La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 12 de agosto de 2025

Fanega de trigo, por José Cobo de la Cruz



 

Por lo que oí y mi larga experiencia sé que la trilla es la faena suprema de la cosecha. Es el arte de separar el grano de la paja. Hoy cumplí mi destino en esta labor ancestral. Lo hice bien. Estoy contento, aunque el cansancio y el dolor me acompañen. Soy duro, pero vulnerable. Las callosidades talladas por el empedrado me protegen como si fueran una coraza.     

El tío Frasco, mi amo, sonríe complacido al contemplar las espigas y los tallos de trigo candeal deshechos con precisión: el grano liberado de su cárcel dorada por un lado; la paja menuda, por el otro. Dejé en su punto la parva para  aventar y concluir con el cribado.

Soy un trillo. Me llaman « El Abuelo», porque fue él quien me dio la vida, quien me forjó con maña y sabiduría. Soy un tesoro, una reliquia que guarda la historia de la saga familiar.

Estoy envejecido. Pertenezco a una especie única de pino silvestre, el más duro de la sierra. El abuelo me compró tras la saca para la faja del cortafuegos de una umbría de las estribaciones del Picón de Jerez. Sin embargo, a pesar de mis grietas y astillados, soy todavía una herramienta imprescindible.

Al final de la trilla, mi amo Frasquito —así lo llama su mujer María la “Cuetera”; su padre era pirotécnico —me cuida con delicadeza. Pule mis desgarros, lima los desgastes de los roces que la era empedrada imprime en mi cuerpo. Luego, como una caricia amarga, me unta con un líquido aceitoso y fétido que sella mi superficie veteada. Cuando seca el mejunje, mi amo me besa como si fuera digno de su estima, y me siento querido y valioso. Se aleja con los ojos humedecidos y murmura sollozando: « Eres el  trillo del Abuelo ».

 María la Cuetera maneja el cedazo grande de la criba  con habilidad, separa el trigo de la paja. El calor abrasador le sofoca. Lo confirma su pañuelo empapado de sudor, pero persevera rezando  jaculatorias marianas —las que le enseñó su tía abuela —, y, a su  manera, aleja el sentimiento de debilidad y derrota.

— ¿Cuánto tiempo más soportaras este ritmo, este destino sin fin?

Ella lanza un suspiro contenido; no quiere alarmar a Frasquito ni despertar a su hija. Sufre en silencio la ausencia de Carmela.  Mira al cielo cegador como lanzando una plegaria al viento del sur. 

—Lo hago por ellos dos. No tengo otra opción. Don José, el cura del pueblo, dice que me estoy ganando el cielo, y eso es mucho. El trabajo me libera si lo hago por amor.

El tío Frasco barre la era con furia, empuñando una escoba hecha por él mismo con ramas de mimbre y retama del monte, atada en el extremo con una trenza de esparto curado. Cada barrido es enérgico, rabioso como si buscara arrancar sangre entre los resquicios de los cantos rodados. Sé que piensa en ella, en los rumores de la gente. ¿Por qué no les escribe?

—Frasco, odias esto, ¿verdad? La fatiga grita en tu respiración, tu corazón late demasiado deprisa. Amenaza con saltar.

—Sí, trillo  “El Abuelo”, lo siento en el alma. Cada día me pesa más. El mundo me  enterrará sin que me dé cuenta. Pero no puedo ceder. Mi niña debe ir a la universidad. Eso depende de mí sudor. Este año la cosecha es buena. El trigo sube. El cielo está despejado y no habrá tormenta de verano.

 El destino familiar los marcó con la pobreza, pero no están dispuesto a perder la batalla en su lucha por un mañana mejor. El sufrimiento y la esperanza  templaron sus corazón de acero Nada los detendrá. Ni a ellos, ni a mí.

Me suelen arrinconar en la cuadra  hasta el año siguiente. Yo tampoco me detendré en la próxima cosecha. O, quizás..., ¿se irán a la ciudad por los estudios de Encarnita? Ese pensamiento, atrapado de repente, remueve mis fibras sensibles de madera de pino silvestre endurecida por el frio de la sierra.

Encarnita duerme sobre mi regazo acogedor de pino bueno,  de espalda al sol, debajo de la acacia de la era, con la cabeza apoyada sobre unas gavillas de trigo que hacen las veces de almohada. Está agotada y duerme tranquila. Su madre la mira de vez en cuando. Yo exhalo vapores invisibles para ahuyentar las moscas y mosquitos de su cara. Los tengo a raya. El viento, mi fiel amigo, me ayuda en el propósito.

