La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 29 de julio de 2021

ARCO IRIS, por Isabel Rezmo.

 


 

Miramos en el armario,  y guardamos

los secretos que no somos capaces de decir.

Porque aún no se entienden que un corazón

atesore miles de formas de amor;

no se  entiende  que un beso sigue siendo

el motor que mueve el universo,

aunque dos sean iguales en una cama.

Aunque tres  roben el bocado en un centímetro

de piel  en un cuerpo.

 

Los muros de carne existen, como existen las cadenas

oprimiendo  la libertad y el deseo.

 

Somos colores que dan forma a los ojos de este mundo,

sustancias vivas que enriquecen la vida en su distintas

apariencias.

 

 

Seres que intentan simplemente, ser como el resto,

tener el derecho de vivir, sin  bajar la mirada o los puños;

 

Lo sucio es trasladar las miserias en la clandestinidad de una

 esquina,

en la mitad de una operación sin término.

 

Los golpes de pecho entonan el mea culpa, cuando

 escondiendo quienes son,

se agarran al sexo degenerado y  a lo correcto.

 

La vida dejó de ser un NODO.

La vida se tiene que vivir sin mordazas.

LOS SUEÑOS DE AIDA, por Pepe Velasco .

 

Aida siempre fue proclive a la ensoñación. A pesar de todos los contratiempos y padecimientos con los que  casi desde siempre le había vapuleado el destino. Siempre soñó, nunca se dio por vencida. Porque pensaba, que sin los sueños se acababan, no quedaba nada; se apagaba la vida. Los sueños… siempre los sueños. Los sueños habían marcado y condicionado su vida por siempre de una forma indeleble… y ahora. Cuando había pasado el tiempo, diluyendo retazos de recuerdos para pretender un nuevo bosquejo  de su destino. Cuando creía haber dejado atrás definitivamente todas las infaustas  vicisitudes y barbaridades vividas. El ciclo se cerraba en torno a ella como una estafa paradójica solapada e inevitable... 

La muchacha  había nacido en un barrio apartado y casi olvidado de la mano de Dios en la periferia de una gran urbe. El pretendido carácter familiar y ambiente cercano de sus gentes, marcaron su vida diaria durante su infancia y parte de su adolescencia. Pero conforme la niña fue creciendo, su percepción de aquella supuesta bonanza en el entorno, fue cambiando de forma paulatina hasta culminar en una opinión completamente contrapuesta a aquella de supuesto equilibrio que ella percibía en su visión infantil. Y lo que a ella le había parecido desde siempre un remanso de relativa paz, se tornó como por arte de magia en un entorno hostil e insufrible del que raudo comenzó a anhelar con salir más pronto que tarde.

La muchacha era hija única de un operario fabril y de una empleada de grandes almacenes. Ambos esposos dedicaban su vida por entero a su trabajo, con un remanente escaso para la atención de su única hija. Pero colmando a la pequeña de mínimos y pequeños caprichos, para así suplir su falta de tiempo para con ella. La mayoría del tiempo lo pasaba la niña junto su abuela materna, que convivía con ellos en el exigua vivienda familiar. Pero sus padres a pesar de todo, y lo más importante para ella, brindaron siempre cariño a su hija a la menor oportunidad que les dejaba el tiempo siempre cicatero y fugaz. Mucho cariño. Quizá esto contribuyó a modelar en ella un exquisito y afable carácter, a pesar de que desde los primeros años de su pubertad fuera una muchachita marcada por sus tendencias y por su entorno. Marcas, que además de los grupúsculos exaltados de siempre. También gran parte de la comunidad de su época, asimismo intolerante e hipócrita, con alta frecuencia  acudía a estereotipos previamente aceptados para zaherirla. Y de ahí la eterna ridiculización pública. Cualquier malnacido se creía con derecho a ponerla en evidencia  por el simple hecho de su tendencia sexual. Aída descubrió cuando en ella se despertó la libido que le atraían y prefería a personas de su mismo sexo.  “Tortillera, bollera, marimacho” Eran algunas de las lindezas e hirientes palabra que había de escuchar a diario voceadas por un hato de individuos la mayoría de ellos anodinos descerebrados. Que aunque la mayoría de las veces los sujetos en conjunto lo hacían de forma maquinal y automática, sin saber muy bien por qué lo hacían. Las consignas estaban ya previamente barnizadas de una pátina de intolerancia y de odio tal, que incidían en la muchacha como dardos envenenados y la herían en lo más hondo de su ser. Aunque ella siempre callara y sonriera a su agresor verbal, la llaga proseguía lacerante y cada día mas enconada. Aída lo había tenido claro desde su primeros escarceos, cuando descubriera que si un chico la besaba lo máximo que llegaba a sentir era indiferencia o incluso repulsión. En cambio, el beso de una compañera de la que ellas siempre había estado enamoriscada la transportaba al séptimo cielo. Pero en aquel tiempo, la opinión que de ella pudieran tener los demás, pesaba mucho en su estado anímico y toma de decisiones; de ahí su perenne y continua inseguridad y zozobra, lo que propiciaba que su autoestima quedara por los suelos. “Quizá por ello, la sinrazón, la intolerancia y el odio; siempre al acecho y que no dan tregua a sus víctimas. Sobre todo si las creen o las perciben débiles e indecisas, no pierde ocasión de cebarse en ellas con encono”. <<Discurría la abuela insuflada por el ardor y amor incondicional que la unía a su nieta>> La situación llegó a tal extremo, que hubo  un momento que Aída sintió autentico pavor de salir a la calle. Sus padres inmersos en sus respectivos trabajos, poco pudieron vislumbrar  del suplicio por el que estaba pasando la que ellos aun consideraban su pequeña. Aida solo tenía el consuelo de la abuela. Pero la buena mujer, aunque estaba con ella a muerte, era de otra época. Educada en una férrea disciplina de recato y sumisión y en sus tiempos, lo que le proponía ahora su niña  era cuanto menos sinónimo de aberrante degeneración. Pero a pesar de todo, la anciana en su fuero interno y contraviniendo años de adoctrinamiento y férrea educación puritana, pensaba que su nieta tenía todo el derecho del mundo a ser como le diera la gana. A la mujer, aunque ya mayor y frágil, el cariño incondicional que la unía a su descendiente, la hacían sacar fuerzas de flaqueza, e intentaba ayudarla tanto anímicamente así como físicamente. Ya se había enfrentado con denuedo  en alguna ocasión a sus ofensores. Pero comprendía con desánimo, que ella sola no podía hacer frente a toda aquella turba de maledicentes. Entonces la buena mujer lloraba impotente en la soledad de su cuarto exiguo. Lloraba por ella, por su nieta y por tantos seres que a diario intuía denigrados y humillados por el mero hecho de ser diferentes. Por ser ovejas negras de la manada. La señora recordaba un episodio ocurrido hacia algún tiempo. Episodio en que se enfrentó con arrojo no exento de solapado miedo, a aquellos miserables acosadores de su niña. Lo recuerda como si hubiera ocurrido hacía unas horas. Abuela y nieta conversaban y caminaban plácidamente entretanto venían de hacer unas compras, siempre pausadas, ajustadas ambas al más lento caminar de la anciana.

