La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 15 de abril de 2014

Noche de difuntos, por JAVIER FRANCO



“Que numerados están
los días que has de vivir,
y que tienes que morir
mañana mismo, don Juan.”
José Zorrilla. Don Juan Tenorio.

Llevaba tres días caminando perdido por la sierra, sus últimas provisiones habían agotado su límite, y tan sólo le quedaba un poco de picadura de tabaco que carraspear su dolorida garganta. Asió un puñadito entre dos dedos, lo extendió parsimonioso sobre la palma de su mano y, sacando un papelillo, lo envolvió, lo lió y a un golpe de agrietada lengua cerró los últimos cabos, machaconamente su encallecida mano volteó la rueda sobre la piedrecita que escupió sus chispas sobre la anudada yesca. Ingirió el humo procedente del artesanal cigarrillo como quien devora ansiosamente un deseado manjar. El picor de la garganta se introdujo a punzadas hasta los últimos rinconcillos de sus bronquíolos y pulmones. Manuel saciaba así la sensación de hambre que llevaba arrastrando como una pesada carga durante aquellos tres aciagos días.
No sabía dónde ir y sabía que no podría volver, todo el pueblo estaría alborotado alrededor del sangriento cadáver de su hermano tirado sobre el arenado suelo de la entrada de la cueva, su navaja, aquella que adquirió en la estación de Albacete cuando iba a Barcelona a cumplir el Servicio Militar, estaría allí, abierta, sangrante, como un ángel vengador al lado del cuerpo yacente. ¿Y cómo decir a los cuatro vientos, mirando a la cara de sus conciudadanos, que él no había sido?, ¿que no sabía quien había sido y que nunca podría saberlo?
Fue una noche fría y turbia, extraña, con el viento ululando entre las ranuras de las mondas mandíbulas de los cerros, a cada soplo de viento un enorme quejido rompía los tímpanos en las profundidades de los barrancos, y dentro de la cueva el microclima constante, que nunca sabe de estaciones, se había tornado frío, helado y húmedo, turbulento como la turbulenta noche, aquella noche previa al día de los difuntos.
Por la tarde Manuel y su hermano habían estado limpiando la cruz de metal morroñoso que se clavaba sobre el montón de tierra, que servía de túmulo al lugar donde reposaran los huesos de sus fallecidos padres. Sobre la montañita de tierra depositaron unas pocas flores silvestres, que ellos mismos habían arrancado de las pocas zonas verdes de los cerros, donde se criaban entre ortigas. Tras ello, encendieron dos velas, que al instante se apagaron; tornaron a encenderlas y su pabilo carbonizado no quiso ejercer más como mecha. Comenzaba a oscurecer y los dos hermanos se encaminaron juntos hacia la vacía cueva, tan vacía desde el día en que sus padres fallecieron. Aparecieron juntos sobre su cama hacía ya un año una noche de difuntos como ésta; no tenían señales de violencia, no tenían indicios de ningún mal, pero quedaron allí como dos estatuas yacentes hasta que su hijo Ramón llegó con la mula de trabajar en la huerta, descubriendo el macabro, a la vez que sereno, escenario.
Manuel trabajaba por entonces en Barcelona, donde había quedado tras licenciarse de su servicio de armas, como peón de la construcción en una gran empresa catalana del ramo. Cuando supo la noticia tomó un expreso rumbo al sur tan pronto como pudo, tardó prácticamente un día en llegar y ver a sus padres amortajados casi en la misma posición en que Ramón les había hallado. El médico dijo que les había fallado el corazón, pero aquella explicación resultó extraña a todos, ellos nunca padecieron ningún mal conocido y resultaba extrañísimo su fallecimiento coetáneo y con señas incluso de placidez. La ciencia no supo, no pudo o quiso dar más explicaciones, y la única verdad reconocida de los hechos quedaba sepultada en la corteza de la tierra, bajo un artificial monte calvario rematado en una única cruz.
