La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 29 de mayo de 2022

OROPEL Y EL HADA VERDE, por Ángel Casado Vera.

 


- Cuento -

 

 

A Carla,

por su mágica participación

 

Hace mucho, mucho tiempo, tanto que casi ya se olvidan todas las cosas, vivían en una tierra muy lejana, rodeada de nevadas montañas y frondosos valles, los lampíridos.

 

Los lampíridos eran unos seres pequeños, voladores y muy juguetones, que no paraban de trabajar y divertirse durante el día y luego, por la noche, rápidamente escapaban volando a sus casitas-cueva excavadas bajo la tierra.

 

Estos diminutos seres adoraban la luz del sol. ¿Sabéis que el sol hace más cálidos los fríos días de invierno y madura las rojas cerezas que tanto gustan a los niños cuando llega el verano? Pues bien, además de esto los lampíridos necesitaban la luz del sol para ahuyentar las sombras. Nada asustaba más a los lampíridos que las oscuras sombras. ¡¡Qué miedo les daban las sombras, esas temidas sombras¡¡ ¿A vosotros os asustan las sombras? Pues a ellos les daban pánico y corrían volando sin descanso a esconderse en sus cuevecitas y cerraban de un golpe, ¡¡PLOF¡¡, la puerta.

¡¡Ay de aquel que no se escondiera a tiempo¡¡ Decían que llegaba la sombra, oscura, fría y húmeda, empapando sus alas y paralizando al momento como


una piedra al incauto que no se hubiera ocultado ya. Contaban que las sombras lo devoraban todo a su paso y el peor momento era al atardecer cuando, al esconderse el sol –tal vez también asustado-, las sombras se hacían cada vez más y más grandes y oscuras y los pequeños lampíridos, cansados de un duro día de trabajo y diversión, casi no podían ni levantar el vuelo.

 

Pues en esta hermosa y soleada tierra nació en aquellos días un hermoso y regordete lampírido al que sus papás, radiantes de felicidad, llamaron “Oropel”, por sus rubios cabellos que recordaban a los rayos del sol.

 

Cuando Oropel cumplió su primer día de vida preguntó a su mamá:

-  Dime mamá, ¿por qué me llamo Oropel?

-    Oropel, hijo -contestó su mamá-, ese hermoso nombre te lo elegimos nosotros porque tus cabellos brillan como los rayos del sol.

-  A me gusta llamarme Juan, ¿no puedo cambiarme el nombre?

-preguntó de nuevo Oropel-

-   No hijo, tu nombre Oropel es mucho más bonito que Juan, ese nombre es muy corriente.

 

Oropel quedó pensativo y al cabo de un rato preguntó a su papá:


-   Dime papá, ¿por qué yo no tengo alas como vosotros y como mis hermanos?

-   Aún eres una pequeña larva Oropel y tienes que crecer todavía más, -contestó su papá-. Después te transformarás en una pupa y cuando por fin llegues a ser un imago, entonces tendrás tus hermosas alas. Mientras tanto crecerás cuidado por nosotros, sin tener de qué preocuparte, fuera hay demasiados peligros, están las sombras...-y quedó en silencio sin decir nada más-.

-  ¿Qué son las sombras, papá? -preguntó al instante Oropel-.

-  No es fácil de explicar, ya tendrás tiempo de saberlo, ahora vive tranquilo sin pensar en eso.

 

Oropel quedó de nuevo en silencio, aunque en su cabecita aún resonaba esa pregunta sin respuesta.

 

Oropel creció feliz como una larva mofletuda, ajeno a las sombras y cuando transcurrido su segundo sueño invernal, se transformó en una pupa, su papá le dijo:

 

- Oropel, ahora comienza una etapa importante en tu vida, aprovéchala y no desperdicies el tiempo. Recuerda que hay tiempo para todo menos para recuperar el tiempo perdido. Aprovecha ahora y se un lampírido estudioso y responsable. Ya vendrá el tiempo en que puedas divertirte.


Oropel escuchaba con atención a su papá y se prometía ser una pupa responsable mientras las demás pupas se divertían, pero aún estaba en su cabecita la pregunta:

 

-  ¿Y las sombras, papá?, ¿me harán daño?

-   No, hijo -respondió su papá-, sabes que nosotros te cuidamos, continúa en casa y no salgas afuera, así no habrá peligro. Aquí no entran las sombras.

 

Oropel siguió creciendo, transformado ya en una pupa muy hermosa y responsable, admirado y querido por toda su familia y por los lampíridos, ajeno siempre al tan temido problema de las sombras.

 

Un día lluvioso del final de la primavera, Oropel le dijo a su mamá:

 

-  Mamá, me pica la espalda, ¿puedes rascarme?

 

Su madre fue a rascarle y entonces exclamó:

 

-  ¡¡Oropel¡¡, ¡¡te están saliendo ya tus alitas¡¡

-   ¿De verdad, mamá?, ¡¡Qué contento estoy¡¡, ¡¡por fin podré salir afuera con mis hermanos¡¡ -exclamó Oropel entusiasmado-.

 

Y la mamá, un poco preocupada por este cambio en su hijo le respondió:


-   Bueno, tendrás que esperar unos días, tienen que terminar de salir y aquí en casa estás tan a gusto.

-    Ya los mamá, pero me hace mucha ilusión volar como mis hermanos y como los otros lampíridos.