 -¡Boyera! –escucharon la mujeres el escarnio a su paso. Pronunciado con voz grave y disimulada, intentando que esta se diluyera en el grupúsculo que holgazaneaban  en un veterano banco del parque por donde ahora pasaban.

La abuela, impelida por una ira sorda, propiciada por el cariño y por lo que ella consideraba a todas luces la iniquidad de la ofensa; se fue hacia el grupo bastón en mano y con su andar pausado y su cuerpo enjuto, se enfrentó con carácter a aquellos indolentes insultantes.

-¡Dime lo que tengas que decir a mí a la cara! ¡ Malnacido cobarde!

-¡Váyase a cagar abuela! –contestó uno de ellos, el más fornido.

-¡Y tú,  adonde tienes que ir es a trabajar en vez de estar ofendiendo a la gente! ¡Gandul sinvergüenza!

El bastón no llegó con mucha fuerza. Pero con la suficiente para abrirle una pequeña brecha en el labio superior al envanecido sujeto. Lo que provoco la hilaridad del resto del grupo.

-¡Te ha arreado la vieja! –coreaban los cofrades alborozados.

El tipo trató de embestir a la abuela, pero de pronto sintió a la altura de  sus ojos unas uñas hundidas como garfios que se le clavaban sin miramientos. Aída, con un salto felino e imprevisto por los otros colegas, se había encaramado en las espaldas del bigardo; cegándolo y entorpeciendo todo intento de movimiento. La lid se saldó con la desinteresada intervención de algunos viandantes  bien intencionados y la oportuna llegada de  la policía que puso e fuga a los indeseables sujetos.  

 

  -¡Abuela! ¿Por qué somos así los seres humanos?

-¡Al rebaño no le gusta que ninguna oveja se salga del redil!  -contestó la abuela en tono sentencioso, como casi siempre gustaba de hacer.

-¡Pero abuela esto no es salirse del redil, es solo ser diferente dentro de la igualdad! ¡Se supone que la comunidad debía de protegerme y de cuidarme, no vapulearme y denigrarme!

-¡Entiende hija mía, que no todo el grupo lo hace!

-¡Ya, pero tampoco pone los medios que debiera de poner para protegerme!

-¡Pequeña, una manzana podrida pudre a todo un cesto. Pero todo un cesto no sana a algunas manzanas podridas! –continuó la abuela con su jerga sentenciosa.

 

Estas y muchas otras conversaciones parecidas mantenían abuela y nieta en tanto la vida transcurría con sus altibajos; impertérrita y con su acontecer imprevisible, ajena a los avatares de los seres que a diario la vivían.    

 

  Aída, a pesas de todas estas circunstancias contrarias y de ser menuda y de apariencia frágil y quebradiza. La naturaleza la había dotado con una privilegiada  inteligencia  y de una voluntad de hierro. Y a pesar de todas las contrariedades, adversidades  contratiempos y de los algunos ataques esporádicos de alguna que otra  panda de individuos descerebrados que sufrió durante su etapa académica, Aída logró finalizar sus estudios con honores, logrando un diploma con “cum laude”  Si es verdad, que siempre tuvo la incondicional ayuda y sacrificio de sus progenitores. Aunque siempre como sombras protectoras, sin apenas estar nunca con ella. También logró  alguna que otra beca que araño de aquí y de allá. Pero sobre todo y ante todo, tuvo constantemente la incondicional y reconfortante complicidad de la abuela. Ayudándola con algún que otro aporte económico que la buena mujer podía arañar a su exigua pensión aun a costa de privarse ella de infinidad de pequeños caprichos. Solo la abuela era partícipe de sus cuitas. Porque ella nunca había hablado con nadie de sus congojas, menos aun con sus padres. Por tanto, superó con arrojo todos los contratiempos y contrarias circunstancias que le salieron al paso. Y una vez validada su novísima licenciatura y  ayudada por su carácter cordial y amigable. Pronto hizo muy buenos amigos dentro del mundo de la farándula local. También los hizo dentro del entorno universitario donde había cursado sus estudios y por donde se movía como pez en el agua dentro de la sección de la materia cursada. El arte dramático siempre había sido su pasión. Y al fin lo había conseguido. Luego y después de integrarse plenamente en aquel mundo que a ella siempre había apasionado, fue posteriormente saltando a escalafones superiores de ese glamuroso mundo. Y su progreso fue gradualmente en ascenso hasta situarse en el cenit de una carrera que ella ni había sospechado siquiera. Pero por supuesto, el camino no había sido ni fue nunca una mullida alfombra de flores. Quizá más bien lo podría calificar de túnel de zarzas y de espinos. Un pasaje con contadas satisfacciones y alegrías y a la vez con un abundante cúmulo de continuas zancadillas  y constates decepciones y sinsabores. Y ahora, una vez saboreado las mieles del triunfo, tocaba volver. Volver a su raíces. A su entorno. A reencontrarse con aquel mundo que dejó tiempo atrás. “Pero los seres humanos solemos ser olvidadizo y por tanto, siempre solemos tropezar con la misma piedra”. <<Como bien habría sentenciado su ya difunta abuela>> Porque el mundo donde ella estaba ahora, nada tenía que ver con lo que en su día dejo atrás…

 

 

La dos mujeres ya bien entradas en la madurez, hablaban plácidamente recostadas sobre el diván del confortable salón del apartamento que ambas compartían y se confesaban sin ambages sus cuitas y sentimientos más íntimos como pareja enamorada que eran.

