La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

miércoles, 14 de junio de 2017

La anciana Betsabé, por DORI HERNÁNDEZ MONTALBÁN



Aquella tarde de verano la anciana Betsabé volvió a sentarse junto al viejo adobe de arcilla, sobrio asiento de tantos años. Y sonreía mientras la tierra parecía incendiarse por el horizonte. Los años habían acumulado infinidad de arrugas en aquel rostro, antaño bello y enérgico. No obstante, aún brillaban aquellos ojos color dátil, más dulces si cabe a la caída del sol. Sus velos dejaban ya sin pudor que el aire fresco llegara a la boca. Después de aquel día verdaderamente bochornoso, sólo cabía sentarse y dejar que el pensamiento descansara de su abatimiento.
A lo largo de estos años en los que había sido la esposa del rey, nunca hasta ahora había escuchado con tanto deleite el sonido de las cítaras y tambores. Nunca hasta ahora se había sentido como aquella tarde, ni siquiera en los días felices de su juventud, cuando aún vivía su esposo. Urías y su cuerpo olía a Jazmín y a té. Traía el aire un recuerdo, tal vez un presagio de extraña procedencia, porque su rumor dejaba aleteando en el pecho olor a flores y a labios traídos por la brisa. La Anciana Betsabé escrutaba el horizonte y presentía una gran tormenta de polvo, miraba sin ver.
Tantos años habían eliminado de su corazón el intenso odio que sentía por el rey, lo había contenido y disipado en sus largos paseos por los palmerales, y era tan grande su bondad que, sin duda, ya lo había personado.
En estas y otras reflexiones andaba Betsabé, pues cada sonido la transportaba a aquel tiempo de su juventud, cada olor, cada instante del hoy era para ella del ayer. Ahora, asomada a la atalaya se decía.
- Los hombres vestidos con sus mejores galas han venido de todas las tribus, beben vino, comen frutos y exquisitos manjares, se embriagan de música y olores. Después amarán a sus mujeres, y los coléricos, a los que se les amarga el vino por dentro, tomarán a la fuerza a las mujeres de otros. Como en aquella tarde fatídica, cuando aún vivía Urías y el rey requirió mi presencia con el propósito de hacerme suya, mas tarde premeditaría la muerte de Urías.
Tras las puertas de palacio, un David envejecido yace ahora junto a una joven sunamita, agotado de batallas y lujuriosas celebraciones. Todo parecía estar en su sitio y nada sucedía en palacio sin que lo supiera Betsabé. El rey, pese a tantas celebraciones, pese a ocultar todos los espejos, para evitarse a sí mismo el bochorno de su imagen caduca y libidinosa, pese a consultar a sabios y adivinos, a médicos y a profetas, pese a tomar nuevas esposas más jóvenes cada vez, no podría evitar lo inevitable.
La tormenta de arena fue llenando con una lentitud pasmosa el cielo. Entonces, la anciana Betsabé se ocultó tras el mirador y cubrió su rostro con el manto. Mientras, la tormenta fue adueñando de las tiendas de los camelleros, de los puestos del mercado, del palacio…, los vestidos inflados parecían que alzaban los cuerpos, las voces de alarma se confundían con el estruendoso viento. Fue entonces cuando se escucharon los gritos de auxilio del viejo rey, con aquella voz amordazada por el ruido de la tormenta, llamando a su guardia, mientras intentaba deshacerse de aquel jovencísimo y dorado cuerpo de mujer, que le proporcionaba calor y consuelo.
De inmediato se oyó el apresurado caminar de la guardia personal que, al llegar a la estancia del rey, hizo prisionera a la joven e inútilmente intentaron reanimarlo. La sunamita entre el pudor y el terror acertó a cubrir su cuerpo con unas finísimas sedas, y entre sollozos balbuceaba: “El rey ha muerto”. En ese instante se personaron en la cámara del rey tres hombres cubiertos con ricos mantos brocados, médicos y jefes del ejército que, tras constatar la muerte del rey, alzaron la vista hacia la estancia de la atalaya y hacia ella se dirigieron. Cruzando los patios interiores, esquivando la arena y el polvo que la tormenta traía, lograron, no sin dificultad, llegar hasta las habitaciones de Betsabé. Una vez allí se encontraron con su figura serena asomada al ventanal. La tormenta había pasado. Fuera de palacio y más allá de los palmerales, en el inmenso mar de dunas, los jefes de las tribus nómadas intentaban reconstruir y limpiar de arena sus tiendas. El frío de la noche no tardaría en llegar y los obligaría a guarnecerse y cubrirse con sus mantos. Después de este suceso, las tribus darían por concluidas las celebraciones.
Los ojos de Betsabé habrían de contener ahora su emoción, como en otro tiempo contuvieron el odio y la tristeza. Envolvió a los tres hombres con su mirada, inmersos en aquel silencio, ni una palabra fue necesario pronunciar. Tan sólo una lágrima lentísima resbaló por la mejilla marchita de la anciana. Sus pensamientos eran ahora como salmos que acompañaban en su retirada la nube de polvo que cubría el desierto. Sentada en su estera de esparto, acostumbrada a la sencillez y a la obediencia, susurró con humildad y dulzura la conveniencia de preparar funerales y la necesidad de que Salomón ejerciera definitivamente como rey, pues ésta era la voluntad del rey David.

Una vez que quedó sola de nuevo, se incorporó y volvió a mirar por el ventanal, la tormenta de polvo había remitido totalmente y era ahora la oscuridad de la noche dueña absoluta. Se derramaba el cielo en estrellas frías, el corazón de Betsabé parecía girar dentro del pecho y mirando al cielo agradecida, masculló en silencio: “Salomón, mi hijo, será ahora rey".

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