La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 14 de septiembre de 2015

El tren de Guadix a Baza, por LEANDRO GARCÍA CASANOVA.


Cerámica J. Gabarrón.


La mirada nostálgica, a través del filtro del tiempo, ha transformado aquel vetusto tren de vapor –cansino, lento y monótono– en un romántico viaje al pasado. Casi en una aventura. El histórico tren de la línea Guadix-Baza-Almendricos fue inaugurado allá por el año 1895 y, como un bisonte desbocado, cruzaba las provincias de Granada, Almería y Murcia. Pero estaba escrito que no debía durar ni un siglo, pues cerraron la línea en 1984. A mediados de los 60, yo tenía doce años y recuerdo la estación de Guadix como en una nube de algodón: aquella vieja locomotora resoplaba como un potro, mientras iba soltando chorros de vapor. Luego, el trasiego de la gente que iba y venía, el labriego con su gorra de visera y una maleta a cuadros, aquella mujer vestida de negro y con una cesta en el brazo, el mozo que lleva los paquetes en un carrillo de madera, el tío de las pipas, el factor con su gorra roja, mirando impaciente el reloj... En fin, las prisas, el agobio y una especie de angustia, mezclada con alegría, porque el 22 de diciembre significaba para los estudiantes el comienzo de las vacaciones de Navidad.
    Poco después de la señal, el renqueante ‘caballo de hierro’ se deslizaba perezosamente por los raíles, mientras los pobres se apretujaban en los incómodos bancos de madera, que hacían interminable el largo viaje. A través de las ventanillas, podíamos contemplar el árido paisaje de las tierras rojizas de Guadix y las blancuzcas de Baza, aunque el tren parecía desintegrarse al pasar por el viejo puente de piedra, sobre el río Gor, y que todavía conserva las traviesas. Mientras tanto, la locomotora Baldwin trotaba como una jaca alazana, con su penacho de humo al viento, por las desérticas planicies, con un maquinista y un fogonero, que iba echando paletadas de carbón. Ahora, el alcalde de Guadix la tiene encerrada en un hangar, como un cacharro inservible, en vez de montar un tren turístico por la zona. Aquellas bulliciosas estaciones de entonces, con sus andenes y vagones, se convirtieron en lugares de paso, en comienzo y fin de trayecto, en encuentros y desencuentros, en despedidas dolorosas, donde se mezclaban al mismo tiempo los abrazos y adioses, los lloros y besos, las alegrías y las penas. Sus andenes podrían contarnos muchas historias anónimas y, entre sus marquesinas, han quedado prendidos tantos recuerdos como lágrimas derramadas entre los viejos raíles. 

     Nicolás Cárdenas se jubiló de especialista de estación en Guadix, hace 18 años, pero se acuerda muy bien de aquel fatídico día: “Precisamente, el 31 de diciembre de 1984, fuimos a cerrar la estación de Baza con la locomotora de vapor y, de paso, nos trajimos el reloj, los faroles, etc. Pero allí nos encontramos con los manifestantes y con una impresionante hoguera en la vía general. El caso es que tuvo que intervenir la Guardia Civil. En Baúl pusieron traviesas ardiendo en la vía y tuvimos que parar. Y en Hernán Valle, medio centenar de personas ocuparon los raíles. Pero en Guadix acabó la historia y la línea se cerró”. En esta estación se anunciaba, con un repique y tres toques de campana, cuando el tren venía por Gor. Con un toque cuando venía por La Calahorra, y dos si el tren ya asomaba por Benalúa.
    Recuerdo que el tren de Guadix, que salía a las dos de la tarde, llegaba a Baza a las 4:30: más no se podía pedir. Y según cuenta Nicolás Cárdenas, había veces que el maquinista tenía que bajarse y echar arena en las vías, porque la locomotora no podía subir las cuestas de Gor y de Hernán Valle. “En cuanto a mercancías, venía de todo. De Albox traían sacos de alpargatas, escobas y cáñamo. Y de otros sitios venían vagones cargados de esparto. Luego tienes que ‘El Pescadero’ era el tren que venía de Almería a Baza, con diez o doce cajas de pescado... Y también estaba el tren de los borrachos...”. Hoy día, la estación de Gor está completamente abandonada, pues allí solo crecen matorrales. Y no digamos la estación de Gorafe, reconvertida en un corral de cabras, y que hace tiempo han debido comerse las vías. 
    En Caniles el abandono es total, mientras que la chimenea de la azucarera Las Mercedes se eleva al cielo, como fiel testigo de aquella época del desarrollo. La estación de Baza ha sido restaurada, pero ya no queda ni rastro de las antiguas vías. Con el tren se llevaron las últimas esperanzas de estas tierras deprimidas, pues decían que la línea no era rentable. Claro, aquí lo único rentable de toda la vida han sido la emigración y el oficio de limpiabotas. El cierre de la línea significaba condenar al atraso económico a las comarcas de Guadix, Baza y Huéscar y, de paso, acabaron con el cultivo de la remolacha y dejaron sin salida a los productos de la zona. ¡Lo de siempre! Pero, mejor será quedarse con los bellos recuerdos y no contemplar estas ruinosas estaciones y andenes desaparecidos –ni siquiera se molestan en restaurarlos–, que más parecen fantasmas del pasado. “¡Viajeros al tren! El tren con destino a Gor, Gorafe, Baúl, Zújar, Freila, Baza, Caniles y Almendricos va a efectuar la salida de un momento a otro… ¡Piií!”.