 -¡Contigo fue algo inexplicable! ¡Sublime si quieres, pero indescriptible!  Jamás había sentido algo así. En un principio intenté de enmascararlo tratando de simular  un recato rancio que ni por asomo sentía. Pues al contrario, estaba pletórica y saciada de complacencia. Jamás imagine que pudiera sentir como sentí contigo. Quizá fuera a causa, o por causa de mi extremada concepción de lo pecaminoso, imbuido en mi durante toda mi infancia y parte de mi adolescencia o quizá por los remanentes aún de una educación dogmática y pacata. Te confieso que hubo momentos en que llegue a sentirme culpable y sucia por sentir de esa manera tan desenfrenada e irracional. Pero poco a poco fui concluyendo y no sin razón, que aquel desborde sensitivo solo eran fruto del amor que ambas nos  profesábamos. Y tanto o más que ese amor, creo que era la afinidad  de caracteres. La forma tan similar de ver y afrontar la vida. La capacidad que ambas hemos tenido para identificar y compartir nuestros sentimiento. Por ejemplo, he comprobado que ambas tenemos muy desenrollada la capacidad de la empatía. Para con nosotras y evidentemente para con los demás.  Y  una cosa muy importante y que creo que me vas a tachar de loca. Telepatía. Parecemos tener telepatía. Tú has hecho alguna actividad y yo al mismo tiempo algo me ha impelido a realizar esa misma actividad. Bueno ya te digo que me vas a tachar de chalada. Pero he comprobado multitud de similitudes en el quehacer diario.

-¡Parece ser que tienes mucho tiempo libre. Además, me sorprenden gratamente tus dotes observadora e investigativas. Pero lo de la empatía, vale que sí. Pero lo de la telepatía, no te parece que ya son demasiadas tías. –objetó  la otra  mordaz.

-¡Bueno, ten en cuenta que solo era un hipótesis de cosecha propia!

-¡Por cierto! ¿Sabes que significa Aída? –preguntó la otra intentando desviarse del  asunto

-No, nunca me lo había preguntado

-Es un nombre de  origen árabe, y significa “La que regresa”

-¡Caray, que coincidencia, lo que yo voy a hacer yo ahora. Regresar a mi ciudad de origen. A mi lugar de nacimiento y donde trascurrió  mi infancia y parte de mi adolescencia.

 

 

Pero cuan equivocada estaba la perenne soñadora. Allí, mimetizados y agazapados, cual depredador al acecho de su presa,  persistían los viejos y nunca erradicados prejuicios. Los rencores. La intolerancia y el odio exacerbado a lo diferente. Y ahora, por añadidura, la envidia soterrada. Todo  estaba allí. Y aunque ahora en ocasiones y según en qué ambientes, velado bajo una pátina de elocuencia grandilocuente que pretendía querer justificar lo injustificable. Todo lo que había dejado al marchar, seguía allí. Y no es que en el  mundo de glamur en el que ahora vivía no coexistieran ese estado de cosas. Existía también individuos y grupúsculos intolerantes y xenófobos. Pero bajo un comportamiento comedido y barnizado todo ello bajo un capa de hipócrita educación y disimulo. Pero allí, en su lugar de origen, persistía tal cual se mostraba. Ahora aun quizá más brabucón y envalentonado.  Animado siempre por charlatanes de elocuencia superflua y sembradora de rencor y de odio. Y estos habladores, cultivadores de esa inquina exacerbada a lo diferente,  parecían haber proliferado como los hongos después de algunos días de vivificante lluvia otoñal.

 

-¡Está todo igual! –aseveró Aída decepcionada.

-¿Tú crees?

-¡No lo creo, lo afirmo!

-¡En que te basas para opinar así!

-¡Solo con ver las miradas! De reconvención unas. De indiferencia otras. De conmiseración las mas. Incluso algunas de asco mal disimulado.

 

-¡Yo creo que no has de ser tan suspicaz!

-¡Como se nota que tú no has vivido lo que yo he vivido aquí!

-¡No te muestres tan pesimista, ni dejes que te condicionen tus recuerdos! –aconsejó su compañera intentando que Aida afrontara la situación desde una perspectiva lo más objetiva posible.

-¡Es algo paradójico! Cuando vivía aquí,  cada momento del día soñaba con marcharme lejos. Y cuando estuve lejos,  cada momento del día soñé con volver. -¿No te parecen un sinsentido todos mis sueños? ¡Adiós para siempre mi mundo de ensueños! –se despidió Aída con la desilusión dibujada en su mirada que no podía dejar de ser soñadora, pero que  ahora se mostraba a la vez desengañada y triste.

BLUE BOY, por Miguel Arnas Coronado.


 

Narrar lo pasado se ha convertido en mal endémico, en obsesión. Se olvidaron la litomancia, los arúspices, la astrología, los auspicios, la tradición verde y escarlata de la Sibila vaticinando desgracias o adivinando uniones de países o familias, presagiando victorias o derrotas. Solo la seguridad de lo ya acaecido.

Sin embargo, la ficción es evidencia de lo que ni ocurrió ni ocurrirá, y se disfraza de ella lo que no es sino intento de retrato fiel de un pasado. Y es que todo ejercicio de futuro tiene su historia.

Achinados me vienen los recuerdos de mirar lo ya añejo. Aquellos gustos míos por las redondeces, las turgencias, los senos areolados, los vellos púbicos, las pieles suaves como dunas marinas, por las caritas pintadas como si les fuera la vida por un golpe menos de sombra de ojos, las ropitas ribeteadas de encajes, sedosas, transparentes. Acaso de ese regusto por lo suave, la pasión por esa paranoia ocultista, al tiempo que exhibidora, de los cuerpos femeninos, vino mi posterior (en ambos sentidos) y más maduro afán por ostentar suavidad yo mismo, por lucir esas ropillas yo misma, por ocultar coquetamente, por metamorfosearme de macho cuitado en travestí recatado y artero, me fui en trueques de ajenas finuras por ajenas brusquedades, de curvas insinuantes en angulosas longitudes, me tomó el ansia por ardientes tratamientos.

Mas la dignidad llega con los años, y brotó de la mano de mi hijo ante quien me avergonzaba por mis locuras. Me convertí en homosexual, olvidado de mis mariconerías, de mi urgencia bujarrona, viniendo a ser solo rarito y travestido a veces con las cortinas corridas.

De mi periodo, digamos, erróneo, quedóme un disgusto por las mujeres, un afán por mantener la casa limpia, una ex y ese primor homicida que es mi hijo.