Manuel ya no regresó a Barcelona, y ambos hermanos quedaron a convivir hermanados en las entrañas de la cueva, que de por siglos fuese la madriguera familiar. Trabajaban la huerta de sol a sol, de vez en cuando recogían esparto entre los secanales, y por la noche al fulgor de la candela en el hogar de la chimenea, asaban papas o tocineta veteada, mientras el vino turbio de aquella tierra agreste regalaba sus estómagos de ambrosías que alcanzaban a la mente, nublando las desdichas e hilando, una con otra, las monotonías que conformaban el paso eterno de los días, tan sólo marcados por la sencilla misión de la supervivencia.
Aquella noche, la noche que hacía el año, la lluvia fina pero constante fue filtrándose por todas las oquedades abiertas en el caparazón del cerro tallado que les servía de habitáculo, y el ritmo del viento fue una canción mortuoria, una macabra danza como de las que en su día asolaran los campos europeos en los malditos tiempos de la peste. Parecioles que la montaña crujía a cada silbido, como un latigazo del viento, y los candiles mecían sus linternas de un lado para otro al ritmo del funerario canto. La leña crepitante en el hogar les pareció crecer y dibujar siluetas humanas, en un instante Ramón llegó a gritar “¡padre!”, pero sólo le respondió machacón el viento. Manuel le miró asombrado, mientras cortaba tocineta con su navaja manchega, a él no le pareció ver nada entre las llamas.
Al instante, un aire frío recorrió los túneles de la vivienda cortando como un sablazo el hogareño ambiente a su paso. Ramón de nuevo se sobresaltó. Manuel se levantó, asió un candil y miró en su derredor. No vio nada. Ramón tampoco vio nada. Pero era evidente que en la cueva algo, alguien, una esencia... cohabitaba junto a ellos. Apenas mirándose el uno al otro, sin articular palabra, sabían que estaban sintiendo la misma sensación, reconociendo aquel paranormal acompañante. La llama creció y creció en el hogar de la chimenea y pareció alzarse como alcanzando la corpulencia de un ser animado. Los dos hermanos recularon un paso hacia atrás, pero toparon como con una pared de frío hielo, que les dejara atrapados. Manuel apretó con fuerza las cachas de su navaja, pero sintió como si estas le quemasen y arrojó al pronto la navaja al suelo. Los hermanos se sentían atrapados entre el ser de fuego que salía de la chimenea hasta ellos y la pared de aire helado que cortaba su retirada 
La fotografía de sus padres, ya algo amarillenta, que enmarcada presidía la pared principal de sala, saltó de su alcayata y voló en segundos hasta el fuego que pertinaz la devoró. Volvió entonces a quejarse con fuerza el viento, y en la sólida llamarada quedó, esta vez sí claramente, la figura de los padres. El miedo dio paso al pánico, y el pánico a la inmovilidad, al estatismo del que no sabe, no concibe lo que está ocurriendo frente a sus retinas. A ambos hermanos les asaltó la mente la frase del padre fossor durante el sencillo sepelio: “murieron para vivir”.... El propio fuego esta vez balbució con nitidez: “murieron para vivir... murieron para vivir”, y Ramón de repente se agachó, tomó la navaja de su hermano y franqueando la muralla de aire helado se dirigió a la entrada de la cueva, donde cayó inerte.
Manuel le siguió, a Ramón le chorreaba la sangre por el costado, y la navaja abierta y quieta reposaba a su vera, “yo n’he sío, yo n’he sío...”, reiteraba para sí Manuel, tomando el camino de los cerros, con tan sólo su morral de faena, con el pan, el queso y el tocino que le sobró de la jornada laboral anterior.
Vagó, vagó, vagó. Recorrió la sierra durante tres días, hasta que paró para encender su último pitillo. Se asomó al borde mismo del abismo serrano. Observó las peñas picudas del fondo, cuyos filos acuchillados le reclamaban para cumplir una sentencia o un deseo inconcluso. Manuel arrojó el rescoldo final del cigarrillo al abismo que fue chocando roca contra roca hasta perderse de su vista. Después dio un salto y se arrojó él también, mientras su dolorida y carraspeada garganta gritaba: “¡Muero para vivir!”.