Posdata: este artículo fue publicado en La Opinión de Granada, el 14 de diciembre de 2005. La línea fue cerrada por el Gobierno de Felipe González, al mismo tiempo que apostaba por el AVE Sevilla-Madrid. Extraído de mi libro ‘Artículos del Altiplano y de Granada’.

El tren de la bruja, por CUSTODIO TEJADA.


                        




                          A Alejandro Custodio


            I

     Dentro de un túnel lleno de suspense, está el tren de la vida, que dicen que si pasa y no te subes pronto, ya no vuelve a pasar jamás por delante de ti. Eso lo descubres mucho tiempo después de que te dejara apeado en la primera estación del desengaño. Luego, vienen otros trenes, quizá más románticos y hasta de lujo. El tren del Cantábrico, el Oriente Espress, el Transiberiano o el mismísimo Renfe AVE. Ninguno puede compararse con él, con el más grande. Ni siquiera el viejo tren de madera, aquél que nos acompañó tantas noches por las vías de nuestra infancia, consigue las mismas emociones ni retener los mismos timbres y recuerdos. Porque ninguno tiene tanto sabor como el Tren de la Bruja; es el tren más genuino, el único que sigue dando vueltas en nuestra memoria después de tantos años. Gira y gira, como un “mantram gira el Tren de la Bruja alrededor del gesto, inocente e intrigado, de un niño que mira de reojo el brazo fuerte de su padre. Para ese niño, el auténtico viaje, el tren más auténtico es el Tren de la Bruja; que es como decir, el tren de los sueños. No hay raíles más infinitos y que más lejos lleven que, las sonrisas de tu hijo, estirándose a carcajada limpia por un brazo que intenta quitarle la escoba a la bruja. Entonces, el tiempo se detiene en sus ojos agradecidos por haber conseguido la gran hazaña, el gran milagro de la escoba hecha carne y su halo de inocencia resumida en un deseo cumplido. Objeto talismán en el que se convierte la escoba que todo lo transmuta, como si fuera la verdadera piedra filosofal. Una vez que la coges y se la entregas, ipso facto, te conviertes en su héroe favorito. Nadie puede hacerte sombra a su lado. Eres el no va más para tu hijo y eso te conmueve. Tu hijo te mira con asombro y orgullo, y te agradece el esfuerzo con un beso. Todavía no entiende mucho de fracasos, es demasiado pequeño y lo único que importa es la escoba y el Tren de la Bruja. Todo lo demás puede esperar, al menos, por ahora.

            II

Una nube de humo blanco
con olor a fresa nos envuelve
y nos ciega, nos aturde
los sentidos y hasta la razón misma
nos perturba. Globos de colores
en ofrenda, como largos gusanos de seda
embriagan nuestra voz con su helio.
Mucha música y mucha fiesta
y la sonrisa de tu hijo
que vuela que salta que estalla
como una cometa en tus hombros
o una semilla que crece
en la verde pradera de tu alma.
Una vuelta y otra, y otra más
hasta rozar el éxtasis del derviche
en su círculo y en su danza.
Y agarrada a la mano inocente,
el trance de la escoba encuentra
su apogeo, cuando se le arrebata a la bruja
y luce victoriosa en el brazo del padre
que la ofrece, cual Excálibur, a su hijo.


Vía alternativa, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.



