La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa Impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de octubre de 2016

Zooilógico, por PEDRO PASTOR SÁNCHEZ.



Una suave brisa mecía las ramas de los árboles, cuyas sombras proyectadas sobre los remolinos de hojarasca conformaban caprichosos dibujos. De fondo, el martilleo incesante del pájaro carpintero imperial componía una sinfonía monocorde, a la cual era ajena el papagayo glauco, que se afanaba en abrir una nuez. Del otro lado del nogal, un pájaro dodo se movía renqueante buscando frutos más jugosos que llevarse a su curioso pico.
La escena era contemplad por un joven, atónito y silente. Su mentor hizo un gesto, y el planeador les desplazó a una velocidad vertiginosa junto al rio. Una pareja de zampullines surcaban distraídos la caudalosa corriente, mientras que, como pepitas de oro refulgentes, los sapos dorados se daban un baño en la orilla.
― ¿Te has fijado cómo brillan estos animales? ―preguntó el adulto.
―Sí, es un color muy llamativo, les resultará difícil ocultarse de su depredadores―contestó el joven.
―Hay muchos motivos por los que una especie resulta atractiva para sus depredadores. Ven, te enseñaré algo curioso.
El raudo transporte les llevó en cuestión de segundos a un nuevo hábitat. Atrás dejaron la frondosidad de la vegetación para adentrarse en la sabana. A pesar de la velocidad, el vehículo era totalmente silencioso, tanto que el rinoceronte negro no advirtió su aproximación por la espalda. Ya a pocos metros de él, un nuevo comentario.
―Esta bestia tan plácida desapareció única y exclusivamente por la creencia de que esa excrecencia de su morro, convenientemente tratada y consumida, tenía efectos extraordinarios en el organismo.
―¿Y era cierto?
―Por supuesto que no, pero algunos interesados hicieron de este bulo un negocio.
―¿Quién podría tener tan malas intenciones?¿Por qué llevar a la extinción a tan magnífico animal? En este caso no se servían de él como alimento, como me has contado de otras especies.
―Jovencito, la cadena trófica no siempre sigue los dictados del instinto animal. ¿Ves aquellas sombras en la distancia? Esa es la ciudad, allí terminaremos nuestra visita, pero antes veamos más cosas que te resultarán interesantes.
Pupilo y preceptor prosiguieron su periplo tras el galope de un tarpán que se había despistado del grupo. No muy lejos, se toparon con una manada de quaggas trotando alegremente, sin saber que estaban siendo acechados por un tigre de Java. El terreno era cada vez más árido, y en el límite del desierto se encontraron con una jauría de tigres de Tasmania que, olisqueando, trataban de seguir el rastro de alguna presa.
―¿Quieres ver algo realmente grande? Sujétate fuerte.
Virando meteróricamente, pusieron rumbo a un gran estuario rodeado por un bosque de helechos tan vasto que no se adivinaba su final. Desde el aire se veían moverse torpes figuras que zarandeaban las ramas para llevar las hojas y tallos más tiernos a sus bocas. Diplodocus, brontosaurios, estegosaurios o triceratops se desperdigaban por el vergel inconmensurable.
―Cuánta diversidad de especies, y qué distintas. Estas son enormes en comparación con las anteriores.
―Efectivamente. No fueron coetáneas, cada época tenía su propia flora y fauna, que fue evolucionando en función de las condiciones climáticas. Lo cual me da pie a mostrarte cuándo se produjo el cambio definitivo. Hay un espécimen que te quiero enseñar. ¿Ves allá a lo lejos esa nube proyectada desde la superficie del agua?
Al instante de pronunciar estas palabras, bajo sus pies, un descomunal ejemplar de ballena azul se zambullía en el océano, mostrando orgullosa su aleta caudal.
―Un día se dieron cuenta de que ya no había ballenas, y la razón la encontraron en que los pequeños seres que estas enormes moles consumían en ingentes cantidades habían sucumbido por la contaminación. Habían envenenado los mares, también los cielos, el equilibrio se había quebrado y el planeta dejó de ser habitable.
―¿Pero quiénes se dieron cuenta? ―preguntó perplejo.
―Tienes razón, todavía no te he hablado de ellos. Es hora de que los conozcas. Vayamos a lo que ellos mismos llamaban “civilización”.
De nuevo la aceleración les desplazó una distancia inimaginable en tan sólo un instante. Flotando a escasos centímetros sobre el camino resquebrajado por la indómita vegetación, se adentraron en la ciudad fantasma. Las rectangulares oquedades cinceladas en los inmensos farallones de hormigón parecían desdentadas bocas de difuntos. Largas y solitarias avenidas permanecían mudas ante los visitantes, tan sólo el viento ululaba en los callejones, componiendo estrofas ominosas y remolinos fantasmagóricos que danzaban sin oposición.
