La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de enero de 2017

En la laguna, por GLORIA ACOSTA.


TUMBA DE AMARO PARGO. IGLESIA DE SANTO DOMINGO DE GUZMÁN. SAN CRISTÓBAL DE LA LAGUNA.

"…calles espaciadas y rectas, aquel despejo, aquel aire de rigodón monástico, algo ceremonioso, todo aquello en que se adivina una creación señorial del siglo XVIII, la diferencia de las rudas, viejas ciudades castellanas… La Laguna está vestida de casaca o de hábitos de frailes si queréis […] Tertulia en los conventos y en las Casas Señoriales, chocolate a media tarde, monjas reposteras, eternas conversaciones sobre el último caso en el que el Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición entendiera y de noche tal o cual aventura galante…”. ( Miguel de Unamuno 1909)



"...lo mismo se discutía sobre la pluralidad de los mundos, se leía el último libro secreto llegado a la isla desde Europa o se comentaba lo bueno que estaba el vino que habían bebido en la última excursión ...". (La tertulia de Nava. Enrique Roméu Palazuelos)









 Amanece desde hace cinco siglos en la ciudad donde vivo. Entre voces críticas que intentan custodiar intacta su histórica herencia y la vertiginosa rueda de la imparable modernidad, la ciudad de Los Adelantados defiende con sus piedras un vasto legado que enarbola su título de bien cultural patrimonio de la Humanidad por La Unesco.

 

El frío de la mañana no impide la concentración del pequeño grupo de turistas que ese día espera a las puertas de la casa de Los Capitanes Generales. El guía se retrasa y la ruta teatralizada peligra para desconcierto de los allí convocados. La señorita que se encuentra tras el mostrador  se incomoda ante los insistentes requerimientos de un delegado de Huawei España y hace una llamada. El concejal al otro lado del teléfono, trata de tranquilizarla buscando una alternativa dada la importancia que aquella delegación de empresarios chinos tiene para una ciudad que empieza a sacudirse la rémora de una pertinaz crisis. Quince minutos después la comitiva se pone  en marcha bajo las indicaciones de un hombre vestido con ricas telas acordes a la burguesía del siglo XVIII.

  Mey-Yin se despereza de su apatía cuando el caballero de cara larga, angulosa, y apenas uno sesenta y cinco de estatura, le guiña un ojo. Parecía que aquel viaje navideño impuesto por su padre no iba a finalizar tan tedioso como había comenzado.

— Me llamo Amaro Rodríguez Felipe y Tejera Machado, más conocido como Amaro Pargo, corsario para mis compatriotas y pirata para mis enemigos, comerciante español nacido en esta villa de San Cristóbal de la Laguna, el 3 de mayo de 1678.  He sido perseguido por la justicia y alabado por mis paisanos, duro en la mar pero defensor de los humildes, caballero hijodalgo poseedor de certificado real de nobleza y armas. Hoy seré vuestro guía por los lugares de notable interés de esta ciudad. Nuestra visita comenzará en la que fuera Plaza Mayor de la villa fundada por el adelantado Alonso Fernández de Lugo a finales del siglo XV.

  Mientras comienza su interpretación, las pesadas nubes que habían salpicado de lloviznas la semana abren paso a un cielo límpido que invita al ajetreo habitual de las calles peatonales. Urgidos de quehaceres unos, y distendidos otros, ocupan entre charlas livianas las terrazas de las cafeterías bajo los blancos parasoles. A lo lejos ventean bajo su templete, las campanas de la torre de La Concepción y la pequeña ciudad se perfuma del café primero.

   Aquel casco histórico diseñado con instrumentos de navegación marítima y a cordel, con un  trazado en forma de cuadrícula exportado a Hispanoamérica durante la colonización, de calles habitadas por viejas casonas y palacetes con fachadas de intensos colores o pórticos de piedra, inalterable desde finales del siglo XV, sorprende a los turistas y a la joven Mey-Yin que no deja de observar con picardía a aquel hombre delgado pero recio, de mirada vehemente y edad indefinida. El interés se acentúa bajo los ajimeces del Convento de Santa Catalina de Siena, cuando alguien pregunta qué hubo de cierto en la relación amorosa mantenida por Amaro Pargo y Sor María de Jesús, "La Siervita", cuyo cuerpo incorrupto pudo contemplar en una ocasión. El corsario relata sus peripecias por la carrera de  Indias con su flota de barcos, habla de la fortuna alcanzada y de sus  profundas convicciones religiosas, de sus generosas obras de caridad y de la especial reverencia que profesó por Sor María de Jesús, pero deja aquella pregunta sin responder tras una sonrisa cómplice que no pasa inadvertida.

   Prosiguen el agradable paseo por las calles San Agustín, Carrera o Herradores visitando iglesias, conventos, museos y palacios que les cautivan por la riqueza cultural e histórica de aquella ciudad humanista adelantada a su tiempo, no exenta de anécdotas y fantasmas.

   Jian no quita ojo de su hija, más interesada en las lisonjas del guía que en sus instructivos comentarios y lamenta una vez más la educación occidental que había elegido para Mey-Yin. Aquellas costumbres  laxas no eran propias del respeto heredado de sus antepasados. La joven empecatada, toma apuntes en un pequeño cuaderno tratando de acercarse lo más posible al singular pirata.

   Después de una hora, el recorrido termina donde había comenzado. Amaro Pargo agradece el interés de la delegación y con una estudiada reverencia se despide del grupo. Mey-Yin le estrecha la mano con gesto agradecido pasándole con cuidado disimulo una pequeña nota. El corsario le regala una sonrisa y dirige sus pasos parsimoniosos hacia la Plaza del Adelantado perdiéndose entre las calles aledañas.

   Mientras el grupo se dirige a un restaurante antes de su partida hacia el aeropuerto, la joven da un respingo lamentando haber olvidado su teléfono en el puesto de información y turismo. Echa a correr antes de que su padre pretenda acompañarla, justo a tiempo de vislumbrar a lo lejos la silueta del guía que entra en una iglesia contigua a la oficina de correos.

   La bella puerta  plateresca le abre paso al solitario recogimiento del templo. Bajo la opacidad de la techumbre a cuatro aguas, una tenue luz franquea las pequeñas vidrieras creando espectrales movimientos en los frescos que cubren la casi totalidad de las paredes. Una pequeña hoja de papel cuidadosamente doblada y abandonada en el suelo le hace reparar en la tumba que pisan sus pies. Muestra, gravados sobre el mármol, un escudo de armas y una calavera con dos tibias cruzadas que guiña un ojo, y a su alrededor una inscripción desdibujada en la que lee: "Esta sepoltura y entierro es de don Juan Rodríguez Phelipe y de doña Beatris Texera Machado y de sus decendies y  erederos paternos (.... ) en el año del señor de 1715".

  Mei-Yin reconoce la pequeña nota donde había escrito al corsario su número de teléfono minutos antes.

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