I
Todavía resonaban en su cabeza aquellas palabras que su mujer le dirigió en el andén, justo antes de subir a aquel gusano de chapa que se arrastraba a velocidad vertiginosa a través  de la llanura. «Tenemos que hablar». No era la primera vez que se lo decía, y en aquella primera ocasión no fue sino el presagio de una gran tormenta conyugal. El fuerte carácter de Jaime y su escasa capacidad para afrontar los errores propios nunca habían supuesto un freno para que Marta, la única persona que le había hecho llorar, que había sacado de sus entrañas sentimientos escondidos, le tratara con un respeto y delicadeza no siempre merecidos. Su naturaleza  frágil, su voz queda, raramente lograban imponerse a aquel vendaval de energía y egocentrismo viril.
Así que cuando, de nuevo, pronunció esas palabras, rememoró viejas amarguras. ¿Acaso no había aprendido de sus errores?. Hizo auténticos esfuerzos por sacar más tiempo para los dos, se fueron de viaje, hicieron planes de futuro, intentaron con gran empeño tener descendencia. Parece que no fue suficiente. ¿O acaso se trataba de nuevos reproches? Enseguida lo averiguaría, dentro del vagón no había donde esconderse.
            El ligero traqueteo cuando se cruzaron con otro tren trajo a Jaime de nuevo a la realidad. Volvió a girarse a mirar por el pasillo, pero Marta no estaba a la vista. Al momento, se abrió la puerta del baño, y apareció su grácil cuerpo franqueándola. Ella notó la mirada de su esposo y le lanzó una sonrisa cómplice, aunque algo forzada.
―¿Te encuentras mejor?― preguntó cuando se sentó a su lado, tratando de mantener un tono relajado.
― Sí, es sólo que estoy algo mareada― respondió sin mirarle a la cara, al tiempo que se hacía con una revista sujeta en la malla del asiento delantero.
―Pero ya llevas varios días así, ¿no? Hace un par de noches también escuché como te levantabas al baño a...
―Estoy bien ― atajó con sequedad.
Estaba claro que no quería hablar de su salud, algo delicada desde siempre, por cierto. Otro asunto de mayor importancia pasaba por su mente, pero no veía la forma ni el momento de afrontarlo con la persona con la que compartía su vida desde hacía ya siete años. Marta resopló, cerró de golpe la revista y dijo:
―Cuándo hablaste con Ramiro, ¿te dijo que estuvimos juntos en Madrid... ―pausó la alocución un par de segundos, para concluir en voz baja― comiendo?
―No, no me dijo nada. ¿Cuándo fue eso?
―Hace un par de meses.
―¡Será cabrón!. Ya podía haberme dicho que vendría.
―Te llamó a la oficina, por lo visto, pero le dijeron que estarías reunido todo el día...
Aquel maldito proyecto le tenía tan absorbido que no tenía ni tiempo para devolver una llamada. Ahora recordó que, efectivamente, su secretaria le había dejado el mensaje en su agenda electrónica, que se perdió entre las múltiples anotaciones, como aquella en la que figuraba su aniversario, que pasó sin pena ni gloria, ni un detalle con su esposa, sólo un «lo siento» al día siguiente y un libro de cocina. Estaba claro que necesitaba establecer nuevas prioridades en su vida.
―Vaya ―atinó a contestar por decir algo―. Lo llevarías a aquella churrasquería junto al río, ¿no? Le encantan las costillas a la brasa. Bueno, mañana podremos hablar con toda tranquilidad, tendremos toda la jornada para ponernos al día― se puso a trastear en el móvil mientras proseguía―. Cuando me habló de la descabellada aventura que tenía en mente, me dejó de piedra. ¿Te lo puedes creer? ¿Pues no va y dice que se quiere coger un año sabático y aprovechar para dar la vuelta al mundo en su viejo cascarón? ¡Hay que tener narices!
―¿Eso fue lo que te dijo? ¿Nada más?― fue la respuesta de Marta.
Estas preguntas dejaron a Jaime algo perplejo. ¿Qué significaba ese «nada más»?.
La inoportuna aparición de la azafata ofreciendo periódicos y bebidas interrumpió la conversación momentáneamente, pero los pensamientos de Jaime se dispararon a una velocidad muy superior a los trescientos kilómetros por hora a los que en esos momentos se desplazaba el convoy. Aunque esa aceleración mental fue tan rápida como breve.
―Sí, claro. Me habló otra vez de Nuria. Pobre, creo que no termina de superarlo. Y es que, que te dejen esperando en el altar el día de tu boda, te deja muy tocado. Por mucho que ya haya pasado un año.
―Peor hubiera sido casarse con la persona equivocada, digo yo― replicó con contundencia Marta, pero su marido no pilló la indirecta―. Estaba claro que ese putón  no tenía nada en común con Ramiro, no entiendo como podían estar juntos.
Era la primera vez que Jaime oía una opinión tan categórica sobre Ramiro de boca de su mujer. Y estaba completamente de acuerdo, aquellos dos no pegaban juntos, pero nunca se había pronunciado al respecto. Parece que aquella comida juntos dio para hablar de muchos temas.
El zumbido del móvil volvió a interrumpirles. En la pantalla apareció el nombre de Ramiro, como si alguien le hubiese advertido de que estaban hablando de él. Jaime saltó por encima de las piernas de Marta para dirigirse al espacio entre vagones, mientras iniciaba la conversación telefónica:
―¿Qué tal, hombre? Precisamente estábamos hablando de ti. Llegaremos a Sevilla en poco más de una hora, alquilo un coche y salimos para Huelva ―silencio mientras prestaba atención a la respuesta de su interlocutor. ―De acuerdo, pues mañana nos vemos. No sabes las ganas que tengo de verte y que me cuentes cómo coño se te ha ocurrido semejante locura.
La puerta se deslizó suavemente y selló el cubículo de forma estanca, volviendo el silencio al vagón. En su interior, Marta miraba por la ventana a los postes que se sucedían uno tras otro, casi tan rápido como los días que habían pasado desde que su vida cambió. Tenía que compartirlo con su esposo, pero fue otra oportunidad perdida.

