La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de mayo de 2016

El legatario de la Suhá, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



   Aquella mañana Wädis amaneció frío, el humo de las antorchas encendidas en los torreones se mezclaba con una densa niebla, envolviendo la medina y todos sus arrabales. La ciudad entera aguardaba su destino irrevocable con un silencio feroz que habría de permanecer en su gente a lo largo de los siglos.
   Salí a hora temprana y deambulé como un fantasma por sus calles, como siempre que el silencio era propicio, y parándome en cada esquina, puerta o calzada, esperaba que apareciera su silueta empañada por la niebla o ponía oído atento al trote de algún caballo. Fue aquella mañana más que ninguna otra cuando supe que mi espera era baldía, pues tuve el presentimiento de que jamás volvería a ver a Abú Abdallah aunque mis ojos quisieran encontrarlo. Quise despedirme, acaso sin saberlo, de todos cuantos me habían acompañado en tan larga vida, pues me acercaba ya a los setenta y ocho años, habrían de cumplirse pronto mis días; Allah estaba siendo conmigo demasiado misericordioso. Caminé entonces lentamente, agudizando todos mis sentidos para retener cualquier color, sonido o aroma, pero la visión se me borraba con la calina y el frío atrofiaba mis oídos y mi olfato, sentí un estremecimiento, comprendí que el momento de abdicar estaba llegando. Avanzando a duras penas, me dirigí hacia la noble casa de aquel que estuve aguardando aquella mañana con la esperanza de verlo aparecer. Salió a recibirme su hija, que sintió gran alegría de mi visita y abrazándome me bendijo. 
   - ¡Que Allah sea contigo querida Khadidja!
   - Que Allah te proteja -dije casi en un susurro, cuando mi cuerpo de pronto se desvaneció entre sus brazos.
Al despertar, la valerosa princesa, también llamada Khadidja se hallaba junto a mí sosteniendo acongojada una de mis manos. Viéndome abrir los ojos comenzó, animada, a hablarme de su padre quizá adivinando el motivo de mi visita. Me contó detalladamente los últimos aconteceres, cómo la ciudad, muy en breve, pasaría a manos de los reyes cristiano. Abdallah cabalgaba ahora para encontrarse con ellos y firmar las capitulaciones. Al relatarme esto último bajó la frente y la mirada y, permaneció unos segundos sin decir palabra. 
-El rey, mi padre, no se ha rendido querida aya -dijo finalmente- el nunca se rendiría.
   No pude contestarle con mi voz, pero sí con mi corazón y una temblorosa sonrisa, muy bien sabía que era cierto lo que Khadidja me contaba. Recordé en ese instante cómo conocí a Abdallah. Era una clara mañana, que se había más brillante, si cabe, en mi memoria cuando intentaba atraer con nostalgia los acontecimientos hermosos.
   Encontrábame yo muy moza entonces y muy ignorante de lo que son sufrimientos reales en la vida. Andaba enamoriscada de un joven vendedor de pieles que vendía en el mercado de mi aldea. Se llamaba Alef, y era, a mis ojos, apuesto como el mismísimo sol cuando se pone en las tardes. Yo vivía por entonces con unos tíos míos, mis padres eran muertos en el año del gran temblor de tierra, a poco de nacer yo. Acudía con mi tía al mercado con el afán de encontrarlo y dirigirle una mirada relámpago, pues estaba avisada que una mujer no debía poner ojo en en hombre alguno. Así alimentaba yo mis fantasías con estos fugaces e ilusorios encuentros. Un día confesé a una prima mi secreto, esperando encontar en ella la complicidad de una hermana, pero cual no fue mi sorpresa, pues sin haber acabado repuso:
   Pues ya puedes ir olvidando esos delirios sin fundamento, tu tío Abén Aceyte te ha prometido a Alí, tu primo mayor.

¡Delirios sin fundamento! había dicho de aquel sentimiento que yo creía profundo como los mares... sin pensarlo dos veces eché a correr, queriéndome alejar de todo y todos, hasta llegar a un campo de encinas, donde me senté a llorar mis desdichas debajo de los árboles, al principio con una sonada rabieta, para acabar con un silenciosos y trágico llanto. Al pronto escuché a mis espaldas una voz infantil que con vehemencia me ordenaba...

