La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 30 de octubre de 2021

DESESPERACIÓN, por Alicia María Expósito.

 


                                                  Gritos sedientos de gritos

 por los muros y los techos.

                                                  En el cáliz de mi boca,

    grietas por fuera y por dentro

                                                 Oscuridades sangrientas.

   ¡Noche de todos los muertos!

                                                 Podredumbre de relojes

lame los brazos del tiempo

     Zumbidos de lenguas broncas

por los perfiles del miedo,

                                                  y flor de savia caliente

                                                  por el filo del recuerdo.

  ¡Callad con besos ahogados

                                                  el aullido de los perros!

                                                 ¡Piedad para el que no existe!

                                                 ¡Dejadme dormir!

                                                 ¡Silencio!

 

VIVIR ES CONVIVIR CON EL RIESGO, por Consuelo Jiménez.

 



 

 Es otoño, despierta el día con un abrazo del sol,

sus candentes ojos eclipsan mi adusto pensamiento.

A penas sin ingenio, ando a la caza de lucidez.

No se escuchan aleluyas en el rumor de las palabras,

no voy a quedar en buen lugar,

impávida, corro el riesgo de abortar sensaciones.

 

¿Dónde queda el júbilo de los ángeles sobrevolando los tejados?

 

Es otoño, los pájaros se alejan del frío,

saben bien leer su estrofa,

sin caer de rodillas, escapan de la muerte,

como el vano devenir del corazón de un poeta,

que migra peligrosamente en el golpeo de sus versos.

 

Es otoño, el poema va a acabar como empezó,

con un abrazo del sol,

pero ahora es el vuelo de una casual y arriesgada mariposa,

la que se cruza, presume y existe.

 

CRUDO EL SOL, por Isabel Rezmo.

 


 Se abalanza hasta la alfombra

del estudio. Mantiene enclavijada

su mandíbula todavía, cuando

araña con su rayo el mapamundi

en la pared, como un felino.

 

Madagascar deja de ser

una naturaleza muerta.

 

Un rectángulo enciende un vendaval

en las orillas de Maputo.

Tan solo él penetra en el bastión

que arman el sofá con los cojines.

 

La luz decide el  lomo entre las baldas.

Los versos se suceden sin tener

destinatario. Tejen su coherencia

la lucidez de las imágenes,

punzando el interior de las metáforas.

 

Se amortigua el ruido en los tabiques.

La vida se apagó del otro lado.

La vida es un semáforo, cuyas

variables van intercalando

a la deriva frente a nuestro oído.

 

El volcán se encuentra intentando comerte.

Las llagas, esperando que todo arrecie,

que las señales se diluyan en el tiempo,

y en el corazón, que todo lo sufre.

REFRANES, por María Pizarro.

 



 

Camino por calles oscuras

 que tienen baldosas levantadas

guardan desprecio a las calles del centro

hasta que al fin octubre trae las lluvias.

Huelo la suciedad

debe estar cerca un basurero

podrido de niños ricos

con sus chaquetas azules empañadas de mugre.

Han dormido al raso

pero no se dieron cuenta

estaban tan borrachos que no sintieron frio.

Algunos no duermen.

De esos tengo miedo.

Bajan sus pantalones delante de un colegio

para ver como las niñas huyen despavoridas

A la vuelta de unos años serán sus violadores.

 

Una ciudad lo ilumina todo.

  

Los grandes escaparates han fundido en negro.

Entro en una cabina y me recibe

un vómito y una jeringuilla de los años noventa.

No ha pasado tanto tiempo.

La nausea me impide llamar a la policía

aunque quise antes llamar a mi madre.

Donde está el cuerpo está el peligro

se oía a cientos de kilómetros.

HABLANDO DE LETRAS CON ROSA BERBEL.

 


 

 Rosa Berbel es una poeta nacida en Estepa, Sevilla, en 1997. Graduada en Literaturas Comparadas por la Universidad de Granada, en 2016 resultó ganadora de la IV Edición del Certamen Ucopoética. Ha aparecido en antologías como La pirotecnia peligrosa: 11 poetas sevillanos para el siglo XXI (Ediciones en Huida, 2015), Supernova (Bandaàparte Ediciones, 2016) o Algo se ha movido (Esdrújula Ediciones, 2018). Ha antologado junto con Juan Domingo Aguilar la muestra de poesía joven Piel fina (Maremágnum, 2019). Su primer libro, Las niñas siempre dicen la verdad (Hiperión, 2018), fue ganador del XXI Premio de Poesía Joven Antonio Carvajal, y ha sido asimismo galardonado con el Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor Ópera Prima y el Premio Ojo Crítico de Poesía de RNE.