II
Las vitrinas del museo estaban atiborradas de variopintos objetos, todo tipo de artilugios usados desde la antigüedad para sacar a la luz los ricos tesoros en forma de minerales que albergaban bajo el subsuelo aquellos parajes. Pero lo que a Jaime realmente le llamaba la atención eran aquellas vetustas locomotoras enclaustradas en ese viejo hospital que ahora era el museo minero de Riotinto.
Mientras Marta y Ramiro intercambiaban comentarios a los pies de las estatuas de Claudio y Agripina, rodeados de ánforas y joyas milenarias, Jaime se quedaba absorto contemplando el vagón del Maharajá, el vagón de vía estrecha más lujoso del mundo, que por distintas vicisitudes acabó siendo la pieza estrella entre aquellas paredes. Prosiguió visitando la locomotora de vapor y leyendo sin prisa los múltiples paneles que hablaban de la otrora época gloriosa para la comarca.
―Chicos, ¿dónde os habéis metido? ― terminó por decir en voz alta una vez dio por terminada su exploración museística.
Desde un rincón del zaguán se escucharon sus voces. Allí estaban, sentados en un viejo escaño de madera. Marta estaba recostada sobre el hombro de Ramiro, lívida  y con espasmos.
―No me la cuidas nada ―dijo en un tono algo socarrón―. Deberías estar más pendiente de tu mujercita.
Jaime no dijo nada a este comentario. Ante este escenario, simplemente contestó:
―Vaya, creo que me quedaré con las ganas de subir en el ferrocarril minero. Por lo que he leído, es una pasada el cauce del río Tinto...
Marta no estaba con ánimo para responder a este tipo de sandeces. Se limitó a lanzar una mirada de asco, replicando:
―Si tienes tantas ganas de ir, vete. Mejor aún, marchaos los dos, yo me quedo aquí esperando a que se me pase este malestar.
Su respuesta no daba lugar a opciones que fuesen justificables. Si se quedaba alegando que no podía dejarla sola en ese estado le diría que podía cuidarse perfectamente por sí misma. Si se marchaba tal y cómo le había indicado, el problema lo tendría a la vuelta por no velar por su salud y acompañarla en este trance. Una vez más, Jaime sacó su lado pragmático. Seguramente no volverían al lugar en mucho tiempo, su mejor amigo se marchaba para hacer un largo viaje, y de todas formas, la bronca le iba a caer igual.
―Está bien. Si dices que prefieres esperarnos aquí, nos marchamos ya para subir en el vapor de la una y media. En una hora y pico estaremos de vuelta, calculo. Estarás bien, ¿verdad?
Ramiro se sintió algo incómodo ante este panorama. Tras su reciente conversación con Marta, era consciente de que Jaime todavía no estaba al tanto de la situación. Tal vez había llegado el momento de que todos jugasen con las cartas boca arriba.
Una nueva arcada, que Marta trató de mitigar balbuceando como pudo:
―Por favor, marchaos ya, sólo faltaría que tuvieseis que esperar al siguiente turno. Yo estaré bien, no os preocupéis.
El motor del utilitario rugió pocos minutos después. Enfilaron la carretera hacia el punto de partida del ferrocarril. Los dos amigos tenían muchas cosas que contarse, aunque no sabían el vuelco que darían sus vidas en cuestión de minutos.