Encarnita, ahora que me escuchas… no puedes quedarte atrapada en esta tierra árida. Serías una semilla sin germinar. Sigue el consejo de tu padre. La universidad es alegría y la juventud promesa de triunfo.

—Sí, trillo “El Abuelo”…, me gustaría ser médica. Doña Trinidad dice que sirvo para los estudios. Pero me gusta el bosque y la naturaleza, los amigos del cole y el pueblo. Y mamá quiere que sea monja. Sólo nos costaría una fanega de trigo como dote para entrar en el convento. Además, debo cuidar a papá que trabaja demasiado y siempre lo veo triste. No lo sé, ya veré más adelante.

El tiempo transcurre como el trigo que se desgrana: grano a grano, cosecha a cosecha. Hace años que comparto silencio y destino con la oscuridad de la cuadra. Soy prisionero del tiempo, del eco de los  recuerdos y del polvo de la era. Siento cómo la carcoma roe mi alma noble de pino silvestre, la misma que un día mimaron las manos fuertes y tiernas del abuelo; sin embargo, me consuela la idea que algo de mí vivirá en ellos.

 

Desde mi cautiverio escucho la noticia que trajo un paisano que llegó de Barcelona. «Vi a Encarnita del brazo de su hermana Carmela, iban muy arregladas, caminaban por la Avenida del Paralelo. Paco el «Perlas» les esperaba en la puerta de “El Molino”».

 

Quizás…Encarnita ya no recuerde siquiera que fui su cuna y que, con mí nana de silencio perfumado, ahuyentaba moscas y mosquitos de su cara.

Mermelada con letras, por Alba Escudero Hernández.

 


Entre mis manos aquella tarde encontré un alhaja. A simple vista parecía algo viejo que tirar entre todo el escombro que estábamos sacando para arreglar la cueva, pero el brillo de mis ojos demostró a todos los que estaban alrededor de mí que, lo que allí yacía, enterrado en tierra, tenía una gran historia.

Lo cogí con delicadeza, con la premura de un niño inocente, con la audacia de un zorro y con la ilusión de un corazón latente. Con suavidad, le retiré la arcillosa tierra que tenía por todos lados, con mucho tacto le soplé para ir dejando vislumbrar de qué se trataba. Ante la atenta mirada de todos, dejé sonar una carcajada, porque mi tesoro encontrado no era otro que mi cuento favorito, el de las tardes de verano al pie del melocotonero, el de las noches de velada a la luz del candil, el que me enseñó a creer en las aventuras entre letras, el que diseñó parte de lo que hoy soy y el que dejó marcado en mí una huella imborrable.

Cuando lo sostuve temblorosa entre mis manos, con más claridad al haber limpiado un poco aquel sublime objeto, salí de la cueva, me senté en el poyete de madera que había debajo de la vieja acacia que una vez sembró mi bisabuelo y dejé volar mi corazón hasta aquellos días de verano, donde los ojos grandes de mi diminuta cara se me abrían cada vez que pasaba una de las delicadas páginas del cuento.

No sólo fue mi sorpresa encontrar este tesoro literario que tanto significó para mí, sino que, pasando página a página, observando la nada y a la vez el todo de lo que me aportaba, encontré una demacrada hojita de cuadros doblada que, sin pensarlo, dejando mi aventura reposando en mis rodillas, me atreví a cogerla. La abrí con sumo cuidado, a pesar de los dedos sudorosos que tenía por la tensión que mi cuerpo irradiaba ante aquel descubrimiento. Al desplegarla por completo, no pude evitar llorar porque ante mí encontré dibujada la etiqueta de la mermelada de melocotón de mi abuela, que con tanto cariño creé para darle nombre al que de verdad sigue siendo un legado de vida. 

Entre lágrimas reía al ver la desdibujada letra, con ápices irregulares, en mayúscula la palabra mermelada, melocotón con tono burlón y abuela con una línea delicada que acababa en corazón.

Ahora sí, cerré los ojos, apretando aquella hoja casi visible entre mi pecho y me transporté a aquella tarde donde aprendí a hacer la mermelada más rica que he probado. Recuerdo, como con delicadeza, mientras yo leía mi cuento, en la puerta de la cueva, todos pelaban el melocotón que habían cogido por la mañana porque no se podía vender, eran tan irregulares que a mí me parecían muy graciosos. Las conversaciones eran igual que ellos, tan diferentes, que mi aventura en la lectura pasaba a un segundo plano y me sentaba en el suelo como los indios, con mis manos entre los mofletes a observarlos.

