La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de diciembre de 2015

Litoteca, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ

           


      Esa mañana el Museo Geominero estaba atestado de público, en su mayoría jovenzuelos que habían bajado cual manada de varios autobuses en la misma puerta y que, tras la obligada visita a la galería subterránea de la aneja Escuela de Ingenieros de Minas, correteaban con cierto descontrol entre los abigarrados expositores de madera y cristal, en los que marcaban con los dedos sus huellas dactilares señalando las piezas que previamente habían estudiado en las clases de ciencias. Habían dejado de ser sólo unos nombres o unas imágenes en una pantalla para convertirse en objetos tridimensionales, relucientes y llamativos bajo las luces de las vitrinas.
            Aquellas piedras, perfectamente identificadas con su nombre, clasificación y origen, eran para Pedro no sólo objeto de interés científico. Su deambular por aquel edificio singular le traía a la mente un pasado, no muy lejano, cargado de sentimientos contradictorios. Recordaba aquellas tardes en las que, haciendo tiempo mientras esperaba a Petra, recorría las galerías superiores de la gran sala central, y asomado a la barandilla de hierro forjado, contemplaba la majestuosidad de aquella especie de caja de los tesoros, cuya tapa de cristal refulgía penetrada por los últimos rayos del ocaso. Llegada la hora de desalojar, Pedro aprovechaba la connivencia del personal de seguridad para dirigirse a la zona administrativa. Mientras atravesaba el corredor se escuchaba como armarios y cajoneras se cerraban, y finalmente la luz tras la puerta acristalada se extinguía justo un segundo antes de que la esbelta figura de Petra la franqueara. No podía olvidar esa sonrisa perenne en su boca, ni el sabor mentolado de sus labios.
En la época del inicio de su relación, las tardes eran de una actividad frenética, unas veces iban a ver una película u obra de teatro, otras a dar un errático paseo por el centro. Tras la cena en cualquier garito, la conversación fluía sin cesar, se descubrían el uno al otro, abrían su alma ansiando compartir sus experiencias vitales. Ya no cumplían los cuarenta, por lo que la vida les había deparado todo tipo de vaivenes, a él un matrimonio roto por ausencia total de afinidad, y a ella una tormentosa relación a distancia como consecuencia de sus continuos viajes profesionales. Y era ahora, al menos eso creían, el momento de encontrar una estabilidad siempre añorada. La velada solía culminar con un éxtasis de segunda juventud, en el que la música de fondo ya no eran los éxitos de moda de los ochenta, sino las apacibles notas de Katchaturian o Satie.
           
