La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de noviembre de 2022

SILENCIO, por Ana Isabel Pérez.

 


 

Me encontré con mendrugos de pan


en los bolsillos, y un billete de metro


certero y provocador, presencia de la ternura.


Tengo esa sensación candente que se lleva adentro,


de agua salina, aparece en la garganta, saborea la boca.


 

Presentir esperanza, cuando solo hay desesperanza.


Vivir en la desesperanza, y dejar correr a la esperanza.


¡Qué complicada es la tristeza!.., cruje en el pensamiento


y quiere acabar con una irrealidad lejana, solo fueron sueños.


Alborotan sin quererlo el tiempo en la calle, y la sonrisa alegre.

 


Me equivoque, mal negocio, me pican los ojos delante del ordenador

LA PALABRA, por Isabel Rezmo.

 



I.            

El camino es nuestro,

solo nos acompaña

la palabra.

 

II.           

Un metal fino,

en el cielo la niebla,

y poder amar.

 

 

III.         

Hacemos letras

callando nuestras bocas,

el verbo ruge.

 

IV.         

En el bolsillo

se esconde el fonema,

la emoción surge.

 

V.          

 Mueren los cielos

en pequeñas gotas,

el aire habla.

ROSAS DE MI YO, por Cristina Zarca Pérez.


 

CLANDESTINO, por Consuelo Jiménez

 


Quiebro la culpa.

Suena el río, corretea el agua. Húmeda campanilla, blanco reclamo de ansia remota. Ebrio mi pensamiento, te sabe mi sien. Ya no eres duda caprichosa, ni estigma en los ojos de la luna, ni furor de plata, altar de amante. Se quedó mudo el verso de poniente, tejido en el secreto enraizado a ti. ¡Ah! luna encendida, estrella en un soplo, deseo. ¿Cuándo sucedimos? Miénteme.

CRISIS, por F. Javier Fernández Espinosa.

 


“Se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

F. Kafka

 

Cuando Gregorio Samsa se despertó

fue en busca de los hombres de la noche.

De los que revuelven en la basura,

de los indigentes, los cadáveres

clandestinos de los cines cerrados.

Escuchó a los obreros levantando

rascacielos en Nueva York, volando

casi por los tejados del mundo sin

alas. Apenas se puede respirar

en las cloacas que van al infierno

ni en los vertederos de intestinos de

los muelles más podridos. Cualquier sitio

donde estuvo le hizo más fuerte y menos

humano, sin misericordia, insecto

al que todos pisan, bestia grosera,

paria de los suburbios del sistema.

 

De Gregorio Samsa aprendí que somos

el carbón que alimenta la caldera

de los siglos consagrados al yugo.

El combustible miserable para

la máquina de mezquindad soberbia

de dioses y usureros inmortales.

 

SEMEJANZAS, DIVERGENCIAS, por María Jesús Ortiz Moreiro

 


¡Hey, tú! ¡Sí! ¡Tú! Tú que vas por una calle decorada con guirnaldas de luces intermitentes. Tú que esperas en la cola para pagar eso que llevas en la cesta. Tú que acabas de echarte a la boca un canapé en la comida prenavideña con los del curro -aún en el aperitivo… ¡cuánto te compadezco! -. Tú que continúas atascado en el mismo punto de hace una hora. Tú que estás colocando ese espumillón por allí. Tú que estás poniendo ese pastorcillo por allá. Tú que no haces nada de lo anterior, pero sigues la inercia de lo que se venía haciendo por estas fechas antes de que un virus parara el mundo… A ti, sí, te pido algo: Detente un momento. Deja de pensar o de hacer lo que estabas pensando, haciendo. Mira a tu alrededor. Fíjate bien en lo que ocurre, en la sucesión de pequeños eventos que trascurren en paralelo, que arman la escena de la que formas parte. Te cuento lo mío.