Una vez pelados y cortados en pequeños trocitos, de los cuáles algunos yo deleitaba, los lavaban y dejaban hervir en una gran olla que mi abuela tenía y que a mí un poco de miedo me daba. Veía como se acercaban a echarle azúcar, a moverlo y a vigilarlo. Mientras tanto, me llamaban para ponerme un enorme mandil y me daban la mano hasta un enorme barreño lleno de espuma para lavar los tarros que con tanto esmero habían podido guardar a lo largo del año.

Allí, impregnados de un olor dulce que ya anunciaba el meloso manjar que se estaba preparando, me describían con mucho cariño la receta que se estaba cocinando y me recordaban que pasasen los años que pasasen, aunque algunas cosechas fueran duras y otras no tanto, no perdiera la esencia de aquel regalo que nos daba el cultivo del campo.

Yo escuchaba atentamente, mientras jugaba con la espuma, fregaba las tapas de aquellos tarros que, más tarde, serían los portadores de una delicia al paladar. Mientras tanto, mi desventurada imaginación irradió aquel lugar y sin dar explicaciones, me sequé las manos en el mandil y salí corriendo al mueble de la entradita, cogí un trocito de hoja de la libreta de cuadros que allí tenían para apuntar los teléfonos de la familia y un bolígrafo azul. Dibujé el tarro que fregaba y puse con mi mejor caligrafía el título que hoy me da vida: Mermelada de melocotón de la abuela.

Cuando lo terminé, volví corriendo hasta donde se encontraba mi padre  y mi abuela y se lo enseñé, con una desencadenada explicación, tropezándose letras con letras pero con tal brillo, que mi padre cogió aquella especial etiqueta, la sostuvo unos instantes entre sus recias manos, se la pasó a mi abuela, mientras me dejaba con ella, para  volver más tarde al lugar con un poco de pegamento y así pegarla en uno de los tarros de aquella rica mermelada que esa tarde se coció y que quedó grabada para siempre.

Me animaron a realizar más, para decorar lo que más nos gustaba echar en las tostadas del pan del horno del pueblo, recién hecho, tostado en el fuego, con mantequilla de la leche de las cabras que por aquel entonces tenían y con un lago de color naranja que regaba la tostada y que daba una explosión de sabor a melocotón.

Una de esas etiquetas tuve que utilizar para marcar la página donde me quedé leyendo o quizás, sabía que el recuerdo debía ser imborrable, heredero de un tesoro y que debía ser encontrado para poder mantener vivo al fuego este manjar.

Sin pensarlo, abriendo de nuevo los ojos, me levanté del poyete, me sequé las lágrimas que aún mantenía entre mis mejillas, dejé oculta de nuevo la etiqueta entre las páginas del cuento y busqué la mirada de mi padre para invitarle a bajar a por unos melocotones y enseñar la receta a las nuevas generaciones.

La semilla de Aurelia, por Manuel Recuero Gutiérrez.

 


Aurelia nunca quiso marcharse. Ni cuando sus hijos se fueron a la ciudad, ni cuando el médico le dijo que aquel invierno no sería fácil para los pulmones, ni cuando le ofrecieron vender la finca para hacer un camping rural. “Esta tierra me ha dado todo”, decía. “Yo sólo intento devolverle un poco”.

En su cortijo, escondido entre Fonelas y Belerda, Aurelia vivía tranquila. Tenía almendros, unas parras que daban sombra al verano y un huerto que cuidaba como quien riega los recuerdos. Por las mañanas, hablaba con las gallinas y horneaba pan, sin prisa, como enseñaron los de antes.

Cuando tenía tiempo, que era casi siempre, preparaba tarros de mermelada de higo, bizcochos de sémola con anís, y un aceite con laurel que curaba hasta las penas.

La gente la conocía de la feria comarcal. Siempre tenía el puesto más bonito: mantel bordado, flores frescas y un cuenco con almendras garrapiñadas para quien pasara. No vendía mucho, pero tampoco le importaba.

—Yo no vendo. Yo comparto —decía.

Un día, sin avisar, dejó de ir.

Fue Marta, una joven de Guadix que gestionaba una iniciativa de productos locales, quien subió a verla. La encontró bien, pero más delgada. Le había fallado una pierna y no podía andar bien. Aurelia le sonrió desde el porche:

—La tierra no necesita correr. Yo tampoco.

Pasaron la tarde hablando. Marta le preguntó por recetas, por plantas, por cómo distinguir un buen aceite sólo por el olor.

 

Antes de irse, Aurelia le entregó una pequeña bolsa de tela.