III
La vieja locomotora de vapor reptaba renqueante por la ladera de la colina. La chimenea lanzaba a la atmósfera una gigantesca columna inmaculada, mientras el cadencioso balanceo de las barras excéntricas transmitían el movimiento a las  enormes ruedas metálicas, a cuyo paso hacían crujir las decrépitas traviesas. Eran apenas tres viejos vagones de madera, colmados hasta los topes de familias, principalmente, que se agolpaban a ambos lados asomando por los ventanales sus cámaras fotográficas. La verdad es que el espectáculo era alucinante. La parduzca tierra dio paso, paulatinamente, a toda una variedad cromática entre el rojo y el amarillo. Por su parte, el reflejo del cielo sobre la superficie del río quedó atrapado por una amalgama de tonalidades carmesí, que convertían el serpenteante cauce en una arteria desbordada de hematíes.
El ambiente se fue cargando de gases sulfurosos, y a cada regato que encontraban en los meandros, los comentarios de los presentes se disparaban de forma exponencial a las instantáneas tomadas, a cada cual más bizarra y colorida. La actividad minera, principalmente extracción de cobre a partir de pirita, había convertido al río en veneno puro para las especies que lo habitaron, pero por otro lado le dotó de un halo tan fantasmagórico, tan inquietante, que nadie que pasara por allí podía resistirse a visitar.
El guía que les tocó en suerte no tenía muchas ganas de trabajar ese día. Se dedicó a dar someras explicaciones sobre los decadentes edificios del parque industrial y los procesos de extracción. Estaba más pendiente del móvil que del personal de abordo y sus respuestas a algunas preguntas eran tan imprecisas como poco convincentes.
Mientras la gente se agolpaba preferentemente en el tercer vagón, exento de incómodos cristales para la obtención de fotografías, Jaime y Ramiro se sentaron en un ángulo del más próximo a la locomotora, donde casi podían masticar las arenillas de carbón que se desprendían de la cámara de combustión.
―¿Cuánto tiempo hacía que no nos veíamos?. Por lo menos año y medio, ¿no? Recuerdo que estabas con los preparativos de la boda.
Fue pronunciar esas palabras y caer en la cuenta de que había metido la pata. No fue precisamente una buena época para Ramiro, y Jaime sabía que no estuvo a la altura, apenas le llamó para interesarse por su estado. Sufrió una profunda depresión tras anularse el enlace, y le costó meses recuperarse del golpe anímico que supone una decepción así.
―No sé, ya no me acuerdo― respondió indolente.
―Bueno, no importa cuanto tiempo haya pasado, el caso es que aquí estamos, y me alegro de que las cosas te vayan bien. Lo que no entiendo es como se te ha ocurrido lo de la vuelta al mundo en barco. Chico, esa manía tuya de pasar penurias gratuitas...
Desde su estatus y vida aburguesada, Jaime nunca podría comprender que alguien pudiera lanzarse a una aventura de este tipo con el único afán de vivir experiencias, descubrirse a sí mismo, así que tampoco hizo mayores esfuerzos para justificarse.
―Ya sabes que siempre he estado un poco loco― le dejó caer guiñándole un ojo―. Creo que es el momento más oportuno para hacer algo que siempre soñé. Ahora no tengo ninguna atadura y sí muchas razones para poner tierra, en este caso mar, de por medio.
―Dime la verdad, ¿estás huyendo de algún marido cornudo? ―el comentario pretendía ser gracioso, pero a oídos de Ramiro era como una revelación. ¿Realmente lo había dicho a propósito o seguía viviendo en la inopia?. Era el momento de averiguarlo.
―¿Conoces a alguno del que debiera huir?
El tono sarcástico funcionó como un resorte en las sinapsis de Jaime. Repentinamente las teselas que conformaban los comentarios y situaciones vividos en los últimos meses comenzaron a organizarse y recomponer un mosaico que hasta ahora, por fragmentario e inconexo, le era ajeno. El distanciamiento de Marta de los últimos meses, los viajes por motivos laborales, un especial ensimismamiento de ésta en ocasiones, incluso los libros que últimamente veía en sus manos sobre barcos y viajes oceánicos. Si añadimos la última píldora sobre el encuentro reciente en Madrid, y la escena de explícita complicidad en el museo, arrojaron un resultado en la ecuación que no esperaba del que una vez fuera su mejor amigo.
No. No podía ser. Nadie tendría tal sangre fría como para decirle a un amigo, a la cara, que se estaba follando a su mujer. Y además así, de sopetón y con una sonrisa en la cara. Jaime pensó que era otra de las elaboradas bromas a las que le tenía acostumbrado en sus tiempos estudiantiles, aunque esta vez se había pasado. Aún así, cambió el rictus de su cara, desencajada por un instante.
―¡Eres la hostia, macho! ― soltó un vozarrón de tal magnitud que sus compañeros de viaje más cercanos se giraron para ver que pasaba―. Si no fuera porque te conozco, te hubiese partido la cara aquí mismo― concluyó.
―Entonces no te ha molestado, ¿verdad? ― respondió Ramiro―. Ya le decía yo a Marta que lo sabrías entender, que ya que se ponía a buscar un amante, mejor  alguien de confianza― y soltó una risotada nerviosa.
En realidad, no sabía bien como había encajado Jaime la confesión, si realmente pensaba que era cierto o que se trataba de una broma de mal gusto, así que intentó seguir el juego hasta sus últimas consecuencias. De todas formas, al día siguiente desaparecería de sus vidas por una larga temporada.
―Además, yo ya no tengo nada que hacer. Marta se ha dado cuenta de que sólo te quiere a ti, a pesar de todo, y ahora que vais a ser padres...
―¿Padres? ― preguntó Jaime con extrañeza.
―Vaya, se me ha escapado la gran noticia. Te ruego que me perdones, pero Marta me lo ha confesado hace un rato, y con esta incontinencia verbal mía...
De nuevo la cara de Jaime cambió. En esta ocasión no creía que fuera parte de la broma. Los síntomas que mostraba Marta eran claramente compatibles con una reciente concepción, algo que habían estado buscando, con más ahínco tiempo atrás, a fin de darle estabilidad a la pareja y formar definitivamente una familia. Pero en lugar de mostrar felicidad por esta situación, no pudo reprimir un gesto de enojo, que no pasó inadvertido a su amigo.
―No te enfades, hombre. Si ella tenía pensado decírtelo, pero no encontraba el momento adecuado. Ya sé que no hubiese sido lo mismo enterarte por ella, pero, bueno, no creo que merezca la muerte por darte buenas noticias― trató de disculparse mientras le daba palmaditas en el hombro.
En ese momento, el rugido de la máquina se detuvo, sonó el estridente silbato que tantas veces hemos escuchado en las viejas películas en blanco y negro, cuando los enamorados se despedían en un andén atiborrado de vapor y maletas. La escena, en este caso, no era tan sentimental, había cierta tensión contenida buscando una válvula de escape.
―Por favor, señoras y señores pasajeros, hay que bajar del tren. ¡Todos abajo, por favor!― dijo el guía a voz en grito.
―¿Pero qué pasa?. ¿Por qué bajamos aquí? ― inquirió Ramiro.
―Veo que no han estado muy atentos a mis explicaciones, lo he dicho hace un rato― le contestó displicente―. La máquina tiene que dar la vuelta para llevarnos de  nuevo a la estación, y este es el único punto con cambio de agujas. Sólo serán unos minutos. Aprovechen para estirar las piernas y ver el paisaje.
El guía se apeó del vagón haciendo indicaciones a los dos amigos para que le  siguieran. Ya en tierra, continuó:
― Pueden dar un paseo mientras la locomotora realiza la maniobra, pero no se alejen demasiado, por favor. Y recuerden lo que les dije antes, el agua del río no puede beberse, por supuesto, pero tampoco puede tocarse, tiene altas concentraciones de azufre y ácidos muy corrosivos. Vigilen en particular a sus hijos. Gracias.
La máquina se puso de nuevo en marcha, soltando una bocanada de vapor, que poco a poco se fue desvaneciendo según se alejaba, adentrándose aún más en aquel paraje sobrenatural. Mientras, la gente hacía el tonto cerca de la púrpura orilla, haciéndose fotos y destrozando alguna que otra suela de zapato.
Jaime le sugirió a Ramiro que le siguiera.
―¿Pero es que no lo has oído? Ha dicho que no nos alejemos.
―¿Quieres ver algo realmente espectacular? En uno de los paneles del museo leí que aquí al lado podemos vislumbrar un paisaje que parece auténticamente marciano. Sólo tendremos esta oportunidad. ¿Vienes o no?
Jaime ya había iniciado la marcha, así que Ramiro optó por seguirlo, tal ver merecía la pena acercarse y ver algo fuera de lo común, le pudo su espíritu aventurero.
Pocos minutos más tarde, la locomotora regresó en sentido contrario por una vía de servicio paralela, se paró unos metros por delante de los vagones, retrocedió marcha atrás y accedió de nuevo a la vía principal, enganchando el convoy por el que hasta ahora había sido el vagón de cola.
De regreso a la estación, Jaime se mantuvo callado, sumido en sus pensamientos. Es verdad que tal vez no había sido un buen marido, que no había dedicado a Marta los minutos y cariño que merecía. Cuando al pasar de vuelta se fijó en desvencijadas y oxidadas locomotoras que yacían en vías muertas, pensó que no quería ser como una de ellas, era preciso retomar el pulso de sus vidas, buscar nuevas metas, revivir enterrados sentimientos.