Era prácticamente el alba del día de difuntos, cuando el cabo Merayo, altivo con su capote, su bigote, su tricornio y su máuser, ascendía la cuesta acompañado de los guardias Rodríguez y Mejía, en dirección a la cueva de los Mohinos, donde a su entrada había sido hallado el cadáver de Ramón, el hijo menor de Manolo el “Mohino”, quien hacía justamente un año que había fallecido junto a su esposa en el interior de aquel mismo umbral; la navaja de Manuel, el hermano de Ramón, restaba ensangrentada junto al inerte cuerpo sin vida, en cuyo costado la sangre había dejado de brotar, y una laguna pastosa y parda empantanaba el terroso suelo que abría en explanada la imagen de la fachada encalada de la cueva.
El cabo, sagaz, reconoció el arma y pensó que tenía resuelto el caso; los vecinos se agolpaban alrededor del lugar de conjunción entre la comitiva y el cuerpo presente, había quien decía: “ceñalá noche, ceñalá, hace un año lo’ pare’ y’agora er’ijo”. Otro lugareño más familiar asentía: “er Manolo, er Mohino, er día que la parmó dicía c’abía encontrao argo dentro la cueva, argo mu raro, y cuando zu hijo Ramón llegó y vio lo’ muerto’, a zu’ pare’, no zabía na de na y la cueva z’a llevao er cecreto”. Un vejete de arrugado rostro y calada boina, rechupeteando un irregular pitillo, se acercó al grupo y entre dientes aseguró: “ciempre ce zupo que la cueva lo’ Mohino’ ‘ta mardita, ciempr’an pazao coza’ rara’, ciempre, mi lo dicía mi pae, a mi pae zu pae, ta cueva ‘ta mardita”. Y un profundo y sepulcral silencio, como mecido por la brisa, envolvió con su nube a todo el grupo.
El cabo, tras escuchar los comentarios, quedó pensativo y señaló a Mejía que restase en la entrada y que nadie tocase nada en la escena del crimen, y con Rodríguez se adentró en el interior del habitáculo. El fuego del hogar se había consumido y las ascuas carbonizadas en su agonía guiñaban algún que otro brillo, en el rescoldo se advertían los restos de la enmarcadura de un cuadro y trozos del cartón amarillo de un retrato de familia. Merayo tomó el badil que colgaba de un clavo al lateral derecho del hogar de la chimenea y removió con él los rescoldos, no vio nada más que los restos fotográficos y del marco y alguna patata totalmente convertida en una pelota de carbón, volvió a colgar el badil de su clavo, y de pronto del fenecido carbón surgió una llamarada, una lengua de fuego estirada por el gaznate oculto de la chimenea, que un instante tornó a replegarse y desaparecer, para mayor asombro de Merayo y Rodríguez.
“¡Joía cueva!”, dejó escapar Rodríguez, y el cabo asintió con la cabeza y con un tímido “sí, joía”. Recorrieron estancia a estancia el hormiguero, hasta alcanzar el último confín en el interior de la montaña, donde se amontonaban cajas con utensilios en desuso y herramientas herrumbrosas. Merayo movió las cajas y los trastos con tiento y mimo, como un profesional analiza los elementos antes de iniciar una esmerada tarea, hasta que dejó libre la última pared. Entonces, observó, que en la conjunción entre suelo y pared, la argamasa era de distinta textura al resto de la que conformaba la salilla. Sin duda era más reciente, deducía para sí el cabo, pero ya llevaba tiempo, bastante tiempo extendida.
El guardia de más grado ordenó a Rodríguez ir a buscar a un maestro albañil para levantar la argamasa, habría de descubrir que quedaba tras de aquel parcheado, quizá tuviese algo que ver con el asesinato o con el descubrimiento de Manolo el “Mohino” que le habían referido, o tal vez con ambas cosas. 
Llegó el maestro albañil con un capacho y una piocha, y Merayo le señaló que descubriese toda aquella masa de distinta textura, pero que hubiese cuidado de hacerlo con tacto para no dañar o perjudicar nada, para que todas las probables pruebas quedaren indemnes. Con su natural maestría, con la destreza del artesano que cada día realiza con tiento su labor, el albañil fue creando una oquedad donde la argamasa hubo, hasta que advirtió el paso hacia una nueva y subterránea estancia, hecho que con serenidad y alborozo señaló al del tricornio y bigote. Merayo tomó un candil y se adentró por el hueco, introduciéndose en la recién descubierta cavernosa estancia, allí en la luminosidad que despedía la aceitosa mecha, comenzó concienzudo la tenaz labor de observación.
Todo era lúgubre, todo oscuro, todo pequeño. Al fondo en un rincón se vislumbraban amontonados los huesos diminutos de restos infantiles; “una catacumba, un osario de niños”, pensó para sí; sobre los cadáveres había letras, “son latines, habrá que llamar a un cura”. Siguió recorriendo el recinto con la luz del candil viendo un altarcillo pegado a un lateral, también había inscripciones sobre el mismo, “otro trabalenguas en latinajo”; y más allá como un acceso a un pequeño pozo circular de un diámetro de sobre medio metro, todo el borde estaba tiznado de fuego, como si del interior bullesen en ocasiones llamaradas, y una nueva inscripción presidía el círculo, esta vez la inscripción estaba claramente marcada a fuego, “más latines”. De pronto, el sudor recorrió como un manantial su espalda, y la sensación de calor y frío al unísono embargó su espíritu, y raudo tornó afuera por donde había entrado.