—Toma. Son semillas de tomate de colgar. De las de antes. Si las plantas con luna creciente, y las riegas cantando, dan frutos dulces hasta en noviembre. Pero ojo: si las plantas con prisa, se amargan.

Marta rió. Pero las sembró.

Ese verano fue el más seco en años. A muchos no les cuajó la cosecha. Pero en el pequeño bancal de Marta, en la huerta comunitaria que acababan de arrancar en Guadix, los tomates crecieron como si supieran que estaban en peligro de extinción. Rojos, firmes, dulces como cerezas.

Algunos se rieron: “Milagro de Aurelia”, decían. Pero otros empezaron a preguntar. ¿Qué más sabía aquella mujer? ¿Qué otras semillas tenía guardadas?

Marta volvió a visitarla. Esta vez no pidió permiso. Trajo una cesta con sus tomates, pan de horno de Darro y queso de cabra curado de Albuñán. Comieron juntas bajo la parra. Aurelia, emocionada, le confesó que guardaba un arcón con más de cincuenta variedades de semillas de la comarca. Judías pintas, garbanzos de secano, trigo recio, calabaza blanca, incluso lentejas que ya nadie cultivaba.

—Todo esto es Guadix —le dijo—. Pero la tierra sin gente que la quiera no da nada.

Así nació el proyecto “Semillas con nombre”. Marta lo lanzó con ayuda del ayuntamiento y los agricultores de la zona. El objetivo era sencillo: recuperar las variedades tradicionales de la comarca, cuidarlas y compartirlas. Cada sobre de semillas llevaba no solo el nombre de la planta, sino también el de la persona que la había cuidado. “Tomate Aurelia”, “Garbanzos de Paco el de Hernán-Valle”, “Calabaza Lola de Exfiliana”.

Se ofrecían en ferias, colegios, talleres. La gente volvió a sembrar. En terrazas, en huertos, en campos abandonados. Y con cada planta, se recuperaba una historia.

En un año, Guadix Natural dejó de ser solo una marca. Se convirtió en una red de personas que cultivaban memoria. Panaderos que volvían a usar trigo viejo. Queseros que apostaban por leche de cabra payoya. Agricultores que dejaban descansar la tierra como les enseñaron sus abuelos.

Y Aurelia, desde su porche, lo veía todo con ojos tranquilos.

—Ahora sí me puedo ir tranquila —le dijo a Marta una tarde de abril—. Ya he sembrado bastante.

Pero no se fue.

Cada semana, algún niño subía a visitarla con una planta en la mano. Querían saber si la hoja estaba bien, si la flor era buena, si aquello que crecían sabía cómo tenía que saber.

Aurelia miraba, olía, a veces daba un mordisco. Y luego decía:

—Bien hecho. Pero riega con alegría. Si lo haces triste, la tierra lo nota.

Hoy, en cada mercado de la comarca, hay productos con etiquetas que dicen:

“Semilla con nombre. Crecida en Guadix con memoria y cariño.”

Hay gente que viene desde lejos sólo para probar esos tomates, esas mermeladas, ese aceite que no se parece a ningún otro.

Pero los que viven aquí, los que caminan entre los secaderos, las vegas y los almendros, saben que no es sólo el sabor. Es algo más. Es el respeto. La paciencia. El saber que esta tierra no es nuestra, pero nosotros sí somos suyos.

Y si alguna vez pasas por una finca pequeña entre Fonelas y Belerda, y ves a una mujer mayor sentada bajo una parra, no dudes en saludar.

Aurelia quizá no oiga bien. Pero la tierra sí.

El mago de Guadix, por Gloria Arís Díaz.

 


La tarde caía como un manto de azabache sobre los páramos de Guadix, tiñendo las cuevas y barrancos de tonos morados y anaranjados. En medio de ese paisaje lunar, un hombre caminaba con paso tranquilo, su silueta alta y delgada recortada contra el cielo. Llevaba un sombrero de tres picos calado hasta las cejas, del que asomaban mechones de pelo tan blancos como la nieve recién caída. Era el Mago Elías, y su presencia, aunque discreta, era tan intrínseca al valle como el discurrir del río Alhama.

Elías no era un mago de trucos de salón ni de ilusiones baratas. Su magia era la de la tierra, la del agua y la del viento. La gente de Guadix, apegada a sus costumbres y a su mundo rural, lo conocía y lo respetaba. Sabían que, si la sequía apretaba, Elías encontraba el manantial oculto; si las plagas amenazaban las cosechas, susurros ancestrales aliviaban la tierra.