IV
Marta empezaba a impacientarse. El viaje en tren había durado algo más de lo que Jaime había previsto. Se la encontró en el mismo banco donde la dejó, se sentó junto a ella y la besó en los labios. Se sorprendió ante este gesto, al que no la tenía acostumbrada.
―¿Te encuentras mejor? ― le preguntó mientras le cogía de la mano.
―Igual, además tengo hambre. Vámonos de una santa vez. ¿Y se puede saber dónde está Ramiro?
―Le han llamado del amarre, algún inconveniente de última hora con el barco. Ha tenido que marcharse de forma apresurada. Como sabes, zarpa mañana temprano. Me encargó que te transmitiera sus disculpas por no poder despedirse en persona.
Marta se quedó algo extrañada, no era un comportamiento propio de Ramiro, aunque no era el momento para darle más importancia, estaba demasiado hambrienta como para pensar.
Mientras conducía el vehículo, los últimos acontecimientos bullían en la cabeza de Jaime. Llegó al paso a nivel y se detuvo sin necesidad, pues aquella vía llevaba años muerta. Miró a un lado y al otro, y en ese preciso instante le dio por pensar que la vida, a veces, nos da una segunda oportunidad, inesperada, en la mayor parte de las ocasiones, y no siempre merecida. En su caso, aunque fuese a costa de la vida de un amigo. ¿Cómo iba a pensar Ramiro que le empujaría al fondo de aquella sima por la que fluía incesante una cascada corrosiva? Nadie buscaría su cuerpo allí, que por otra parte, estaría reducido a un amasijo de miasmas en cuestión de días. “Sin cuerpo no hay delito”, cómo solían decir en las películas.
Seguramente una mentira precisaría de más mentiras para sustentarse. Lo primero sería buscar una excusa para dejar a Marta en el hotel y marchar al puerto de noche, hacerse a la mar, hundir el barco de su amigo y regresar en el bote salvavidas. No era empresa fácil, pero tenía que hacerlo. Ya nadie preguntaría por Ramiro en unos meses, todo el mundo daría por supuesto que estaba realizando su soñado viaje transoceánico.
Luego estaba el asunto del parto. Es verdad que todos los niños parecen iguales al nacer, pelo rubito, ojos azules. Pero con el tiempo, al comprobar como la criatura conservara esos rasgos, alguna avispada abuela o tía lo advertiría con comentarios del tipo: «¿Pero de quién habrá sacado este niño estos ojos azules? De su padre no, desde luego».
Craso error. No creía que, ni siquiera en esas circunstancias, Marta confesara su infidelidad. Estaba claro que Ramiro no se hubiese planteado poner un mar de por medio si creyese tener alguna oportunidad con su mujer, por lo tanto, fue ella la que le dio la patada, seguramente cuando se dio cuenta de que estaba embarazada. Lo que ninguno de los amantes sabía era que Jaime, tras un rutinario examen urológico, averiguó que era estéril. Tal era el trauma que suponía para él, que ocultó esta información a su mujer durante meses, buscando el mejor momento para decírselo. Ya no lo haría, por supuesto. Y tampoco podía dejar un cabo suelto de forma que, en un futuro, el verdadero padre pudiera reclamar la paternidad de su retoño.
El azar quiso que tuviera una nueva oportunidad para rehacer su vida, una vía alternativa que hasta ahora no había contemplado.
―¿Estás esperando a que me muera de hambre? ¿Quieres arrancar ya? ― la mujer resoplaba de impaciencia.
―Claro, perdona. Se me fue el santo al cielo.


