La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 30 de noviembre de 2021

MUTE, por Pedro Pastor Sánchez.

 


—¿Pero me estás escuchando?

            La madre de Lola empezaba a impacientarse. La muchacha llevaba una buena temporada haciendo caso omiso a sus indicaciones. Y lo que es peor, no se dignaba a dirigirse a sus progenitores bajo ningún concepto. «Cosas de la edad», le decían las otras madres cuando quedaban en las reuniones del instituto.

            Cuando el plomizo silencio ya se hizo insoportable, la ira estalló en la lúgubre habitación. De un tirón levantó la persiana, y la mortecina luz del ocaso se reflejó sobre los posters que adornaban las paredes. Todo tipo de aves, de brillantes colores, en distintas poses o surcando los cielos.

            —¿Me vas a decir de una vez qué pasó en clase? Han llamado tu tutora y la madre de Mercedes, y no he sabido qué decirles.

            De nuevo el mutismo por respuesta. Con los auriculares pegados al tímpano, se obcecaba en retar a su madre, privándole de escuchar su versión de los hechos. Algo más que una riña entre adolescentes, puesto que su antagonista se había metido con lo más sagrado para ella, su abuela. Manoseó de nuevo el walkman, regalo que le hizo ésta poco antes de fallecer.

            —¡Pero dime algo de una vez, coño!

            Desistió ante la desidia de la joven. Así que le pasó la pelota a su cónyuge:

            —Lucas, dile algo a la niña, que a mí no me hace caso —refunfuñó mientras bajaba por las escaleras haciendo aspavientos. Pero Lucas también hizo caso omiso, siguió a lo suyo, gastando las pilas del mando a distancia. Hacía tiempo que había desistido de ejercer de cabeza de familia, nunca llegó a coger las riendas de su casa.

            Mientras, en el cerebro de Lola se libraba una cruenta batalla. Una amalgama de sentimientos contradictorios le compungía el alma. Se sentía un bicho raro. Ninguneada por unos, incomprendida por otros. Ni en su propia casa se sentía segura, apoyada. «Abuela, ¿por qué te fuiste tan pronto?», era el pensamiento que le martilleaba. La única persona que la comprendía, que la animaba a mostrarse tal cual era, que no la criticaba ni vejaba, su refugio ante las adversidades, ya no estaba. Esa era su impresión, que estaba abandonada a su suerte, sin apoyos, sin metas, sin control sobre su vida, condicionada a comportarse según la voluntad de los demás. Sentía ser un estorbo para sus padres. Invisible para sus compañeros, salvo cuando era objetivo de sus burlas. ¿Qué sentido tenía su existencia?

            Ni los terapeutas ni la química pusieron coto al enemigo que crecía en su interior. Con la autoestima por los suelos, todo espejo con el que se cruzaba le causaba pavor. Lola, la bola, la llamaban sus compañeros de clase. La casi completa abstinencia en la ingesta no podía controlar esas carnes rebosantes, que la convertían, casi a diario, en objeto de mofa. ¿Cómo decirles que aquel recipiente imperfecto albergaba un contenido rico en matices? Pero el miedo y la angustia no dejaron eclosionar sus expectativas juveniles, sus proyectos de futuro. De nuevo acudió a su mente aquel episodio, cuando estaban finalizando octavo de EGB, en el que preguntaron en clase qué querían estudiar, qué profesión les atraía más. Llegado su turno, Lola se puso en pie, y con inopinada decisión se dirigió a sus compañeros para compartir, por primera vez, aquello que más le gustaba, su atracción, desde muy pequeña, por las aves. Su error fue ser demasiado técnica, pues su gran pasión estaba asociada a una palabra desconocida por la mayoría: «Quiero ser ornitóloga», dijo sonriente. Desde el fondo de la clase, apostado en el parapeto del último pupitre, el gracioso de Luis le lanzó un dardo que le llegó al alma: «La gordi quiere ser orni-tó-loca». Las risotadas rebotaron por las paredes del aula, por mucho que Don Jaime trató de poner orden mientras recriminaba al bromista.