Hoy, sin embargo, el semblante de Elías no mostraba su habitual serenidad. El medio ambiente de Guadix, tan bello y frágil, estaba sufriendo. Las acequias, antaño repletas, ahora apenas murmuraban un hilillo de agua. Los campos, antes verdes y exuberantes de agricultura, se resquebrajaban bajo un sol inclemente. La modernidad, con sus monocultivos intensivos y su sed insaciable, había llegado al valle, prometiendo prosperidad a corto plazo a costa de la sostenibilidad.

La tierra no olvida solía decir Elías a los jóvenes agricultores, aquellos que, seducidos por la promesa de cosechas rápidas, habían abandonado los métodos tradicionales. Exige respeto, atención y paciencia". Pero sus palabras, a menudo, caían en saco roto, ahogadas por el zumbido de los tractores y el tintineo de las monedas.

Se detuvo Elías junto a un viejo olivo centenario, cuyas raíces retorcidas parecían contar historias de siglos. Puso su mano rugosa sobre el tronco nudoso y cerró los ojos. Sintió la sed de la madera, la debilidad de las hojas, la desesperación que emanaba de la tierra reseca. No era solo la falta de lluvia; era la desconexión, la pérdida de la armonía.

Una tarde, mientras el cielo amenazaba tormenta, pero se resistía a soltar una sola gota, Elías convocó a los agricultores más ancianos de la comarca. Se reunieron en la pequeña ermita del pueblo, sus rostros curtidos por el sol y la preocupación.

La solución no está en más pozos ni en más químicos les dijo Elías con voz queda, pero firme. Está en nosotros mismos, en cómo tratamos a nuestra madre, la tierra."

Los ancianos asintieron. Ellos recordaban los tiempos en que las cosechas eran diversas, los suelos ricos y las acequias fluían con alegría. Recordaban la rotación de cultivos, el respeto por el ciclo natural, la sabiduría transmitida de generación en generación.

El Mago Elías desató un antiguo pergamino de su morral, que desplegó con cuidado. Estaba lleno de símbolos y dibujos incomprensibles para la mayoría, pero que los ancianos reconocieron como conocimiento ancestral. Hablaba de la siembra de variedades autóctonas, de la importancia de la biodiversidad, de la gestión comunitaria del agua, de la restauración de los márgenes de los ríos y de la reforestación con árboles nativos.

Debemos volver a mirar a la tierra con otros ojos explicó Elías. No como una máquina de producir, sino como un ser vivo que nos sustenta. Y debemos recordar que cada acción que tomamos tiene una repercusión en todo el ecosistema.

Al principio, hubo escepticismo. Algunos jóvenes se burlaron, llamándolo "el viejo de las supersticiones". Pero la sequía persistía, y las cosechas seguían languideciendo. Poco a poco, la desesperación fue cediendo el paso a la curiosidad.

Uno de los primeros en probar fue Miguel, un joven agricultor que había heredado de su abuelo unas pocas hectáreas. Decidió seguir los consejos de Elías: diversificó sus cultivos, introdujo leguminosas para enriquecer el suelo, y, sobre todo, dejó de usar pesticidas agresivos. Al principio, fue lento, los rendimientos no eran los que esperaba. Pero Elías lo visitaba a menudo, no con palabras de aliento, sino con pequeños gestos: un ungüento para las plantas, un consejo sobre el riego.

Con el tiempo, el suelo de Miguel comenzó a recuperarse. Las abejas regresaron a sus campos, los pájaros anidaban en los árboles que había plantado. Sus cosechas, aunque no tan masivas como las de sus vecinos, eran de una calidad excepcional y, lo más importante, eran sostenibles.

La noticia corrió como un reguero de pólvora por Guadix. Otros agricultores, viendo los resultados de Miguel, comenzaron a imitarlo. Lentamente, pero con paso firme, el paisaje rural de Guadix empezó a cambiar. Las acequias se limpiaron, se plantaron árboles autóctonos en los lindes de los campos, y la diversidad de cultivos regresó.

Un año después, la lluvia regresó con fuerza. No fue una tormenta devastadora, sino una lluvia suave y constante, que empapó la tierra sedienta. La gente de Guadix salió a celebrar, no solo la lluvia, sino la renovación de la esperanza.

El Mago Elías, con su sombrero de tres picos y su sonrisa enigmática, observaba desde la distancia. Sabía que el camino era largo y que los desafíos continuarían. Pero también sabía que la magia de la tierra, esa que la agricultura ancestral y el mundo rural habían custodiado durante siglos, había vuelto a despertar en el corazón de Guadix. Y esa, pensó, era la magia más poderosa de todas.