Este vivió al principio con su madre, con prohibición expresa de ver a “la mujercita” en que se había convertido su progenitor, pero más tarde pesó la rebeldía y la voluntad del joven, unidas a una indiferencia, cuando no odio, por aquella que le dispensó el cuerpo, de modo que buscó mi casa, me conoció clandestinamente y al fin, dando portazo, se asentó en ella tras acarrear sus libros, bártulos y ropas, exclamando tras aparecer cargado y sudoroso: “¿Verdad que no te importa?”.

Lo previsible sucedió: la que fue su matriz denunció y vinieron a prenderme acusado de secuestro. No le había dado tiempo siquiera a ordenar sus cosas. Luego sí las vi ordenadas: los tres tomos en cartoné verde y cantos dorados de Las Mil y Una Noches, un ejemplar de la Biblia, regalo de su abuelo materno, y varios libros de yoga y sexualidad, con un letrero pegado al borde de la balda que los albergó donde rezaba: “Orientalismos varios”, y los discos, aprestados por afinidades subjetivas y no por cronología alguna, situando por ejemplo a Bach y Beethoven junto a Pink Floyd, o a Emerson Lake and Palmer pegado a varios oratorios y óperas de Haendel, autor al que se preciaba de coleccionar.

Dormí en el calabozo. Por la mañana fue él quien me trajo muda de ropa y maquinilla de afeitar. Impidió el encargo de ese detalle a mi amante para no dar lugar a escándalo y empeorar mi situación. Admirando su juventud y devoción, lo dejaron entrar en mi celda y conversar conmigo. Por la tarde volvió con comida más apropiada que el comistrajo servido según ley. Argumentó ante los guardias que era mi hijo, que su madre nos odiaba y que ya había habido casos en la judicatura de fallos a favor de la patria potestad paterna, aportando incluso fechas y número de expediente, en los cuales se valoraba sobre todo la voluntad del menor en caso de que este ostentase madurez. Se olvidaron de él y por la mañana nos descubrieron abrazados en el estrecho camastro. El testimonio de estos escoltas fue definitivo en el juicio. El juez estableció custodia para mí y régimen de visitas para su madre, régimen que ella misma se decidió después a trasgredir.

Todo me pareció tan grotesco que, de no haber sido el veredicto favorable, habría compuesto una sátira ditirámbica en honor del señor juez, que era un joven nervudo y tocado por el don del junco, respecto a quien no supe ver el proceso de seducción ejercido sobre él por mi hijo.

En tanto se instruyó el caso y se entrevistaron interesados, testigos y expertos, la arpía lo internó en un colegio jesuítico. Dos veces escapó tras ridiculizar a varios profesores, que lo ignoraban todo del Aquinate y más del Estagirita, y dos veces fue recluido de nuevo. Días antes de resolverse el juicio, escapó de nuevo, esta vez con éxito, y después de haber pintado innumerables veces en los ocres pasillos del edificio modernista la frase “A LA TERCERA VA LA VENCIDA”.

Mucho me dolió que en todo ese tiempo no pudiera yo ver siquiera al ya aludido amante, pues de haberse hecho público mi afición, muy otra habría sido la sentencia. El endriago maternal me acusó de mal ejemplo por practicar el vicio nefando, por supuesto, pero nadie, de no ser personas de su familia, pudo testificar con pruebas tal extremo y mi hijo aseguró, con británica flema, que durante el corto tiempo que pudimos vernos con libertad me había oído conversar telefónicamente con alguna mujer, acaso colega o pariente.

La exclusividad no existe entre mi amigo y yo. Somos moderadamente fieles e ídem respecto a la infidelidad. Él me cuenta sus iniciaciones a universitarios de su facultad, y yo le hago detalle de mis incursiones secretas para ver a mis viejas compañeras travestis acompañadas de sus chulos, hombrones violentos y ajados que cuando los requiero me tratan como a mí me agrada en ocasiones. Ni sus jóvenes camaradas empecen el gusto que tiene por mí, ni ese afán mío por la dureza obsta para que aprecie sus tiernas caricias, su soberbia delicadeza, su querencia alabanciosa, pues le agrada comparar las turgencias juveniles de sus amantes esporádicos con mis ya un tanto desmejoradas carnes.

El niño, aunque ya medie su segunda década, juega con nosotros: me viste con clámide y coturnos y me invita a declamar a Edipo, o me disfraza de marchito pederasta parisino. Se deja pintarrajear como una bailarina balinesa o rizarse el pelo como un maorí, aceitándose el esbelto cuerpo. Nos canta madrigales del cinquecento compuestos para castrati, o viste traje de gitana y baila algo que quieren ser bulerías. A él lo embute en terno inglés negro, acompañado de hongo y sombrero, imitando un squire de la City, o lo convence de asumir la moda más elegante que, según el chico, ha adornado al hombre a lo largo de los siglos, la del XVIII: peluca blanca, levita rojo sangre, leontina de oro, calzón corto, medias de seda y zapato de tacón grueso. Afirma que el disfraz convierte a la persona en lo que no es aunque aspire a serlo y que, en ocasiones, cuando se da la hipertelia, palabra que descubrió en Severo Sarduy, exagera su modelo llegando más allá de él.

Prefiero el traje de chaqueta azul grisáceo, que aún puedo lucir con gusto y sin ofensa pues mis formas son las de una dama high society de treinta y cinco tórridos veranos, sin exageraciones ni falsificación, trucos o manías que quedaron atrás en el tiempo. Pero el juego es el juego, y satisfacer a mi joven vástago se ha convertido, no en obsesión pero sí en pertinacia. Además, veo que mi amigo goza con estos solaces y tal cosa soslaya cualquier reticencia.

Su agudeza y dominio de las matemáticas le permiten ganar al ajedrez, damas o parchís. Sus múltiples lecturas le hacen arrasar con nuestras apuestas jugando al scrabble u otros juegos de mesa con palabras. Con mucho de Adonis, algo de Ganímedes, y demasiado de Dionisos, mi hijo es un ser adorable que disfruta lo que hace, sea escuchar música, conversar, leer o distraerse.

Y aquí vocifera Casandra, llora el augur, parlotea el arúspice, dibuja, compás y regla, el astrólogo: él me lo arrebatará, será él quien ocupe mi trono, mi triclinio en el ágape de mi amante. Chamán sin otros poderes que los adivinatorios, he devenido mi propio enterrador.

