La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

sábado, 14 de mayo de 2016

Trazos hacia un Dios, por PEDRO CASAMAYOR RIVAS.



Lo importante es el filo del cuchillo
con el que armar la boca jadeante del cálamo,
que ya deja de ser la caña hueca
para guiar la mano hacia la nada.
Un coágulo de sangre como tinta
inunda la madera
hacia el ligero trazo que cubre el infinito.
Aíslate del mundo que depende de un rey,
provoca, -sometido al pergamino en blanco-
a los sentidos cómplices del deseo de un dios.
Reflexiona el comienzo,
lo importante es el filo del cuchillo
con el que desangrar al animal.
Sólo tú eres ahora el nexo con el cielo,
el cincel que acalló al agua de la Alhambra.

Wadi Lakka, por GLORIA ACOSTA.



Última carga.
Último día.

El batir de los  cascos  levanta una nube de polvo que se pega a las gargantas. Sudor de  hombres y bestias tras días de lucha por una tierra fragmentada.                                                                          
Alá frente a Dios.
Nobles fieles a  Rodrigo o enemigos reclutados para empuñar la espada contra al bereber.. Musulmanes leales al lugarteniente de Musa ibn Nusair.
  Tariq aguarda a lomos del hermoso Al-Lakko. Elige un terreno favorable que contrarresta la inferioridad de su ejército. Espadas jinetas, mortíferas dagas, certeros arcos y expertos ballesteros, lanzas que la fuerza de un brazo clava en certera estocada. Banderas de media luna  bombeando sangre a las sienes en espera de ser entregada o aplacada.
   Rodrigo acaricia las crines negras de Orelia. Su cabeza coronada se yergue ante una caballería exhausta, que enarbola la enseña de la cruz dorada y llena el aire con arengas de valor.
Ya colocan cascos y yelmos sobre el almófar. Lanzas y adargas esperan  la orden del rey-caudillo, que ocupa el primer lugar en la columna central. En el ala derecha, Sisberto, y en la izquierda, Oppas, sorprenderán a Tariq por los flancos. Un ataque convergente con tres cuerpos sobre el grueso musulmán desde varios puntos independientes. La estrategia definida y la victoria segura. Pero una traición pactada se esconde y aguarda.
Ya galopan los cristianos, sorteando el pedregoso terreno.
Clamor de aceros. Espadas separando  cabezas de sus cuerpos. Ballestas horadando corazones y vientres. Brazos  mutilados al roce del alfanje. Cotas de malla escupiendo sangre, atrapando jirones de piel. Cráneos sin yelmo aplastados por las cabalgaduras, rostros con ojos desorbitados.
La tierra traga voces muertas que escapan por el hueco que deja la hoja toledana en la yugular.
Rodrigo  ve su victoria ondear en la loma, pero la sorpresa acelera la derrota. Los flancos de apoyo desaparecen para unirse a las tropas de Tariq. El rencor por  la legitimidad de un trono usurpado, había firmado tiempo atrás, un pacto de  traición desertora que asesta el golpe final a un reino visigodo, gastado y decadente.
 Una alfombra de cuerpos desmembrados tapiza el lugar con un hedor metálico. Cerca, junto al río, resopla asaetado un bello animal azabache con bridas de oro sin cabalgadura.
 Mientras, Tariq ibn Zivad galopa hacia las puertas de Al- Andalus.

El silencio de los desiertos, por F. JAVIER FRANCO.