 

Al fin llegó el día en el que las alitas de Oropel estaban listas para su misión en la vida y, ya convertido en un precioso imago, se decidía a abrir la puerta de su cuevecita, cuando su mamá le preguntó:

 

-  ¿Dónde vas tan temprano, Oropel?

-  Quiero salir afuera y empezar a mover mis alitas -contestó feliz Oropel-.

-   No te impacientes -le dijo con insistencia su mamá-, hoy está lloviendo y se te mojarán, mejor lo dejas para otro día.

-  Pero es que yo quiero salir hoy -insistió Oropel-.

 

Por la cara de enfado de su mamá, supo Oropel que ese día no saldría a volar y sus alitas tendrían que esperar aún cerraditas sobre su espalda.

¡¡Qué triste se quedó¡¡. ¡¡Con las ganas que tenía de salir y la ilusión por volar¡¡ y, aunque era ya un gran imago, se quedaba en casa, como las larvas y las pupas. Entonces, ¿para qué he crecido y me he transformado en imago con alas? -se preguntaba en silencio Oropel-.


Pero a los pocos días ocurrió que su papá se rompió un ala y no podía volar bien. Sus hermanos habían volado lejos a trabajar y el único que podía llevarle al médico era Oropel, pues su mamá no tenía alitas. Por fin había llegado su oportunidad, ya podía salir afuera y estrenarlas. El médico curó el ala de su papá y éste quedó muy orgulloso de la ayuda de Oropel. ¡¡Ya si podía sentir que era un gran imago¡¡

 

Oropel no se había tropezado aún con las temidas sombras, porque siempre regresaba a su cuevecita cuando aún el sol brillaba con fuerza en el firmamento.

 

Un día de verano ocurrió algo inesperado y catastrófico. En medio del soleado y caluroso día empezó a hacerse la noche de manera repentina y, en un abrir y cerrar de ojos, todo quedó tragado por las oscuras sombras. La tierra de los lampíridos había quedado completamente a oscuras por un eclipse de sol, aunque ellos no lo sabían. Lo que estaba pasando es que el sol, jugando en el firmamento, se había escondido detrás de la hermosa luna y no dejaba ver sus rayos.

 

En medio de la oscuridad y desorientado sin saber hacia dónde ir, Oropel divisó a lo lejos una lucecita verde y voló asustado sin pausa hacia ella. Al llegar bajo una fresca morera, se dio cuenta de que la luz salía de la barriguita de un gusano. Oropel, muy sorprendido, creyó que era un hada mágica, como la de los cuentos que su mamá le contaba cuando era una pequeña larva. Entonces el gusano, mirando sonriente a Oropel, le


preguntó:

 

-  ¿Cómo te llamas?

 

Oropel no podía ni abrir la boca y casi en un murmullo contestó:

 

-          Oropel

-          ¿Estás asustado?

-  Sí, ¿y quién eres?, ¿el Hada Verde?

-   ¡¡Ja, ja, ja¡¡ -reía el gusano-. Es bonito eso que dices del Hada Verde. Entonces si yo soy un Hada Verde, también lo eres.

 

Ahora que estaba confundido Oropel:

 

-   No entiendo nada, todo está oscuro de repente y después me encuentro con un Hada Verde que me dice que yo también lo soy.

 

El gusano lo miró de nuevo sonriente y le dijo:

 

-   No temas, abre tu corazón, es una oscuridad pasajera, el sol brillará de nuevo dentro de un rato.

-   Pero es que las sombras me dan mucho miedo y no hay luz, solo esa luz verde que sale de tu barriguita –dijo aún asustado Oropel-.


-   ¿Las sombras? No tienes nada que temer de las sombras –dijo tranquilamente el gusano-. Las sombras no hacen nada sino acompañarte para que no estés solo y siempre en silencio, para no entorpecer tus pensamientos.

 

Esto hizo pensar a Oropel, en verdad las sombras no hacían el menor ruido, siempre estaban pegaditas a su lado acompañándolo, como las mamás cuando los niños son pequeños.

 

-  ¿Y esa luz verde en tu barriga? –preguntó Oropel-.

-    también la tienes –contestó el gusano-, por eso eres un lampírido, una luciérnaga, un gusano de luz. Pero si te gusta más el nombre de Hada Verde, también lo puedes utilizar. Realmente algo de mágico hay en todo esto.

 

El corazón de Oropel estaba ahora abierto de par en par, sus ojos brillaban y sus oídos escuchaban.

 

-  Escucha, Oropel -prosiguió el gusano-, tu nombre significa brillo y esta luz verde es el brillo interior, la luz verdadera que sale de dentro de cada ser y que nunca produce sombra. Las sombras las producen las luces que están fuera, como la luz del sol y, aún así, su sombra es necesaria. Tú, yo y todos los seres brillamos, tenemos una luz maravillosa que sale de dentro de cada uno y que brilla más intensamente cuando la oscuridad


parece que no te deja ver. Sólo hay que esperar el momento preciso y entonces brillas. Has comenzado siendo una pequeña larva, después una pupa y ahora eres un imago con tus preciosas alas. Has recorrido un camino durante el cual te has ido transformando y ahora, ahora que has abierto tus ojos, tus oídos y tu corazón, ahora puedes brillar.

 

Y en ese momento una intensa y maravillosa luz verde salió de la barriguita de Oropel.


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