La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 13 de agosto de 2022

CALAFELL, por Cecilia Vila Torra.

 


Aquí me tienes, tomando el sol sin protección. Condenada y empotrada a la pseudo-arena; sustraída de una cantera, por la mano del hombre, sin corazón y sin razón. Quizás algún día, ya se encuentra a la vuelta de la esquina, dicha pedrera se volverá inerte con tales extracciones. Estas, inmunes, contribuyen a la degradación del entorno. La piedra, la muelen a palos como diría mi abuela y luego, reconvertida en pseudo-arena, la esparcen por encima de la playa.  La costa se ha quedado huérfana de arena autóctona. El presente es un simple espejismo de la arenilla de antaño. No obstante, da el pego. El turista, con su habitual rutina, seguirá engrosando las arcas de “don dinero”.

 Era demasiada bonita e idílica la playa virgen de Calafell. Aquel espacio olvidado de los años sesenta. Alguien se hizo el loco cuerdo para que no se edificara. Sus dunas generaban arena natural y finísima. El litoral convivía con una vegetación mediterránea:  la azucena de mar, la oruga marítima y la barrilla borde.

Pero la borrachera constructora volvió otra vez. La marabunta de los años ochenta sepultó la mitad de la costa. El cemento desterró el vergel y las dunas. Todo el mundo hizo oídos sordos a Neptuno. Mientras afilaba el tridente, vomitaba un espumoso abecedario a los descerebrados terrestres: ¡Oh humanos! ¡Pereceréis en las garras de vuestra propia incultura! ¡El frenesí de esta hecatombe sembrará pan para hoy y hambre para mañana!

 Pero “don dinero” se reía del dios del mar y agigantaba su ego y sus cuentas bancarias, hasta hoy.

¡Ya ha llegado el hambre!

La playa llora por la deserción de su arena. Sus lágrimas se han vuelto dulzonas. La salinidad a penas se nota. El mar ha devorado la costa, sin querer. Los humanos han hecho caso omiso a las advertencias de Neptuno. El planeta se ha ido recalentando con la destrucción masiva de todos los recursos naturales. Aun así, “don dinero” sigue y sigue. ¡Que no cunda el pánico! Vamos a destrozar lo que nos queda. Para eso tenemos una cantera a media hora de la playa. Fabricamos pseudo-arena y la vertemos en la costa de Calafell. Problema resuelto.

¿Pero…, cómo…?

Por suerte la cordura aflora en algunas mentes.  Los ecologistas imponen al consistorio vallar una parte de la costa, para regenerar la arena. Entonces la brigada del ayuntamiento se echa a la calle. Crea un espacio protegido a base de estacas y cuerdas. Esperando a que el ojo humano se resista al vicio de pisotearlo.

¡Bravo!

No obstante, yo, formo parte de esta valla. Soy una de las estacas y me codeo, a diestra y siniestra con el resto de la empalizada.  El sol me cruje. Un día fui madera verdadera. Pero me arrebataron del bosque sin mi consentimiento. La arboleda era mi vecindario. El canto de los pájaros me daba los buenos días. Asistía a las carreras de los conejos y los ciervos. Y, la seda del musgo me masajeaba las raíces. Recibía la energía de la savia, muy sabia ella, me nutria.

 Y qué presente adolezco… Majestuoso parezco. Formo y reformo la playa. ¡Ya se desmaya!  ¿A qué precio?

Al precio de estar expuesta a los caprichos del ser humano y a sus continuas desavenencias con Neptuno, dios del mar, con Júpiter, dios de los cielos y con Gea, la madre tierra, por la playa de Calafell.

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