   - ¡No te muevas!
Contuve la respiración sin atreverme a volver el rostro, cuando vi con asombro a un niño de apenas cinco años acercarse a mí, cogía con sus manos un alacrán que se había encaramado a mi hombro, y con toda la tranquilidad lo dejaba en el suelo. Mi cara se demudó de terror y a continuación sufrí un desmayo. Cuando desperté me vi rodeada por un grupo de hombres, algunos de ellos a caballo, con perros de caza, pues iban armados para este menester. Entre ellos estaba un muchacho algo mayor que yo, un hombre ricamente ataviado y mi pequeño héroe, que me dijo: 
   - Dios te guarde, soy Abú Abdall. Y estos son, mi hermano Abul Hasan Alí y mi tío Aben Ismail, sultán de Granada.
   ¿Era esto real? ¿Realmente era a mí, una pobre aldeana, a quien podía sucederle algo igual? ¿O era yo otra persona, nacida de las cenizas de la infelicidad la protagonista de tan grande suceso? Esto me preguntaba con ojos como platos, cuando uno de aquellos hombres del grupo soltó un eructo  y me sacó de dudas, me puse colorada y apresureme a taparme la cara con el velo. Entonces el sultán se dirigió al niño simulando severidad...
   -¡ Muy temprano has empezado a desmayar a las muchachas!
   El corro entero de hombres reía a carcajadas, el gran Ismail era un rey nacido con las virtudes de la simpatía, la humanidad y la justicia.
Quise hablar, pero mi lengua se volvió como de trapo, las palabras se atropellaban en mi boca, empecé a tartamudear sin tregua y de esta manera lo seguí haciendo durante los tres años que siguieron a este día. Les conté como pude cual había sido la razón de mi desmayo, y manifesté mi agradecimiento y admiración hacia el infante, a quien prometí cuidar y proteger si así me lo permitían. cuando todos supieron lo ocurrido comenzaron a llamar al niño con el sobrenombre de "el Zagal" que era lo mismo que "valiente". Abdallah sonreía orgulloso cuando su hermano alborotaba sus cabellos con aprobación. El sultán quiso darme escolta hasta la casa de mi tío, pero yo me negué llorando, atreviéndome a esquivar un destino tan injusto, y le pedí que me aceptaran como niñera del príncipe, a quien debía protección. Vi al niño Abdallah acercarse a su tío y susurrarle algo al oído, el sultán quedó un momento pensativo e hizo llamar con una señal a uno de los jinetes al que dio algunas órdenes, y al momento este partió.
   Supe más tarde, cuando llegamos al gran palacio de la Alhambra, que Ismail había mandado llamar a mi tío para comunicarle su voluntad de que yo cuidara del Zagal, para ello pagaría doblado el precio de mi dote. Así fue cómo comenzó para mí una nueva vida, cargada de nuevas emociones y experiencias, transformándome en la espectadora pasiva de la vida de otros, a quienes la historia, seguramente, dedicará mucha más atención que a mí.
   Tuve la ocasión de conocer muchas maravillas. La primera de ellas era la hermosa ciudad cercana al palacio. la Medina Elvira. Apareció transparente, inundada de luz como una copa de cristal labrado. Estaba otoñando por entonces, pero sus jardines tenían nuevas rosas florecidas, y los pájaros que gorjeaban en sus árboles demoraban su partida, seducidos por aquella primavera eterna que la habitaba. En sus zocos se vendían las castañas asadas, las nueces, el fruto del granado y una miel dorada y riquísima que chorreaba de los odres. ¡Y qué decir de las especias y las hierbas!; la canela, la pimienta, el anís, la cúrcuma, el hinojo..., hacían del lugar el centro de los aromas.