Esta tarde será, esta tarde cuando aparezca resplandeciente vestido igual al Blue boy de Gainsborough, la misma pose principesca, el puño izquierdo en la cadera, la mano derecha sujetando el negro sombrero con plumas de avestruz, la chaquetilla y el calzón de terciopelo azul, los escarpines con lazo a juego con el traje. Disertando sobre Leonardo, recitando a Leopardi y Ajmátova, tarareando antiguas melodías escocesas e irlandesas, hablándonos de los lakistas y comparándolos con Keats, que según él los supera, deslumbrándonos con sus conocimientos de la literatura erótica china y japonesa, alternando en el tocadiscos a Mike Oldfield y el Vivaldi operístico, extendiéndose sobre las arquitecturas descritas por Vasari.

Él será quien ocupe el sitial. Como los antiguos reyes de tribus remotas, vencidos y muertos por el extranjero que llega al poblado, el cual los reta, despoja y usurpa, yo seré desalojado de mi lugar y será él quien acaramele a mi amante. El digno heredero de todo. Como Electra, no me perdona el asesinato de su madre, a quien mató él mismo, aquella que yo fui y ya no soy. Su venganza, ladina y sagaz, no será señalar mis arrugas y semialopecias, sino abandonarme a la conciencia de ellas. Deberé volver a mi papel de buscón solitario y reconcomido, bujarrón que se sabe presa si es que algún depredador se interesa. Seré aliviadero de excesos, carne triste, venéreas.

Cuando constate mi irrevocable deslizamiento por el tobogán, me pondré mi túnica negra, maquillaré, no ya mi cara, sino mi cuerpo entero, me empenacharé con plumas de ave del paraíso, calzaré mis borceguíes de luto, y ante ellos emprenderé el vuelo hacia el Walhalla donde seré valkiria, hacia el Edén donde seré hurí, hacia el Érebo donde seré bacante preferida de Príapo. Beberé la socrática cicuta y me encerraré en mi muerte exclamando: “A todos los agonizantes les asciende el frío desde los pies… excepto a Juana de Arco”.

SHIA, LA TRANS DE GRAN VÍA, por Dori Hernández Montalbán.

 


 

Shía, la trans de Gran Vía, llegó a Madrid desde Algeciras, porque como ella misma decía: ¡claro, allí no podía “ser”!.

En Madrid conocería a Nico, un amigo que sería ya incondicional en el tiempo. Nico lo acogió en sus primeros meses de estancia en la capital y vivió todo el proceso de transformación.

Nicolás es homosexual con mucha vida corrida, intelectual, que lo adoptaría, por decirlo de alguna manera. Shía, la trans de Gran Vía se llamaba Nicasio y vivió con Nicolás durante algunos meses.

Nicolás se dispone a acostarse, la escena comienza con el largo ritual de cada noche: lavado de dientes, limpieza de cutis, etc. En ese preciso momento suena el timbre. Son las dos de la madrugada.  Nico se inquieta, mira a través de la mirilla y, cuando ve que es Shia, abre inmediatamente.

 

*****

 

NICO: ¡Por Dios, qué horas Shía…!

SHIA: Lo sé querido, lo sé. Pero vengo reventá de dar vueltas por todo Madrid y con el corazón en la boca.

Nico cierra la puerta como si de una caja fuerte se tratara. Shía anda por el piso como Pedro por su casa. Se sienta en el sofá con un aspecto desastroso: medias con carreras, maquillaje corrido, una sola pestaña postiza…

NICO: ¡Por Dios, parece que venga de la guerra…

SHÍA: Peor que la guerra, esto ya es peor que la guerra.

Busca en la licorera y se sirve una copa.

NICO: “No le des prisa dolor que este es un concierto de olvido” y el mundo no se hizo en dos días. Relájate, tranquilidad. A ver, dime…

SHÍA: Mi novio…

NICO: ¡Bingo!.

SHÍA: No me interrumpas, por favor que no estoy para aguantar tus ironías. Las cosas no van bien con Gerard ¡y como soy tonta…!

NICO: El que reconoce el error ya tiene medio camino andado.

SHÍA: ¿Me quieres dejar que pueda desahogarme? Lo único que me faltaba a mí hoy. Ayer, Gerard me llamó por teléfono, respondo y nada más oír su voz me recorrió un escalofrío, un temblor… Me dice: “hoy no nos podemos ver porque se me ha complicado la tarde Tengo que grabar el Skech sí o sí. Bueno, te dejo, nos vemos”. Pero yo no me quedé tranquila, me dio el pálpito a mí que mentía porque se lo noté yo en la voz. Y además, porque miente más que parpadea. Así que como yo sé dónde graba, me fui para el estudio y lo esperé en la cafetería de enfrente hasta que lo vi salir. Terminó mucho antes de lo previsto. Salió muerta de risa con un tipo divino…, dicho sea de paso…, unas risas, unos achuchones… que a mí me entraron ganas de morirme allí de golpe.  Así que me fui para mi casa, para morirme en mi casa y que no me encontrara en la calle tiesa. Pero ¿cómo quedarme allí? ¡Imposible! si yo lo que quería era que volviera conmigo aunque fuera para darme un berrinche. No volvió, claro ¿cómo iba a volver…? Así que me maquillé como una diosa y me eché a la calle, a buscarlo desesperada. Después de peregrinar por los garitos de ambiente me volví aburrida, cogí el coche y me fui a los lugares de las élites. Y, mira tú por dónde, salían del Hotel Ritz, vestido de Vesace y con el mismo tío divino. Por poco me da una lipotimia allí mismo. Así que cambié de dirección, cogí el coche y lo seguí a una distancia prudente, llorando como una Magdalena y diciéndome a mí misma: ¡Ay, bastante condena tienes ya con este tío.

NICO: “A trabajos forzados me condena

             mi corazón, del que te di la llave.

             No quiero yo tormento que se acabe

              y de acero reclamo mi condena.”

SHÍA: (Llorando) Eso… ¿Qué? ¿Qué dices?.

NICO: Cito a Gala. Es un poema.

SHÍA: Ahhh, tu siempre con tus cosas…

NICO: Y tú con las tuyas.

