conservo con bastante nitidez el recuerdo de lo que pasó.

Era mediodía ¿o quizás de noche?, en realidad no importa demasiado. Elena y yo estábamos sentados en una cafetería y nos llamó la atención un hombre ya mayor que entró en el local. Tenía un aspecto descuidado, casi haraposo y llevaba un violín.

Yo había estado varios años estudiando en el conservatorio, pero como la voluntad nunca me acompañó, acabé dejándolo. Me había quedado, sin embargo, gran afición a la música y una envidiosa admiración hacia todo el que se ganaba la vida de aquella manera.

Al rato ya estaba tocando, y lo hacía de tal forma que aunque no era un virtuoso, las notas que salían del instrumento me llenaron de una agradable sensación de paz. Por lo visto, él se dio cuenta, porque al acabar de tocar se acercó a nuestra mesa.

Al verlo venir, me puse un poco nervioso y busqué algunas monedas. Cuando las encontré y me disponía a dárselas, él frenó mi mano con la suya.

No, no quiero dinero dijo—, quiero que aceptes un regalo.

Me sentí incómodo, había por ahí tanta gente rara…; aunque recuerdo que su mirada era tan serena que hizo que mi actitud me pareciera torpe ante su naturalidad.

Y dígame —acerté a decir—, ¿Por qué quiere hacerme un regalo?

Entonces puso un gesto triste y permaneció en silencio. Yo no podía dejar de mirarlo, era todo tan, tan…; bueno, el caso es que empezó a interesarme. Me fijé en las arrugas de la piel, en los rasgos de su rostro, y sobre todo en las manos, tal vez por la forma de sujetar el violín. Creí adivinar un interminable discurrir de caricias entre ambos, se agarraba a él como si fuera lo más importante de su vida.

Mira —me dijo al fin—, voy a morir pronto y Percival se va a quedar solo. Necesita a alguien que sepa quererlo, y sé que a ti su música le ha gustado.

Perdone, no entiendo nada. Usted ni siquiera me conoce.

El viejo ni se inmutó. Decididamente pensé que aquel tipo estaba loco, pero él pareció adivinar.

Imagino lo que estarás pensando —dijo en tono burlón—, es lógico, a mí me ocurrió igual. Es cosa de paciencia y también de fe, lo sé, ya verás…

¿Fe? ¿No será usted un…?

Tranquilo, je, je…, no soy nada de eso. Escúchame bien. Es algo muy sencillo, el violín necesita cuidados, nada más natural, ¿no es cierto? A cambio tendrás su agradecimiento, mucho más de lo que imaginas.

Sigo sin comprender.

No puedes comprender todavía, no te preocupes. Cuida de Percival, él se encargará del resto.

Dejó el violín sobre la mesa y se quedó mirándolo, inmóvil, con aquellos ojos vivos que parecían querer comunicar lo que no acertaba a articular su boca.

¿Quiere decir que me lo regala de verdad?

Por un instante la codicia me desbocó. Traté de controlar mis gestos. Tal vez se trataba de una pieza robada en alguna colección. ¿Stradivarius quizás?

Pero yo apenas si sé tocar —intenté disimular.

Él te enseñará, déjate llevar, sé dócil.

Y dando media vuelta abandonó el local. Elena me miraba con cara de asombro, ella también estaba impresionada con lo que había pasado. Y así nos quedamos, con los cafés fríos y el violín sobre la mesa.

Cuando llegué a mi casa, no pude aguantar la tentación y me puse a tocar. Me había picado tanto la curiosidad aquel viejo, que cuando cogí el violín me puse nervioso, como si alguien me estuviera escuchando y yo temiera no estar a su altura de la ocasión.

Empecé a tocar. El arco se deslizó suavemente sobre las cuerdas y las notas comenzaron a brotar, al principio con timidez, pero poco a poco fueron perdiendo el miedo y al cabo de varias horas, allí seguíamos los dos, Percival y yo. La música sonaba ya con una fluidez que hizo que recordara las palabras del viejo: «Él te enseñará…». Sentí que toda la historia empezaba a tener sentido y que algo en mi vida había cambiado.

Ése fue el primer día que llegué tarde al trabajo. Por lo visto me quedé dormido sin darme cuenta porque al despertar, el violín estaba a mi lado, junto a la almohada. Sin duda, estuve tocando hasta muy tarde. Miré preocupado el despertador. ¡Eran las nueve y media! Yo entraba a trabajar a las ocho. Salté de la cama y mientras me vestía pensé en la noche anterior, me había sentido realmente bien, tanto que olvidé poner en marcha el despertador y esto sin duda me traería problemas.