Allá por donde íbamos pasando las gentes miraban con curiosidad o se decían cosas a escondidas. Algunos mercaderes inclinaban la cabeza y ofrecían al pequeño Zagal regaliz, cañadul y dulces de calabaza. Él se sostenía muy erguido sobre su corcel negro y entornaba los ojos, asentí mostrándose agradecido. Justo debajo de uno de los arcos de la calle del zoco, se hallaba una mujer bigotuda, muy entrada en carnes, que tenía unos pechos como cántaros. Vendía unos dulces de miel y almendra, se acercó sonriente al Zagal y le obsequió con un saquito de tela repleto de ellos. El niño respondió depositando en su mano dos dinares de oro, quedóse un poco rezagado hasta acercarse a donde yo estaba y puso los dulces sobre mi regazo. Esta fue su primera muestra de amistad hacia mí, y también la primera vez que advertí la hermosura del rostro del infante, cuyos ojos encendidos, años más tarde, causarían estragos a muchas damas. 
   Entró una de las sirvientes con un vaso de caldo de verduras muy caliente y mandó que encendieran el fuego de la alcoba. Acercó el vaso a mi boca y paciente esperó hasta que lo hube acabado. El calor del fuego y de la bebida me reconfortaban y comencé a recuperar el resuello, era preciso recuperarlo para cumplir con la última voluntad del sultán Ismail.
   Había sucedido hacía largo tiempo, recién llegada yo a palacio. Organizaron una excursión al Monte Sacro que se hallaba a media legua de la Alhambra. Desde lo alto de esta colina podía divisarse el palacio en toda su grandeza. Según había escuchado por boca del niño Abdallah, a su madre, la sultana Nayara, le gustaban estos acontecimientos que habitualmente se celebraban en familia o con un grupo reducido de personas. Se preparaban comidas frías, las mojábanas, la cecina de atún traída de las costas, la lechuga y refrescos en abundancia, como el agua de azahar o la leche de almendras, además se formaban juegos y bailes. Yo estaba aquel día un poco desganada y triste pues aunque eran muchas las cosas que había encontrado en esta tan rica vida, también de vez en cuando echaba en falta a mis tíos y primos, empezaba a darme cuenta que no es tan fácil dejar atrás pasadas vivencias, por muy aburridas o tristes que fueren. Apercibióse de esto el Zagal, que era rápido como el lince en adivinar cuándo alguien se hallaba desanimado o cambiado, y me propuso que subiéramos hasta la cima del monte, donde el sultán Ismail había ascendido momentos antes para meditar a solas. Tubo que convencerme para ello, inventando alguna historia de brujas o misterios, sabiendo como sabía que yo era tan supersticiosa e ignorante, hasta que conseguí incitar mi curiosidad.
   Cuando llegamos a lo alto, yo estaba tan agotada por la subida que no tuve ningún reparo y me recosté en el mismísimo suelo exhausta de cansancio. Tras de mí, el Zagal adoptó la postura de su tío y se sentó junto a él. Desde el lugar en el que estaba podía observar al hombre y al niño de perfil, se ponía el sol, los rostros veíanse iluminados por destellos rojizos. Colgaba sobre el pecho del rey un medallón que era una estrella de ocho puntas, trabajada con oro blanco, en cada una de las puntas brillaba un rubí pequeñito que era a su vez una estrella. La joya era de una belleza y un valor extremo, el rey no se lo quitó hasta el día de su muerte. El niño alzó la mano y lo estuvo acariciando, entonces preguntó al rey por qué lo llevaba siempre colgado. El sultán Ismail nos contó una historia. Este talismán -decía- pertenecían al primer rey de nuestra dinastía, el rey Yusuf ben Nazar, nuestro antepasado. Es la Suhá de los nazaríes y con ella comenzó nuestra suerte. Fue diseñada por un astrólogo eminente, cada una de sus puntas representa a un guerrero, de su decendencia tan sólo algunos reyes tuvimos el honor de llevarla; aquellos que según los astrólogos lo merecían por luchar con más ahínco por el Reino, ya sea por medio de su espada o a través de la razón. Yo tuve el honor de ser el séptimo legatario. Según los astrólogos, sólo ocho han de llevarla, y con el octavo, el Reino de Granada se perderá.