Aún no había amanecido, prácticamente el almuédano acababa de entonar el canto de la oración de Fajr desde el alminar de la mezquita aljama de la medina de Wadi Ash, un veraniego día del mes de rayab, cuando un hombrecillo embutido en una blanca chilaba con la caperuza puesta, calzado de rudas sandalias de esparto y con una cayada en la mano, atravesaba la Bib Baçamarin, si bien al salir eligió la senda que se abría a su diestra para caminar en dirección al oriente, en busca del sol que habría de salir. 
Caminaba despacio, aunque algo encorvado, pero firme. Llegó a la alquería persa de Shushtar, cuando aún no era llegada la hora de la oración de Soubh, pero, descansando sobre un poyete encalado que sobresalía de la fachada blanca de una pequeña casita campestre, esperó que los rayos de sol asomasen de entre los cerros para iniciar la oración, instintivamente había ajustado su alquibla en dirección a la ciudad sagrada de La Meca, extendido su esterilla y había hecho las abluciones de pies y manos con algo de agua de la vasija taponada que colgada del hombro portaba. Con los flecos de los rayos solares, genuflexionado recitó sus oraciones y, tras ello, buscó alguna fuentecilla o acequia en el paraje para volver a rellenar al completo su vasija. Luego, prosiguió con el mismo ritmo parsimonioso su marcha. 
Transcurrieron por el camino las abluciones y los momentos para las oraciones de Dhuhr, Asr y Mahgrib, y, sentado bajo un árbol en las estribaciones de la sierra, inició sus preparativos para la última oración del día, la de Isha. Cuando hubo realizado ésta y, tras tomar una frugal cena de nueces y otros frutos secos que guardaba en un saquito que llevaba atado a la cintura, se dispuso a descansar; calculaba que ya había sobrepasado la mitad del camino hacia su destino y que al siguiente oscurecer podría pernoctar en el mismo: el desierto de Tabirnash. Allí buscaba la paz para poder meditar en soledad y austeridad sobre el Único y Su maravillosa obra y alcanzar el éxtasis ascético que lograra hacerle sentir imbuido de Él. 
En la oscuridad, comenzó a escuchar el sonido de pisadas animales que merodeaban en torno suyo, no se alteró y permaneció recostado bajo el árbol, abstraído en sus pensamientos místicos. Los sonidos cada vez se sentían más y más cercanos, hasta que algún aullar perdido comenzó a acompañarlos. Cuando percibió el aliento vaporoso y cálido de las alimañas, el peregrino se incorporó levemente y, en ese momento, divisó a sus pies la imagen de dos lobos pequeños y rojizos, de los que los mozárabes wadiashíes llaman matulos, las alimañas abrieron desafiantes sus fauces y comenzaron a emitir gruñidos amenazadores. El sufí los miró con los ojos henchidos de bondad y tiernamente se dirigió hacia ellos:
—As-salamu alaykum, hermanos lobos, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no os asustéis, no soy más que una pobre criatura de Dios, como vosotros, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios...  Venid, acercaos a mi regazo.
Y, como dos corderillos mansos, los matulos se acercaron al hombre santo, y se dejaron acariciar por él, lamieron las palmas de sus manos y postergaron su ronda nocherniega para recostarse uno a cada lado del asceta. Éste se levantó antes del amanecer para la oración de Fajr, los animales se incorporaron con él, y atentos, quietos y mudos escucharon las plegarias; tras ello, el hombre reanudó su camino y los lobos tornaron a perderse en las estribaciones boscosas de los montes. 
Caminó todo el día alimentándose de bayas y frutos silvestres, sin mermar el resto del contenido de su bolsa, tan sólo deteniéndose para realizar las oraciones diurnas y reponer agua en los riachuelos para poder alcanzar el desierto con la vasija plena. Cuando llegó a sus primeras estribaciones era el momento del rezo de Mahgrib, que realizó con la parsimonia y la solemnidad que le eran merecidas, y aún entrada la noche prosiguió internándose en el erial desértico, vivificado por los aromas del tomillo y la artemisa, hasta que interrumpió su tracto para orar las plegarias de Isha. Tras ello, decidió campar a la intemperie y se acurrucó como un infante en la arena, esperando que el liviano descanso iluminara de ascesis sus sueños. Estando inmerso en ellos, sintió como algo rondaba entre sus ropajes, abrió los ojos y vio ante sí un alacrán negro del desierto que izaba enhiesta su cola, mostrando agresivo su afilado aguijón. Entonces el hombre santo se dirigió a él:
—As-salamu alaykum, hermano alacrán, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no te asustes, no soy más que una pobre criatura de Dios, como tú, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios... Deja caer tu arma y queda a mi regazo.
El amenazante arácnido guardó su aguijón, enrolló su cola y permaneció quieto a su lado, hasta que el hombre se incorporó para realizar los preparativos para la oración de Fajr, la cual hizo mientras el animal quedaba marcial e inmóvil a su lado, y al acabar ésta se perdió entre los arenales. 
Una vez abierto el día y, tras la oración de Soubh, el sufí caminó por los arenales hasta vislumbrar un pequeño montículo reseco y ascendió hasta él, una vez tomada la leve cima, se sentó, con las rodillas entrecruzadas y las manos extendidas con las palmas abiertas al cielo, e inició su ascética meditación. Los versos de loa a Dios surgían en su mente y se atesoraban en su memoria, hasta que se vieron interrumpidos por un grave quejido que le llegaba de la lontananza. Se incorporó y buscó el origen de la queja, cruzándose por el camino con alguna lagartija colirroja o algún lagarto ocelado. 
Llegado al punto, divisó a un hombre tirado en el suelo y sudando copiosamente, mientras su descubierto antebrazo exponía un bulto rojizo en acelerada inflamación, con dos puntitos rojos en la sección más abultada. Al acercarse el santón, aquél balbuceaba: "¡La víbora! ¡La víbora!". El hombre santo, tras el preceptivo "as-salamu", asió una daga finamente repujada del cinto del herido, le sesgó el depósito de ponzoña y succionó con sus labios de él, escupiendo una y otra vez, hasta que el enfermo volvió a requerir: "¡La víbora! ¡La víbora!". El sufí volvió el rostro y halló ante sí la cabeza triangular de la sierpe, que erguida amenazaba atacar, empero el místico se dirigió a ella:
—As-salamu alaykum, hermana víbora, en nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso, el que todo lo puede y todo lo ha creado, no te asustes, no soy más que una pobre criatura de Dios, como tú, todos somos sus hijos y todos somos hermanos, todos musulmanes... El que ataca a su hermano ataca a Dios... Guarda tus colmillos y tu veneno y retoma tu camino.
El animal, dubitativo unos instantes, hizo descender su cuerpo y, serpeando por el secanal yermo, se perdió tras unas matas de esparto. Luego el santón acogió en su regazo al hombre, ataviado como un guerrero y de rostro ennegrecido y curtido, le dio a beber de su vasija y, tras buscar entre los yerbajos que brotaban silvestres, le impuso una cataplasma masticada por su propia boca. 
El extraño estuvo varios días en delirio hasta que al fin recobró el sentido y la fuerza vital, aún pasaron jornadas en las que el místico permaneció a su cuidado, mientras la total recuperación se producía. Fue una noche, tras la oración de Isha, cuando el restablecido se dirigió al asceta del siguiente modo:
—Hombre santo, me has salvado la vida, a Dios y a ti la debo... Pero ya ves por mis ropajes que soy un guerrero y como soldado me debo a mi señor, sus órdenes he de interpretarlas como del propio Dios, pues es el mismísimo Emir de los Creyentes de Marrakush...
—Hermano, la palabra de Dios sólo es Dios y de Dios sólo parten sus órdenes...
—He de matarte... Para eso he llegado hasta aquí, mi señor así me lo ha ordenado... No necesita la obra de Dios, dice, santones que prediquen la paz y el amor entre todas las criaturas, lo que se necesitan son soldados para la Guerra Santa. Musulmanes como tú, considera que son perjudiciales para Su obra... Has de morir, ya está dictada la fatwa.
—Si los designios de Dios son que muera, Su palabra es la ley... Pero recuerda que ni tú, ni tu señor alcanzaréis el Paraíso: El que ataca a su hermano ataca a Dios.
—Podría engañar a mi señor y decir que has sido ejecutado, tras haberte dejado libre, pero el Emir todo lo previene y por eso me ordena que le lleve tu cabeza. Y así se hará.
—Si Dios lo quiere, que sea así, pero déjame unos instantes para rogar por ti.
El asceta orientó su cuerpo hacia La Meca, quedó sentado con las rodillas entrecruzadas y tomando las cuentas de su tasbih entre los dedos, hasta que al fin señaló: «Ya es el momento». El guerrero desenvainó en un rechinar su alfanje y, tomando su empuñadura con ambas manos, de un solo tajo cercenó la cabeza del santón, que cayó en la arena inerte. El soldado la trató con mimo, la limpió cuidadosamente y la dejó secar más de un día al sol, luego trenzó una canastilla con ramajes de esparto y, envuelta entre la tela de la túnica blanca del ejecutado, reverencialmente la guardó. 
Cuando salió de lo más profundo del desierto, el guerrero siguió la senda hacia un castillo que en una cima, en el propio desierto, estaba levantado, allí dispuso de un caballo y partió rumbo a al-Mariya al-Bah'ri, en busca del mar. De su puerto zarpó en un barco con destino a África para rendir cuenta a su señor, no sin antes adquirir en el zoco de la medina un cofre taraceado en nácar y oro, donde guardó la cabeza. Transportaba aquel relicario como el que porta el mayor tesoro que en el mundo hubiera. 
Una vez alcanzadas las costas africanas, se incorporó en la primera caravana que se dirigía a Marrakush. Cuando llegó a la ciudad imperial fue recibido por el Emir de los Creyentes en el palacio de la Buhayra. El servidor dio cuenta oportuna del cumplimiento de su servicio, entonces habló su señor:
—El cofre que me traes será custodiado en un morabito blanco a la entrada del Gran Desierto, es lo que merece un hombre santo... Pero tu mano ha dado muerte a la santidad, eres más que un asesino...
—Mi señor, yo tan sólo cumplí tus órdenes...
—Y cuando comprobaste que el hombre era en verdad santo, ¿no viste que mis órdenes eran injustas? Todo está ordenado por la ley de Dios y Muhammad su profeta. Y según la divina sharía ahora tú debes ser el ejecutado.
La cabeza del guerrero se mantuvo en una jaula de hierro en las murallas rojas de Marrakush, hasta que los cuervos, los buitres y las demás alimañas vaciaron sus ojos y comieron sus carnes. La cabeza del santo, en su digno cofre, resguardada a la sombra en el morabito blanco, fue lugar de parada y veneración de todas las caravanas que partían hacia Tombuctú, debiendo cruzar el Gran Desierto del Sahara hasta el Sahel. Allí, en la quietud de la oración, comenzaba el silencio, el silencio místico que hace que el hombre se encuentre desnudo consigo mismo, ese enorme silencio que envuelve todos los desiertos

NANI JIMÉNEZ, Actriz.


Rostro habitual de las series prime-time de las principales cadenas, la joven actriz Nani Jiménez cuenta con una amplia experiencia de trabajos realizados tanto en cine como en televisión. Debuta con un personaje protagonista en la popular serie valenciana L´Alquería Blanca para Canal 9, trabajo que enlaza con las también exitosas series de Globomedia para Antena 3 El Internado, Hospital Central emitida en Telecinco. Posteriormente participa en series como Isabel y Los Misterios de Laura para TVE1, y Amar es para siempre. En la gran pantalla forma parte del reparto del recién estrenado filmCien años de perdón, dirigido por Daniel Calparsoro. En la actualidad compagina su carrera de actriz con la el mundo de la moda a través de su blog personal www.nanijimenez.com y la nueva sección en la edición digital del diario ABC,www.loffit.abc.es/author/nani.

CINE:

· 2016 CIEN AÑOS DE PERDÓN. Dirigido por Daniel Calparsoro.
· 2008 SEXYKILLER, MORIRÁS POR ELLA. Dirigido por Miguel Martín.
· 2007 LO QUE TIENE EL OTRO. Dirigido por Miguel Perelló.
· 2006 3 DÍAS. Dirigido por Francisoco Javier Gutiérrez Cortometrajes:
· 2014 AMIGAS. Dirigido por Alba Cuesta.
· 2012 UN REFLEJO DE TI. Dirigido por Ramón Rodríguez.
· 2011 EN LA DISTANCIA. Dirigido por Eduardo Casaña. · 2010 UN AÑO Y UN DÍA. Dirigido por Josep Pitarch Garrido.
· 2009 OVAL. Dirigido por Santiago Estruch Mansanet.

