La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de noviembre de 2016

Trinomio Calológico, por GLORIA ACOSTA


   
  Me llamo Romualdo Olivares Sanromán y soy asesino. Mis congéneres dirían que soy el típico asesino en serie, pero se equivocan. No provengo de una familia desestructurada, ni me escudo en una mente patológica como atenuante, no soy un hombre sañudo que arremete contra un sino adverso, ni un analfabeto; al contrario, poseo una vasta formación académica enriquecida con una sobrada erudición en cualquier rama del saber.

   Tres factores me alejan de los delincuentes mediocres. El primero es que me proclamo depositario de la belleza femenina, por eso matar en el punto álgido del esplendor de una mujer es el fin último del goce estético, cercenado del concepto ético. A cambio devuelvo al mundo un legado  atemporal donde el amor y lo bello van de la mano. ¿Acaso la mirada amorosa no magnifica  nuestra personal concepción del rasgo al que catalogamos como estéticamente hermoso? Afirmo que asesinar de forma elegante, preciosista y generosa es un trabajo de excelencia artística dado que la primera manifestación de expresión humana es el propio cuerpo, por tanto  me considero un artista adelantado a su época. Explicaré a su debido tiempo, el sentido de estos tres adjetivos.

   El segundo factor que me sitúa a una notoria distancia respecto a los asesinos de pacotilla, es que jamás vuelvo al lugar del crimen. Bien es cierto que atesoro lugares donde expreso el fundamento de mi obra, y puesto que  lo bello y lo sagrado se encuentran en el mismo nivel de absolutidad, deben pertenecer al ámbito público para goce de la humanidad.

   La elección del marco de mi decreación, concepto elaborado a semejanza de la actual deconstrucción culinaria, nunca la dejo al azar, y mi labor, al igual que la de un magistral cocinero, consiste en separar los elementos originales para darles nueva forma con la reunificación de las partes en un todo. Como habrán colegido, poseo amplias nociones en cirugía plástica, taxidermia, escultura y anatomía femenina.

   En la ejecución de este minucioso proceso, sigo siempre un orden preestablecido, una secuencia matemáticamente diseñada para que el resultado final sea de una calidad grandiosa.

    El punto de partida siempre es localizar el lugar adecuado, por lo que debo viajar a menudo en busca de esa atmósfera  que transforme lo ordinario en extraordinario. Del paraje elegido, pues, depende el éxito de mi empresa y lo aclararé enseguida. Añado que el dinero no ha supuesto jamás un impedimento, en parte por un legado familiar acrecentado con los pingües beneficios de mi profesión.

  Se preguntarán  por qué doy suma importancia a los lugares. Me explicaré: a lo largo de la historia, el impulso animal que incita a un ser humano a matar a otro es tan primitivo que la contemplación del sufrimiento libera raudales de placer, lo que conlleva a su vez escalar en el grado de crueldad para saciar una mente sádica, dejando al paso cadáveres mutilados, ensangrentados, con facciones irreconocibles y un rictus de terror y estrés emocional que los convierte en prototipos de repelente fealdad, todo ello malogrado por el uso de espacios pequeños, oscuros y destartalados, altares de praxis que solo consiguen demoler el fruto de una relación interpersonal amorosa como máximo exponente de lo armónico. Por eso estos necios carniceros merecen el mayor de mis desprecios.

  En cambio yo elijo con precisión el lugar donde paso largas temporadas junto a las damas que cortejo y venero con objeto de lograr el cuerpo muerto más hermoso imaginable. Son entornos donde la belleza circundante contribuye a engrandecer la comunión entre Dios y la expresión estética menos contractual, hacia un tránsito purificador. Paisajes de ensueño como Liubliana o Bath, rincones de Bergen o Zadar custodian las puertas de esta magnificencia creadora.

  El tercer rasgo distintivo, es que  jamás torturo ni desangro a una mujer. Les procuro una muerte dulce y tranquila, de ahí la afirmación acerca de mi personalidad generosa. De inmediato extraigo la piel con un escarpelo cuidando de no desgarrarla y la froto con sal dejándola secar en un lugar oscuro; repito el proceso para cuando  endurezca rehidratar en agua con desinfectante y proceder con esmero al decapado, eliminando cualquier resto de carne o grasa que desmerezca este proceder metódico; después de secar aplico aceite tibio para curtir, y es aquí cuando el placer acaricia una y otra vez el suave renacimiento de una piel fresca y turgente; por último la conservo en plástico dentro del frigorífico. A esto me refería al adjetivarlo como trabajo preciosista.

   La elegancia llega con posterioridad, cuando los maniquíes que muestran las prendas exclusivas de los mejores diseñadores, reciben más reverencias que sus propios vestidos. Se muestran por todo el mundo en los escaparates de las grandes firmas convirtiéndose en lugares de culto donde no es extraño escuchar o leer en la prensa lisonjas acerca del alma que parecen poseer.

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