La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de enero de 2017

Historia de metro, por F. JAVIER FRANCO.


(2013)


Me perdí en los túneles del metro. Aquella maraña de conductos interminables me hizo no saber dónde estaba. ¿Es imposible? No, no es imposible, sobre todo si es en una ciudad a la que apenas conoces. La decisión más normal es seguir a la gente de un lado para el otro, pero es que acabé en un pasadizo por el que nadie transitaba, ni tan siquiera los mendigos del submundo y, además, cuando te embarga la desesperación llega un momento en el que la decisión se convierte en la tremenda indecisión, y de ahí al caos apenas hay un saltito. Tenía prisa, llegaba tarde y más y más me perdía, la prisa es el condimento idóneo para hacer arraigar aún más la desesperanza, el corazón acelera sus tic-tacs y la mente se ve atosigada por el borbolleo de la sangre apretando los pensamientos, los mecanismos regidores del raciocinio y tan sólo queda el ¿dónde coño estoy?, ¿ahora qué coño hago? Y la mente se obnubila como las luces perdidas de un atardecer o un incipiente amanecer. Aquella galería sin vida cada vez me conducía a una senda más oscura, más perdida, a un nuevo mundo subterráneo de estaciones sin acabar o estaciones con años de clausura. ¿Cuántos kilómetros de metro se inutilizan en cada gran ciudad? No lo sé, pero sin duda una extensión lo suficientemente amplia como para instaurar una nueva ciudad, en la que, de momento, sólo estaban empadronadas miles, quizá millones de ratas, que ahora sí que las veía saltar de un lado para el otro entre los oxidados raíles muertos… ¡El móvil! ¿Cómo no he pensado antes en el móvil? Marco un número tras otro, no da señal, nada de nada, miro la pantalla y está vacío el espacio para las barritas que indican la cobertura, al menos su luminoso destello me sirve de leve linterna para poder testimoniar que estoy rodeado de paredes y suelos mugrosos, de yerros oxidados, y de ratas, de un amplio poblado de ratas, una tribu que deambula de un lado para el otro buscando algo que echarse a sus asquerosos y afilados dientes. Me asomo a borde arcén, no sé por qué, a observar el epicentro de mayor actividad de la deleznable jauría, están más amontonadas en el lado derecho, según miro, incluso forman una colina, un castellet en el que apenas cuesta sostener el equilibrio. Tengo miedo, sí, tengo miedo, miedo y asco, miedo y náuseas, pero no puedo dejar de mirar, es como cuando ante el televisor te enfrentas a un programa desagradable, pero hay algo en ti que, sin tener consciencia de qué, te va impulsando, casi compulsivamente, a seguir viéndolo. Las ratas, una vez terminada su escalada, como si hubiesen puesto el banderín de haber conquistado y superado una cima, comienzan raudas, cuesta abajo, unas sobre otras, el descendimiento, y queda desnudo el monte, el leve montículo que, conforme enfoco con mi lucecita telefónica y acomodo mi visión a esta oscuridad, va tomando la forma de un cadáver, hay huesos, restos sanguinolentos, podría ser un perro, pero un perro grande, ya veo en el desparrame del osario lo que debe ser el cráneo, un cráneo casi mondo, ¡una calavera! ¡Un cráneo de persona! Enseguida, en la rapidez brusca del terror, una imagen terrible asola mi imaginario, ¿será esta la despensa de la ratonera, igual que hacen las hormigas en el hormiguero? Es absurdo, me digo, ¿a quién van a atraer aquí?, ¿cuántos despistados como yo pueden existir? Al principio, me conformo, luego pienso en la cantidad de desaparecidos sin hallar que figuran en los listados policiales de las grandes urbes, en los millones de transeúntes diarios de estas arterias suburbanas. Sin querer, una sonrisa aflora entre mis labios, me vienen a la mente esas noticias, leyendas urbanas, que circulan de los cocodrilos, anacondas y caimanes deambulando por las cloacas de Nueva York. ¿Para qué hace falta rebuscar un exotismo siniestro para infundir el pavor al inframundo urbano? Tenemos las ratas, miles, millones de ratas que moran bajo nuestros hogares, que viven de nuestros despojos y ¡qué mayor despojo que nuestro propio cuerpo inane! Las miro, me miran, saben que estoy y saben que no voy a encontrar la salida, no me atacan, aunque me acechan, no les hace falta nada más, saben que al final mi lucecita se apagará sin batería, mis piernas no soportarán más el cansancio, me sentaré, me recostaré, es imposible otro destino, y, finalmente, quedaré ahí como alimento guardado en una alacena, en una cámara frigorífica que no necesitan, porque para ellas en la putrefacción está la esencia del sabor, el condimento exacto para hacerlo todo más sabroso. Ya soy consciente de mi suerte, así que espero, espero aparecer en el listín de los reclamados, entre las fichas inagotables de los desaparecidos, hasta que una declaración oficial, judicial, reparta mis escasos bienes entre mis herederos y una tumba vacía lleve mi nombre en su lápida, y, entre tanto, durante el trasiego burocrático, me habré metamorfoseado en malolientes, oscuras y podridas cagadas de rata. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada