La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de septiembre de 2016

La tormenta, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN.



La crisis se produce cuando lo viejo no acaba de morir y cuando lo nuevo no termina de nacer.   

(Bertolt Brecht)

Eché a andar sin tener en cuenta los caminos, salí huyendo, como saltando al vacío, puede que mi meta fuera la línea roja del horizonte. No sabría decirte con exactitud por qué salí aquel día tan repentinamente. Tal vez porque la noche anterior había soñado que bailaba con pétalos de flores, y me sentía como los samuráis bajo la flor de Kamura.  Hice un alto en el parque junto al rincón del bambú, donde suelen reunirse los pájaros en concierto  y hablar entre ellos idiomas extraños, aquellos pájaros trinaban como gritando, un grito orquestado. Cerré los ojos para mejor escuchar aquella melodía cifrada ¿qué anunciaban?, inútil descifrarlo porque yo no podía escuchar nada más que el sonido de mi propio llanto.
Continué la marcha hasta dejar atrás el asfalto, y una vez estuve a campo abierto, reparé en una araña que tejía su tela al borde de un sendero olvidado; me adentré por aquel senderillo cegado de hierbajos y me dirigí a una pequeña casucha de labranza que se veía en ruinas.
Una silla desvencijada moría de tedio en el zaguán, como si todavía esperara la llegada de su dueño. Las contraventanas, claveteadas con viejos y carcomidos tablones, se balanceaban al viento. Las nubes se fueron agolpando vertiginosamente, el bochorno intenso, unido al calor asfixiante, presagiaban tormenta, tormenta que no se hizo esperar. Comenzó a llover como si algo dejado atrás pidiera socorro, como si los siglos no hubieran de pasar, irremediablemente pasan aunque nos pese.
Entré en aquella vieja casa abandonada instintivamente, para guarecerme del repentino golpe de lluvia. Una cortina de agua se precipitaba por el angosto ventanuco mordido de clavos oxidados. Llovía sobre una jarra de porcelana desconchada, y semienterrada en el suelo.
Dentro, al fondo, un montón de ladrillos y piedras desmoronadas taponaban una de las puertas de acceso a otras dependencias de aquella destartalada y fría estancia. Olía a hollín y a humedad, y fuera continuaba lloviendo sobre las piedras, que mostraban ya su verdadero rostro. Arreciaba sobre los campanarios, que señoreaban a lo lejos su vertical fortaleza. Desbordada, el agua, perseguía los guijarros por los barrancos, y cauces secos, arramblando con todo lo que encontraba a su paso.
Llovía sobre la conciencia de los vivos, y la desesperación que habita prisionera en el cuerpo del moribundo. Llovía sobre los tejados, llovía sobre la anciana doliente de su vejez. Llovía sin remedio sobre las crines sudorosas de los caballos, sobre el puente, sobre las amapolas, y el trigo por cosechar. Llovía a pesar del sufrimiento, a pesar de la risa o el llanto llovía. Llovía a pesar de la maldad que habita en el corazón del hombre, y también, a pesar de la bondad.
Me vi mirando llover como si hubiera estado allí desde siempre, desde la prehistoria, cuando la tormenta no era más que el enfado de una diosa caprichosa y nefasta. Y tuve la certeza de que seguiría lloviendo sobre la tierra, aunque no existiera ya ningún ser humano sobre ella para verlo. Porque no era el cielo el que llovía, era el mar, que revertía sobre sí mismo, para recordarnos que no somos más que  una frágil conciencia que se interroga.
¿Acaso la tierra sabía de mi tristeza, conocía mi pesar, mi desconcierto?
No, Ojos de uva, la tierra no sabe de sus criaturas, como el espacio no sabe de los planetas. Viajamos solos, y casi a ciegas por el vasto infinito; aunque formamos parte de ésta nave orgánica que gravita. Y, sin compasión, cae sobre nosotros la muerte o la vida, sin apenas darnos cuenta.
Miré a mi alrededor, allí no había más que rastros de vidas pasadas, sobre la repisa de la vieja chimenea: un cuenco de sal apelmazada y amarilla;(la sal se deja en los lugares que se abandonan, pensando que alguien pueda visitarlos después) dinteles sin puertas, alhacenas vacías, telarañas ociosas, puntales que sostienen tejados rendidos, maderas carcomidas. Todo era abandono. Sin duda, aquellas paredes sabían de oscuridades, de miserias esperanzadas, porque parecía como si buscaran algo o  a alguien en el vacío.
Fuera, continuaba lloviendo, y, yo, allí inmóvil, me sentía como un caracol cargando con su concha. ¿Qué hacía allí viendo llover? No sé, pero lo que si sé, es que no siempre llueve igual, y, aquel día llovía como perdonándonos la vida, poniéndonos sobre las frentes una señal de purificación, repitiendo una antigua consigna o ley, que habíamos olvidado: “polvo eres y en polvo te convertirás”. Y claro, después de ésta rotunda sentencia todo se relativiza, y hasta se cambia radicalmente de perspectiva.
Ya sabes, Ojos de uva, que los poetas somos gente demasiado sensitiva, nos mata, tan solo, el vértigo de detener la mirada en lo que nos rodea.
Escampó al fin, ¡qué alivio, después de haber llovido tanto! Decidí volver, aunque no sabía muy bien como sortearía el barro y, el lodo acumulado en el camino.
Pero en el momento justo de cruzar el umbral, escuche por entre aquel montón de escombros apilados, un murmullo, algo que parecía escabullirse por entre los cascotes. Se me erizó la piel, quedé paralizada por el miedo, fui girando lentamente la cabeza, conteniendo la respiración, y, miau, miau, allí estabas tú,  Ojos de uva , diminuta, aterida, con las orejillas expectantes , y los ojillos abiertos como platos, temblando de frío y de hambre, que apenas podías mantenerte en pie. –Ven aquí gato- te dije, y juntos, hicimos el camino de regreso.
Ahí estábamos los dos, mujer y gato, volviendo  del desconsuelo, del dolor, del desamparo. Mirando las cosas con ojos nuevos, bajo la misma tierra, y el mismo cielo. Apenas dos frágiles criaturas. Somos tan vulnerables…se nos hiere apenas con un gesto, con una palabra, basta la mirada del otro para amar o ir muriendo lentamente.
Si fuéramos capaces de ser como los árboles: ellos descifran el idioma de los pájaros, soportan las tormentas, sufren las inclemencias de las estaciones, son golpeados por las riadas, y a pasar de todo, sobreviven; van curando las heridas con su propia sabia, mudan la corteza, y de éste modo van conformando el idioma silencioso de las cicatrices.
Siempre es tiempo de emprender el camino de regreso, de comenzar de nuevo. Salvemos pues, lo que nos quedó del último naufragio, y emprendamos de nuevo la travesía. Aquí no hay barcos naufragados, lo sé, pero aún si los hubiera, serían como esqueletos de ballenas varadas;  blancas osamentas expuestas al sol, y al arbitrio de los vientos.
Vamos, mañana será otro día.


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