TELEVISIÓN:

· 2015 AMAR ES PARA SIEMPRE. Diagonal TV. Antena 3. Personaje Fijo.
· 2014 LOS MISTERIOS DE LAURA. Boomerang. TVE 1. Episódico.
· 2013 ISABEL. Diagonal Tv. TVE 1. Protagonista.
· 2011 HOSPITAL CENTRAL. Videomedia. Telecinco 5. Protagonista.
· 2007/11 L’ALQUERIA BLANCA. Trivision. Canal 9. Protagonista.
· 2009/10 EL INTERNADO. Globomedia. Antena 3. Protagonista. Tv Movie:
· 2011 CARMINA. Dirigido por Miguel Albaladejo. Reparto.
· 2010 SEIS MOTIVOS PARA DUDAR DE TUS AMIGOS. Dirigido por Vicente Monsonis. Protagonista.
· 2006 MI ÚLTIMO VERANO CON MARIAN. Dirigido por Vicente Monsonis. Protagonista.
· 2006 EL CASO DE LA NOVIA DIVIDIDA. Dirigido por Joan Marimon. Reparto

Enlaces web y RR.SS:

·         Web/blog: http://nanijimenez.com/
·         Twitter: https://twitter.com/NaniNanirs
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·         IMDb: http://www.imdb.com/name/nm2444398/




ENTREVISTA

¿Has tenido que documentarte sobre este personaje legendario? Sí, aunque finalmente te acabas ciñendo al guión y contando tu propia historia. Se cuentan diferentes maneras de ver la relación y es muy dífícil saber lo que pasó realmente. Cuenta la leyenda que ella no estuvo realmente enamorada, que fue una impostora y que creó disputas en el reino nazarí. Quizás sólo fue una coincidencia junto con la rivalidad que existía entre Aixa (mujer de Muley Hacén) y ella. En la serie se cuenta que el amor surgió de manera espontánea y que cuando él murió, por enfermedad, no le quedó otra que convertirse de nuevo al cristianismo. Pidiendo disculpas a la reina y suplicando que su anterior abjuración había sido por obligación. 


¿Quien era Zoraida? "Zoraida" fue una noble cristiana llamada "Isabel de Solis" que se convirtió al islam porque "Muley Hacen" (rey de Granada) se enamoró locamente de ella. Ella fue capturada por los nazaríes y       llevada a la Alhambra donde surgió el amor, se casaron y tuvieron dos hijos. 

¿Tenía la mujer musulmana de la nobleza un papel relevante en la política de la época? En la serie se cuenta todo el reinado de Granada de una manera acelerada. Era una trama espectacular no sólo por la historia sino por el vestuario, atrezzo y por supuesto la suerte de poder grabar en "La Alhambra". Ojalá se pudiera contar con más detalle la historia de su reinado pero creo que fue una persona relevante en cuanto al amor que se tenían, simplemente. Creo que Aixa le hizo la vida imposible a ambos, sumado a los diferentes conflictos que ya existían fuera y dentro de la corte. Disputas internas con su hijo "Boabdil", su hermano "Zagal" y abencerrajes que provocaron que finalmente los Reyes Católicos se quedaran con reino de Granada.

¿Se ha podido saber algo de la personalidad de Isabel de Solís? Yo aprecié que era una mujer que ante todo luchó por su libertad y por recuperar su vida. Quizás no se pudo resistir a las atenciones de Muley Hacén y finalmente descubrió el amor, cuidando de él hasta el último momento de su vida. 

¿Qué ha significado para ti interpretar este papel? Una oportunidad que nunca había experimentado. Primero por representar un personaje que ha existido y poder llevarlo a tu terreno. Segundo, por formar parte de una serie que ha contado nuestra historia y que la gente ha podido disfrutar. Nunca olvidaré los días vividos el "La Alhambra" y el maravilloso decorado de plató.

¿Tienes algún mensaje para nuestra revista? Gracias por contar conmigo  y refrescar nuestra historia. Gracias a series como "Isabel" y personas como vosotros que provocan un mayor interés en la cultura e historia. Hasta la próxima amigos!!

Gracias a ti Nani, por tu amabilidad y cercanía.

El legatario de la Suhá, por CARMEN HERNÁNDEZ MONTALBÁN



   Aquella mañana Wädis amaneció frío, el humo de las antorchas encendidas en los torreones se mezclaba con una densa niebla, envolviendo la medina y todos sus arrabales. La ciudad entera aguardaba su destino irrevocable con un silencio feroz que habría de permanecer en su gente a lo largo de los siglos.
   Salí a hora temprana y deambulé como un fantasma por sus calles, como siempre que el silencio era propicio, y parándome en cada esquina, puerta o calzada, esperaba que apareciera su silueta empañada por la niebla o ponía oído atento al trote de algún caballo. Fue aquella mañana más que ninguna otra cuando supe que mi espera era baldía, pues tuve el presentimiento de que jamás volvería a ver a Abú Abdallah aunque mis ojos quisieran encontrarlo. Quise despedirme, acaso sin saberlo, de todos cuantos me habían acompañado en tan larga vida, pues me acercaba ya a los setenta y ocho años, habrían de cumplirse pronto mis días; Allah estaba siendo conmigo demasiado misericordioso. Caminé entonces lentamente, agudizando todos mis sentidos para retener cualquier color, sonido o aroma, pero la visión se me borraba con la calina y el frío atrofiaba mis oídos y mi olfato, sentí un estremecimiento, comprendí que el momento de abdicar estaba llegando. Avanzando a duras penas, me dirigí hacia la noble casa de aquel que estuve aguardando aquella mañana con la esperanza de verlo aparecer. Salió a recibirme su hija, que sintió gran alegría de mi visita y abrazándome me bendijo. 
   - ¡Que Allah sea contigo querida Khadidja!
   - Que Allah te proteja -dije casi en un susurro, cuando mi cuerpo de pronto se desvaneció entre sus brazos.
Al despertar, la valerosa princesa, también llamada Khadidja se hallaba junto a mí sosteniendo acongojada una de mis manos. Viéndome abrir los ojos comenzó, animada, a hablarme de su padre quizá adivinando el motivo de mi visita. Me contó detalladamente los últimos aconteceres, cómo la ciudad, muy en breve, pasaría a manos de los reyes cristiano. Abdallah cabalgaba ahora para encontrarse con ellos y firmar las capitulaciones. Al relatarme esto último bajó la frente y la mirada y, permaneció unos segundos sin decir palabra. 
-El rey, mi padre, no se ha rendido querida aya -dijo finalmente- el nunca se rendiría.
   No pude contestarle con mi voz, pero sí con mi corazón y una temblorosa sonrisa, muy bien sabía que era cierto lo que Khadidja me contaba. Recordé en ese instante cómo conocí a Abdallah. Era una clara mañana, que se había más brillante, si cabe, en mi memoria cuando intentaba atraer con nostalgia los acontecimientos hermosos.
   Encontrábame yo muy moza entonces y muy ignorante de lo que son sufrimientos reales en la vida. Andaba enamoriscada de un joven vendedor de pieles que vendía en el mercado de mi aldea. Se llamaba Alef, y era, a mis ojos, apuesto como el mismísimo sol cuando se pone en las tardes. Yo vivía por entonces con unos tíos míos, mis padres eran muertos en el año del gran temblor de tierra, a poco de nacer yo. Acudía con mi tía al mercado con el afán de encontrarlo y dirigirle una mirada relámpago, pues estaba avisada que una mujer no debía poner ojo en en hombre alguno. Así alimentaba yo mis fantasías con estos fugaces e ilusorios encuentros. Un día confesé a una prima mi secreto, esperando encontar en ella la complicidad de una hermana, pero cual no fue mi sorpresa, pues sin haber acabado repuso:
   Pues ya puedes ir olvidando esos delirios sin fundamento, tu tío Abén Aceyte te ha prometido a Alí, tu primo mayor.

