La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

domingo, 15 de marzo de 2015

El sueño de Endimión, por EDUARDO MORENO ALARCÓN


               
            Llegada la noche, un cielo de estrellas refulgentes acogió el descanso del joven Endimión. No bien cayó en poder de Hipnos, la bruma del ensueño lo condujo hasta la orilla de un gran lago en cuyas aguas aplacadas, de brillos verdinegros, su amada Sémele braceaba alzando y sumergiendo los dos brazos nacarados, bruñidos como vientre de cetáceo. Nuestro héroe avanzó con pies descalzos sobre un lecho arenoso, notando el filo de infinitas piedrecillas que herían su paso decidido.
            Arrobado por la imagen, sintió batir el corazón. Emergieron los cabellos azabaches de la joven, su rostro de alabastro, los senos voluptuosos, la boca y la sonrisa, la chispa de su dicha en la mirada dirigida hacia el durmiente.
            Sin pérdida de tiempo, Endimión quedó desnudo y se arrojó a las quedas aguas del gran lago. Nadó con ese brío que impele a los amantes, su piel envuelta en roce acuático y silente.
            Al fin se hallaron juntos. Dio comienzo el diálogo de las caricias.
            Como tantas otras noches, ambos se fundieron en una urdimbre líquida. Demoraron el beso en la esperanza de que Hipnos hubiese oído sus ruegos y, al menos esta vez, el sueño no acabara abruptamente. Mas no hubo eco a sus plegarias. Como en noches precedentes, tan pronto los labios se rozaron, Sémele perdió su consistencia material y, con la primera luz del alba, el abatido enamorado despertó.
            Fue así que Endimión dejó su hogar en pos de aquella ninfa que, noche tras noche, se escurría sin remedio entre sus dedos. Los meses se arrastraron. Baldía e infructuosa fue la búsqueda del joven por doquier. Al tiempo, la escena no dejó de repetirse cada oscura madrugada. Endimión sólo vivía para el sueño y sus quimeras.
            Hasta que un día, en tanto ahogaba sus pesares en la anestesia del licor, oyó el discurso ebrio de un anciano sobre el Valle en las Nubes y el Palacio de la Niebla, hogar de eterna noche donde Hipnos gobierna el sueño de los hombres.
            Renacida la esperanza, Endimión gastó sus últimos ahorros en botellas de hidromiel para el anciano. Éste, que respondía al nombre de Tántalo, contó al joven los secretos del camino hacia las brumas del Palacio.
            Endimión tomó la senda prohibida —invisible a los mortales— y, con fuerzas renovadas, se internó en el Bosque Blanco. A través de la foresta enmarañada halló el camino entre los troncos gigantescos y, sin respiro, trepó hacia las montañas. Tras un sinfín de hojas y ramas, descollando entre la bruma opalescente, atisbó los contornos del Valle en las Nubes.
            Guiado por el consejo de Tántalo, el joven silbó tres veces. Al cabo, un búho formidable posó sus garras sobre un risco cercano. Endimión se encaramó al saliente de la roca y saltó a lomos del ave. Con vuelo de alas extendidas la rapaz surcó el crepúsculo, hasta posarse en la vaguada, a no mucha distancia del Palacio.
            Se cuenta que Endimión sorteó toda suerte de peligros merced a sortilegios aprendidos de Tántalo, y que, con gran riesgo para su vida, ingresó en la alcoba del dios Hipnos, el cual dormía un sueño dulce y reposado. El joven tomó entonces un saco de cuero y, con suma cautela, se aproximó al lecho divino. Sintiendo el miedo cocear en su pecho, pegó la bolsa abierta junto al rostro del barbado. No bien hubo Hipnos exhalado, nuestro héroe cerró el saco atrapando el hálito del sueño.
            La huída no fue menos peligrosa. Los seres de la noche espiaron la carrera furtiva del ladrón. Lunas más tarde, cuando Endimión se sintió a salvo, abrió el fardel y hundió la boca y la nariz en su interior, a fin de sumergirse para siempre en la inconsciencia del ensueño.
            Pero la ira de Hipnos no se hizo esperar. Sin dar tiempo a inhalar el soplo venturoso, el dios irrumpió en el Bosque Blanco a lomos de un murciélago gigante, tan negro como gruta del averno. Bramó con voz de trueno:
            —¡Escucha tu destino, salteador! ¡He aquí mi condena sobre tu alma mortal! ¡Desde hoy vivirás en eterna vigilia! ¡Jamás caerá la brisa de mi aliento sobre ti!
           
            Y así discurrieron muchos evos, hasta que Nix, madre de Hipnos, se apiadó del pobre Endimión. Una tibia madrugada en la que madre e hijo paseaban por el Valle en las Nubes, la diosa Noche intercedió en favor de aquél.
            —¿No crees, amado hijo, que aquel mortal no ha expiado ya su culpa? ¿Acaso no conoces las locuras de la carne? ¿Cuánto arrojo es necesario para desafiar la misma muerte? ¿Existe algo más triste que una vida sin pasión? No hay mayor poder en todo el Orbe. Te ruego aplaques tu ira y le concedas el amor que bien merece, pues su delito fue delirio de ternura.
            Hipnos resopló, se rascó las luengas barbas y, tras cabecear varias veces, replicó:
            —Tus palabras se me clavan en el alma, madre. En efecto, la mente de ese joven siempre ha estado obnubilada. Su osadía no es desde luego baladí. ¡Véase cumplido tu deseo!
           
            Asomado al borde del abismo, Hipnos lanzó un viento vigoroso sobre el joven atrapado en un insomnio de vacía eternidad.
            Esa noche, Endimión cerró los ojos y cayó en un sueño plúmbeo. La visión más codiciada recobró su intensidad. Las aguas del lago se empaparon con lágrimas de dicha ante el reencuentro. Llegó el esquivo beso y, sabiéndose la aurora ya cercana, los amantes aceptaron una nueva despedida.
            El beso, sin embargo, se prolongó de forma inusitada.

            Tornó el día. Endimión abrió los ojos y vio su imagen reflejada en el gran lago. A su lado, Sémele tomó su mano dulcemente.

            Ambos soñaban despiertos.

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