La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 14 de febrero de 2016

Luna azul, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



            Me llamo Eugenio de la Rosa y, hasta el año pasado, era una persona normal (si exceptuamos el hecho de que, como funcionario de carrera, tenía y tengo un sueldo fijo). Hoy día, sin embargo, me debato entre un pasado homínido y un presente que no pinta nada bueno.
            Todo fue culpa de la luna. Mejor dicho de las lunas. Dos lunas llenas en un mismo mes acarrean, para la Biosfera, una serie de disloques retorcidos. Un enredo para el medio natural. La naturaleza también sufre, de vez en cuando, su propia esquizofrenia. Tal fenómeno está descrito en los trabajos de un equipo de biólogos americanos. Lo pueden consultar, sin coste alguno, en internet; incluso en bibliotecas de Biológicas. La bibliografía sobre casos más o menos semejantes es copiosa. Abundan las leyendas, sobre todo por el norte. Si fuera un licántropo, todo sería más fácil. Pero no. Aquí, en el sur, todo es más áspero y prosaico: don Samuel, mi médico de cabecera, no tiene ni pajolera idea de tratar metamorfosis. Y no le culpo, pues bastante tiene el pobre con las riadas de pacientes impacientes que berrean en su puerta.
            Con ímprobo esfuerzo, y antes de que me sea de todo punto imposible, quisiera dejar constancia de los cambios que he sufrido en este último año y pico. Todo tiene un límite, y ya no me siento con fuerzas para seguir viviendo como humano. Mi nueva biología tira, y mucho. Además, aunque en el barrio aún me saludan —algunos con afecto—, noto que causo una creciente repulsión entre la gente. Algunas vecinas (viudas y añosas, qué casualidad) me temen e inventan historias disparatadas, dignas de Kafka; lo peor de lo peor. Con todo, también hay excepciones: para Marcos, por ejemplo —un chaval gótico que vive en el sexto derecha—, soy poco menos que un pariente de Dagón, un personaje de esos cuentos de terror que lee a todas horas.
            Anécdotas al margen, la enfermedad lunar ha ido a peor. O a mejor, según se mire. En fin, el caso es que, siendo especialmente gravoso —digno de un relato de Cortázar—, mi problema estético ocupa ahora un segundo plano. Hoy la cuestión es, sobre todo, instintiva.
            De natural comedido, hace días que mi cuerpo —el nuevo— me exige sauna y baños, prole a mansalva, supervivencia de una especie amenazada…
            Cierto que no todo son problemas. También la alteración tiene ventajas. Por ejemplo, no tengo que afeitarme, puedo saltar a la azotea de mi casa desde el bajo, ya no uso gafas de lejos, y si, por un casual, me asaltan en la plaza, yo mismo me fabrico (y escupo si hace falta) mi propio veneno. Pero, en general, no estoy contento con el cambio. 
            Llevo gastado un dineral en humidificadores. Los tengo por toda la casa. Imagínense las manchas de humedad en las paredes. Cada dos por tres hay que pintar. Los del seguro están hasta el gorro de mí. Encima yo, que soy de secano, me paso horas y horas a remojo. Yo, que antes adoraba las lentejas, ahora me pirro por insectos. Yo, que antes hablaba por los codos, ya ni siquiera soy capaz de articular correctamente los fonemas como antaño, ni en inglés ni en español (tampoco en mi paupérrimo francés). ¿Cómo es posible? Basten unas pinceladas. Mi actual aparato fono-articulatorio se compone de:
  1. Bultos en la boca.
  2. Membranas en garganta y aledaños.
  3. Lengua pegajosa y bífida.
            Como resultado —y, mucho me temo, sin remedio—, mi acento es una mezcla ininteligible de croata y alemán. Con este panorama, como podrán imaginar, no hay dios que me entienda, ni siquiera mis vecinos del tercero izquierda, una pareja de políglotas rumanos.
            Con esta alteración bucofaríngea, comprenderán que en cualquier acto social acuda al refrán que mi abuelo decía siempre en las comidas familiares: «A veces vale más callar y pasar por tonto, que abrir la boca y demostrarlo». Hasta hace no mucho aún podía repetirlo, pero ahora sólo empleo cartelitos, como en un juego de mesa.
            Hace dos meses que don Samuel me dio la baja laboral. Como he dicho anteriormente, soy funcionario de carrera (Ingeniero Técnico Industrial, para más señas). De mis compañeros en el Ministerio, no tengo queja alguna. Han sido mi apoyo permanente. Tan pronto me crecieron los globos oculares, se volcaron para hacer más llevaderas mis jornadas de trabajo. Como muestra, dos botones: Casilda Gómez, la aparejadora, me traía tarros repletos de moscas y avispas que sus hijos capturaban para mí. Y Marcelino Benet, mi jefe de Departamento —y, por increíble que parezca, una bellísima persona—, movió hilos para trasladarme a un despacho más amplio donde ubicar una piscina hinchable. Piscina que —según supe después— me compraron entre todos con fondos públicos.
            Apenas salgo de casa, y si salgo, es para ir a los estanques o lagunas colindantes. Por supuesto, siempre de noche. Por suerte, a unos 25 kilómetros hay un conjunto de humedales declarado «Reserva Natural de la Biosfera», y aunque hay vertidos ilegales de una granja limítrofe, el agua está pasable. El problema es conducir con esta pinta. Hace poco, sin ir más lejos, dos agentes andaluces me pidieron el carné. «¡Que ze divierta uzté en er carnavá!», corearon, entre risas, tan pronto me dejaron circular. Otro pequeño «problemilla» es que me escurro en el asiento, las manos y las piernas se resbalan, y no atino con las marchas ni el embrague. Algún día vamos a tener un disgusto. Si no, al tiempo.
            Por si acaso ya tengo hecho el testamento. Grosso modo, he aquí mi voluntad: cuando muera o me capturen, bien los empleados de Medio Ambiente, bien los de Servicios Sociales, quiero donar mi cuerpo a la Ciencia. Quizá, si hay suerte y caigo en buenas manos, pueda ayudar a la Humanidad (las toxinas que genero son mejor que un porro de hachís o de «maría», se lo puedo asegurar). Por otra parte, cuando aparezca en los medios —porque seguro que salgo en los programas de fenómenos extraños— es posible que inspire a algún escritor, quién sabe si a algún cineasta de culto.

            Es noche cerrada. Hay luna llena. Esta vez blanca, redonda, normal. Casi me mato con el coche de camino a la laguna, pero al fin estoy aquí. El notario tiene copia de mis voluntades, así que ya sabe que no voy a volver. Oficialmente, ya no soy humano. Confío en que mi tamaño no asuste a las hembras. Si son como las humanas, este aspecto jugará sin duda a mi favor. Tengo que reproducirme, y pronto.
            Dado el estado lamentable de los acuíferos, aquí en el sur, no creo que sobreviva mucho tiempo. Para colmo, los batracios nos estamos extinguiendo.

                       


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