¡Delirios sin fundamento! había dicho de aquel sentimiento que yo creía profundo como los mares... sin pensarlo dos veces eché a correr, queriéndome alejar de todo y todos, hasta llegar a un campo de encinas, donde me senté a llorar mis desdichas debajo de los árboles, al principio con una sonada rabieta, para acabar con un silenciosos y trágico llanto. Al pronto escuché a mis espaldas una voz infantil que con vehemencia me ordenaba...

   - ¡No te muevas!
Contuve la respiración sin atreverme a volver el rostro, cuando vi con asombro a un niño de apenas cinco años acercarse a mí, cogía con sus manos un alacrán que se había encaramado a mi hombro, y con toda la tranquilidad lo dejaba en el suelo. Mi cara se demudó de terror y a continuación sufrí un desmayo. Cuando desperté me vi rodeada por un grupo de hombres, algunos de ellos a caballo, con perros de caza, pues iban armados para este menester. Entre ellos estaba un muchacho algo mayor que yo, un hombre ricamente ataviado y mi pequeño héroe, que me dijo: 
   - Dios te guarde, soy Abú Abdall. Y estos son, mi hermano Abul Hasan Alí y mi tío Aben Ismail, sultán de Granada.
   ¿Era esto real? ¿Realmente era a mí, una pobre aldeana, a quien podía sucederle algo igual? ¿O era yo otra persona, nacida de las cenizas de la infelicidad la protagonista de tan grande suceso? Esto me preguntaba con ojos como platos, cuando uno de aquellos hombres del grupo soltó un eructo  y me sacó de dudas, me puse colorada y apresureme a taparme la cara con el velo. Entonces el sultán se dirigió al niño simulando severidad...
   -¡ Muy temprano has empezado a desmayar a las muchachas!
   El corro entero de hombres reía a carcajadas, el gran Ismail era un rey nacido con las virtudes de la simpatía, la humanidad y la justicia.
Quise hablar, pero mi lengua se volvió como de trapo, las palabras se atropellaban en mi boca, empecé a tartamudear sin tregua y de esta manera lo seguí haciendo durante los tres años que siguieron a este día. Les conté como pude cual había sido la razón de mi desmayo, y manifesté mi agradecimiento y admiración hacia el infante, a quien prometí cuidar y proteger si así me lo permitían. cuando todos supieron lo ocurrido comenzaron a llamar al niño con el sobrenombre de "el Zagal" que era lo mismo que "valiente". Abdallah sonreía orgulloso cuando su hermano alborotaba sus cabellos con aprobación. El sultán quiso darme escolta hasta la casa de mi tío, pero yo me negué llorando, atreviéndome a esquivar un destino tan injusto, y le pedí que me aceptaran como niñera del príncipe, a quien debía protección. Vi al niño Abdallah acercarse a su tío y susurrarle algo al oído, el sultán quedó un momento pensativo e hizo llamar con una señal a uno de los jinetes al que dio algunas órdenes, y al momento este partió.
   Supe más tarde, cuando llegamos al gran palacio de la Alhambra, que Ismail había mandado llamar a mi tío para comunicarle su voluntad de que yo cuidara del Zagal, para ello pagaría doblado el precio de mi dote. Así fue cómo comenzó para mí una nueva vida, cargada de nuevas emociones y experiencias, transformándome en la espectadora pasiva de la vida de otros, a quienes la historia, seguramente, dedicará mucha más atención que a mí.
   Tuve la ocasión de conocer muchas maravillas. La primera de ellas era la hermosa ciudad cercana al palacio. la Medina Elvira. Apareció transparente, inundada de luz como una copa de cristal labrado. Estaba otoñando por entonces, pero sus jardines tenían nuevas rosas florecidas, y los pájaros que gorjeaban en sus árboles demoraban su partida, seducidos por aquella primavera eterna que la habitaba. En sus zocos se vendían las castañas asadas, las nueces, el fruto del granado y una miel dorada y riquísima que chorreaba de los odres. ¡Y qué decir de las especias y las hierbas!; la canela, la pimienta, el anís, la cúrcuma, el hinojo..., hacían del lugar el centro de los aromas.
Allá por donde íbamos pasando las gentes miraban con curiosidad o se decían cosas a escondidas. Algunos mercaderes inclinaban la cabeza y ofrecían al pequeño Zagal regaliz, cañadul y dulces de calabaza. Él se sostenía muy erguido sobre su corcel negro y entornaba los ojos, asentí mostrándose agradecido. Justo debajo de uno de los arcos de la calle del zoco, se hallaba una mujer bigotuda, muy entrada en carnes, que tenía unos pechos como cántaros. Vendía unos dulces de miel y almendra, se acercó sonriente al Zagal y le obsequió con un saquito de tela repleto de ellos. El niño respondió depositando en su mano dos dinares de oro, quedóse un poco rezagado hasta acercarse a donde yo estaba y puso los dulces sobre mi regazo. Esta fue su primera muestra de amistad hacia mí, y también la primera vez que advertí la hermosura del rostro del infante, cuyos ojos encendidos, años más tarde, causarían estragos a muchas damas. 
   Entró una de las sirvientes con un vaso de caldo de verduras muy caliente y mandó que encendieran el fuego de la alcoba. Acercó el vaso a mi boca y paciente esperó hasta que lo hube acabado. El calor del fuego y de la bebida me reconfortaban y comencé a recuperar el resuello, era preciso recuperarlo para cumplir con la última voluntad del sultán Ismail.
   Había sucedido hacía largo tiempo, recién llegada yo a palacio. Organizaron una excursión al Monte Sacro que se hallaba a media legua de la Alhambra. Desde lo alto de esta colina podía divisarse el palacio en toda su grandeza. Según había escuchado por boca del niño Abdallah, a su madre, la sultana Nayara, le gustaban estos acontecimientos que habitualmente se celebraban en familia o con un grupo reducido de personas. Se preparaban comidas frías, las mojábanas, la cecina de atún traída de las costas, la lechuga y refrescos en abundancia, como el agua de azahar o la leche de almendras, además se formaban juegos y bailes. Yo estaba aquel día un poco desganada y triste pues aunque eran muchas las cosas que había encontrado en esta tan rica vida, también de vez en cuando echaba en falta a mis tíos y primos, empezaba a darme cuenta que no es tan fácil dejar atrás pasadas vivencias, por muy aburridas o tristes que fueren. Apercibióse de esto el Zagal, que era rápido como el lince en adivinar cuándo alguien se hallaba desanimado o cambiado, y me propuso que subiéramos hasta la cima del monte, donde el sultán Ismail había ascendido momentos antes para meditar a solas. Tubo que convencerme para ello, inventando alguna historia de brujas o misterios, sabiendo como sabía que yo era tan supersticiosa e ignorante, hasta que conseguí incitar mi curiosidad.
   Cuando llegamos a lo alto, yo estaba tan agotada por la subida que no tuve ningún reparo y me recosté en el mismísimo suelo exhausta de cansancio. Tras de mí, el Zagal adoptó la postura de su tío y se sentó junto a él. Desde el lugar en el que estaba podía observar al hombre y al niño de perfil, se ponía el sol, los rostros veíanse iluminados por destellos rojizos. Colgaba sobre el pecho del rey un medallón que era una estrella de ocho puntas, trabajada con oro blanco, en cada una de las puntas brillaba un rubí pequeñito que era a su vez una estrella. La joya era de una belleza y un valor extremo, el rey no se lo quitó hasta el día de su muerte. El niño alzó la mano y lo estuvo acariciando, entonces preguntó al rey por qué lo llevaba siempre colgado. El sultán Ismail nos contó una historia. Este talismán -decía- pertenecían al primer rey de nuestra dinastía, el rey Yusuf ben Nazar, nuestro antepasado. Es la Suhá de los nazaríes y con ella comenzó nuestra suerte. Fue diseñada por un astrólogo eminente, cada una de sus puntas representa a un guerrero, de su decendencia tan sólo algunos reyes tuvimos el honor de llevarla; aquellos que según los astrólogos lo merecían por luchar con más ahínco por el Reino, ya sea por medio de su espada o a través de la razón. Yo tuve el honor de ser el séptimo legatario. Según los astrólogos, sólo ocho han de llevarla, y con el octavo, el Reino de Granada se perderá.