¿Cuándo y cómo nació tu vocación por la poesía?


Es difícil siempre datar estos inicios. El primer poema lo escribí en la adolescencia, aunque mi relación con la poesía, que entiendo que es una cosa distinta, es más difusa y seguramente me sobrevino mucho antes. No entiendo la poesía como un género ni como una práctica que se materialice necesariamente en un espacio concreto como es el del poema. La poesía para mí es un vínculo particular con el lenguaje y con la realidad, y supongo que, para este tipo de vínculos, la infancia es un momento privilegiado. Luego esta perspectiva se codificó en poemas, adquirió forma, un tono que en la adolescencia tenía mucho que ver con lo sentimental.

 

¿Qué poetas despiertan tu admiración y por qué?


Me interesan sobre todo los autores que entienden la poesía como una forma genuina de conocimiento y de pensamiento. Quienes no dan por sentado qué es o qué puede hacer el poema, sino que lo inventan en cada acto de escritura, sin las respuestas dadas de antemano. En este cajón entran, claro, poéticas muy distintas y aproximaciones diferentes al estilo, pero diría que este es el nexo común. Admiro por estas razones, por ejemplo, a Emily Dickinson, que es una autora que me entusiasma y que es monumental.

 

¿Has experimentado ya con otros géneros literarios?


Por el momento me siento muy cómoda en el poema, que es un espacio mucho más flexible y generoso de lo que creemos, un espacio de apertura. No tengo una comprensión muy estanca de los géneros así que es posible que en el futuro experimente con otras cosas, aunque la poesía va, como digo, más allá del poema e intentaría siempre trasladar el hacer poético a otros discursos. Eso no tiene que ver con escribir novelas más cursis o más aburridas, como pasa a veces con algunos poetas que se pasan a la narrativa, sino con pensar el proceso de escritura y el relato desde otro lugar, menos lineal, más discontinuo.

 

¿Qué significó para ti ser ganadora del XXI Premio Poesía Joven Antonio Carvajal?


Fue un momento muy especial, porque aunque llevaba tiempo gestando el libro y hasta compartiendo algunos poemas, el acto de publicar y de encontrar lectores al otro lado da cierto vértigo, se siente como un abismo. Para mí, que había leído con mucho interés a otros ganadores anteriores del premio y que admiraba profundamente el catálogo de Hiperión, fue también una gran alegría no solo sacar el libro sino hacerlo en esas condiciones. Aunque los premios no son ni mucho menos el único camino para publicar un primer libro, o para llegar a ciertas cotas de visibilidad, sí es cierto que facilitan en gran medida el trabajo, así que estoy muy satisfecha de haber tomado la decisión de enviarlo al concurso.

 

¿Cómo percibes la poesía de los últimos tiempos?


Soy optimista con lo que se está escribiendo en este momento y con los retos que aún nos quedan por afrontar desde la escritura. Afrontamos en el presente varias crisis simultáneas, política, social, ecológica, afectiva y, entre ellas, también una crisis fundamental en el lenguaje, en los significados habituales que atribuimos a las cosas y que ahora se nos muestran gastados. La poesía tiene mucho que hacer, que decir y pensar ante estas crisis, y eso da algo de miedo pero es entusiasmante. Me alegra que la poesía joven esté tan de relieve, aunque es mucho menos homogénea de lo que se piensa y mucho más propositiva. Y más allá de lo que escribimos los jóvenes, percibo una diversidad y una radicalidad expresiva absoluta. Antes era más fácil pensar en escuelas, generaciones o estéticas cerradas, pero ahora el paisaje literario tiene mayor pluralidad, es quizá más representativo.


 ¿Qué temas te inspiran más?


Me cuesta pensar en temas, porque creo que la poesía siempre rebasa estas claves temáticas. Me gusta más pensar en conflictos, de todo tipo. Me inspira la tensión que existe en las relaciones entre lenguaje y realidad y cómo irrumpe lo político en el centro de esa tensión. A propósito de esto, suelo pensar sobre las crisis, las precariedades, las disidencias, etc. También diría que me gusta bastante todo lo que la poesía tiene de anticipación, de proyecto de futuro, de especulación, y todos los temas que podamos asociar con esta naturaleza utópica.

            ¿Quieres hablarnos sobre tus proyectos literarios próximos?

Justo tengo terminado un libro que se interroga sobre estas cuestiones: cómo atajar las crisis y cómo encontrar líneas de fuga utópicas en este panorama crítico. Mis últimos poemas parten de un ecosistema apocalíptico o posapocalíptico y se preguntan cómo salir de ahí, cómo cambiar el paisaje o las relaciones entre los personajes, y cómo utilizar para ello las herramientas que nos proporciona el lenguaje poético.