Lo que te toca, Rafael Porcel Porcel (Segundo Premio).


 


Tras la tristeza inicial, los bonitos reencuentros y dejar algo la vida pasar,

aquí vuelvo, junto al río y la montaña, lejos de donde vivo, pero en casa.

Fue hace un tiempo, cuando recibí una llamada,

en mi trabajo, en la capital, y la vida se quedó en pausa.

Él, —siempre fuerte, siempre constante—,

el que parecía que iba a ser eterno, al final, no lo fue.

Y aquí estoy de nuevo, pero con un sabor distinto en la boca.

El amargor de los primeros días de duelo,

se ha convertido en apacible nostalgia, que endulza los malos tragos,

con el recuerdo tranquilo y sereno de los buenos momentos pasados.

Se fue cuando se tenía que ir, y en vida hizo lo que tenía que hacer,

o bueno, no todo, pues aquí estoy,

frente a lo único que no dejó bien atado.

Mi campo. Mis raíces. Esto es lo que me ha tocado.

Rodeada de un desierto, entre cerros de esparto y arena,

donde poco nace y la tierra se desprecia.

Sin embargo, —me han dicho—, que también se codicia,

pues el agua, ese bien tan preciado, riega el esplendor de ahora: mis fanegas.

De aquí, mis vecinos dicen que salían los mejores melocotones de la comarca,

sandías grandes como carretas, y tomates, tomates rojos de sabor inmejorable.

Y además, hay una cueva, al fondo, usada como abrigo en la labranza,

como almacén de útiles varios, donde jugaba a esconderme entre aperos y cántaros.

Pero desde hace un año, todo está yermo, vacío,

y nada llena el hueco que él ha dejado.

Cientos de chopos se arriman a los dos costados, parcelas enteras,

las más fértiles, las más enteras, ahora dispuestas en pasarelas,

al gusto de una industria maderera, que sin ser la peor de las que hubiera,

a mí, verlo todo así, me apena.

La cueva, al verla de cerca, me acongoja con su oscuridad.

Ahora me amenaza, más como un agujero en la tierra,

como si a devorar me fuera, pues en realidad no se trató con todo el cuidado que mereciera.

Cuando yo le preguntaba, siempre me decía,

—Algún día, cuando hubiera, cuando los sueños en certezas se convirtieran,

esta tierra brillaría entre la maleza. La cueva será un palacete, haremos una gran fiesta para celebrar entre los amiguetes, y tus hijos y nietos tendrán un lugar del que enorgullecerse.

Me paro, junto a la acequia me siento.

Sobre el único árbol que queda en pie.

Un sauce enorme, de ramas frondosas, cuyas hojas caen lenta e incansablemente,

y que parece llorar la pérdida del que tuvo su cuidado.

Mi mente necesita orden y sosiego,

observar de fuera adentro, para poder decidir.

Pensar, en si resistir o dejar morir,

a esta tierra, labrada por generaciones,

si dejarla a merced de una industria sin cariño ni cuidado,

sin quererla como la quisieron los que antaño aquí se sentaron.

—O cambiar yo—. volver del presente al pasado,

que la nostalgia se convierta en nuevos recuerdos creados.

Mi corazón quiere, mi cerebro me dice no se puede.

Mi vida está en otro lado,

¿cómo voy a volver, si ni siquiera sé utilizar un simple arado?

¿Cuántas vueltas tengo que dar para mantener vivo un legado?

Si en realidad, Él me ha abandonado.

Y aunque haya visitado mil veces este lugar como fiel peregrino,

ahora me siento perdido.

Porque aquí, no era un dónde, era un quién,

y cuando él se ha ido,

entiendo que no amaba tanto el lugar, sino su presencia.

Y de pronto, un pajarillo se posa sobre mi hombro.

Me pía, parece que entiende mi lamento,

yo desde lo más profundo de mi alma, parece que también lo entiendo,

hasta que se va, dejándome un tanto contrariado.

Alzo la vista, y no veo el nido sobre el árbol,

me esfuerzo en seguirlo, hasta que en el interior de la cueva,

encuentro el ponedero de barro.

Ahí están, las jóvenes golondrinas, que como yo,

a pesar de irse, volvieron cada año,

que desde niño, me siguieron con su canto.

En realidad, no quisiera dejar de escucharlo,

pues ellas, el sauce, la propia tierra, también merecen ser amados,

no perecen, aunque el humano se haya marchado,

queda belleza y alma en este campo.

Ahora entiendo lo que él veía. Ahora comprendo lo que me decía,

que no necesitaba grandes lujos ni vivir entre riqueza,

que este era su bien más preciado.