            Mercedes, su compañera de pupitre por aquel entonces, fue la única que no rio la gracia. Su nexo desde parvulario le otorgaba cierta confianza, luego era la única con la que podía compartir sus cuitas. Pero ese vínculo se rompió cuando dieron el salto al instituto. Allí la lucha de egos la hizo cambiar, su integración en el grupo de las tias guays rompió su fidelidad fraternal. Poco a poco se fueron distanciando, ya no quedaban para ir juntas o hacer los deberes. Así que el día que escuchó por enésima vez, de boca de una de sus adláteres, una frase denigrante sobre su exceso de peso, la rabia le pudo y le dio un empujón. El grupo respondió a la agresión, y se produjo una pequeña tangana. Mercedes, lejos de interceder por su vieja amiga, le reprochó su reacción, y a continuación le dijo: «Pero niña, controla ese carácter, que eres peor que tu abuela». La hostia que le soltó Lola, con toda su alma, fue a la vez alivio y condena.

            Durante la semana de expulsión, Lola masticó, atormentada, todo lo sucedido, concluyendo que solo había una salida a tantas tribulaciones vitales. A su regreso, se apuntó a una excursión —hecho sin precedentes, puesto que evitaba la interacción con sus compañeros—. El autobús les dejó cerca de las estribaciones de la sierra. Maite, la profesora de biología, trataba de inculcar en aquellos díscolos jovenzuelos algo de cultura y respeto por el medio ambiente y todos los seres vivos que les rodeaban, fueran flora o fauna. En su paseo se aproximaron al extremo de un cortado a fin de observar a los buitres.

            —No salgáis del camino, puede ser peligroso— les dijo cuando vio a un par de insensatos rodear la cerca de madera junto al precipicio.

            Continuaron su caminata por la senda hasta que llegaron a una curva. Maite aguardó a que pasaran todos, realizando un rápido recuento visual.

            —¿Alguien ha visto a Lola?— preguntó. Silencio por respuesta, lo cual tampoco le extrañó, era consciente de la poca afinidad que el grupo tenía con la joven.

            —Seguid hasta el autobús, voy a buscarla— les conminó.

            De regreso por el camino, vio una oscura figura moverse entre los árboles, cruzando el vallado. Echó a correr y llegó jadeando a ese punto pero, por más que miró, no encontró a Lola. Con temblor en las piernas, se aproximó al borde, temiéndose lo peor. Una sobrenatural calma la conmovió, ni un susurró de ramas movidas por el viento, ni un solo piar de ave o zumbido de insecto.

            Unos metros más abajo, sobre un peñasco, Lola, mutada en uno de sus adorados pájaros, batía con fuerza sus brazos, cual alas implumes, buscando la propulsión y energía necesarias para volar, real o metafóricamente, más cerca de su abuela, y lejos de una vida tan ingrata.

SILENCIOS, por Dori Hernández Montalbán


Del poemario "Cuaderno de los iceberg"


El silencio fue el camino que me llevó más lejos,

ni me escuchó nadie,

ni a nadie oí,

vi pasar la vida en colores sepia

y parecía que los ojos se me hubieran helado,

la tierra fue sólo silencio,

un silencio puro y terrible,

como cuando la vida o la muerte

penden de un hilo.



****


Este silencio horizontal,

silencio con eco que me lleva al frío horizonte

como si acabara de estrenar el planeta,

tan lejos del pasado y del presente, 

sólo yo y la tierra helada,

acaso la incertidumbre de un sol anaranjado y redondo,

ninguna ausencia aquí,

ningún dolor...

sólo la espera,

la espera consciente de la movilidad de la tierra 

e ignorante del porvenir.

miércoles, 17 de noviembre de 2021

EL SILENCIO, por Tomás Sánchez Rubio.

 


A Ricardo no le gustaba hablar, tampoco escuchar. No había sido un niño especialmente triste. Bueno, un poco sí, la verdad; aunque más bien podría ser calificado como “indiferente”. Había tenido dos o tres amigos, pero todos algo extraños, como era él. No obstante, a ellos les gustaba de vez en cuando jugar al fútbol y a las canicas. A Ricardo eso no le importaba… mientras permanecieran callados cuando estuvieran con él. Pasaban todo el recreo sentados en un banco apartado del patio, cada uno sumido en sus pensamientos. A veces sonreían ante algún recuerdo u ocurrencia graciosa, pero lo normal es que se mantuvieran la media hora mirando al frente, con la vista perdida en algún horizonte inexistente.

            Ricardo era el único del pequeño grupo que se ponía algodón en ambos oídos durante esa extraña vigilia matutina. Al tocar el timbre para volver a clase qué tortura─, se quitaba las torundas y, sin despedirse de los demás, volvía cabizbajo al aula.

