Tuve miedo de
caer en el olvido, aunque bien es sabido que no
hay fulgor que no se extinga andado el tiempo, pues los negocios de esta
vida son siempre pasajeros. Pero fueron muchas las cosas a las que tuvimos que
renunciar los que un día profesamos la fe de Mahoma.
No nací
sirviente, pasé mi niñez en una villa de las Alpujarras, nieto del caballero
morisco Yusuf Barbaja. Allí crecí con gran holgura y regalo en la hacienda de
mi abuelo, padre de mi madre, la gentil Aziza. Mas, el hijo bastardo del emperador de los
cristianos, al que llamaban don Juan de Austria, entró a sangre y fuego, asolando hogares y
cultivos.
Mi familia, a
pesar de su noble linaje, corrió la misma suerte que el resto de los
sublevados, aquella Navidad de mil quinientos sesenta y ocho: la muerte en
combate o el destierro. Andamos por los caminos como proscritos. Mi abuelo, muy
avanzado en edad, perdió el juicio al presenciar las tropelías cometidas por
moros y cristianos, en las que había visto perecer a dos de sus hijos varones. De tal suerte, atravesamos unas sierras muy
abruptas y riscosas, expuestos a las inclemencias invernales, viviendo como
alimañas en las grutas, sin otros alimentos que los que la naturaleza nos
proveía. Con tamaña carestía, nuestros cuerpos enflaquecieron en extremo y
hasta Rocinante, el caballo de mi abuelo, magullado y escuálido, más parecía
cabalgadura de dejim que de persona de este mundo. Nadie hubiera reconocido en
nosotros a la noble familia de Yusuf Barbaja, ni al poderoso caballero que un
día había sido.
En llegando a
las grandes llanuras de La Mancha, bajo el sol inclemente del estío, no hubo roca, molino o arbusto que mi
abuelo no confundiera con bestia o demonio. Llegó a extrañarse de todos los
suyos hasta tomarnos por ajenos. Fueron tantas y tan anecdóticas las aventuras
que junto a él nos acontecieron que ni el más afamado de los caballeros
andantes tendrían en su haber.
De ahí que,
andado el tiempo, cuando al infeliz no sólo le abandonó la razón, sino también
la vida, entré yo a servir como criado al corredor de la hacienda real y
escribidor, don Miguel de Cervantes Saavedra a quien ni uno, ni otro oficio le
reportaba suficiente caudal apenas para mantenerse. Oyéndome referir, en las
largas noches de invierno, las tristes peripecias que en vida de mi abuelo nos
acaecieron, dio en escribirlas sobre el papel. Cuando hubo reunido varias
gavillas de manuscritos, propúsome llevarlas a casa del impresor para darlas a
estampa y así vender muchas copias. Estaba convencido que el manuscrito tendría
buena acogida.
No me opuse a en
nada a su idea, si bien pedí a don Miguel que apareciera mi nombre, pero que no
mencionara el nombre de Yusuf Barbaja en
respeto a la memoria de su noble casta, a lo que este repuso que descuidara ese punto,
pues nadie reconocería en el relato a mi abuelo, ya que lo había bautizado con
un nombre fabulado y este era Don Quijote de La Mancha.
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