Al momento yo estaba en la calle esperando el autobús. Durante los veinte minutos largos del trayecto, tenía tiempo de preparar alguna excusa más o menos convincente. Empecé a barajar tres o cuatro posibilidades. Cuando el autobús llegó a mi parada, aún no había preparado ninguna.

El jefe se presentó delante de mi mesa, y ante la avalancha de improperios sólo atiné a esbozar un «lo siento, se me ha hecho tarde» apenas audible. Él se quedó confundido, seguramente esperaba oír algo rebuscado, pero mi indiferencia los desconcertó. Antes de irse me preguntó si me ocurría algo.

Satisfecho por el desenlace de lo que parecía una catástrofe, me fui a desayunar. La verdad es que yo nunca me concentré demasiado durante las horas de trabajo, pero aquel día no fue normal. Las notas de música se deslizaban entre montones de facturas para revisar y los acordes retumbaban por todos los rincones de mi cerebro.

Durante las semanas siguientes apenas sí salí a la calle. Me marchaba lo antes posible del trabajo y estaba totalmente ocupado intentando sacar lo mejor de Percival. Cada vez tocaba mejor, parecía asombroso lo rápido que estaba aprendiendo. Cuando lo apoyaba sobre mi cuerpo y comenzaba a tocar, todo tenía otro sentido. La música invadía mi ser, hacía que me despreocupara de lo que hasta entonces había sido mi vida. Así, tras los primeros cambios sutiles, casi imperceptibles, experimenté otros claramente manifiestos que pronto empezarían a traerme complicaciones.

Desde que nos conocimos, Elena iba casi todas las tardes a mi casa. Cuando Percival cayó en mis manos, ella también se entusiasmó con la historia, pero al ver que me lo estaba tomando tan en serio, cambió de actitud e intentó, sin éxito, que saliéramos más a menudo. Después espació sus visitas y cada día se mostraba más distante y esquiva.

¿Qué te pasa? Le pregunté un día.

¿A mí? ¿Qué te pasa a ti querrás decir? ¿Pero no te das cuenta de que estás atontado? Desde que aquel dichoso viejo te dio el violín pareces otro, llegas tarde al trabajo, no me haces caso… ¿Qué vas a hacer si te despiden? ¿En qué mundo crees que vivimos?...

Yo no supe qué responder, pero en aquel momento, me di cuenta de que se había abierto entre nosotros una zanja difícil de tapar, y aunque siguiéramos juntos, tarde o temprano nos separaríamos.

Luego todo se precipitó; me echaron del trabajo, Elena se fue, tuve que dejar la casa, coger una habitación en un bajo… Pero nada parecía tocarme, me sentía impermeable ante ese acúmulo de nimiedades y sólo me preocupaba por las cosas realmente importantes como Percival, su música y yo.

Al principio me daba vergüenza poner la mano, por eso me compré un sombrero y…, bueno, la verdad es que lo cogí de un coche. Me gustó tanto que busqué una piedra y la tiré contra el cristal. Creo que nadie me vio…; pero ya me he dado cuenta de que esto no tiene ninguna importancia, el caso es que con el sombrero la cosa fue más fácil. Lo colocaba junto a mis pies, un poco más retirado mejor. Cuando oía el sonido de una moneda al chocar con otra, me ruborizaba un poco, pero uno se acostumbra a todo y ve que tampoco eso tiene importancia.

Empezamos por ir a los parques, pero vinieron días lluviosos y tuvimos que refugiarnos en el metro. No me gustó. Era triste. Daba igual que fuera otoño, los túneles y las luces artificiales seguían quietas sin sospechar que afuera los árboles dejaban caer sus hojas y el suelo se cubría con un manto amarillo y seco que crujía cuando caminabas.

La verdad es que no me vino mal para acostumbrarme, nadie parecía fijarse en mí, y eso me ayudó. Además, cuando comenzaba a tocar me olvidaba de todo, cerraba los ojos y ya no importaba el lugar, ni la luz…, ni nada.

Al final me acostumbré. Desde luego, allí abajo Percival suena mejor que en cualquier otro lugar. Los túneles, en un principio lúgubres, acogen muy bien la música; se diría que la están esperando, y cuando llega, se la pasan unos a otros, como jugando; eso es lo que nosotros conocemos por sonoridad.

Ahora vamos todos los días. Madrugamos mucho, pero claro, por la noche también nos acostamos temprano. Cuando pasan las primeras personas con cara de ir a trabajar, ya estamos tocando. Yo noto en sus miradas que lo agradecen, les gusta que les pongamos música a un trocito de sus vidas; no es que me lo hayan dicho ellos, pero yo sé que debe ser algo así.