            En su casa, casi todo el rato permanecía en el cuarto. También su hermana mayor, Clara, estaba mucho tiempo encerrada en el suyo, pero se podía oír, al pasar por la puerta, alguna melodía emergiendo de su radio casete de antena desplegable. Él, sin embargo, no escuchaba nada debido al revestimiento especial con que sus padres, como último regalo de Reyes y atendiendo a su carta a los magos, habían colocado en las paredes de su dormitorio.

            Con los años, Ricardo llegó a la universidad. En su ciudad se cursaban los estudios que había escogido, por lo que seguía viviendo en casa. En su clase había una chica que le gustaba; sin embargo, como le daba una tremenda pereza hablar con la gente, nunca llegó a dirigirle la palabra, ni siquiera la saludaba, a pesar de ser tan puntual como él y encontrarse ambos en el aula solos en más de una ocasión, antes de que llegaran los demás. De todos modos, al escucharla un día reírse y charlar de manera desenvuelta con otras compañeras y compañeros, percibió que tenía una voz demasiado aguda, lo cual, de modo irremediable, acabaría dándole ─de forma literal, no figurada─ más de un dolor de cabeza. Eso lo disuadió de  entablar cualquier tipo de relación con ella.

            El único medio amigo que tuvo en la etapa universitaria, Fran, vivía cerca de él y a veces lo esperaba para volver juntos, sin hablar en todo el trayecto, por supuesto. Fran le comentó un día que había encontrado un trabajillo como “paseador de perros” y que no le iba mal. Ricardo, a quien le hastiaba cualquier conversación sobre todo a la salida de clase ─aunque le pasaba lo mismo a la entrada, por otra parte─, no respondió; sin embargo, se quedó pensando. No le desagradaban demasiado los animales, pero de plantearse él mismo ese trabajo, seguro que lo acabarían fastidiando los jadeos y eventuales ladridos caninos. También lo pondrían enfermo los tirones de la correa... Se adaptaría mejor a su carácter ser paseador de tortugas o algo así.

            En ocasiones, considerando su futuro inmediato, pensaba con desgana en la posibilidad de encontrar un trabajo, pero eso de relacionarse y escuchar tonterías del compañero de la mesa de al lado no lo convencía en absoluto. No sabía por qué, le venían a la cabeza esas escenas de series policíacas las únicas que veía con cierto interés siempre que no gritaran demasiadoen que el abogado de oficio del delincuente de turno ejercía de convidado de piedra: acodado en la mesa y apoyando la mejilla derecha sobre los nudillos, el actor pasaba el tiempo sin rechistar escuchando cómo el detective acosaba a su indefenso defendido…

            Cuando Ricardo acabó la carrera, no obstante, no tuvo demasiado problema en encontrar trabajo, la verdad. No le gustaban las reuniones con los jefes, pero lo peor fue tener que independizarse al cambiar de ciudad.

            Siempre tuvo conflictos con el vecindario. Había pasado por varios apartamentos alquilados y siempre en cada uno de ellos daba casualmente con vecinos ruidosos: unos tenían niños y niñas pequeños a los que les daba por ponerse a llorar a deshora; otros roncaban; incluso había algunos que le daban con excesivo ímpetu al interruptor de la luz al ir a acostarse. Eso por no citar al que echaba a rodar la clásica canica. En fin...

            Un lunes, como cualquier otro, se levantó con fastidio al sonar el despertador. Era un ligero zumbido, pero el suficiente para hacerlo salir de su sueño, siempre ligero y superficial. Le pareció extraño no escuchar a la vecina de arriba, ya que esta acostumbraba a comenzar su jornada al mismo tiempo. Mientras se lavaba los dientes y se afeitaba, tampoco oía el ruido de tuberías característico a esas horas. No prestó atención.

            Sin embargo, cuando salió a la calle, no se veía absolutamente a nadie. Empezó a sentirse inquieto. Incluso le pareció que sus pasos resonaban de otra manera, no tan sonoros como normalmente ocurría cuando la vía estaba poco transitada. Por otro lado, las luces de las farolas presentaban una intensidad algo más baja de lo habitual. Aceleró el paso a la vez que lo hacía su corazón.