La paz que siento, el tiempo detenido en un anhelo,

el trabajo con las manos que no deja tiempo para el lamento,

quizás es lo que necesito para salir del mundo que no da descanso.

Puede, que poco a poco y con esfuerzo, logre cumplir un sueño.

El suyo, —pero admito—, voy haciendo mío.

Pues como esas golondrinas, que cada año vuelven,

a mí me gustaría seguir regresando,

y como ellas, tener mi refugio de barro.

Espero poder, y que no me equivoque,

tomar la decisión acertada, antes de recibir un último estoque,

y no abandonar a la tierra que mi corazón lleva,

pues es mucho más, que polvo y arena.

Melocotones, por Cecilia Díaz Marín (Relato ganador).

 


Como era habitual, habían dejado la preparación de la sangría para última hora. Así, si algún invitado llegaba con puntualidad a la fiesta, las solía ayudar en su elaboración o, al menos, en su cata preliminar.

Elisa había pelado varios melocotones comprados, junto otras bebidas y vituallas, en un supermercado virtual que suplía la escasez de comercios en el barrio céntrico donde vivían. Sin hacer uso de una tabla de cortar, los partía en cuadraditos de regularidad pasmosa, mientras Sonia, con una concentración que le daba aires de bruja urdiendo un conjuro, mezclaba vino, ron y limonada en un humilde (pero enorme) cubo de plástico azul.

Cuando faltaba el último cuarto de melocotón por trocear, Elisa olvidó su meticulosidad y, desprendiendo la carne del hueso, se metió el resto de la fruta en la boca y la saboreó con los ojos cerrados.

Sonia, que acababa de terminar su poción mágica para animar fiestas, miró a su compañera de piso con extrañeza primero, después con sorna.

-          ¿Momento magdalena con el melocotón, Eli?

Avergonzada por haber sido sorprendida en su fruición, Elisa respondió con una firmeza un tanto desmedida a la inocua broma de su compañera de piso.

-          Qué sabrás tú lo que es un melocotón, Sonia. Creéme: esta cosa insípida, dura y sin una pizca de olor, desde luego que no lo es.

Sonia, sorprendida por la severidad de Elisa, hizo ademán de cambiar de tema –quizás señalar que sus invitados ya llegaban tarde, o sugerir que la fiesta era un buen momento para lanzarse, por fin, con Julio-, pero su amiga se le adelantó.

-          Hablando de melocotones, Sonia, quería contarte algo en lo que estoy pensando desde hace algún tiempo…

Y entonces lo soltó, con la firmeza que le daban sus frecuentes prácticas mentales, pero también trasluciendo inquietud en aquel ensayo general de la gran función que pronto representaría ante sus (previsiblemente) atónitos y decepcionados padres.

El pueblo donde estos aún vivían había sido próspero, si no rico, en los años que antecedieron a la construcción de la autovía que, si bien lo conectó con la capital, también lo dejó desangrándose, seccionado en dos por una carretera nacional por la que ya casi nadie pasaba, salpicada de puestos coagulados de cacharros de cerámica sin comprar, que fueron cerrando en los siguientes años. También por aquel entonces, el orgullo de su pequeña y fértil vega, el glorioso melocotón aromático y tardío que había dado renombre al pueblo, murió de éxito cuando, ante su paulatina demanda, se intentó hacer pasar por autóctonos otros melocotones foráneos de mejor aspecto, pero escaso sabor y perfume, destrozando así la fama en menos tiempo del que había costado edificarla.

Elisa, nacida poco después de esas últimas glorias, siempre había sentido premura por no dejarse atrapar por aquella decadencia. Ya veinteañera, arquitecta y cosmopolita, volvía al pueblo, del que también sus amigos del instituto habían huido para ubicarse en la ciudad, sólo lo imprescindible. Por ello, a Sonia le sorprendió la decisión que iba a tomar -que ya había tomado- y que, en casi diez años de amistad, jamás hubiera esperado, pese a que desde hacía algún tiempo la notaba pensativa, insatisfecha.

Seguía Elisa hablando cuando llegó el primer invitado: Julio, con una camisa blanca que le hacía parecer aún más guapo y resplandeciente, pero al que las jóvenes, con el eco del discurso aún retumbando entre las paredes, prestaron escasa atención.

La fiesta, largamente planeada, fue un pequeño fracaso. Los invitados, percibiendo un enrarecimiento entre las anfitrionas, se marcharon temprano con la excusa de continuar en un pub cercano. Elisa y Sonia se quedaron recogiendo los escombros del sarao, terminando la noche entre justificaciones, preguntas, lágrimas y un abrazo final, si no de comprensión, al menos, de apoyo.