   Después de contarnos esta increíble historia hubo un gran silencio y el zagal quedó pensativo y triste, yo me había incorporado por completo, pues el relato me había impresionado grandemente y miraba boquiabierta el talismán como algo terrible y poderoso. Entonces el rey se levantó, y devolviéndonos a la realidad con una sonrisa, nos invitó a bajar. 
   Aben Ismail, que así era llamado por su familia en honor a un antepasado, era un rey muy apuesto y sabio, su sóla presencia aquietaba a la muchedumbre, todos confiaban en su discurso, tenía el don de la palabra. Aunque tenía su residencia en otra plaza del reino, pasaba los veranos en la Alhambra. Guardaba buenas relaciones con su primo Abú Nasrsad, el padre del Zagal, y en tanto que éste pasaba grandes temporadas fuera, Ismail hacía las funciones de tutor de los hijos del "Ciriça".
   Fue a partir de entonces cuando el niño Abdallah comunicó a su padre su deseo de ser adiestrado en las artes de la guerra. A pesar de ser tan joven, el rey, que era muy combativo, no se opuso sino todo lo contrario; puso al servicio de su hijo a los mejores paladines que se ocupaban algunos días en semana de sus instrucción.    Cuando el infante alcanzó la mayoría de edad, era tan diestro con la espada y el arco, que era respetado por los más fieros soldados. Su fuerza y su estatura se habían multiplicado y su mirada se prendió de un fuego terrible y abrasador. Me sentía muy admirada de su energía, del misterioso halo que envolvía su persona. Sin pronunciar palabra, doblegaba las voluntades de aquellos que se le acercaban.    Todo en él era de fuego; de fuego era su espada cuando se enfrentaba a los enemigos más encarnizados, de fuego las riendas de su corcel negro. Para los amigos era reconfortante tenerlo cerca por la seguridad que inspiraba, en el amor era peligrosa la cercanía, pues oí decir que era grande el fuego de su pasión.
Había crecido demasiado deprisa, ya no era el niño de quien yo me cuidaba de vestir y de que estuviese bien alimentado. Conforme se hacía mayor iba dejando de ser confidente conmigo, no me contaba sus inquietudes ni compartía sus aventuras. Comenzó a ser recatado en mostrar su cuerpo, sin embargo, yo fui testigo de alguna de sus experiencias más secretas, como si alguien que no es de este mundo hubiera destinado mi vida para guardar sus pasos en mi memoria.
   Amayrana era la hija del sultán Ismail, estaba casada, por entonces contaba veintiocho años al igual que yo. Mujer de carácter independiente; tanto es así que pasaba los veranos en la Alhambra lejos de su esposo, a quien nunca tuve la oportunidad de conocer. Gustaba de la música, de la poesía, la botánica y medicina, trataba con poetas, filósofos y otras personas cultivadas, además era hermosa: cabellos claros, ojos almendrados, su piel tenía el color de la canela y el movimiento de su cuerpo era desenvuelto y seductor. Abdalah, desde la llegada de su prima aquel verano veíase extraño, como embargado por un gran desasosiego, apenas dormía, pasaba las noches en los alcázares ejercitándose, luchando con un invisible que no estaba fuera, sino dentro de él mismo. 