   Después de contarnos esta increíble historia hubo un gran silencio y el zagal quedó pensativo y triste, yo me había incorporado por completo, pues el relato me había impresionado grandemente y miraba boquiabierta el talismán como algo terrible y poderoso. Entonces el rey se levantó, y devolviéndonos a la realidad con una sonrisa, nos invitó a bajar. 
   Aben Ismail, que así era llamado por su familia en honor a un antepasado, era un rey muy apuesto y sabio, su sóla presencia aquietaba a la muchedumbre, todos confiaban en su discurso, tenía el don de la palabra. Aunque tenía su residencia en otra plaza del reino, pasaba los veranos en la Alhambra. Guardaba buenas relaciones con su primo Abú Nasrsad, el padre del Zagal, y en tanto que éste pasaba grandes temporadas fuera, Ismail hacía las funciones de tutor de los hijos del "Ciriça".
   Fue a partir de entonces cuando el niño Abdallah comunicó a su padre su deseo de ser adiestrado en las artes de la guerra. A pesar de ser tan joven, el rey, que era muy combativo, no se opuso sino todo lo contrario; puso al servicio de su hijo a los mejores paladines que se ocupaban algunos días en semana de sus instrucción.    Cuando el infante alcanzó la mayoría de edad, era tan diestro con la espada y el arco, que era respetado por los más fieros soldados. Su fuerza y su estatura se habían multiplicado y su mirada se prendió de un fuego terrible y abrasador. Me sentía muy admirada de su energía, del misterioso halo que envolvía su persona. Sin pronunciar palabra, doblegaba las voluntades de aquellos que se le acercaban.    Todo en él era de fuego; de fuego era su espada cuando se enfrentaba a los enemigos más encarnizados, de fuego las riendas de su corcel negro. Para los amigos era reconfortante tenerlo cerca por la seguridad que inspiraba, en el amor era peligrosa la cercanía, pues oí decir que era grande el fuego de su pasión.
Había crecido demasiado deprisa, ya no era el niño de quien yo me cuidaba de vestir y de que estuviese bien alimentado. Conforme se hacía mayor iba dejando de ser confidente conmigo, no me contaba sus inquietudes ni compartía sus aventuras. Comenzó a ser recatado en mostrar su cuerpo, sin embargo, yo fui testigo de alguna de sus experiencias más secretas, como si alguien que no es de este mundo hubiera destinado mi vida para guardar sus pasos en mi memoria.
   Amayrana era la hija del sultán Ismail, estaba casada, por entonces contaba veintiocho años al igual que yo. Mujer de carácter independiente; tanto es así que pasaba los veranos en la Alhambra lejos de su esposo, a quien nunca tuve la oportunidad de conocer. Gustaba de la música, de la poesía, la botánica y medicina, trataba con poetas, filósofos y otras personas cultivadas, además era hermosa: cabellos claros, ojos almendrados, su piel tenía el color de la canela y el movimiento de su cuerpo era desenvuelto y seductor. Abdalah, desde la llegada de su prima aquel verano veíase extraño, como embargado por un gran desasosiego, apenas dormía, pasaba las noches en los alcázares ejercitándose, luchando con un invisible que no estaba fuera, sino dentro de él mismo. 
   Aquella noche había luna llena, el calor era sofocante, pues no corría ni un hilo de aire. Me desperté empapada en sudor, salí a uno de los patios y en uno de los estanques mojé un pañuelo, con él me estuve refrescando. Parecía no haber nadie, así es que cogí agua con ambas manos y la esparcí sobre mí. De pronto escuché unos pasos, pero el ruido venía de uno de los corredores más oscuros y no distinguí con claridad, sentí miedo y regresé a mi alcoba, apagué la vela y cerré la puerta, y ya más en seguro me asomé al balcón.    Desde allí pude ver con claridad a un hombre de espaldas, estaba desnudo de cintura hacia arriba, su mano empuñaba una espada. Al poco, una mujer avanzó por detrás hacia donde él estaba, vestía una kamis trasparente, y con la luz de la noche se veía al trasluz la silueta de su cuerpo desnudo. Estaba descalza, es por esto que no se escucharon sus pasos y el hombre no advirtió su presencia. Permaneció un rato parada muy cerca de él. Escuché el murmullo de la princesa pronunciando su nombre... ¡Abdallah!, decía. El muchacho quedó petrificado, durante unos segundos permaneció inmóvil, entonces Amayrana comenzó a acariciarlo despacio, primero con sus manos y luego con todo su cuerpo, hasta que el Zagal no pudo resistirse y se dio la vuelta para tomarla allí mismo, junto al estanque, con una pasión incontenible.
    Pero todo esto quedó borrado por el tiempo. Abdallah olvidó a Amayrana y se entregó a una pasión aún más fuerte, la de la guerra. Al principio puso sus fuerzas a la defensa de su hermano Abul Hasán, al que los cristianos llamaron Muley Acen, con el fin de hacerse fuerte en un reino cada vez más diezmado. Tuvo que luchar contra muchas adversidades, y la primera de ellas fue su propia familia: un hermano que desatendía las cuestiones políticas, distraído en complacer a su concubina cristiana. Su sobrino Boabdil, guiado por los consejos de su ambiciosa madre, iba dando pasos descalabrados desde antes de su subida al trono. El muchacho al que había protegido y amado se fue transformando en su enemigo. Tuvo que librar muchas plazas del Reino y trasladó su residencia a muchas de ellas, siempre acompañado de su familia: Equivila, su esposa, su hija Khadidja y la que os relata esta historia.    El último lugar donde Abdallah tuvo su corte fue Wadis, en donde de seguro descansarían mis huesos. Cuando llegamos a esta ciudad, yo ya estaba muy vieja y debilitada. Pedí al Zagal que me permitiera vivir a solas. Había sido mucho el tiempo vivido con esta familia, y tan numerosos cambios, tristezas y acontecimientos hicieron mella en mi salud. Así me fue habilitada una vivienda ubicada en las cercanías de la Bib-Granada, de donde salí aquella mañana para encontrarme con él, pero no fue la voluntad de Alláh que así fuera.
   Con la mano temblorosa como una hoja agitada por el viento, saqué de mi cinturón una bolsa de seda verde y cogiendo las manos de la hija del Zagal, vacié en ella su contenido. La estrella brilló entonces radiante y misteriosa como el día en el que el sultán Ismail nos contó su secreto. La Suhá de los nazaríes me fue encomendada a la muerte de aquel memorable e ilustre rey... "Dásela al principe Abdallah, él es el heredero", dijo en el lecho de su muerte. Derramé muchas lágrimas desde entonces, no quise que mi niño Abdallah fuera el guerrero que viera declinar un reino de tanta valía, por el que tanto y tan duramente había luchado. Pero muy a mi pesar el destino se estaba cumpliendo. "Cuídate de ella entrégasela a tu padre -dije entonces a Khaqdidja- Eol sultán Ismail supo por su sabiduría que él era el último legatario de la Suhá.
   

