La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de mayo de 2016

El silencio de los desiertos, por F. JAVIER FRANCO.




Aún no había amanecido, prácticamente el almuédano acababa de entonar el canto de la oración de Fajr desde el alminar de la mezquita aljama de la medina de Wadi Ash, un veraniego día del mes de rayab, cuando un hombrecillo embutido en una blanca chilaba con la caperuza puesta, calzado de rudas sandalias de esparto y con una cayada en la mano, atravesaba la Bib Baçamarin, si bien al salir eligió la senda que se abría a su diestra para caminar en dirección al oriente, en busca del sol que habría de salir. 
Caminaba despacio, aunque algo encorvado, pero firme. Llegó a la alquería persa de Shushtar, cuando aún no era llegada la hora de la oración de Soubh, pero, descansando sobre un poyete encalado que sobresalía de la fachada blanca de una pequeña casita campestre, esperó que los rayos de sol asomasen de entre los cerros para iniciar la oración, instintivamente había ajustado su alquibla en dirección a la ciudad sagrada de La Meca, extendido su esterilla y había hecho las abluciones de pies y manos con algo de agua de la vasija taponada que colgada del hombro portaba. Con los flecos de los rayos solares, genuflexionado recitó sus oraciones y, tras ello, buscó alguna fuentecilla o acequia en el paraje para volver a rellenar al completo su vasija. Luego, prosiguió con el mismo ritmo parsimonioso su marcha. 
Transcurrieron por el camino las abluciones y los momentos para las oraciones de Dhuhr, Asr y Mahgrib, y, sentado bajo un árbol en las estribaciones de la sierra, inició sus preparativos para la última oración del día, la de Isha. Cuando hubo realizado ésta y, tras tomar una frugal cena de nueces y otros frutos secos que guardaba en un saquito que llevaba atado a la cintura, se dispuso a descansar; calculaba que ya había sobrepasado la mitad del camino hacia su destino y que al siguiente oscurecer podría pernoctar en el mismo: el desierto de Tabirnash. Allí buscaba la paz para poder meditar en soledad y austeridad sobre el Único y Su maravillosa obra y alcanzar el éxtasis ascético que lograra hacerle sentir imbuido de Él. 
En la oscuridad, comenzó a escuchar el sonido de pisadas animales que merodeaban en torno suyo, no se alteró y permaneció recostado bajo el árbol, abstraído en sus pensamientos místicos. Los sonidos cada vez se sentían más y más cercanos, hasta que algún aullar perdido comenzó a acompañarlos. Cuando percibió el aliento vaporoso y cálido de las alimañas, el peregrino se incorporó levemente y, en ese momento, divisó a sus pies la imagen de dos lobos pequeños y rojizos, de los que los mozárabes wadiashíes llaman matulos, las alimañas abrieron desafiantes sus fauces y comenzaron a emitir gruñidos amenazadores. El sufí los miró con los ojos henchidos de bondad y tiernamente se dirigió hacia ellos:
—As-salamu alaykum, hermanos lobos, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no os asustéis, no soy más que una pobre criatura de Dios, como vosotros, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios...  Venid, acercaos a mi regazo.
Y, como dos corderillos mansos, los matulos se acercaron al hombre santo, y se dejaron acariciar por él, lamieron las palmas de sus manos y postergaron su ronda nocherniega para recostarse uno a cada lado del asceta. Éste se levantó antes del amanecer para la oración de Fajr, los animales se incorporaron con él, y atentos, quietos y mudos escucharon las plegarias; tras ello, el hombre reanudó su camino y los lobos tornaron a perderse en las estribaciones boscosas de los montes. 
Caminó todo el día alimentándose de bayas y frutos silvestres, sin mermar el resto del contenido de su bolsa, tan sólo deteniéndose para realizar las oraciones diurnas y reponer agua en los riachuelos para poder alcanzar el desierto con la vasija plena. Cuando llegó a sus primeras estribaciones era el momento del rezo de Mahgrib, que realizó con la parsimonia y la solemnidad que le eran merecidas, y aún entrada la noche prosiguió internándose en el erial desértico, vivificado por los aromas del tomillo y la artemisa, hasta que interrumpió su tracto para orar las plegarias de Isha. Tras ello, decidió campar a la intemperie y se acurrucó como un infante en la arena, esperando que el liviano descanso iluminara de ascesis sus sueños. Estando inmerso en ellos, sintió como algo rondaba entre sus ropajes, abrió los ojos y vio ante sí un alacrán negro del desierto que izaba enhiesta su cola, mostrando agresivo su afilado aguijón. Entonces el hombre santo se dirigió a él:
—As-salamu alaykum, hermano alacrán, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no te asustes, no soy más que una pobre criatura de Dios, como tú, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios... Deja caer tu arma y queda a mi regazo.
El amenazante arácnido guardó su aguijón, enrolló su cola y permaneció quieto a su lado, hasta que el hombre se incorporó para realizar los preparativos para la oración de Fajr, la cual hizo mientras el animal quedaba marcial e inmóvil a su lado, y al acabar ésta se perdió entre los arenales. 
Una vez abierto el día y, tras la oración de Soubh, el sufí caminó por los arenales hasta vislumbrar un pequeño montículo reseco y ascendió hasta él, una vez tomada la leve cima, se sentó, con las rodillas entrecruzadas y las manos extendidas con las palmas abiertas al cielo, e inició su ascética meditación. Los versos de loa a Dios surgían en su mente y se atesoraban en su memoria, hasta que se vieron interrumpidos por un grave quejido que le llegaba de la lontananza. Se incorporó y buscó el origen de la queja, cruzándose por el camino con alguna lagartija colirroja o algún lagarto ocelado. 