*          *          *

Pese a que las jóvenes se habían escrito casi a diario durante el año que había pasado desde aquella fiesta, llevaban varios meses sin verse. Exultante por la visita de Sonia, Elisa no hizo comentarios sobre la incongruencia del atavío que esta había elegido para caminar por la finca (pantalón bombacho blanco, botas militares negras y un minúsculo top de crochet), más apropiado para un festival veraniego que para recolectar fruta.

Mientras recorrían aquel laberinto fragante, fue presentando a su amiga a los jornaleros con los que se encontraron, intercalando curiosidades sobre el cuidado del melocotonero y del funcionamiento de la cooperativa de la que era la socia más joven con explicaciones sobre cómo compaginaba su labor en ella (publicidad y redes sociales, junto a tareas puramente agrícolas que le resultaban inesperadamente gratificantes) con dos días de teletrabajo en el despacho de arquitectura del que no había querido desvincularse.

Al volver de la finca, se sentaron en el porche de la cueva donde ahora vivía Elisa y siguieron charlando frente a una cerveza helada mientras caía el crepúsculo lánguidamente. De repente, Elisa desapareció en los vericuetos de la cueva, regresando con un boceto que colocó con mimo sobre la mesa. Era un melocotón dibujado con tinta negra, delimitado por una línea doble que empezaba y terminaba en su parte superior, engarzando el extremo inicial con el final en una especie de v, como si lo estuviera mordiendo.

-          Mira el logotipo que he diseñado para la cooperativa, Sonia. Es un melocotón, pero también es un uróboro. ¿Sabías que son dos símbolos de inmortalidad? Quería unirlos, pero sin que el uróboro fuera una serpiente. Podría parecer un gusano, y no queremos que se nos asocie con fruta podrida… ¿Te gusta?

Sonia miró al horizonte, donde se vislumbraba, incendiada por el ocaso, una de las hazas que había sido de los abuelos de Elisa y que algún día sería de sus hijos, si los tenía. Por primera vez, entendió completamente el viraje que había emprendido. El melocotón, el oróboro, alegorías de inmortalidad. También lo era, comprendió, el campo, que le había dado el sentimiento de arraigo y pertenencia que ahora la iluminaba. Miró con orgullo a su amiga, y asintió con la cabeza.

Fallo del Jurado del V Certamen de Relato Breve "El sombrero de tres picos" 2025.

 


ACTA DEL JURADO

            Reunidos en Guadix (Granada), a 22 de julio de 2025, Antonio Morillas Jiménez, en calidad de presidente del Jurado, Caridad Barranco, y José Mª Molas, en funciones de Secretario, habiendo participado igualmente en la selección y deliberación Carmen Hernández Montalbán. Se procede a valorar de forma definitiva los relatos presentados y leídos, en atención a las bases establecidas del V CERTAMEN DE RELATO BREVE "EL SOMBRERO DE TRES PICOS"

            En primer lugar, se valora muy positivamente la participación de 58 relatos, de diversas procedencias del territorio español, cumpliendo las bases del concurso y con calidad más que aceptable. Se reconoce, cada vez más, la importancia de este Certamen y se considera necesario mantenerlo y potenciarlo en la medida de lo posible, para su consideración a las organizaciones convocantes.

            En segundo lugar tras las deliberaciones propias, se acuerda otorgar los siguientes premios:

1º Premio para el relato Melocotones de Cecilia Diaz Marín, vecina de Alfacar

2º Premio para el relato: Lo que te toca “, de  Rafael Porcel Porcel, vecino de Bejarín.

            A continuación se designan por el Jurado los relatos que merecen  ser felicitados y publicados  on line en la revista Absolem, y en edición especial en formato libro, los siguientes que suman en su totalidad diez relatos:

4º .-El mago de Guadix, de Gloria Aris Diaz, Barcelona

5º.- La semilla de Aurelia, de Manuel Recuero Gutiérrez, Madrid

6º.-Mermelada con letras, de Alba Escudero Hernández, Cortes y Graena

7º.- Fanega de trigo, de José Cobo de la Cruz

8º.-Viaje del héroe rural, de Paqui Pérez Ramírez, Málaga

9º.-Raices de paja, de Jacobo Vieites Sánchez, Arzúa

1º-. La tierra que canta en los surcos, de José Carlos Vara Mata, Madrid

                        Sin más acuerdos se dio por terminada la reunión

El Secretario