A media mañana ha aflojado el ritmo de la gente, entonces, meto a Percival en su funda —se la compré cuando las primeras lluvias— y aprovechamos para subir a desayunar. Siempre vamos al mismo sitio. Es una taberna vieja, pero nos conocemos todos y podemos hablar de nuestras cosas. Se está bien.

Luego volvemos a bajar por la misma boca de metro. Todos saben dónde encontrarnos. Si estuviéramos cambiando de lugar sería distinto, no podría reconocer ninguna cara y a nosotros tampoco nos conocerían.

Un día entramos en una cafetería. Era de esas que son enteras de madera, muy acogedora. Los parroquianos eran casi todos jóvenes, con aspecto desenfadado. Alguien estaba tocando el piano una conocida melodía, no sé cuál porque nunca recuerdo los nombres de las piezas, pero por supuesto clásica. Yo no pude resistir. Me puse al lado del músico y comencé a tocar con él. El resultado fue sorprendente. Todos se callaron y aquello se convirtió en un verdadero concierto. Después de cada interpretación, el público aplaudía y gritaba para que siguiéramos tocando. El pianista y yo mirábamos con satisfacción, estoy seguro de que también fue su mejor actuación. Cuando acabamos, el dueño nos invitó a comer, estábamos entusiasmados. Fue una lástima que cerraran el local, aunque quizás gracias a eso, muchos de los que nos escucharon tendrán el recuerdo de aquel gran violinista que tocó una tarde en la cafetería, y eso siempre hace ilusión.

Y así vamos, hemos pasado ya muchos años juntos y no me quejó, estoy satisfecho. Si volviera a nacer, me gustaría que Percival se cruzara otra vez en mi vida. Ha sido todo para mí. Por eso esta mañana, cuando el sonido de sus cuerdas se me ha metido tan adentro, he sabido que para mí, el momento final estaba cerca. No he sentido miedo, yo ya había comprendido mi papel en la historia, lo importante es que Percival no acabe en la vitrina de algún anticuario. Así que tengo que darme prisa en encontrar a alguien. No es tan fácil, no sé cómo hacerlo. Tendré que olvidar el metro e ir más a menudo por las cafeterías.

Aunque…, no sé por qué me preocupo tanto. Estoy menospreciando a Percival, él no es ningún aficionado y sabrá cómo sonar en el momento adecuado y ante la persona elegida. Entonces, yo lo dejaré sobre la mesa y me marcharé un poco triste por la separación, pero contento y en paz por haber tenido una vida tan entrañable y tan feliz.


Publicado en la revista Campus de la Universidad de Granada en septiembre de 1988


SUSPIROS Y PINCELADAS DE PATROCINIO ACCITANO, por Fran Ibáñez Gea

 


Salí de metro a la Puerta del Sol. La media tarde solía estar concurrida e iluminada por los adornos de navidad y las grandes fachadas que dan a la plaza. Madrid se caracteriza por la parsimonia de sus turistas y la agilidad de sus paisanos. Son dos ritmos de ciudad que la hacen latir dos veces. Las colas en Doña Manolita eran infinitas en las vísperas al Gordo, así que se multiplicaban los puestos ambulantes. Una carrera de obstáculos para llegar a cualquier sitio. El mío estaba a escasos metros calle arriba. El Four Seasons acababa de empezar la remodelación y el tramo de la calle Alcalá con Sevilla estaba en ascuas. La puntualidad era un reto. Finalmente llegué a tiempo a la Real Academia de Bellas Artes, la cual ofrecía con buena frecuencia conciertos en su auditorio. Felipe V presidía en la pared entre los bustos de los Carlos. El programa en cuestión era el Concerto Grosso Op 6 nº8 -el conocido "de Navidad"-, de Corelli.

Era la segunda vez, en mucho tiempo, que lo volvía a oír en directo. La primera fue interpretándolo junto con la orquesta del conservatorio Carlos Ros en el Mira de Amescua. Mi mirada clavada en los violonchelos. Mi mano derecha bailoteando. Tenía grabada en su memoria táctil cada nota que sonaba, y como reminiscencias, en pequeños espasmos quería seguir la música como hacía años.