            Llegó por fin a la boca del metro. No había nadie subiendo las escaleras de acceso; tampoco bajaban. Ni rastro de la multitud con que diariamente topaba en todas direcciones. En los andenes, ni un alma. Tampoco se percibía el mínimo sonido. No obstante, llegó el vagón a la misma hora de siempre. Paró y abrió sus puertas… Ricardo dudó antes de subir, ya que no distinguía ningún viajero a bordo. Al final, lo hizo… El metro parecía ir más rápido que nunca, incrementado la velocidad exponencialmente. Ricardo no pudo más y dio un grito desgarrador, inacabable… Luego, con la vista perdida, sentado con los brazos alrededor de sus hombros, comenzó a hablar sin parar y en voz alta. Parecía contar sus pecados en un confesionario móvil… Pero lo que hacía era relatar detalles de su vida, de su infancia; hablaba de su hermana, de la chica que le gustaba, de su primer trabajo...

            El resto de viajeros que abarrotaban el vagón, tras el primer sobresalto, lo miraron con extrañeza y estupor. Él seguía hablando, hablando solo sin parar...

sábado, 30 de octubre de 2021

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 59, 30 de octubre de 2021 "Peligro".




 

A LA INMENSA MAYORÍA, por José Luis Raya.




Cada vez observo a más y más autores, tanto en el mundo real como en el virtual, que abominan de la literatura de masas y se centran en aquella que coquetea con esa inmensa minoría. Se han vuelto elitistas, porque buscan a un lector culto o, mejor, extremadamente culto; exquisitos, porque en su mundo no puede entrar nadie que no pertenezca a su mundo; pedantes, porque se unen las dos facetas anteriores en la misma facción; distantes, porque no congenian con las apetencias de los demás; arrogantes, porque no se plantean nada de lo anteriormente dicho; soberbios, porque su opinión es irrebatible. Pues sí, me he quedado a gusto. Trato de ir seduciendo a más lectores sin menoscabar la calidad literaria, quiero indagar en su universo e inmiscuirme en sus gustos e inquietudes. Mis alumnos, sus padres, familiares o amigos, y así más de dos tercios de españoles (me estoy quedando muy corto) están siendo arrastrados por la era de la imagen, de lo inmediato, de lo efímero y de lo cutre. Lo peor de todo es que nadie hace nada por evitarlo, salvo distanciarlos aún más. Las televisiones y las RRSS alimentan diariamente a todos esos consumistas de lo mundano, de lo superfluo y de lo insustancial. Nosotros, los docentes, deberíamos encarrilar a todos esos lectores potenciales que no leen porque les aburre leer. Esta es la respuesta estandarizada que utilizan. Si los que nos consideramos medianamente cultos, abonamos los senderos del oscurantismo gongorino, por mal camino vamos. El Día de Todos los Santos acudí a mi ciudad natal para cumplir gustoso con la tradición de rendir tributo a nuestros difuntos. Ni cuatro meses hace que mi madre se marchó. Aunque me siento ya malagueño, uno no puede olvidar sus raíces. Aproveché esta circunstancia para acudir a un magnífico evento literario que pretende acercar la cultura al pueblo. Ese pueblo que deseo que se aleje urgentemente de lo ramplón. Sinceramente, urge. Ha sido denominado Aula Abentofail de Poesía y Pensamiento, donde realizan excelentes encuentros a finales de cada mes. El evento fue inaugurado en 1999 por Félix Grande, al que siguieron insignes escritores, pensadores o poetas como Luis Alberto de Cuenca, Justo Navarro, Pérez Reverte, Sánchez Dragó, García Montero, Eslava Galán o Jesús Ferrero por mencionar a los más renombrados. Y así más de un centenar que encumbra a la ciudad de Guadix a un pedestal cultural digno de encomio, coordinado y presentado fenomenalmente por el accitano Antonio Enrique, nada más y nada menos. El resto de los poetas o escritores que han sido invitados no voy a decir que son menores, ni mucho menos, pero sí son grandes desconocidos para el pueblo. La poesía es un género que estuvo y sigue arrinconado, incluso, en los lejanos anaqueles de las librerías más minoritarias. Disculpen la redundancia o el énfasis. A este paso solo se leerán entre ellos mismos en una suerte de autofagia y autocomplacencia, e irán distanciándose aún más de esa masa que se sumerge solo en el mundo de la imagen y la tecnología. Este último encuentro fue instructivo y emotivo, la poesía debe tener una carga emocional importante, de lo contrario se parece más a una receta de cocina. No existe el poema perfecto —siento disentir—puesto que no existen las emociones perfectas. Si un autor invitado no acepta matices, ni comentarios, ni opiniones acerca de lo tan magistralmente declamado, me hace ratificarme en lo que he comentado al principio, ¡con lo que me gusta equivocarme! La poesía y sus lectores van encaminados a convertirse en una especie de secta o congregación masónica inaccesible porque hay algunos que te cautivan por un lado, pero por otro te rechazan, puesto que se sienten instalados en el Olimpo de los Dioses —vanitas vanitatis— cuando verdaderamente no los conoce ni Dios. Desde la humildad y la sencillez reclamo una nueva poesía dirigida a esa inmensa mayoría, como diría aquel poeta.