   Aquella noche había luna llena, el calor era sofocante, pues no corría ni un hilo de aire. Me desperté empapada en sudor, salí a uno de los patios y en uno de los estanques mojé un pañuelo, con él me estuve refrescando. Parecía no haber nadie, así es que cogí agua con ambas manos y la esparcí sobre mí. De pronto escuché unos pasos, pero el ruido venía de uno de los corredores más oscuros y no distinguí con claridad, sentí miedo y regresé a mi alcoba, apagué la vela y cerré la puerta, y ya más en seguro me asomé al balcón.    Desde allí pude ver con claridad a un hombre de espaldas, estaba desnudo de cintura hacia arriba, su mano empuñaba una espada. Al poco, una mujer avanzó por detrás hacia donde él estaba, vestía una kamis trasparente, y con la luz de la noche se veía al trasluz la silueta de su cuerpo desnudo. Estaba descalza, es por esto que no se escucharon sus pasos y el hombre no advirtió su presencia. Permaneció un rato parada muy cerca de él. Escuché el murmullo de la princesa pronunciando su nombre... ¡Abdallah!, decía. El muchacho quedó petrificado, durante unos segundos permaneció inmóvil, entonces Amayrana comenzó a acariciarlo despacio, primero con sus manos y luego con todo su cuerpo, hasta que el Zagal no pudo resistirse y se dio la vuelta para tomarla allí mismo, junto al estanque, con una pasión incontenible.
    Pero todo esto quedó borrado por el tiempo. Abdallah olvidó a Amayrana y se entregó a una pasión aún más fuerte, la de la guerra. Al principio puso sus fuerzas a la defensa de su hermano Abul Hasán, al que los cristianos llamaron Muley Acen, con el fin de hacerse fuerte en un reino cada vez más diezmado. Tuvo que luchar contra muchas adversidades, y la primera de ellas fue su propia familia: un hermano que desatendía las cuestiones políticas, distraído en complacer a su concubina cristiana. Su sobrino Boabdil, guiado por los consejos de su ambiciosa madre, iba dando pasos descalabrados desde antes de su subida al trono. El muchacho al que había protegido y amado se fue transformando en su enemigo. Tuvo que librar muchas plazas del Reino y trasladó su residencia a muchas de ellas, siempre acompañado de su familia: Equivila, su esposa, su hija Khadidja y la que os relata esta historia.    El último lugar donde Abdallah tuvo su corte fue Wadis, en donde de seguro descansarían mis huesos. Cuando llegamos a esta ciudad, yo ya estaba muy vieja y debilitada. Pedí al Zagal que me permitiera vivir a solas. Había sido mucho el tiempo vivido con esta familia, y tan numerosos cambios, tristezas y acontecimientos hicieron mella en mi salud. Así me fue habilitada una vivienda ubicada en las cercanías de la Bib-Granada, de donde salí aquella mañana para encontrarme con él, pero no fue la voluntad de Alláh que así fuera.
   Con la mano temblorosa como una hoja agitada por el viento, saqué de mi cinturón una bolsa de seda verde y cogiendo las manos de la hija del Zagal, vacié en ella su contenido. La estrella brilló entonces radiante y misteriosa como el día en el que el sultán Ismail nos contó su secreto. La Suhá de los nazaríes me fue encomendada a la muerte de aquel memorable e ilustre rey... "Dásela al principe Abdallah, él es el heredero", dijo en el lecho de su muerte. Derramé muchas lágrimas desde entonces, no quise que mi niño Abdallah fuera el guerrero que viera declinar un reino de tanta valía, por el que tanto y tan duramente había luchado. Pero muy a mi pesar el destino se estaba cumpliendo. "Cuídate de ella entrégasela a tu padre -dije entonces a Khaqdidja- Eol sultán Ismail supo por su sabiduría que él era el último legatario de la Suhá.
   

