La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de enero de 2017

Lumpen, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.


Hoy la ciudad ha amanecido de forma distinta a la habitual. Por un momento, la luz cegadora de un radiante sol lo inundaba todo, deslumbraba como nunca, parecía como si me invocara para tocar su incandescente núcleo, y tentado estuve de ello, abstraído como estaba en un placentero sueño embriagador. Más, de repente, todo se sumió en una penumbra desasosegante y fría. El vivaracho sinople y leonado que teñía las copas de los árboles se tornó plúmbea ceniza, el bullicio ensordecedor de la urbe quedó apagado y mudo, como si el légamo que dejó la tormenta de anoche hubiera acolchado el bramido incansable de miles de ruedas a su paso. La niebla, a su vez, aplacó la eterna fanfarria de atascados bocinazos, los vociferantes exabruptos de los necios, pero también el casi indistinguible trino de los pocos moradores alados de los parques y cornisas.
En mi errático deambular diario me cruzo con no pocas sombras que se arrastran de un lado a otro. No son los mismos rostros de siempre, aunque tampoco me resultan ajenos. Esforzándome un poco consigo traer a mi memoria esbozos de recuerdos vividos junto a aquellas caras. Su talante es distinto a como lo recordaba, más amable, regocijándose en el reencuentro, cómo dándome la bienvenida. Atrás quedó el rechazo, la incomprensión y el desprecio de los que eran incapaces de entender cómo la adversidad se cebaba no sólo con los débiles, obscena coyuntura provocada por los poderes fácticos para su propio beneficio.
Mi periplo me lleva junto a las altas torres, inmundos símbolos de poder construidos sobre ancestrales estercoleros, alcantarillas de hipocresía rodeadas de muros de insolidaridad, cínico gueto de prevalentes medradores.
Estoy aturdido por la inextricable sensación de atemporalidad y ubicuidad que me embarga. A mi alrededor, la urbe parece moverse a dos velocidades. Destellos blancos y rojos atraviesan las avenidas, semejando insectos atraídos por refulgentes farolas, apenas fogonazos ante mis ojos. En paralelo, las recargadas aceras palpitan con un ir y venir de espectros entrelazados, execrable hormiguero humano de vaporosos trazos intangibles moviéndose sin criterio. Y de fondo, un monótono y distante tañido, como de ultratumba, acompaña mi gélido hálito.
Una vaharada cálida del horadado subsuelo me recuerda que bajo el asfalto de la metrópoli emergerán aquellos a los que debo rendir vergonzosa pleitesía, genuflexión forzada, para obtener las migajas de sus beneficios, únicas rentas que me permitirán sobrevivir, a duras penas, un día más, en esta selva de egos consumistas.
En los aledaños del hospital, apostado entre el clausurado quiosco de prensa ―ya nadie lee― y la cabina telefónica ―ya nadie llama―, bajo un montón de cartones y miseria, he buscado a “el teclas”, con el que más de una vez he compartido lecho, cogorza, frío y lágrimas. Siempre mantuvo que, en otro tiempo, fue un afamado concertista de piano, caído en desgracia por culpa de las mujeres y el alcohol, por ese orden. Su melomanía nos permite, de tanto en tanto, obtener unas monedas al compás de un desvencijado acordeón, únicas teclas que ha tocado en muchos años. De alguna forma inexplicable, noto la fetidez de su aliento en mi cuello, pero por más que miro soy incapaz de hallarlo allí. En cambio, me he topado de bruces con un niño de aspecto demacrado. Bajo una gorra oculta la incipiente alopecia, impropia de su edad. Con voz grave, me interpela:
―¿Estás sólo?
―Sí ―le respondo mirando a izquierda y derecha, con un gesto tan absurdo como estéril.
―¿Tienes hambre?
Asiento. Entonces saca de su raído abrigo una galleta y me la entrega. Su mano está tanto o más helada que la mía.
―Todavía estás a tiempo. Pide ayuda. Para mí ya es tarde.
Me quedo perplejo ante su insólito proceder y enigmática frase. No entiendo lo que quiere decirme. Tampoco tengo ocasión de preguntarle ni darle las gracias. Al instante, el famélico espectro es engullido por la voraz niebla. Tras el insólito encuentro, me quedo repentinamente exangüe, y aprovecho la cercanía del improvisado cobijo para tumbarme.
El frío lacera mis carnes sin contemplaciones. Debo haber estado durmiendo todo el día porque, de nuevo, el haz deslumbrante y perturbador se clava en mis pupilas.
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La pequeña linterna rastreó algún tipo de reacción del nervio oculomotor. Negativo. Las luces de la unidad medicalizada y el ajetreo del personal sanitario y policial sacó a los vecinos de su habitual apatía. Lo macabro a la puerta de sus casas les impelió a levantarse de sus cómodas butacas y asomarse a las perfectamente insonorizadas y herméticas ventanas. Los comentarios se desperdigaron como flemas de estornudo, demonizando aquel reducto de indigencia que osaba colarse en sus vidas.
― ¿Quién lo ha encontrado?― preguntó el médico al policía que tomaba notas en su libreta.
― Una patrulla. Esta mañana alguien contactó con la comisaría. Dijo ser un familiar del mendigo, todavía no hemos comprobado su identidad, no lleva documentación encima. Nos indicó que le llamó por teléfono, pidiendo ayuda.
―¿Le llamó esta misma mañana? ―balbuceó el desconcertado facultativo.
―Sí, a primera hora.
―Eso es imposible, agente. Este desdichado falleció anoche debido a la hipotermia.
































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