Entre los sentidos suspiros que aquí anoto, arrojo el que me despertó Dori Hdez Montalbán. Para el día de la mujer habíamos decidido preparar una actividad en el Hospital Real de la Caridad, para presentarlo como un espacio con presencia de mujer y así homenajear a sus enfermeras, nodrizas, cuidadoras, religiosas y matronas que habían sido los pies y las manos del buen hacer en tan centenario lugar. Su hermana Carmen y el resto de componentes de la Oruga Azul se encargaron de teatralizar la visita, la cual finalizaba con una actuación de Dori, ataviada de mil seicientos. La expectación corría entre los asistentes. En el ocaso de aquel marzo procedió: ...¡Ay, qué vida tan amarga do no se goza el Señor! Porque si es dulce el amor, no lo es la esperanza larga. Quíteme Dios esta carga, más pesada que el acero, que muero porque no muero... El aplauso fue infinito. La lívida luz convirtió el patio jesuita en una plazuela donde la propia Santa Teresa era a nosotros a quien nos regalaba su éxtasis.

En cuanto a las pinceladas, sin motivo de duda, referencio la experiencia habida en los encuentros -porque decir curso escudriña en academicismos- de acuarela en la Casa-Palacio de D. Julio Visconti. La primera vez que tuve constancia del pintor fue una década antes, cuando ambos éramos parroquianos del bar de Juan -ahora Palenga- en la Plaza de las Palomas. Siempre en la buena compañía de su versada corte. En aquel entonces se estaba fraguando la Fundación, que hoy para nosotros podría ser lo que la India fue a la Corona Inglesa. El relevo en la maestría se lo tomó su discípulo José Antonio García Amezcua. Durante el verano, las puertas del palacio de Visconti se abrían a los acuarelistas neófitos. Unas puertas, que una vez cruzadas, la ciudad quedaba atrás y se abría un rincón evasor donde los gatos pululaban bajo contables pilistras, arados y trillos quietos. Un quinario de arte y percepción. D. Julio hoy, con su centenario cumplido en la tierra, seguirá cumpliendo los años de descanso que le merece el cielo, con la entera satisfacción de que su legado, cuidado e inmaculado, discurrirá entre el cariño y admiración de las futuras generaciones.

Cerrando filas no puede quedar en el tintero una de las casualidades que me acercaron a lo que hoy más aprecio, que es el arte. La madre Gema, religiosa de la Divina Infantita, era en sí una institución. Alguacilesa catedralicia o abadesa de llaves, era por todos reconocida en su hábito y antaña faz. De fino tallo desafiaba la pesadez del tiempo, esquivando las indolencias fue, con certeza, de poco plato y mucha suela de zapato. Un día me acogió como su secretario para traspasar el papeleo, en la bisagra entre la máquina de escribir y el teclado del ordenador. En estas que apareció con unos documentos que ella había hecho de oídas tras haber estado en una visita explicada en el museo, reciente entonces, de la catedral. "Pero para que quede más claro, un día podemos ir y lo vemos juntos". Así lo hicimos. Ella no era una persona de concurrencia social. El resto de sus hermanas eran también religiosas de la misma congregación. Las vacaciones de estío la pasaban en la casa familiar -vacía- en Padul, y salvo los saludos por la calle de viejos alumnos y conocidos, jamás la pude ver tomar un café en una terraza. Ella aprendió a vivir y se acogió al modo preconciliar.

En la sala de arriba, frente a un cuadro de la Inmaculada me dijo: ¿Ves el espejo? Representa la virginidad de María; la luz pasa por el cristal sin romperlo ni mancharlo, así fue cómo la virgen tuvo a su hijo. Y hasta la fecha, siempre que he tenido que descubrir el museo de la catedral de Guadix a alguien, repito sus mismas palabras, en honor a su recuerdo. Así, desde el Beaux Arts de Bruselas, la National Gallery, el Louvre o en el Prado, si los querubines portan un espejo acompañando a la Inmaculada Concepción, discúlpenme, pero la luz que pasa por el cristal no es la virginidad, es la querida madre Gema que se pasa a saludar.


El lector de Julio Verne (lectura de fragmento), por Alicia María Expósito.


 

AZOTA LA PANDEMIA (2020), por Consuelo Jiménez.

 


Ando escribiendo versos que de ninguna manera

van a ser de corte celestial.

Apuesto a que esta noche los tejados serán testigos

de piedras congeladas a los pies de la metáfora.

Ando escribiendo versos desquiciados,

con algún que otro detalle de aburrida lucidez.

Tierra, coplilla de la vida :

grieta por la que rompe la yema del índice.

Desisto ante la flora de los cadáveres.

Presionan los muertos, y hay tantos muertos,

que el azar deja de lado el verde inmaculado de la esperanza.

Telarañas, ceniza y humo.