El sur, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.




Cuando vengas al sur
encontrarás un sol
de brazos extendidos,
una sonrisa lista
para ser ofrecida,
todo el azul del mar
reflejado en el cielo.

Si vienes en abril,
haces de primavera
perfumarán las plazas;
el murmullo del agua
te cantará su embrujo
y su misterio.

Cuando vengas al sur
busca la soledad de los caminos;
deja que tus sentidos se deleiten
por olores silvestres de jara
y de romero.
Sólo la dulce voz
de las campanas
acabarán turbando
el sueño de los lirios.
En el pálpito vivo de la tierra
encontrarás la paz más verdadera.

El sur no tiene esquinas.
Su llanura se extiende
más allá de las almas
que presienten silencios.

Cuando estés de camino,
sólo por un instante,
deja atrás la mirada.
En tu regreso
llevarás todo el sur
sobre los ojos.

Distopía, por JOSÉ RUIZ RAYA PÉREZ




   Me sorprende la gente que no realiza un juicio propio y se deja llevar por eslóganes partidistas o sectarios - que a veces suenan a secta realmente- y repiten y prolongan las valoraciones de sus líderes políticos como autómatas. Estamos entrando en la era del automatismo y la cibernética, esto es tan sólo la prehistoria, asegura César Antonio Molina. Aunque lo han predicho numerosos intelectuales. Ortega y Gasset hablaba de la deshumanización del arte, que es un ensayo sobre estética y que muchos añadiríamos sobre ética a largo plazo.
  La globalización nos conduce a una sociedad monocromática en la que todos pensemos y sintamos igual, pero siempre dentro de los dos polos: el blanco y el negro, la derecha y la izquierda, lo demócrata y lo republicano, oriente y occidente, el creyente y el ateo, el norte y el sur, el hombre y la mujer, el heterosexual y el homosexual, abajo y arriba, enseñar y aprender… Y así hasta una serie de innumerables clichés que nos impelen a prejuzgar y no a juzgar por nosotros mismos. Nos encorsetan y, en numerosas ocasiones, tan solo repetimos lo que ya hemos escuchado o lo que el líder de la manada ha manifestado, puño en alto o mano extendida con pulgar flexionado.
Nos aproximamos a un mundo distópico en  el que todo empieza a controlarse, no sólo en nuestra forma de pensar, comer o vestir, sino también en nuestra forma de amar, y lo que es mucho peor: en nuestra manera de pensar y sentir. Numerosas obras literarias nos advertían de esta distopía, cada autor a su manera y dentro de su estilo obviamente, pero todas avisándonos de un mundo, o mejor dicho, inframundo, al que estamos derivando: “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley, “Farenheit 451” de Bradbury, “Niños del hambre” de P.D. James, por citar algunas de las más conocidas. También se encontraría, humildemente, “El espejo de Nostradamus”, por citar la más desconocida – en los dos sentidos-.
    El pulso de las redes sociales palpita a diario, en cada momento. Todo el mundo se posiciona en su bando, en su partido y se produce el partido valga la redundancia: el gran enfrentamiento del mundo y de la vida. Cada cual hincado hasta las rodillas, donde el cemento ya se ha secado y le resulta imposible moverse. Nadie es capaz de ceder, de mostrar cierta empatía por los demás o por ideas diferentes. Nadie es capaz de cambiar de opinión, como si eso fuese un ultraje a nuestros principios y una atroz felonía a nuestra integridad. Lo que hacemos con esto precisamente es lo contrario de lo que pretendemos, esto es, seguirles el juego y responder al botón que alguien, desde arriba, o desde algún oscuro e inescrutable  rincón ha pulsado para que nosotros pensemos que pensamos y que decidimos.
     Por ello, todos vamos (o no) nuevamente  a  votar.
Usted es incapaz de ver que un corrupto, si no está en la cárcel, que es lo justo, donde no debe seguir es desempeñando su cargo, que es lo injusto. Esto no tiene término medio. Hay otras posturas que nos cuesta (a unos más y a otros menos) mantener o seguir defendiendo, algunos optan por mirar hacia otro lado, como con el dolor que sufren y padecen los pobres, los refugiados, los marginados, los débiles. El dolor y el sufrimiento que padece el animal en su ruedo ibérico, o la humillación tan sangrante que las víctimas tienen que soportar al ver que su ejecutor es recibido en el Parlamento Europeo. Hay cosas que no tienen o no deberían tener color. Pero parece ser que desgraciadamente las tienen.
      Luego hay otras líneas que pueden ser más o menos grises, como las legales y también contradictorias de realizar determinados referéndums para que unos cuantos corruptos se mantengan en el poder y puedan moverse a sus anchas. O la tolerancia que se despierta ante los intolerantes. Los/las que defienden un sistema de vida que contradice absolutamente donde nos desenvolvemos y en el que supuestamente somos felices: como el perro del hortelano de don Lope, remasterizado con   una suerte de síndrome holmiense. Son los explotados que apoyan a su explotador,  demócratas que guiñan a estados totalitarios, ateos que rezan, esas mujeres tan feministas que serían capaces de colocarse un burka, o esos gays que apoyan al estado o religión que los oprime. Se trata de una suerte de cíclopes de visión unidireccional y ausentes de la condición poliédrica que debería caracterizar al ser humano. Se trata de la incoherencia revestida de congruencia. Pura y dura paradoja. Sin embargo, hay que pensar que el mundo y el ser humano sí que son poliédricos y que las ovejas eléctricas están llegando a soñar con androides. Incluso se puede tergiversar el universo de P.K. Dick.