       Muchas gracias, Rosa.

 

miércoles, 29 de septiembre de 2021

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 58, 30 de septiembre de 2021 "América Latina".

 





EL POE URUGUAYO, por Eduardo Moreno Alarcón.

 


 

Si alguien se detiene a contemplar cualquier fotografía de Horacio Quiroga (1878-1937), tendrá ante sí una mirada penetrante, y a poco que se fije, apreciará la carga triste de sus ojos. Difícil no estremecerse ante una mirada así. Difícil no preguntarse a qué tanto dolor.

Si decidiéramos ahondar tras ese espejo cristalino, descubriríamos bien pronto que la vida de este escritor uruguayo estuvo marcada desde su más tierna infancia por una suerte de nefasta fatalidad que, sin embargo, inspiraría algunos de sus mejores relatos.

A la muerte de su padre en un accidente de caza (cuando el autor sólo tenía tres meses), le suceden, ya adulto, primero, el suicido de su padrastro (que padecía una parálisis general); después, un trágico accidente de caza en que Quiroga acaba con la vida de su mejor amigo; más tarde, la muerte de su esposa tras ingerir una dosis letal de cloruro de mercurio (previa discusión conyugal); y como rúbrica a esta serie de desgracias, ausentes sus hijos y abandonado por su segunda mujer, su propio suicidio con cianuro tras serle detectado un cáncer incurable.

Si añadimos su extraordinaria sensibilidad (acorde al soñador romántico que latía en su alma) y un carácter indomable (que chocó abiertamente con la mojigatería propia de la sociedad burguesa del Montevideo de principios del siglo XX), hallaremos las claves que, a un mismo tiempo, esconde su mirada.

Por ello, no es de extrañar el fuerte vínculo emocional que le unió desde la adolescencia con su gran maestro, Edgar Allan Poe.

Sin embargo, a diferencia de otros seguidores (de los tantos que ha tenido a lo largo de la historia el gran poeta de Baltimore), Quiroga perfeccionó el cuento macabro hasta cimas asombrosas, convirtiéndose, según mi criterio, en indiscutible maestro del «golpe de efecto», a la altura de genios como el propio Poe o Guy de Maupassant (otra de sus grandes referencias literarias).

Conocido sobre todo por sus deliciosos cuentos de la selva (deudores de su admirado Rudyard Kipling, influjo imprescindible en su obra) e inspirados en la tradición oral y su estancia en la región argentina de Misiones (selva ubicada en el corazón de la entonces América virgen), su magnífica contribución a la literatura de terror ha quedado relegada, salvo honrosas excepciones, a un discreto segundo plano.

Atormentado por la culpa, Horacio Quiroga maneja como nadie el complejo universo de la alucinación, la angustia, la obsesión, el fatalismo, la venganza y la locura. Sus cuentos son auténticas joyas del mejor horror macabro, despertando en el lector una zozobra que va in crescendo para, finalmente, concluir con hachazos estremecedores. Relatos como El hijo (quizá el cuento más impactante que he leído en mi vida), La lenguaEl almohadón de pluma, La gallina degolladaEl yaciyateréLos guantes de goma, La miel silvestre o Las rayas, por citar sólo algunos, ilustran a la perfección el despliegue de talento y el dominio de la narración breve que alcanzó el escritor uruguayo.

Menos conocidas, pero igualmente soberbias, son sus novelas cortas (o relatos largos, según se prefiera), urdidas con venenosa maestría, de corte folletinesco, al estilo de los pulp americanos, de entre los cuales sobresalen El hombre artificial (que fusiona magistralmente el terror más atroz y la ciencia ficción), El mono que asesinóLas fieras cómplices y El devorador de hombres.

El propio Quiroga plasma su visión del cuento en su Decálogo del perfecto cuentista, compendio resumido de las claves que, a su juicio, ha de tener toda narración breve (espléndida fuente de aprendizaje).

Extraigo, a modo de conclusión, dos consejos del mismo:

Cree en un maestro (Poe, Maupassant, Kipling, Chejov —aquí incluyo al propio Quiroga— como en Dios mismo).

Cree que su arte es una cima inaccesible. No sueñes en dominarla. Cuando puedas hacerlo, lo conseguirás sin saberlo tú mismo.

 

Siempre he creído un deber reivindicar la figura de Horacio Quiroga en el contexto de las letras latinoamericanas, autor cuyo «influjo macabro» sigue fluyendo por mis venas literarias.