La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

jueves, 14 de noviembre de 2019

AL FINAL DE TODO, por Eduardo Moreno Alarcón




Tuve miedo de caer en el pánico más atroz, como la niña que un día fui, en otro tiempo diferente. Tanto que no me reconozco en la mirada que devuelven estas fotos amarillas. «Tal vez el viento», me dije. Pero no. No podía ser. Yo misma fui al balcón a comprobarlo. Me supuso un gran esfuerzo, pero lo hice. Nada. Ni un rastro de vida. Vacío absoluto. Me quedé quieta, esperando en el pasillo. No quise moverme. No me atreví. Tal vez los nervios hacían bromas a mi costa. Quizá mi mente zozobraba ya senil. Tanta soledad pesa más que mis muchos años. Antes, al menos, mis piernas respondían. Podía siquiera caminar.
Ahora ya no.
Las horas y los días son eternos, sin otra compañía que yo misma y mi reflejo en el espejo. No hay nadie más. Cada minuto es un terrible consumirse en agonía silenciosa, reloj de arena menguante, hasta que no pueda valerme por mí misma. Sin nadie que me escuche, sin almas que me puedan socorrer.
No logro recordar cómo pasó. Mi memoria es un pantano de lagunas muy brumosas. Conservo algún retal de mi pasado: me acuerdo del sonido de otras voces, del tacto de otras pieles y el sabor de las verduras.
Apelo a la muerte. Pienso a menudo en el suicidio y, sin embargo, me aferro a esta vida solitaria como el último animal de su especie. Pero las fuerzas me abandonan. Ya no me sirve aquel bastón que tallé a mano. Mis huesos se resienten. Y mis nervios. Sobre todo mis nervios.
 Conozco hasta el último sonido de la casa. Este refugio que es mi celda. Fuera no hay nada. Absolutamente nada. Ninguna criatura con vida. Sólo la niebla anaranjada cubre todo en derredor. El mundo, o lo que antaño fue el mundo.
En otras circunstancias, en otro tiempo, habría razones que aclarasen los motivos de este miedo a la locura. Pero ahora no.
Aunque inválida y anciana, sigo cuerda. Acaso es mi condena.
Ignoro por qué sigo con vida. Por qué no fui con los demás. Si alguna vez lo supe lo he olvidado.
Estoy sola. Completamente sola. No sé ni cuánto tiempo ni me importa. Soy la última. Afuera no hay nada salvo niebla y un desierto sepulcral. Ningún signo de flora ni de fauna. Niebla naranja y nada más. Ni plantas ni animales ni personas. Ni bacterias siquiera. No existe nada fuera de estos muros. No hay nadie más.   
Y ahora de nuevo esas llamadas en la puerta.
Estoy sola e impedida. El último ser vivo en el planeta.
Hay alguien dentro de la casa.

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