La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 14 de noviembre de 2019

CIDI HAMETE BENENGUELI, por Carmen Hernández Montalbán.



Tuve miedo de caer en el olvido, aunque bien es sabido que no  hay fulgor que no se extinga andado el tiempo, pues los negocios de esta vida son siempre pasajeros. Pero fueron muchas las cosas a las que tuvimos que renunciar los que un día profesamos la fe de Mahoma.
No nací sirviente, pasé mi niñez en una villa de las Alpujarras, nieto del caballero morisco Yusuf Barbaja. Allí crecí con gran holgura y regalo en la hacienda de mi abuelo, padre de mi madre, la gentil Aziza.  Mas, el hijo bastardo del emperador de los cristianos, al que llamaban don Juan de Austria,  entró a sangre y fuego, asolando hogares y cultivos.
Mi familia, a pesar de su noble linaje, corrió la misma suerte que el resto de los sublevados, aquella Navidad de mil quinientos sesenta y ocho: la muerte en combate o el destierro. Andamos por los caminos como proscritos. Mi abuelo, muy avanzado en edad, perdió el juicio al presenciar las tropelías cometidas por moros y cristianos, en las que había visto perecer a dos de sus hijos varones.  De tal suerte, atravesamos unas sierras muy abruptas y riscosas, expuestos a las inclemencias invernales, viviendo como alimañas en las grutas, sin otros alimentos que los que la naturaleza nos proveía. Con tamaña carestía, nuestros cuerpos enflaquecieron en extremo y hasta Rocinante, el caballo de mi abuelo, magullado y escuálido, más parecía cabalgadura de dejim que de persona de este mundo. Nadie hubiera reconocido en nosotros a la noble familia de Yusuf Barbaja, ni al poderoso caballero que un día había sido.
En llegando a las grandes llanuras de La Mancha, bajo el sol inclemente del  estío, no hubo roca, molino o arbusto que mi abuelo no confundiera con bestia o demonio. Llegó a extrañarse de todos los suyos hasta tomarnos por ajenos. Fueron tantas y tan anecdóticas las aventuras que junto a él nos acontecieron que ni el más afamado de los caballeros andantes tendrían en su  haber.
De ahí que, andado el tiempo, cuando al infeliz no sólo le abandonó la razón, sino también la vida, entré yo a servir como criado al corredor de la hacienda real y escribidor, don Miguel de Cervantes Saavedra a quien ni uno, ni otro oficio le reportaba suficiente caudal apenas para mantenerse. Oyéndome referir, en las largas noches de invierno, las tristes peripecias que en vida de mi abuelo nos acaecieron, dio en escribirlas sobre el papel. Cuando hubo reunido varias gavillas de manuscritos, propúsome llevarlas a casa del impresor para darlas a estampa y así vender muchas copias. Estaba convencido que el manuscrito tendría buena acogida.
No me opuse a en nada a su idea, si bien pedí a don Miguel que apareciera mi nombre, pero que no mencionara  el nombre de Yusuf Barbaja en respeto a la memoria de su noble casta, a lo que este repuso que  descuidara ese punto, pues nadie reconocería en el relato a mi abuelo, ya que lo había bautizado con un nombre fabulado y este era Don Quijote de La Mancha.

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