La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

lunes, 17 de julio de 2017

La soledad del prevencionista, por EDUARDO MORENO ALARCÓN.



            Estaba allí plantado, en el sótano de un fértil Mercadona. Improvisada alacena, una oquedad en el forjado albergaba un transistor. La radio escupía voces cual disparos en el frente laboral. Monologaban dos locutores con una alegría impropia, fingida, beoda.
            De pronto, escombros y polvo. Un portazo.
            —¡Puta puerta!
            Nuevo portazo.
            —¡Me cagüen su puta madre!
            Las ocho y treinta y cuatro.
            —¿La acometida de la izquierda o la de la derecha? —se oyó desde arriba, en el hueco del ascensor.
            Ahora cantaba Loquillo, su timbre chulesco y rasgado.
            Ruido. La sierra circular contra el ladrillo, royéndolo, tajando el adoquín en dos mitades desiguales. La radio. La sierra. La música estridente. Los dientes de metal. Protección auditiva obligatoria: sin señalizar.
            Y allí seguía él. Contemplándolo todo. Mirando y apuntando mientras otros trabajaban a destajo sin matarse. Cada uno a lo suyo. Como la vida misma.
            Las 8:47. Ahora berreaban unos australianos. Parecía hienas.
            Entre tanto, él tomaba notas absurdas para una lista de chequeo. Solo. Silencioso. Protegido por un casco y los tapones auditivos. Ya estaba acostumbrado. «Mejor así».
            —¡Las nueve y doce minutos! —Bramó el altavoz.
            Ya faltaba menos para el desayuno, esa tregua afable y deseada. Tan grata como agua de mayo. Receso en solitario, como casi siempre: acompañado de un café con leche y una tostada con tomate y aceite precintado. Higiene: OK.
            A través de los tapones, amortiguado, sonaba un estruendo infernal. Las radiales hacían coros a canciones insufribles. Al fondo, en el parking, una carretilla elevadora puso la guinda con pitidos alarmados. Señal acústica: OK.
            De cuando en cuando entraba algún trabajador del súper, en dirección a los vestuarios, tomados por el polvo algodonoso del escombro. Muy pronto los aseos serían ruinas de paveses. Aquello semejaba las aceifas de Almanzor.
            Y, de pronto, cuando menos lo esperaba, cuando toda su esperanza zozobraba, entró un albañil por la puerta. Cincuentón, bigotudo y cargado de espaldas. Sonrió cortésmente y, mirando al prevencionista a los ojos, saludó con tono amable:
            —Buenos días.

            Todo un triunfo a celebrar.

1 comentario:

  1. Sencillo, descriptivo,lo más sorprendente:el final,
    ¿el finaalll?
    Si,si,el final,sin efectos especiales,ni asesinatos ni malos malvados,un final sencillo,natural,
    ¿a que no te lo esperabas eh?

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