EL ÚLTIMO GOLPE, por Cristina Zarca Pérez.

 

Pintura de Carmen Alonso Álvarez

En un pueblo tranquilo, la corriente del río transcurre por debajo del viejo puente de piedra y arena; un niño solitario juega a las canicas; el pueblo duerme la resaca de la noche anterior; las empedradas calles denotan un vacío silencioso, solo roto por los golpes de las canicas. El niño, ajeno a todo, sigue solo y únicamente se oyen levemente sus golpes contra un enemigo invisible.

Hasta que una conocida voz le llama:

¡Voy mamá! ¡Déjame que dé este último golpe! Y…, efectivamente, fue su último golpe. Un coche extranjero de alta gama apareció de pronto de la nada; sin percatarse el conductor de que en la calzada había un niño que jugando.

 

SOLA CON EL PELIGRO, por Pepe Velasco Romero.

 


Jamás, ni en sus peores pesadillas, hubiera imaginado el grado de fanatismo  y crueldad que podía llegar a alcanzar el ser humano. Ella, que desde que tenía memoria había tenido  alma de artista, y como poeta siempre le había cantado al amor y gustaba de ensalzar la belleza y  los más altos valores del género humano. No, no podía dar crédito a lo que estaban viviendo en esos instantes. Desde que aquellos fanáticos desalmados la aprehendieron, no sabía bien el tiempo que había transcurrido; se sentía estar mecida por el constante y persistente riesgo, como un muñeco desmadejado e inerme, y tenía la sensación continua de tener en su boca un puñado de arena que hubiera de masticar sin parar y sin la más remota posibilidad de deshacerse de él o de deglutirlo de forma alguna. Aquella sensación tan desagradable y la vez rara ella la achacaba sin ningún atisbo de duda a la persistente angustia  y desasosiego que se había instalado en ella desde que sus captores la sacaran de su casa para arrastrarla hasta aquel lugar inmundo. Si Nadia hubiera de definir aquella sensación, no le cabria duda de cómo habría de hacerlo: era como si allí se mascase el peligro.

         Tenía la desagradable impresión de que el peligro era algo físico, tangible, que parecía culebrear a través de su espina dorsal por entre la tela de aquella, para ella, absurda y anacrónica especie de saya que le habían hecho vestir. La sensación era como si una sabandija repugnante le subiera desde el coxis hasta el occipital en la misma base de su cráneo, en un zigzagueo que parecía premeditado e inteligente. Como si se comportara así exprofeso para causarle un terror a la vez que soterrado, persistente y demoledor. Para inocularle en sus carnes aquella angustia atroz y más que real que flotaba por cada rincón de la estancia como niebla espesa y fantasmagórica. Cada detonación seca; cada rasgar el aire de un acero; cada puerta cerrada con violencia u órdenes vociferadas con premura; cada resonar de pasos en tropel a través de los angostos corredores. Todo ello producía en ella una sensación de ansiedad e indefensión tal que erizaba todos y cada uno de los vellos de su cuerpo.

      Y a ella, Nadia Sayeed, artista de las palabras, creadora de belleza con el lenguaje, cantadora del amor desde que apenas hubo aprendido a hilvanar las palabras, se le hacía muy difícil aceptar aquella situación a todas luces brutal e irracional. Una brutalidad que en un principio supuso gratuita, pero que conforme se fueron sucediendo los acontecimientos y entrando personajes en escena, concluyó, no sin razón, que toda aquella escenificación tenía un fin muy bien planificado y definido. Tenía como objetivo máximo conculcar en ella el miedo. Hacerla conscientes del peligro que la circundaba. Allí estaba ella en aquel lugar donde vehementes fanáticos intentaban  matar sus palabras. Cercenarlas para que no pudieran cumplir su objetivo último de gritar libertad.