Media distancia, por JORGE M. MOLINERO.


Solo había asientos
en uno de esos vagones
donde se exige silencio con los que
Renfe está experimentando
en algunos trenes de media distancia.

Pocos lectores
de algo que no sea
un móvil.

Tan imposible entablar
una relación, un polvo
futuro o un asesinato.

Y el paisaje pasa tan deprisa que
parece una acuarela corrida.

Así es imposible escribir un poema.
Cada aviso de próxima
parada nos sobresalta. Por unos
segundos nos miramos a los ojos.


Ojeo, por ISABEL REZMO.


Ojeo el sol cuando
entrecruzo mis piernas en una pisada,
en la inmediatez de una suavidad  uniforme.
en el vagón del camino.
Estrellas, recuerdos,
libros compuestos, sin títulos que amasar.
Ojeo.

Y tú me amas.
Luego… me olvidas y en un minuto
me amarras.

Ojeo, sin salirme de la tangente,
de la gravedad de la memoria.
Ojeo tu inexistencia,
Olfateo la profundidad de los desvaríos,
de los poemas sin nombre.

Ojeo sin mediar palabra.
En los trenes de tu regazo.
Con el fin de poder transgredir
la palabra tupida
en las exequias de los momentos.

Ojeo la palabra carne y el singular
de los restos,
y siempre,
ojeo tu necesaria premura
en amar corriendo.


El expreso, por LUIS LÓPEZ-QUIÑONES RUIZ.





El humo de mi tren imaginario
rompe gris el cielo de Francia,
y subida en ambas direcciones
por el acero del raíl la vida pasa.

En primera viaja la curiosidad
camino de Perpiñan y el Molino,
los furtivos de la lujuria y la moral
y los del último tango en París.
En segunda van los enamorados
que se comen a versos y a besos,
artistas, cazadores de belleza,
y la bohemia bañada en licor.
En tercera viaja la vendimia
la promesa de un mañana mejor,
los soldadores y los obreros,
andaluces de Jaén y brazos de Castellón.

¡Más madera!, ¡más carbón!,
carbonilla para mi tren de vapor,
correo expreso que lleva noticias
vagón litera que trasporta sopor.

Y deshaciendo el camino,
pasa de Hendaya hacia Irún
y se desengancha en Moreda
cuando la tristeza se hace blues.
Vuelven los hombres a su tierra
con las manos llenas de grietas,
 y un mapa arrugado en el bolsillo
del lugar en que su promesa enterraron.
Mi tren, cruza las montañas,
de ida y vuelta son los anhelos,
vagones de caricias y amor
y otros de lágrima y duelo.


¡Más madera!, ¡más carbón!,
carbonilla para mi tren de vapor,
correo expreso que lleva noticias
vagón litera que trasporta sopor.

Munich, 27 de agosto del 2015


Asesinato en el Orient Express, por JULIA GARCÍA NAVARRO.






-¿Porque te casaste conmigo? – Preguntó ella, con un leve temblor en los labios.


-Eras la mejor opción querida, la mejor de todas sin lugar a dudas. – respondió él, concentrado en ajustarse el nudo de la pajarita frente al escueto espejo del coche cama.


-Abrázame – suplicó ella.   


Él se sintió molesto por la petición de su esposa. Terminó de ajustar la prenda mientras la miraba de reojo a través del espejo. No era la primera vez que ella le pedía algo semejante y odiaba esa mala costumbre suya de elegir momentos inoportunos. Aquella noche la solicitud le pareció más absurda de lo habitual, teniendo en cuenta que el camarote de primera clase estaba atestado de maletas y que llegaban tarde al cotillón del vagón restaurante.


La idea de contentarla arrugando el esplendido traje de tafetán negro lo puso nervioso. No le agradaba tocarla porque sabía que algo terminaba estropeándose en cada abrazo consentido. Sus pensamientos se vieron asaltados por manchas de carmín en el cuello de la camisa, rastros de polvo facial sobre su pechera o el perfume de ella impregnado y luchando obstinadamente contra el suyo.


Una intensa sensación de enojo lo atenazó y desvió la mirada del espejo, concentrándose en la tranquilizadora labor de elegir calzado. Sacó varios pares de la maleta tratando de no desordenar el contenido del pulcro baúl. Los alineó cuidadosamente sobre los dibujos geométricos de la alfombra oriental y le dio un leve empujón a su esposa para liberar el espacio que necesitaba. Descubrió un roce en el talón de uno de ellos e hizo una mueca de fastidio al descartarlos, farfullando un comentario desagradable sobre el descuidado mayordomo.