SHÍA: ¡Pero esto es muy serio Nico! (Llora lágrimas, unas de cocodrilo y otras más verdaderas). Se bajaron en el Ritz Garden. Iban a comer como los jeques árabes…, y al salir, se besaron como dos posesos, con un descaro que hasta los transeúntes hicieron sonar todos los claxon de Madrid. Destrozada, muerta de celos, hice el camino inverso, y cuando me dispongo a coger el coche, se presentan dos o tres cabezas rapadas más mamados que batallón y comienzan a insultarme, a increparme, me agarran del pelo, me arrancan la peluca: mi preciosa peluca de pelo natural ¡Un dineral pisoteado! Y en el forcejeo pierdo una lentilla y una pestaña, se me hace una carrera en la media… menos mal que había una patrulla urbana cerca, les digo lo que había pasado y los tíos cobardes salen corriendo…, vuelvo en el coche llorando lágrimas de sangre como La Amargura y pienso: ¿a dónde voy? y se me ha ocurrido venir a verte.

NICO: Bueno, pues ya que estás aquí te das una ducha y descansas. Y mañana vamos tú y yo a tu piso y, a este, le hacemos las maletas y a la puta calle.

SHIA: ¿A la calle? ¡A la puta calle!.

NICO: Y no le digas ni media…, le dejas las maletas en el pasillo y le pones el tema de Paquita la del Barrio: “Rata de dos patas”.

 

Suena la canción.

MARIO, por Eduardo Moreno Alarcón.

 



 

Hoy empieza el primer día de tu nueva vida.

Atrás quedan las dudas, tu búsqueda incesante de respuestas, tus lágrimas dolientes, la culpa, la odiosa indecisión.

Algo en ti no encajaba. Desde el principio.

Los estándares. La sociedad. La desviación de lo «normal». Moralina. Hipocresía de tintes religiosos, fanáticos a veces, que nada tienen que ver con la fe (oraciones a la carta, milagros al mejor postor).La biología mayoritaria de la especie. Un argumento abrumador.

Cumplir quince años y enfrentarse a una doble tormenta hormonal. Así lo revives: como un tsunami de emociones. Ellas. Sí, te gustan ellas. No, no hay nada malo en que te atraigan las chicas, por supuesto. Pero en tu caso, el deseo es más complejo.

Tu primera menstruación. Flujo de sangre que te arquea y estremece. Los cambios propios de la edad. Preadolescencia. Sueñas. Fantaseas con erecciones. ¿Cómo será eyacular?

De pronto te das cuenta de lo obvio. Un día lo ves. Piel adentro, tu mente lo reclama. Exige liberarse.

Tu cuerpo no es tu cuerpo. No te corresponde. Es una jaula ajena a ti. No, no eres mujer. Eres un hombre. Un hombre preso, encerrado en una anatomía femenina.

Paradojas de la vida, posees los atributos que atraen a los hombres como tú. Pero esos pechos y esa vagina son tu condena. No los quieres para ti.

Un hombre afortunado. Afortunado, sí, porque tus padres son tu apoyo, consuelo y puntal. Porque te han dado ese respaldo imprescindible para llegar hasta aquí.

No todos pueden decir lo mismo.

Pese a todos los obstáculos (algunos lacerantes), la ruleta de la vida también juega a tu favor: naciste en un tiempo y un punto del planeta donde el error es reversible (dinero y cirugía de por medio).

Mujer-hombre. Hombre con pasado de mujer.

Tomar la decisión no fue sencillo. Pero lo hiciste. Diste los pasos necesarios. Cambio de imagen. Adiós al pelo largo. Tratamientos. Terapia. La operación para quitarte las tetas. Conservas los pezones, eso sí. Qué importa si ahora son insensibles. Pezones de hombre que sí reconoces como propios. Después el pene. La parálisis exasperante tras las intervenciones.

Te miras al espejo y, por primera vez en tu vida, te reconoces.

Estudiar fuera es otro enorme sacrificio familiar. Te marchas lejos de casa. Un lugar donde nadie conoce a Nuria-Mario. Entras al aula de tu clase. Ninguna cara conocida.

Me llamo Mario.

Hoy empieza el primer día de tu nueva vida.

 

*Este cuento está inspirado en un caso real. Se lo dedico a todas las personas que luchan por ser ellas mismas a pesar del rechazo, el odio, la burla o la incomprensión.

miércoles, 30 de junio de 2021

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 56, 30 de junio de 2021 "SECRETOS".


 

Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) 
por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 
laorugazul2013@gmail.com
ISSN: 2340-8634




SUMARIO



PORTADA, por Adely Madrid.



ENTREVISTA: 





ARTÍCULOS: 




POEMAS: 









MICRORRELATOS:






RELATOS: 








EL SECRETO DE LA LLUVIA (Leyenda)., por Pepe Velasco Romero.

 


               Los dos muchachos marchaban amodorrados y cansinos tras la recua que guiaban. Caminaban asidos a sendos cabos que sobresalía de los  aparejos de las caballerías; para así mejor mitigar el agotamiento derivado de la larga caminata y del viento pertinaz y cansino que les había  soplado de cara durante todo el viaje. Conducían aquellas recuas desde que tenían memoria. Se habían pasado toda su joven vida desde que eran unos chiquillos, acarreando mercadería y enseres de un lado para otro sin apenas descanso. El padre de uno de ellos, que también  había sido arriero durante toda su vida, era el propietario de la pequeña caravana que por siempre se había  dedicado al transporte de productos y utensilios de todo tipo a lo largo y ancho de todo un amplio territorio. Ambos muchachos siempre se habían presumido  camaradas y amigos, desde la más tierna infancia. Pero como casi siempre ocurre; uno de los factores de diferenciación  entre ambos jóvenes, era el patrimonio  de la familia de cada uno de ellos. Por supuesto, también había otros muchos factores de mayor o menor transcendencia  que se sumaban, al ya mencionado del dinero. Contribuía a ello también el carácter, el talento, el instinto y por supuesto la genialidad  y forma de afrontar la vida y sus vericuetos de cada uno de ellos. Aunque ambos conducían aquellos animales de carga con suma dedicación y extremado esmero. Alfredo solo era un simple peón al servicio del padre de su “amigo”. <<Un bracero ganapanes, que no tenía donde caerse muerto>>.  Como con bastante  frecuencia e insistencia intentaba  recordarle Enrique; su compañero y cacareado amigo. Sobre todo, cuando estaban ante alguien; para así bajarle los humos.  <<Por si al muchacho se le ocurría creerse algo más que un don nadie>>. Justificaba la retorcida mente del engreído mozalbete. Así, con estos y otros altibajos, se había cimentado a lo largo del tiempo aquella especie de amistad o camaradería, propiciada más que nada por las interminables horas de compañía mutua en las soledades de los dilatados caminos. Pero apego a fin de cuentas. Aunque ese apego de forma fehaciente siempre hubiera estado cimentado en la perenne subordinación de Alfredo. Así había transcurrido su relación durante la infancia y adolescencia y proseguía aun inalterable. Enrique sería el futuro heredero de la actividad y por tanto del negocio paterno. Por ello se creía con la prerrogativa de decidir y mandar sobre la vida y los sueños de su cofrade. Alfredo siempre consintió tal trato, por su carácter apacible y también por la evitación de conflicto con el que él siempre había considerado su amigo. Pero esta actitud suya, surtía el efecto contrario y  reafirmaba al otro en sus  creencias e ínfulas. Incluso la mayoría de las veces lo interpretaba como debilidad o cobardía del muchacho.