“- ¿De qué te has acordado amigo? ¿Qué memorias te han dividido esas dos exhalaciones de fuego desde el corazón a la boca?”
Luís Vélez de Guevara. El Diablo Cojuelo.

Don Millán, el párroco de la ermita, llegó flanqueado por Rodríguez y Merayo a la cueva de los “Mohinos”; el cabo le había señalado lo descubierto y la existencia de inscripciones en latines. El cura quería ver aquello por si se trataba de un antiguo camposanto, y además habría que dar nuevo y santificado enterramiento a las recién halladas osamentas.
Atravesaron todas las estancias hasta que alcanzaron el último reducto donde se encontraba el hueco abierto a la argamasa. Uno a uno procedieron a irrumpir en el diminuto habitáculo, primero entró el cabo, luego el cura, y cerró el grupo el guardia numerario. Merayo alumbró primero la zona de los huesos y don Millán leyó en voz alta: “Mortui sunt uiuerent, «murieron para vivir», no es más que un epitafio funerario, ¡quizá sea un cementerio de los primeros cristianos de Acci!”. Prosiguió iluminando su guiada visita el cabo, y procedió a mostrar el altarcillo, y sobre él la latina inscripción: “Hic Mollokis ara est, «aquí está el altar de Mollok»… ¡Dios santo!”, y don Millán procedió precipitadamente a santiguarse, “¡un santuario pagano! Mollok era un dios infernal, el dios de los fuegos de Cartago. Esos restos de criaturas probablemente fueron sacrificados”. Al fin, la mano del graduado guardia sostuvo el candil extendiendo su luz sobre el circular pozo y su inscripción a fuego impresa: “Ante infernorum portam es”, y arrojó sobre las letras don Millán un chorreón del agua bendita que había portado en una botellita, “estás ante la puerta del infierno, ¡Dios, qué hemos abierto!”, y en el mismo instante del interior del pozo una intensa llamarada manó inundando toda la estancia, los cuerpos de cura y guardias ardieron como teas humanas y el cerro comenzó a temblar como si las entrañas de un volcán regurgitasen sus flamas.
Los vecinos se acercaron a la entrada de la cueva, y entre los crujidos del cerro observaron a un jinete de llamas abrirse paso entre las ranuras del cono exterior de la chimenea, y partir por los aires volando sobre las nubes. El tío Bancales, con su boina calada y su arrugado pitillo aseveró: “enyá lo dicía yo, ta cueva ‘ta mardita, mardita, mi lo dicía mi pae, a mi pae zu pae”. Y al fin, un decidido se abalanzó y atrancó la puerta, y los demás vecinos le siguieron y tapiaron con piedras, tochos de madera, lajas y arena la entrada, sin dejar rastro de lo que fue fachada de una encalada y alba cueva.



"Escucha el moverse de las campanas—
¡Herrumbrosas campanas!
¡Qué mundo de meditación solemne su monodia anuncia!
¡En el silencio de la noche,
Es cuando tiritamos de miedo
Al interpretar el melancólico significado de su entonación!"
Edgard Allan Poe. The bells.


Cuentan los nietos del nieto del tío Bancales, que en la noche de difuntos, cuando repica, machacona y parsimoniosamente, retumba, el campanón que corona la portada de entrada a la capilla, que en el interior del camposanto sirve para la realización de los litúrgicos ritos de los frailes fossores; que justo entonces, entre los cerros taladrados de cuevas, tres encapotadas siluetas van recorriendo las trochas, tres negras siluetas, como el carbón o las brunas sombras, tres siluetas que se pierden por los descampados; y que, siempre, instantes antes del amanecer, se introducen por lo que se asemeja a los vestigios de lo que pudiere haber sido chimenea en un cerro sin cueva. Su abuelo les decía que su abuelo le dijo que allí sí que una vez hubo una cueva, la de los Mohinos; ellos de la realidad de esto, ciertamente no saben nada

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