El sur, por ALICIA MARÍA EXPÓSITO.




Cuando vengas al sur
encontrarás un sol
de brazos extendidos,
una sonrisa lista
para ser ofrecida,
todo el azul del mar
reflejado en el cielo.

Si vienes en abril,
haces de primavera
perfumarán las plazas;
el murmullo del agua
te cantará su embrujo
y su misterio.

Cuando vengas al sur
busca la soledad de los caminos;
deja que tus sentidos se deleiten
por olores silvestres de jara
y de romero.
Sólo la dulce voz
de las campanas
acabarán turbando
el sueño de los lirios.
En el pálpito vivo de la tierra
encontrarás la paz más verdadera.

El sur no tiene esquinas.
Su llanura se extiende
más allá de las almas
que presienten silencios.

Cuando estés de camino,
sólo por un instante,
deja atrás la mirada.
En tu regreso
llevarás todo el sur
sobre los ojos.

Distopía, por JOSÉ RUIZ RAYA PÉREZ




   Me sorprende la gente que no realiza un juicio propio y se deja llevar por eslóganes partidistas o sectarios - que a veces suenan a secta realmente- y repiten y prolongan las valoraciones de sus líderes políticos como autómatas. Estamos entrando en la era del automatismo y la cibernética, esto es tan sólo la prehistoria, asegura César Antonio Molina. Aunque lo han predicho numerosos intelectuales. Ortega y Gasset hablaba de la deshumanización del arte, que es un ensayo sobre estética y que muchos añadiríamos sobre ética a largo plazo.
  La globalización nos conduce a una sociedad monocromática en la que todos pensemos y sintamos igual, pero siempre dentro de los dos polos: el blanco y el negro, la derecha y la izquierda, lo demócrata y lo republicano, oriente y occidente, el creyente y el ateo, el norte y el sur, el hombre y la mujer, el heterosexual y el homosexual, abajo y arriba, enseñar y aprender… Y así hasta una serie de innumerables clichés que nos impelen a prejuzgar y no a juzgar por nosotros mismos. Nos encorsetan y, en numerosas ocasiones, tan solo repetimos lo que ya hemos escuchado o lo que el líder de la manada ha manifestado, puño en alto o mano extendida con pulgar flexionado.
Nos aproximamos a un mundo distópico en  el que todo empieza a controlarse, no sólo en nuestra forma de pensar, comer o vestir, sino también en nuestra forma de amar, y lo que es mucho peor: en nuestra manera de pensar y sentir. Numerosas obras literarias nos advertían de esta distopía, cada autor a su manera y dentro de su estilo obviamente, pero todas avisándonos de un mundo, o mejor dicho, inframundo, al que estamos derivando: “1984” de Orwell, “Un mundo feliz” de Huxley, “Farenheit 451” de Bradbury, “Niños del hambre” de P.D. James, por citar algunas de las más conocidas. También se encontraría, humildemente, “El espejo de Nostradamus”, por citar la más desconocida – en los dos sentidos-.
    El pulso de las redes sociales palpita a diario, en cada momento. Todo el mundo se posiciona en su bando, en su partido y se produce el partido valga la redundancia: el gran enfrentamiento del mundo y de la vida. Cada cual hincado hasta las rodillas, donde el cemento ya se ha secado y le resulta imposible moverse. Nadie es capaz de ceder, de mostrar cierta empatía por los demás o por ideas diferentes. Nadie es capaz de cambiar de opinión, como si eso fuese un ultraje a nuestros principios y una atroz felonía a nuestra integridad. Lo que hacemos con esto precisamente es lo contrario de lo que pretendemos, esto es, seguirles el juego y responder al botón que alguien, desde arriba, o desde algún oscuro e inescrutable  rincón ha pulsado para que nosotros pensemos que pensamos y que decidimos.
     Por ello, todos vamos (o no) nuevamente  a  votar.
Usted es incapaz de ver que un corrupto, si no está en la cárcel, que es lo justo, donde no debe seguir es desempeñando su cargo, que es lo injusto. Esto no tiene término medio. Hay otras posturas que nos cuesta (a unos más y a otros menos) mantener o seguir defendiendo, algunos optan por mirar hacia otro lado, como con el dolor que sufren y padecen los pobres, los refugiados, los marginados, los débiles. El dolor y el sufrimiento que padece el animal en su ruedo ibérico, o la humillación tan sangrante que las víctimas tienen que soportar al ver que su ejecutor es recibido en el Parlamento Europeo. Hay cosas que no tienen o no deberían tener color. Pero parece ser que desgraciadamente las tienen.
      Luego hay otras líneas que pueden ser más o menos grises, como las legales y también contradictorias de realizar determinados referéndums para que unos cuantos corruptos se mantengan en el poder y puedan moverse a sus anchas. O la tolerancia que se despierta ante los intolerantes. Los/las que defienden un sistema de vida que contradice absolutamente donde nos desenvolvemos y en el que supuestamente somos felices: como el perro del hortelano de don Lope, remasterizado con   una suerte de síndrome holmiense. Son los explotados que apoyan a su explotador,  demócratas que guiñan a estados totalitarios, ateos que rezan, esas mujeres tan feministas que serían capaces de colocarse un burka, o esos gays que apoyan al estado o religión que los oprime. Se trata de una suerte de cíclopes de visión unidireccional y ausentes de la condición poliédrica que debería caracterizar al ser humano. Se trata de la incoherencia revestida de congruencia. Pura y dura paradoja. Sin embargo, hay que pensar que el mundo y el ser humano sí que son poliédricos y que las ovejas eléctricas están llegando a soñar con androides. Incluso se puede tergiversar el universo de P.K. Dick.