domingo, 24 de abril de 2016

Cuando mi cuerpo ya no esté sobre la tierra, por Mariano Cognigni (3º Finalista del "III Certamen de Relato Breve Guadix en el Día del Libro")



Cuando ya no esté sobre esta tierra volveré como un fantasma, como un aliento fugaz, como una de esas brisas tan leves que sólo se perciben con la piel mojada, mojada acaso de sudor, mojada acaso de lluvia.
Volveré un día de otoño a esta misma hora, me sentaré en esta misma silla y apoyaré los codos de esta misma manera. Miraré por esta misma ventana y veré a estos árboles despoblarse de hojas amarilla y rojas.
Veré cómo el aire y la ciudad envejecen sin mí. Veré al tiempo roer las paredes de las casas, lo veré roer los objetos y las personas. Impávido y sin voz, le gritaré al reloj que detenga su marcha, que despierte. Le suplicaré, le rogaré que se percate de que ya no estoy aquí, de que aquello que un día fui, hoy es sólo un espacio mudo y yermo, un espacio sin tibieza. Le pediré, le diré que mire lo que ha hecho, que ya ni siquiera soy una impronta, nada, ni una ausencia. Dentro de mis seres queridos también mi recuerdo se habrá esfumado. Sobre esta misma mesa anidaré mis brazos, ocultaré el rostro y lloraré sin lágrimas.
Mientras tanto, detrás del cristal, el almanaque continuará su marcha, continuará inclaudicable, royendo las casas, los objetos y las personas.

Sé que lo hará, aun cuando yo no esté mirando.

MARIANA, HEATHCLIFF Y YO, por José Aristóbulo Ramírez Barrero (2º Finalista del III Certamen de Relato Breve "Guadix en el Día del Libro")

   

   Yo ruéguele a Mariana que dejara las cosas así, que no alterara el curso de la historia y ella que, pamplinas, no estaba dispuesta a permitir que una chiquilla caprichosa y frívola como Catherine echara a perder a Heathcliff y, cátate, en diciendo y haciendo metió sus narices en ese guisado, tomando al muchacho de la mano e impidiéndole que se fuera a Cumbres Borrascosas… «¡Me lleve el!… Y ahora, ¿qué vamos a hacer con él?», le espeté a Mariana y ella que muy sencillo, lo llevaremos a Francia para que se enamore y cuide de Cosette. «¡Cosette y un chorizo!», protesté. «Jean Valjean no permitirá que un trío de mentecatos le arruine sus planes de hacer a Los Miserables menos miserables». Pero ella, que es la quintaesencia de la obstinación, porfíe y argumente… «Convendrás conmigo en que Heathcliff es mejor que el pánfilo de Mario», y Heathcliff, metiendo cucharada… «Yo soy mejor que cualquiera». Yo, por mi parte, apenas atiné a mascullar que no debíamos sentar cátedra sobre ese tópico. Pero, qué va, Mariana ya había regado la manteca metiéndonos de rondón en una embarcación con destino al continente la cual, para bien o para mal, pronto viró hacia el sur dispuesta a darle la vuelta al mundo. Mariana, energúmena, se dirigió a proa a averiguar a qué se debía el cambio de planes. Allí se enteró que nos hallábamos a bordo de la nao Trinidad que comandaba Magallanes. ¡Cáspita, báilenme ese trompo en uña!, por esos azares de la vida, Mariana, Heathcliff y yo formábamos parte de la aventura más estelar de la humanidad. Yo brinqué de alegría pero Mariana no. Esa no era harina de nuestro costal, así que, aunque mucho me pesara, nos esconderíamos convenientemente y descenderíamos de la nave cuando esta arribara a Macondo. Eso hicimos. Allí Heathcliff vio a Rebeca Buendía y se enamoró locamente de ella. «Yo te diré cómo conquistarla», le dijo Mariana. «Si eso quieres, en adelante tendrás que llamarte Pietro Crespi». Heathcliff asintió. Entonces, cuando Mariana estaba a punto de advertirle que tendría que cuidarse de José Arcadio… El director del psiquiátrico nos frenó en seco… «Si siguen alucinando de esa guisa, jamás van a salir de aquí». Advertidos tan tremebundamente, no tuvimos más remedio que abandonar la historia. Es por demás, Mariana, Heathcliff y yo no queremos ser para siempre unos renglones torcidos de Dios