Estoy en un mercado de Navidad que no se celebraba desde hacía tres años. Es un mercado alejado del centro, del ruido de los turistas, del rugido de los coches que se apelotonan en mayores cantidades en las arterias principales, que está fuera del foco de las cámaras, de las listas de mejores mercadillos de la ciudad. Es un mercado de barrio, de un barrio residencial, tranquilo, de currantes y jubiletas, en el sur, lindando ya con el estado vecino. Hay bastantes puestos. Algunos no están ocupados. Puestos, la mayoría, gestionados por entidades sociales y deportivas de la zona como manera de recaudar fondos para sus respectivas causas. Puestos, por tanto, nutridos por voluntarios. Puestos de abalorios navideños, puestos con comidas y bebidas, la mayoría. La mayoría, con lo de siempre: vino caliente con y sin alcohol, salchichas y carne a la brasa, alguno hay con sopas, alguno hay con gofres o con tartas y bizcochos caseros, algunos funcionan como puntos de información de servicios del distrito, de los bomberos, de protección civil... Hay jóvenes tocando por iniciativa propia sus instrumentos: una con una flauta, otro con un violín, un quinteto de metal…

Eso he visto en mi primera ronda por el mercado, que se asienta rodeando el laguito central de una plaza, cogollo más antiguo del barrio, donde también se levanta una iglesia, de la que entra y sale gente continuamente, probablemente porque han visto que antes otros salían y entraban, aunque en realidad no hay nada especial que esté aconteciendo dentro, salvo lo que se espera encontrar, detalle arriba, detalle abajo en una iglesia antigua de una barriada periférica. Antes del parón pandémico solía comprar la salchicha de rigor en un puestecillo instalado junto a la iglesia. Recordaba que eran especialmente diligentes cobrando y sirviendo, que el producto era aceptable en cuanto a relación calidad/precio y que el trato era correcto. De ahí que esté justo aquí, ante el susodicho, desde donde te hablo. A la salchicha que me han adjudicado le queda vuelta y media para terminarse de dorar. Algo así me explica el salchichero, un sesentón afable que hace bromas continuas con sus compañeros de fogones y con quien lleva la caja. No recuerdo si eran los mismos de la última vez, pero sí que había ese mismo ambiente distendido, muy, pero que muy de agradecer por estos lares, donde no es para nada la norma. No parece que haya cambiado nada en tres años tres que han pasado desde entonces. “Detente un momento”, me digo. “Mira a tu alrededor, fíjate bien”, me repito.  

Miro y veo que quien espera turno delante de mí le pega un bocado a la puntita de salchicha que asoma por el pan por el que la agarra y que le acaban de entregar. Se endiña un pedazo generoso antes aún de que le den las vueltas, antes aún de rociarla de kétchup y mostaza. Se quema la lengua, claro, naturalmente. Recién la han retirado de la parrilla. Pero los ojos, llenos de ganas, dan por bueno el atrevimiento.

Esta escena, el ansia, el hambre, la impaciencia que despierta en quien la lee, en quien la ve, refleja esa ansia, esa hambre, esa impaciencia nuestra en esta, más que “nueva normalidad”, un aterrizaje en toda regla en un mundo parecido al que dejamos atrás en enero de 2020, pero que no es enteramente igual. Ansia, hambre, impaciencia para que todo vuelva a ser como antes… ilusamente, inútilmente. Tal vez la salchicha tenga los mismos ingredientes que la del mercadillo de 2019. Tal vez los ponys que giran en círculo llevando a cuestas a niños lo hagan con la misma parsimoniosa cadencia que entonces. Tal vez el vino caliente nos achispe y atonte como solía hacer antaño. Tal vez lo que pase es que todo lo de fuera puede ser más de lo mismo, pero nosotros por dentro no. Aunque no llevemos ya mascarilla, aunque no nos sobresalte el estornudo de quien se abre paso entre la multitud delante de nosotros, aunque nos atrevamos a chuperretearnos el dedo pringado de salsa que acaba de caer del trozo de carne asada que nos han servido en un bollo. Hemos visto cosas, hemos vivido cosas, hemos sentido cosas -y no hemos visto, vivido y sentido otras tantas, más que las vistas, vividas, sentidas- que nos han hecho ser lo que somos ahora, por encima de todo, seres muy dispares de los que habríamos sido sin la pandemia de por medio.

Podrán hablar por ahí de eso de “la vuelta a la normalidad”, pero nunca usaremos de nuevo nuestra antigua piel. Ya la hemos mudado. Y de qué manera.