         Allí contempló horrorizada, en una ocasión que pudo vislumbrar el exterior a través de la exigua rendija de una enrejado  pero a la vez maltrecho ventanuco, al que pareció ser un buen hombre, indefenso y resignado, con el desamparo dibujado en su rostro desvaído, siendo decapitado de un solo tajo de irracional acero. Su cabeza rodó por el pavimento sucio de tierra reseca que no tardó en beber su sangre con ansia y sed de tiempo. En ese instante, Nadia comprendió que su libertad y la poesía que con tanto mimo desde siempre había cultivado, incluso su vida, habrían de ocultarse en profundas cloacas de miedo y de silencio. Porque el peligro estaba a la acechanza constante. En su febril imaginación,  a ella se le aparecía como un nocivo magma que le rondara de continuo, enmudeciéndola y paralizándola, y aquel efluvio parecía actuar como una entidad adiestrada para tal menester.

 

Nadia se retrotrajo en el tiempo y a su mente vino el recuerdo de momentos felices de días sin más preocupación que la de intentar ser feliz junto a los suyo. Días de preocupaciones cotidianas y cuestiones triviales  que ahora le hacían sentirse ridícula por aquellas pretéritas y poco acuciantes preocupaciones. Ahora lo que posiblemente estaba en juego era su propia vida, y la ensoñación duró poco. El sentimiento de peligro continuaba  ahí, corroyendo su ánimo como un gusano “barrenador” perforaría la carne en la que fuera depositado en estado larvario para, así, sin prisa pero sin pausa, poder desarrollarse,  destruir y a la vez alimentarse de la carne en la que fue depositado.  

 

        -¡Tengo miedo, mucho miedo! –confesó Nadia aterrorizada a su compañera de cautiverio.

         -¡De eso se trata, de someternos a través del miedo! En un principio nos exponen a una situación de peligro real o ficticio a través de la cual nos inoculan el miedo y a partir de ahí nos convertimos en auténticos zombis. En fieles y leales servidores de nuestros propios verdugos.

 

        Nadia se quedo mirando expectante y un tanto admirada a su compañera  de suplicio. No se había fijado en ella antes. Pensaba que la constate y expeditiva sensación de peligro en la que la  habían mantenido durante todo el tiempo que la tenían retenida había atrofiado casi por completo todos sus sentidos.

       -Tú no eres del país, eres extranjera, ¿verdad? –preguntó Nadia intentando fijarse mejor en ella pese a la lobreguez de la estancia.

      La otra la miró a su vez, pero nada contestó.

    -¡Dime algo, o me volveré loca! –pidió Nadia en tono de suplica.

   -¿Cómo te sientes? –le preguntó la compañera de cautiverio. Hablaba en su propia lengua con un acento más que aceptable.

    -¡Siento como si una mano gigantesca me estuviera oprimiendo el estómago sin parar a la vez que me lo arañara con saña! –contestó Nadia con franqueza.

    Volvió a mirar al rincón donde casi podía adivinar que se encontraba su extraña compañera, porque apenas podía verla, solo llegaba a escuchar su respiración entrecortada y, creía, podía adivinar su silueta recortada contra la exigua claridad que se filtraba a través de alguna rendija errática. Pero al centrar su mirada con más atención en el lugar donde le había parecido verla, comprobó, confusa y estremecida, que allí no había nadie.

      Aquel rincón estaba vacío.

      Estaba sola en aquel cuchitril inmundo. Estaba sola. Sola con su delirios, sola con sus miedos, sola con sus congojas… sola…  Quizá, todo fuera producto de su imaginación calenturienta y delirante. Estado al que la había llevado la percepción de constante peligro y del miedo exacerbado nacido de este  irracional contexto. Tenía que ser fuerte y sobreponerse, ser capaz de soportar la constante zozobra por la que le hacían pasar en todo momento para que esta no terminase por minar su razón y la hiciera olvidar hasta su identidad real. Pero el ambiente de exacerbado peligro persistía, y Nadia concluyó desalentada que la Nadia que saldría de allí, si es que lo lograba algún día, nunca volvería a ser la misma Nadia que entró. Y se sentía indignada a la vez que afligida. Enfurecida con la situación y a la vez con ella misma, por no creerse capaz de vencer con la tenacidad de sus convicciones la sinrazón ciega de aquellos fanáticos. No se sentía con fuerzas ni se creía con el suficiente valor para hacer frente a aquel estado de cosas y, por ello, se abandonó a su suerte.