EL ZOPILOTE, por Joaquín Filio (1º Finalista del "III Certamen de Relato Breve Guadix en el día del libro")



 A mis cuatro hermanos

A la hora de comer, mientras cuchareamos la sopa, sus ojos nos contemplan hambrientos y aunque mamá agregue pimienta, limón o salsa, el plato que le fue servido permanece intacto. Su vestimenta me da mala espina. Mamá dice “el negro es un color elegante. Hay que respetar los gustos ajenos”, sin embargo,  ella hace lo opuesto con los señores que llegan de visita a escondidas. Aprovecha el viaje a la escuela para exigirnos que seamos diferentes “hombres, no saben ni amarrarse las agujetas”. Cuando se hace de noche, el zopilote irrumpe en nuestro cuarto y nos acaricia con un brusco aleteo.  Pablo resiste mudo. No logro entender cómo le hace para evitar el llanto o ir en busca de mamá, hasta he pensado que lo disfruta o por lo menos le adormece. Pero el zopilote nunca canta, no como lo hacía mamá antes de apagar la luz. Él más bien tose, en lugar de hablar raspa, sacudiéndose de un ronquido enfermo. Pablo solía ser parlanchín, travieso, inventaba historias: desde el día del accidente no dice ni pío, se orina en la cama. Para mí que el zopilote lo tiene amenazado. Conmigo trató en el velorio: esa tarde me siguió hasta la casa. Desde que llegó a nuestras vidas escuchamos el llanto de mamá por todas partes, incluso, algunas ocasiones, Pablo y yo jugamos a pegar nuestras orejas sobre la puerta nueva de su recámara, la puerta anterior la rompieron los vecinos cuando intentó colgarse del armario. Será cuestión de unos días para que nos adiestremos a las prácticas oscuras del zopilote. Su abrazo seco nos arrulla en la sala, donde se encuentran, desde hace tres meses, las cenizas de papá.  

LA PALABRA, Josep Manuel Segarra Bellés (1º Premio "III Certamen de Relato Breve Guadix en el Día del Libro".)


La ciudad despertó, lentamente, con legañas en las ventanas. Sus habitantes tardaron un poco mas en bajar de la cama y lo hicieron con la típica crisis de cerebro matutina. Todo parecía correctamente cotidiano y habría sido un día más, sin pena ni gloria, de no ser por la voz que me contuvo. Es la voz que soy yo mismo, en uno de estos años descargados, de una profunda melancolía.

Deje que la palabra pasara al horizonte, que vistiera su piel de espuma y agua y su falda de música y relente matinal que ascendió hasta el origen de los tiempos donde el sol acaricia con sus besos rubios el resto de la nieve de las montañas.

Dejé que escalara, pura, la cumbre del silencio, que se destrenzara en música y canciones; que fuera del latido mineral del destino, al aliento del río estremecido.

Dejé que fuera relámpago de la noche, solitario en el desierto de los pechos, o caricia infinita de ternura. Con un galope de corceles grises, cruzó la vida de todos mis sueños, y me dejó la fiebre en las pupilas, la lenta procesión de las imágenes, la sombra y el dolor clavados en el barro.

La tarde nos gotea, sobre el crepúsculo azul de la memoria de aquel cielo estrellado.

La nostalgia de un libro entre las manos, que irradia resplandores de dóciles gramáticas, el aroma de un bosque florecido bajo una lenta lluvia que el cielo nos regala.

Y fue  todo tan breve como un vuelo de alondras, en la apacible pausa de la tarde.

Me queda la paciencia de sorprenderme de la vida, despacio, como esqueleto arropado fuera a desnudar su cuerpo en la memoria de las gentes. Aprendo incertidumbres que apenas sí recordaré, mañana, cuando el sol acalore, el color que les arrancan de la vida.



Creo no equivocarme, cuando digo tontamente las verdades ante el rincón deshabitado y triste; nada es igual a su silencio mortecino que apenas, sí se atreve a decirme.