De nuevo el fragor de la chiquillada devolvió a Pedro al presente.
―¿Habéis visto?. ¡Eso es oro!― exclamó un púber mientras sus ojos centelleaban de emoción. ―Seguro que esa pepita tan hermosa vale un montón de pasta. Es más fácil robarla de aquí que de un banco― comentó con sus adláteres guiñándoles un ojo. A continuación, el pescozón que recibió de parte de su profesor le quitó todas las ganas de iniciar una temprana carrera criminal.
―Gutiérrez, tu siempre con tus ideas peregrinas. Venga, muévete y deja que los demás también podamos ver los metales preciosos.
La idea podía parecer infantil, efectivamente, pero no era tan descabellado pensar que se podía violar con facilidad la seguridad de aquellas vetustas vitrinas, aunque el objetivo no fuera precisamente aquellas piezas de alto valor crematístico, él tenía en mente otra pieza de valor simbólico. Nuevamente vinieron a su mente momentos pretéritos, precisamente cuando el destino quiso que coincidiera con Petra en aquel descansillo de escalera del hospital, la una tratando de apagar una colilla que mantenía encendida a escondidas, el otro simplemente buscando algo de aire fresco con el que llenar sus pulmones, tras todo un día metido en aquella habitación de la planta de nefrología.
―Vaya, me has pillado―dijo mientras sus mejillas enrojecían. ―No he podido evitarlo, es que me operan mañana, ¿sabes?, y no llevo muy bien eso de que me hurguen por dentro.
―No te preocupes, cada cual lo lleva como puede―le contestó esbozando una sonrisa. ―A mí también me operan mañana, piedras en el riñón. ¿Y lo tuyo? ―inquirió.
―Lo mío es de vesícula, por lo visto tengo una cantera entera ahí dentro, y yo sin saberlo―se puso la mano en el costado derecho mientras hacía una mueca de dolor. ― Me explicaron no sé qué de que tenía ramificaciones y que la laparoscopia estaba descartada, que me tenían que abrir y quitarme la vesícula o me arriesgaba a una peritonitis. Y así, de repente. Hace dos días estaba como una rosa, y ahora lo mismo tengo una rosa del desierto dentro―soltó una risotada al terminar la frase. Esa locuacidad ante un desconocido dejó a Pedro desconcertado.
Él también se rió, aunque Petra se dio cuenta de que no había entendido el chiste. Inmediatamente sacó su móvil y buscó en la galería. Entre sus cientos de fotos de todo tipo de formaciones rocosas, encontró la que estaba buscando.
―Esto es una rosa del desierto― giró su móvil para que pudiera ver la imagen.
―Ah, ya entiendo. Es muy bonita. Espero que mi piedra sea algo más fea pero con menos puntas, porque expulsar algo así tiene que doler un rato―el comentario volvió a hacer batir la mandíbula de Petra.
―Por cierto, me llamo Petra. ¿Y tú?
―Pedro
―Mira por donde, Petra y Pedro, dos tipos “rocosos” ―de nuevo volvió a reír cual chiquilla.
―Veamos, Pedro, vamos a buscar una piedra apropiada para ti―comenzó a mover el dedo con agilidad, pasando imágenes a velocidad vertiginosa. ―¡Ésta! ―exclamó.
Ante sí una imagen realmente espectacular, no sabía que la naturaleza podía esculpir algo tan bello. Tenía forma similar a un cerebro humano, la parte exterior de un brillante color naranja, moteado por incrustaciones en varios tonos. En la zona central, como dibujado en un lienzo por un genial pintor, trazos que corrían paralelos cubriendo toda la gama de azules.
―Es una pieza de cuarzo, variedad ágata, que sacamos de una geoda, en un volcán uruguayo.
―¿Sacamos? ―dijo Pedro extrañado.
―Soy geóloga.
―Pues yo soy camarero, pero ahora estoy haciendo un curso en un taller de cantería. Dado nuestro nombre y nuestro trabajo, es comprensible esta especial predisposición por todo lo relacionado con las piedras, sean de exterior o de interior.
Ese comentario disparó la hilaridad de ambos y fue el principio de una historia de amor que duraría siete años.