–Ayúdame a elegir botines querida – exigió un tanto autoritario – No lo tengo claro. Estos son nuevos y me harán daño pero los de hebilla han perdido el brillo original ¿Qué opinas?


Desgranó en voz alta posibles ventajas e inconvenientes de las combinaciones con su atuendo y el pertinaz silencio de ella le molestó. La buscó con la mirada y la descubrió desafiante frente a él. Estaba demasiado cerca para su gusto y por un momento sus ojos le parecieron extraños, pero no se detuvo lo suficiente para reparar en que su iris de ámbar estaba incandescente.


Solo tuvo ojos para el vestido parisino, hecho un guiñapo, bajo los afilados tacones de ella.


Mil gotas de un sudor desatinado hacían brillar la piel desnuda de su esposa bajo la luz de gas.


Estaba muy bella pero sintió deseos de abofetearla por el descuidado trato que daba a la prenda tirada en suelo y también por la irritante provocación estética de sus zapatos faltos de color, pero se contuvo. Era escandalosamente tarde y la impuntualidad su peor pesadilla.


Ella no se asombró por el reproche agrio que se dibujó en el ceño fruncido de él. Escudriñó su mirada y lo supo más molesto que divertido, más preocupado que excitado, mas dispuesto a salir de la cabina que a quedarse y más decidido a evitar arañazos sobre la preciosa tela de su vestido de noche que a infringirlos en su piel.


Esperó que sucediera algo distinto esta vez: algo brutal o algo que al menos fuera inesperado, pero no sucedió nada, salvo que él insistió tiránico en que se diera prisa.


Ella recuperó la calma y tomó el vestido del suelo para enfundárselo de nuevo. Después abandonaron juntos la cabina,  pero no le siguió dos pasos por detrás aquella vez. Tomó la dirección opuesta al coche restaurante, sintiendo la mirada asesina del esposo clavada en su espalda.  


Supo que todo estaba perdido: él jamás perdonaría por obligarle a llegar solo y tarde a una cena de etiqueta en el Orient Express.







El encargado de los vagones de segunda fumaba en el pescante trasero. El frio le clavaba alfileres en la ruda mano con la que sostenía un habano usurpado y lanzaba bocanadas de humo apoyado sobre la fina barandilla que lo separaba de la estepa.


Se sentía libre y poderoso en momentos así.


Dio la última calada y dejó caer la colilla, que se alejó velozmente entre dos travesaños de la vía.  Buscó el tirador de la puerta para regresar al calor del tren pero vislumbró que había alguien al otro lado de la puerta. Tenía los ojos cerrados y apoyaba las palmas de sus manos sobre el ventanuco,  lanzando vaho en el cristal a intervalos regulares.  La observó curioso hasta que ella abrió una ventana nueva dentro de la empañada y se asomó buscando la estela de los raíles sobre la llanura blanca de Rusia.  


La mujer se sobresaltó al descubrir la silueta de un ser vivo en aquel exterior desolado.


El hombre dudó al ver aquellos ojos imposibles ardiendo como ascuas y llamándolo, pero decidió proceder con cautela al descubrir cierto halo de locura suicida en las pupilas dilatadas. Valoró posibilidades de conflicto al identificarla como pasajera británica de la primera clase y cuando ella abrió la puerta saludó respetuoso, siguiendo las rígidas formulas habituales con los clientes del tren. 


La mujer reconoció en él a un animal bello, tosco y feroz y extendió los brazos sobre las jambas para impedirle el paso. Lo retó echando su cabeza hacia atrás y dejando que el viento penetrara en el pasillo, acariciándola con su mano helada al ritmo del vaivén del tren.


El hombre se supo autorizado a mirarla y lo apresó la zarpa de un deseo urgente por aquella mujer tan hermosa. Estaban lejos de miradas indiscretas y se abandonó al placer de la sangre fluyendo por sus cavernas azuladas.


Ella anheló escuchar una música compuesta de aullidos y crujidos de seda ajironándose a empujones y mordiscos.


– Abrázame – exigió.


Compartieron el trayecto como dos lobos esteparios que se asaltan sobre nieve caliente. Hubo nobleza en el cuerpo de la mujer entregándose y cierta ternura en el salvaje y pausado cruel ataque sin fin de aquel hombre.







Regresó al lujoso camarote con la certeza de que un cachorro de lobo ya habitaba sus entrañas.


Pensó en la mejor manera de asesinar a su esposo, antes de que el lograra asfixiarlos lentamente entre estanterías atestadas de cosas y la nada.


Eligió la más sencilla y abrió las cortinas para que la luna se colara dentro.


El esposo coleccionista volvió al filo de la medianoche y su corazón no pudo soportar el dolor que le causaron dos sedas de su propiedad estropeadas al mismo tiempo: los restos del vestido y la desnudez herida del cuerpo, que él nunca había tocado, fueron el arma sutil con la que ella le apuñaló.


Los latidos cesaron al mismo tiempo en que el año 1930 moría en el reloj del restaurante del Orient Express.