                Pero ahora, aquella relación que parecía ser perdurable e inalterable por siempre, hacía algún tiempo que se había agriado sobremanera. Sin apenas darse cuenta, había prendido en ellos la chispa de la discordia. Sutil y soterrada, pero enconada y honda. Sus breves momentos de ocio; otrora la mayoría de las veces festivo y alegres, se habían tornado desabridos y acres. La mayoría de los itinerarios los hacían huraños y en silencio; sin apenas dirigirse la palabra. Pero a pesar de todo, o quizá a raíz de ello,  la herida se enconaba con más virulencia cada día que pasaba. Más aun cuando regresaban donde moraba el motivo  de la fiera animadversión que había nacido y crecido entre ellos. 

                Teresa había amado a Alfredo desde que apenas eran unos chiquillos. Pero cuando la pubertad despertó en ellos el deseo incontrolable y anhelo constante por estar el uno junto al otro y procedieron a mantener algún que otro escarceo amoroso de menor trascendencia.  Siempre ambos,  en el último momento habían intentado por todos los medios sofocar aquel fuego que les consumía con inusitada  insistencia. En definitiva, era el miedo inculcado en ello desde la más tierna infancia lo que en cada ocasión había frustrado  la consumación de aquella pasión vehemente que a diario les acuciaba. Pero también contribuyo a ello la sensata madurez que ambos muchachos mostraros a la hora de evaluar los posibles problemas que acarrearías sus actos. Tanto, que aquel reflexivo razonamiento, al fin se antepuso a la excitación desmedida que despertaba en ellos el cuerpo amado. Alfredo razonaba con Teresa de forma juiciosa, que la mayor parte de las probables y  posible nefastas consecuencias que pudieran acarrear sus actos, caerían sobre ella. Por tanto, él no estaba dispuesto a ver sufrir a su amada. Habrían de buscar una solución para poder dar rienda suelta a su amor sin ningún tipo de cortapisa.

                <<Se fugarían y así los padres de ella habrían de consentir en su unión>> Discernieron ambos amantes auspiciados por la intimidad cohibida de sus caricias deseosas, arrumacos y besos clandestinos. Y el muchacho, como hombre noble y de buen corazón que era. Sin doblez ni mala intención. Había contado sus cuitas, sus inquietudes y sus más íntimos anhelos a su supuesto amigo y compañero de trabajo. 

                Pero Enrique, en vez de alegrarse de la felicidad del camarada, o colaborar en hilvanar un plan para propiciar su dicha. La envidia ciega  que había estado agazapada por siempre en su pecho resentido; se desató en tropel. Como caballo  aterrorizado y enloquecido. Y en el mismo instante que supo de la posible y probable felicidad  que su  compañero sentiría  junto a aquella muchacha y de sus anhelantes  proyectos para perpetuarla. Él la deseo con vehemencia para sí; con ansia exacerbada. Pero al contrario que Alfredo, Enrique solo sentía un deseo arrogante  de ella; colmado de lubricidad irracional y ciega. Era un insano apetito, concupiscente y ávido. Impelido por la soberbia a la vez que por la exacerbada envidia que lo aguijoneaba de continuo al pensar que la muchacha se fuera con Alfredo y no con él. Pensar en que jamás podría  poseerla por estar con su odiado “amigo” le producía unos accesos de ira sorda que a veces le nublaba el sentido. Pero la tendría, vamos si la tendría. <<Pensó altanero>> Aunque para ello hubiera de oponerse con todos los medios a su alcance al que él consideraba su subordinado y por tanto su inferior. 

                Alfredo era de carácter sosegado y calmo. Conciliador y sensato hasta casi lo que la mayoría confundía con una soterrada simpleza; hasta cobardía. Enrique por el contrario era de un carácter orgulloso y difícil; irascible y voluble hasta casi la vehemencia. Pero ante todo, era un taimado cobarde.  Y como tal actuó…

                -¡Oye pelagatos! ¿Te has jodido ya a la tipa?  - preguntó Enrique en tono grosero e incisivo en uno de sus descansos. En aquella ocasión, habían sido forzados a guarecerse de forma repentina de una incipiente tormenta que le había sorprendido en un terreno abrupto  y sumamente solitario y apartado.

                -¡Escúchame bien Enrique, no hables así de Teresa, ella se merece todo tu respeto! –reconvino Alfredo siempre con su tono conciliador y de sentido común.

-¡Yo hablo de esa puta como me sale de los cojones, mamarracho! –fue la cruel y altiva y ofensiva respuesta de su cofrade.

                La tormenta se encontraba en su cenit. Y la lluvia comenzó a caer como si se hubieran abierto los cielos. Las bestias asustadas y cohibidas intentaban protegerse en cualquier recoveco o saliente de las rocas que los circundaban.

                La pendencia presagiada, se desató con saña; compitiendo en brío con la tormenta que estaba desatada sobre ellos. Ambos se embistieron una y otra vez con ferocidad ciega. El uno impelido por una ira sorda preñada de loca envidia. El otro, lo hizo al sentir pisoteada la dignidad  de su amada al extremo. <<Enrique se había pasado de la raya>>. Coligió Alfredo instantes antes de llegar a las manos con su camarada. << La ofensa a él, quizá se la habría consentido, incluso después de tanto agravios y menosprecio durante tanto tiempo. Pero ofender así a la persona que tanto amaba. Eso nunca>>.

