La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 13 de agosto de 2022

EL HUERTO DE NAJIB, por Juan González Repiso.

 


Fue mi padre, que amaba la naturaleza con la avaricia de un soñador incorregible, el que me enseñó a cultivar la tierra. Todavía vivíamos en las cercanías de Alhaurín el Grande, llevando una existencia tranquila y sin excesos, que es lo normal para la gente humilde. Me decía: ¡Najib, ven que tengo que enseñarte una cosa! Yo iba corriendo, deseoso de descubrir qué tocaba hacer aquella mañana. Y era raro el día en que no me acostaba sabiendo algo nuevo sobre las semillas, las hortalizas o las hierbas aromáticas.

            Yo, que nací en el sha'ban del 845, con apenas veintidós años viví mi primer éxodo, el primer desgarro geográfico. Huimos de la inseguridad provocada por las constantes escaramuzas fronterizas con los cristianos.

            Desde entonces me dedico a mi huerto y a un puñado de animales en los arrabales de Móndujar, en el feraz valle de Lecrín, entre las Alpujarras y el mar. Este es mi pequeño universo, mi paraíso, mi vocación, en realidad. Alimento a mi familia con lo que siembro y me encanta sentir el frescor de la sierra cuando cae la tarde y puedo descansar tras muchas horas de binar terrones y arrear a la mula.

            Nunca he sido un hombre de ciudad, ni de alhóndigas concurridas, ni siquiera de zocos y, menos aún, de multitudes. Mi mundo empieza y acaba con las lechugas, las cebollas, las calabazas, los ajos y los puerros que recolecto con orgullo. Y junto a la puerta de la casa, yerbabuena y romero, para dar olor a este mi rincón granadino. Mi familia y yo nos sentimos bien sembrando y recogiendo lo que nos proporciona el sustento. No hemos pedido al Altísimo otra cosa desde que llegamos a este generoso valle. Y damos las gracias por ello cada día.

            Pero hace un año, más o menos, con cincuenta y un años ya a mis espaldas y apenas una década después de que los reyes cristianos tomaran posesión del castillo rojo, una pragmática castellana nos obligó a una conversión forzosa a su fe. Ahora nos llaman moriscos; ya no somos mudéjares, que en mi lengua viene a decir Al que se le permite quedarse. Nos dejaron permanecer en las morerías, como ellos las llaman, igual que a los judíos en sus aljamas. Poco queda del espíritu de las Capitulaciones de Santa Fe, que prometían respetar nuestras costumbres mientras no diéramos problemas. Con la nueva orden, que se aprobó tan solo unos días después, ni siquiera podemos cambiar de reino. Se excusaron en la Rebelión de las Alpujarras y del Albaicín, pero yo, y muchos otros, estábamos recolectando o abonando los cultivos; no hemos sacado nunca los alfanjes pero tampoco  hemos quemado el Corán en la plaza de Bib-Rambla, como hicieron algunos. La más terca de las injusticias se ha cebado con nosotros. 

            Ya no puedo abandonar mi huerto, es la razón de ser de mi vida entera, y Al Ándalus la tierra donde nací y donde he aprendido a disfrutar de los arroyos, los bosques y las montañas, como el milano disfruta soberbio de la tierra que sobrevuela. No imagino una existencia fuera de aquí, estar en otro mundo que no sea mi casa de labranza rodeada de un huerto, un granero y una pequeña era para el cereal. Un lugar mágico, por donde fluye el agua como un regalo del deshielo de Sierra Nevada, y que corretea nerviosa hacia los naranjales por las faldas. Una comarca donde el viento mece los olivares blanquecinos para incitarlos a crecer.

            El penúltimo sultán de Granada, Muley Hacén, que murió en el año en que cayeron los valiosos pueblos del oeste del reino, fue enterrado en el castillo de Mondújar por voluntad de su hijo Boabdil. Y yo, que si tengo que irme sufriré un martirio parecido al que vivió el nazarí cuando tuvo que salir rendido de su palacio, ruego al Todopoderoso que nos permita seguir viviendo en estos campos y ser enterrado, cuando me llegue la hora, en este huerto que es lo más hermoso que he conocido en la vida.

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