La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de septiembre de 2016

Lluvia redentora, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



Y, de pronto, noviembre se echó encima. La casa enmudecida se hizo sombra de sí misma. Paredes negras. «Alud de tiempo frío y destemplado», pensó. El hombre aspiró su vejez. Su edad tejida con las vidas agostadas de otros tantos, la suma de sus yos: chiquillo —remotísimo y cercano—, joven, adulto, finalmente viejo.
            Fuera, repentino, el amarillo como ocaso de la tarde y de la vida. Arrebujado en la añosa butaca, agradeció el recuerdo de un brasero inexistente; retrocedió hasta palpar su calorcillo confortante; hasta fundirse con el niño que un día fue.
            El hombre siguió sentado. «Sentado eternamente», rumió.
            No dio la luz. Dejó los leños consumirse lentamente, rescoldos humeantes en la oscura chimenea.
            Dentro, otro amarillo; la lengua de las llamas casi extintas. «El fuego de la vida que se apaga», caviló.
            A las faldas de la mesa, un perro alzó los ojos apresando aquellas cábalas del hombre, su dueño. El fiel aliado supo, sin necesidad de raciocinio, que el silencio era el preludio de una ausencia prolongada, acaso perpetua. La tímida caricia confirmó la despedida, el gemido lastimero entre la noche ya incipiente.
            Hubo sombras repentinas en la calle. Murmullo grave de las nubes, los truenos apagaron el fulgor de atardecida. Tranquila, llegó la lluvia. La lluvia de noviembre, su lánguido repique. Antesala de tormenta desatada: de la llovizna al chaparrón.
            El hombre dejó de respirar. El perro aulló a una luna imaginaria, oculta por celajes de tiniebla.
            Los contornos de la casa se esfumaron poco a poco: muros, muebles, lumbre, animal, ventana picoteada por las gotas. El mundo y los minutos se olvidaron de relojes, tornándose confusos y borrosos, fundidos finalmente con el cielo ennegrecido, con el agua que manaba de su vientre…

            El viejo abrió los ojos. Ojos distintos. Miró y remiró alrededor. Después adentro. Había luz de lluvia y un arcoíris de la infancia en su mirada. El instinto se lo dijo sin dudar: era niño otra vez. Muy niño.
            El viejo se agitó en una cunita, ambiguo y casi ciego. Su llanto coexistió con los retazos de otra lluvia, de otro hogar y de otra vida.
            Antes de olvidar su pasado (tal vez sus pasados, ¿quién sabe cuántos?), el viejo supo que había muerto y renacido.
            En los últimos instantes, ligados fin y origen, dio gracias a la lluvia y su regalo, su nuevo nacimiento, su historia por vivir y por contar.


            Muchos años después, el bebé recordaría este momento. Con otro ocaso. Con otra lluvia redentora. 

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