                La tormenta proseguía con su estruendo pavoroso. Y la lid de los muchachos, aunque atenuado su estruendo por la tempestad, no le iba a la zaga. Ambos estaban sobre una pequeña planicie rocosa donde el agua que caía corría con fuerza para intentar encontrar un natural desagüe. Alfredo en un momento dado, dio la espalda a Enrique; como intentando por todos los medios dar por concluida aquella sin razón absurda. El resonar de un rayo y posterior estruendo del trueno; atenuaron el ruido del arma al abrirse, y Alfredo sintió una punzada a la altura de los riñones que él en un principio en su nobleza intrínseca, pesó que habría sido pellizcado de Forma amigable por su colega para así sellar la pretendida paz. Pero de imprevisto, observó la afilada punta del arma que le salía por el  pecho casi a la altura de su corazón. Por donde comenzó a manar la sangre con profusión y furia. El muchacho cayó de espalda sobre la laja anegada. Mirando con incredulidad y sorpresa a su compañero de faena y por siempre su supuesto amigo. En breves instantes comprendió lo que realmente había sucedido. La vida se le escapaba a Alfredo a raudales, pero aún le quedaron fuerzas para emitir una premonitoria sentencia contra su asesino: “Las gorgoritas que produce la lluvia al caer con esta fuerza, serán testigos y acusadoras de mi muerte”  Enrique prorrumpió en una carcajada gutural y descreída. Cogió al que fuera su camarada de fatigas, ya cadáver, por ambos brazos y sin miramiento y no sin esfuerzo; comenzó a arrastrarlo para deshacerse del cuerpo. El agua torrencial  borraría todo tipo de huella; y la sabia de una cercana y profunda sima donde arrojó el cadáver sin contemplaciones.

                Todos, familiares y conocidos, dieron por buena la versión de la desaparición de Alfredo a causa de la terrible tormenta. Jamás se encontró el cuerpo.

                El tiempo paso y de forma inexorable fue borrando el recuerdo del muchacho. Enrique cortejó a Teresa  y estimulada y casi obligada incluso por su propia familia,  al fin decidió  unir su vida a la de aquel hombre. La vida aconteció inexorable y vinieron los hijos. Y crecieron y comenzaron a ayudar a su padre. Incluso a veces lo sustituían en las tareas de trasiego de su negocio.

                Por tanto, Enrique había tiempos  que se quedaba junto a su esposa y la más pequeña de las hijas que a la sazón se encontraba en un pueblo vecino en casa de los abuelos. Uno de aquellos días se desató una terrible tormenta y ambos esposos coincidieron junto al amplio ventanal contemplando el aguacero. De pronto, la lluvia amaino como por ensalmo y, las gruesa gotas  que continuaron cayendo esparcidas, comenzaron a hacer gorgoritas en la encharcada explanada que estaba  frente a la casona.  Al hombre se le dibujo una sonrisa apena imperceptible, pero que no pasó desapercibida para su perspicaz compañera.

                -¿De qué te ríes?  -preguntó ella como distraída.

                -¡De nada mujer! ¡No te preocupes! –contestó él lacónico, dando a entender con un gesto que no le apetecía proseguir con la cuestión.

                Pero ella no se dio por vencida. Ni aun convencida. Su intuición le decía que aquella media sonrisa enigmática guardaba algún sombrío secreto. Y aquella noche en el lecho, utilizó toda la sagacidad de que fue capaz. Y tras muchas caricias, gemidos  y promesas de desenfreno libidinoso; fue sonsacando con paciencia y calma la naturaleza de aquel  oscuro secreto que con tanto celo parecía querer guardar su cónyuge.

                -¿Te acuerdas de Alfredo? ¡No desapareció en la tormenta! –prosiguió el marido lacónico pero con un tono un tanto jactancioso.  ¡Yo lo maté y arroje su cuerpo a una sima apartada y profunda! –confesó el consorte en el letargo que sucedió al intenso e inenarrable placer al que había sido transportado aquella noche, de forma incompresible para él, por su entregada y solícita pareja. Ella siempre se había limitado a entregarse a él con sumisión en un acto instintivo con fin procreador y ahora…

                Teresa abrió unos ojos como platos. Pero se cuidó mucho de que su marido viera su semblante. Con la excusa de que estaba cansada se dio la vuelta en la cama y simulo estar dormida. Pero no lo estaba. Su cabeza era un hervidero de dudas…  Ella siempre lo había intuido en lo más hondo de su corazón. Pero ahora la confirmación de su siempre soterrada sospecha, con la confesión del autor material de aquel execrable crimen; la ponía en un  brete difícil de digerir y de aceptar. Aquello era superior y más abominable de todo lo que alguna vez había pasado por su intuitiva imaginación. Su marido al calor del goce inopinado, le había confesado su crimen con todo lujo de detalles. A Teresa se le estremecía el abdomen y de pronto una opresión como si una gigantesca mano le apretara el estómago amenazó con hacerla echar hasta la bilis…

                Se quedó mirando en la lontananza donde se adivinaba la serranía por  donde ahora transitarían sus hijos y en la que en su día… Su marido al día siguiente de haberle confesado su secreto, de forma inexplicable se había entregado a la autoridad y confesado su horrible crimen.  De vez en cuando, el fulgor de un relámpago lejano parecía querer recortar el agreste perfil de las lejanas montañas. En la quietud de la noche silente, comenzó a oírse un rumor distante que parecía querer traerle a ella un mensaje. Incluso creyó oír que le susurraba la brisa. De pronto, un escalofrío la recorrió de pies a cabeza y luego que su febril imaginación de persona sensual y sensible se liberó de ataduras y echó a volar. Teresa comenzó a soñar. Y soñó como hubiera sido si aquellos hijos suyos los hubiera engendrado con el ser amado. Y sin ella  proponérselo; ni sospecharlo siquiera, su cuerpo comenzó a vibrar y  agitados y entrecortados gemidos comenzaron a escapar de forma incontrolada de su laringe y espasmos a cortos intervalos recorrieron su anatomía toda;  dejándola arrodillada exhausta y saciada de goce. Ella intento incorporarse llena de vergüenza y de miedo por si alguien la hubiera escuchado. <<Jamás había sentido una sensación semejante a esta que ahora había experimentado soñando con el ser amado>> Pensó cohibida. Y también sintió vergüenza y miedo por ello. Pero la brisa con su melodía calma la tranquilizó al instante y le susurró despacio y quedo al oído: “Te amé, te amo, y te amare por siempre”

                Las gorgoritas de la lluvia, habían cumplido con fidelidad su cometido de desvelar y hacer pagar aquel terrible crimen.