Seis de esos siete años fueron los mejores de sus vidas. Al haberse encontrado ya en la madurez habían descartado la idea de tener descendencia, ella al menos nunca lo había planteado, y él no se creía capacitado para ejercer como padre. Pedro finalmente encontró un trabajo lejos de la barra de un bar, alejándose de la vida nocturna y sus sinsabores. Así que disfrutaron a tope de su complicidad y armonía. Pudo acompañar a Petra en algunos de sus viajes por medio mundo, descubriendo de su mano rincones, sabores, sensaciones totalmente novedosas. Le decía a menudo que su vida realmente había comenzado el día que la conoció y ella le respondía siempre lo mismo, que era  afortunada por haber encontrado a un hombre que le hiciese reír de nuevo.
El séptimo año de convivencia, sin embargo, fue el peor. Tras un chequeo rutinario, a Petra le diagnosticaron un tumor maligno. El mazazo fue terrible para ambos, pero fue ella la que tiró del carro, y sin venirse abajo, lo primero que hizo fue utilizar sus contactos y buscar un puesto de trabajo como conservadora del museo. Así podría afrontar el riguroso tratamiento y, al mismo tiempo, permanecer activa y cerca de lo que más amaba, sus preciosos minerales. Fueron muy pocos los días del año los que Petra faltó a su quehacer diario, a pesar del considerable deterioro físico que sufrió en poco tiempo. Él acudía puntual a su cita al terminar la jornada, no sin antes enjugar sus lágrimas.
―Hola, amor. No hacía falta que vinieras―le dijo mientras besaba su mejilla todavía húmeda. Su extrema delgadez y el llamativo pañuelo en su cabeza le daban un aspecto juvenil, pero sólo ellos y unos pocos más sabían lo que la corroía las entrañas.
―Pensé que podríamos ir a ver aquella exposición que te comenté. Está aquí mismo. Y si te encuentras con fuerzas, podríamos cenar fuera.
Asintió con la cabeza, le asió por el brazo y abandonaron el edificio. Mientras caminaban calle abajo, Petra le comentó:
―Hoy he hecho una tontería. He dejado un pedazo de mí ahí dentro.
―¿A qué te refieres? ―preguntó Pedro perplejo.
―Tú sabes lo que significan mis piedras para mí, son mi vida, además de ti, por supuesto―le hizo una carantoña―y también sabes que esto mío no tiene buena pinta.
―No digas eso ni en broma―le espetó enfadado. ―El médico dice que estás respondiendo bien al tratamiento. Es cuestión de paciencia, todo va a ir bien.
Ella sabía que Pedro no podía asumir lo que irremediablemente iba a pasar, así que no quiso contradecirle. Prosiguió:
―Claro, no me hagas caso, ya sabes que tengo días y días―dulcificó el discurso. ―El caso es que quería proponerte un juego. Como te decía, he dejado un pedazo de mí ahí dentro, y quería saber si eres lo suficientemente sagaz como para encontrarlo.
―¿Pero a qué te refieres?. ¿Alguna foto?. ¿Una de esas piedras tan extrañas que has ido recogiendo?
―Tendrás que averiguarlo.
―¿Y cuál es el premio por averiguarlo?
―Te lo diré cuando lo encuentres.

De nuevo la algarabía le devolvía a la penosa realidad. La soledad de los últimos meses y la amargura de la pérdida de Petra eran un lastre para levantarse de la cama. Y tan sólo la promesa de encontrar aquel secreto tesoro, escondido entre la inmensa colección de minerales, le motivaba. Finalmente su empeño obtuvo recompensa. Cuando se quiere esconder algo, lo mejor es ponerlo a la vista de todos para que pase inadvertido. Miles de ojos recorrían a diario aquellas vitrinas y anaqueles, cientos de miradas leían aquellos cartelitos, pero sólo él podía saber que había algo que no cuadraba, que dentro de la clasificación y sistemática mineral no había lugar para una pieza tan singular.
Como venía haciendo últimamente, casi a diario, dejó atrás los expositores de metales, sulfuros e hidróxidos. Pasó de largo de los haluros y carbonatos, ni se detuvo en los fosfatos y silicatos. Eso sí, cuando llegó a la altura de los sulfatos, su mirada se posó, una vez más, en una pequeña piedra, justo al lado de la rosa del desierto. Era de color marrón oscuro, con unas excrecencias que se ramificaban en todas direcciones. No era muy llamativa al lado de otras más coloridas o de mayor tamaño, como la anhidrita o la modesta pero magnifica muestra de yeso. Lo curioso es que nadie hubiese advertido que ese ejemplar de “Pétrea hospitalaria” era en realidad una espuria pieza de la colección, tan sólo una amalgama de sales y colesterol teñidas de bilirrubina, que una vez habitaron en el interior de su amada Petra, y que vio la luz por primera vez el día siguiente al de su primer encuentro, siendo su procedencia más quirúrgica que ígnea.

Se acercaba la fecha de un nuevo inventario, y Pedro no podía arriesgarse a que el nuevo responsable del Museo se diese cuenta y le privara de su botín. Era sólo cuestión de un poco más de paciencia, aquellos inquietos adolescentes centrarían la atención del personal, momento que aprovecharía para ganar la apuesta. Amargo premio el suyo.

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