Llegado al punto, divisó a un hombre tirado en el suelo y sudando copiosamente, mientras su descubierto antebrazo exponía un bulto rojizo en acelerada inflamación, con dos puntitos rojos en la sección más abultada. Al acercarse el santón, aquél balbuceaba: "¡La víbora! ¡La víbora!". El hombre santo, tras el preceptivo "as-salamu", asió una daga finamente repujada del cinto del herido, le sesgó el depósito de ponzoña y succionó con sus labios de él, escupiendo una y otra vez, hasta que el enfermo volvió a requerir: "¡La víbora! ¡La víbora!". El sufí volvió el rostro y halló ante sí la cabeza triangular de la sierpe, que erguida amenazaba atacar, empero el místico se dirigió a ella:
—As-salamu alaykum, hermana víbora, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no te asustes, no soy más que una pobre criatura de Dios, como tú, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios... Guarda tus colmillos y tu veneno y retoma tu camino.
El animal, dubitativo unos instantes, hizo descender su cuerpo y, serpeando por el secanal yermo, se perdió tras unas matas de esparto. Luego el santón acogió en su regazo al hombre, ataviado como un guerrero y de rostro ennegrecido y curtido, le dio a beber de su vasija y, tras buscar entre los yerbajos que brotaban silvestres, le impuso una cataplasma masticada por su propia boca. 
El extraño estuvo varios días en delirio hasta que al fin recobró el sentido y la fuerza vital, aún pasaron jornadas en las que el místico permaneció a su cuidado, mientras la total recuperación se producía. Fue una noche, tras la oración de Isha, cuando el restablecido se dirigió al asceta del siguiente modo:
—Hombre santo, me has salvado la vida, a Dios y a ti la debo... Pero ya ves por mis ropajes que soy un guerrero y como soldado me debo a mi señor, sus órdenes he de interpretarlas como del propio Dios, pues es el mismísimo Emir de los Creyentes de Marrakush...
—Hermano, la palabra de Dios sólo es Dios y de Dios sólo parten sus órdenes...
—He de matarte... Para eso he llegado hasta aquí, mi señor así me lo ha ordenado... No necesita la obra de Dios, dice, santones que prediquen la paz y el amor entre todas las criaturas, lo que se necesitan son soldados para la Guerra Santa. Musulmanes como tú, considera que son perjudiciales para Su obra... Has de morir, ya está dictada la fatwa.
—Si los designios de Dios son que muera, Su palabra es la ley... Pero recuerda que ni tú, ni tu señor alcanzaréis el Paraíso: El que ataca a su hermano ataca a Dios.
—Podría engañar a mi señor y decir que has sido ejecutado, tras haberte dejado libre, pero el Emir todo lo previene y por eso me ordena que le lleve tu cabeza. Y así se hará.
—Si Dios lo quiere, que sea así, pero déjame unos instantes para rogar por ti.
El asceta orientó su cuerpo hacia La Meca, quedó sentado con las rodillas entrecruzadas y tomando las cuentas de su tasbih entre los dedos, hasta que al fin señaló: «Ya es el momento». El guerrero desenvainó en un rechinar su alfanje y, tomando su empuñadura con ambas manos, de un solo tajo cercenó la cabeza del santón, que cayó en la arena inerte. El soldado la trató con mimo, la limpió cuidadosamente y la dejó secar más de un día al sol, luego trenzó una canastilla con ramajes de esparto y, envuelta entre la tela de la túnica blanca del ejecutado, reverencialmente la guardó. 
Cuando salió de lo más profundo del desierto, el guerrero siguió la senda hacia un castillo que en una cima, en el propio desierto, estaba levantado, allí dispuso de un caballo y partió rumbo a al-Mariya al-Bah'ri, en busca del mar. De su puerto zarpó en un barco con destino a África para rendir cuenta a su señor, no sin antes adquirir en el zoco de la medina un cofre taraceado en nácar y oro, donde guardó la cabeza. Transportaba aquel relicario como el que porta el mayor tesoro que en el mundo hubiera. 
Una vez alcanzadas las costas africanas, se incorporó en la primera caravana que se dirigía a Marrakush. Cuando llegó a la ciudad imperial fue recibido por el Emir de los Creyentes en el palacio de la Buhayra. El servidor dio cuenta oportuna del cumplimiento de su servicio, entonces habló su señor:
—El cofre que me traes será custodiado en un morabito blanco a la entrada del Gran Desierto, es lo que merece un hombre santo... Pero tu mano ha dado muerte a la santidad, eres más que un asesino...
—Mi señor, yo tan sólo cumplí tus órdenes...
—Y cuando comprobaste que el hombre era en verdad santo, ¿no viste que mis órdenes eran injustas? Todo está ordenado por la ley de Dios y Muhammad su profeta. Y según la divina sharía ahora tú debes ser el ejecutado.
La cabeza del guerrero se mantuvo en una jaula de hierro en las murallas rojas de Marrakush, hasta que los cuervos, los buitres y las demás alimañas vaciaron sus ojos y comieron sus carnes. La cabeza del santo, en su digno cofre, resguardada a la sombra en el morabito blanco, fue lugar de parada y veneración de todas las caravanas que partían hacia Tombuctú, debiendo cruzar el Gran Desierto del Sahara hasta el Sahel. Allí, en la quietud de la oración, comenzaba el silencio, el silencio místico que hace que el hombre se encuentre desnudo consigo mismo, ese enorme silencio que envuelve todos los desiertos

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