 Sobre una colina se alzaba un edificio singular. Una columnata ciclópea soportaba un frontispicio recargado con figuras bípedas que alzaban sus brazos al cielo, del que descendían ovoides bajeles. Se adentraron en su interior. La agrietada cúpula sobre sus cabezas trazaba rayos de luz en todas direcciones, que incidían sobre grandiosos paneles. En ellos, imágenes de la actividad diaria de múltiples individuos de diferentes razas, vívidos retratos de sus ilustres representantes, un compendio de lo que habían sido capaces de lograr como colectivo.
―Parece una especie interesante, y muy activa. ¿Cómo se llaman?
―Se autodenominaban “humanos”, pero por lo que sé, no hacían honor a las cualidades que ellos mismos se atribuyeron en una de las definiciones de esta palabra. Tenían poco de solidarios y bondadosos. Al contrario, se afanaban en asesinarse en batallas fraticidas, y de paso, destruir todo lo que encontraban a su paso. Una vez ya les salvamos de su destrucción. Cuando su planeta estaba exhausto, cuando la vida estaba condenada a desaparecer, les trajimos aquí, a este planeta que acondicionamos especialmente para ellos y el resto de especies. Agua y oxígeno, eso era básicamente lo que necesitaban para recomponer su destino, para aprender de los errores del pasado. Previamente, durante eones estuvimos observando esa esfera azul en el firmamento, que albergaba una variedad biológica tan distinta a la de otros sistemas planetarios que habíamos visitado. Clonamos todo aquello que habitó su mundo, incluso aquello que ellos mismos destruyeron. Y les dimos una segunda oportunidad.
―¿Y dónde están ahora? Este lugar parece deshabitado desde hace mucho tiempo.
―La desaprovecharon. Con el paso de las generaciones, nuestra visita redentora, la ayuda desinteresada, se convirtió en un mito que fue degenerando, hasta caer en el olvido. Cambiaron el mensaje de solidaridad por el de obediencia, y se volvieron avariciosos y manipuladores. Crearon nuevas  religiones para controlar a sus semejantes, impusieron castigos a quienes ofendieran a sus dioses llegados del cielo, se hicieron sacrificios en su nombre. El poder lo corrompió todo, la guerra era su forma de vida, el egocentrismo su máxima, la justificación para someter a todos los seres vivientes a su voluntad. Quebraron el frágil equilibrio del ecosistema.
―Entonces, ¿se autodestruyeron?
―No. Tuvimos que exterminarlos. Fue un genocidio necesario antes de que ellos lo aniquilaran todo, agotando todos los recursos naturales. Otra vez.
―¿A todos?¿Todos merecían ese final?
―Eres sabio pese a tu inexperiencia. No, no todos. Esta especie es tan inusual que tomamos una decisión de la que espero que no tengamos que arrepentirnos.
Se adentraron en las entrañas del edificio. Descendieron varios niveles hasta una cámara oscura y fría. Una luz tenue fue despojándola poco a poco de las tinieblas, hasta que se pudo apreciar un par de siluetas tras una superficie transparente. Dos cuerpos desnudos, parecidos pero algo distintos el uno del otro, inmóviles, con el gesto congelado, pero con una inquietante mirada que sin duda hacía vislumbrar algo de raciocinio, de sensibilidad. Frente a ellos, en un bucle infinito, se proyectaban imágenes de congéneres suyos cometiendo todo tipo de atrocidades, matando animales a sangre fría, destruyendo bosques y selvas, arrojando artefactos destructores sobre la superficie de lo que una vez fue su hogar.
―Pensamos que mostrarles lo peor de sus actos sería un buen método para instalar el miedo en lo más profundo de su ser, sus propias crueldades convertidas en las más terribles pesadillas, y así hacerles rechazar todo aquello que les llevó al caos y la destrucción. Una lección que tendrán que aprender si alguna vez quieren volver a poblar el planeta.
―¿Qué son esas inscripciones que aparecen bajo sus pies? ―preguntó el alumno.
―Son los nombres que les hemos dado. Proceden de una antigua leyenda de los humanos. «Adán y Eva».
Subieron de nuevo a la desolada superficie, y dieron un último vistazo al decadente imperio que una vez se vanaglorió de dominarlo todo.
―Bien, vayamos a visitar la siguiente galaxia.
Un esférico campo de energía envolvió de forma instantánea al singular transporte y a los traslúcidos y esbeltos cuerpos de los visitantes. El maestro formuló un último pensamiento telepático: ―¿Preparado para viajar a hipervelocidad cósmica?


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