La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

viernes, 14 de febrero de 2014

Los versos heréticos, de FRANCISCO JAVIER FRANCO



I. El testimonio

Sé que el fuego acabará conmigo, pero el dolor no me asusta. Voy a morir como un hereje, pero mi interior no alberga herejía alguna. Escapé en el último momento de la mano aniquiladora de los fundamentalistas de una religión para ser arrastrado a la muerte de manos de los integristas de otra. Todo en nombre de dios, de un único dios… ¿Y a dios –sea cual sea su nombre– cómo podría molestarle aquello que albergo y por lo que vivo? No me asusta el dolor, me asusta perder, dejar caer en el olvido lo que durante toda mi vida he ido guardando. No me asusta el dolor, pero tengo miedo a las llamas, y sinceramente, no es hora de mentiras ni flaquezas, me son indiferentes las manos que prendan la hoguera y al dios que sirvan… Lo que realmente me aterra es no poder legar todo aquello por lo que he vivido, para lo que he vivido.
Soy hijo de un rey de reyes y pasé toda mi juventud en un palacio. Nunca me faltaron mimos ni cuidados, manos que me acariciasen y miradas con los mejores ojos, nunca, hasta que aquel enviado de dios, aquel que se llamaba ulema, convenció al gran visir Yaqub Abu Amir Muhammad al-Mansur para que el fundamentalismo se impusiese como norma en el califato y las hogueras comenzasen a transformar en cenizas, cenizas de las que no podrá resurgir ninguna ave mágica,  aquello que fuere tildado de herejía, sin más pruebas que el juicio fanático de un dictador insensible.
Aún siento los cuidados con que, en el alcázar califal, me trataba el eunuco Talid, a mí y a todos los que compartíamos vivienda y vivencias en los aposentos, plenos de sabiduría, de aquel palacio. Siento también las curas sobre mi piel y lo que bajo ella encierra mi cuerpo de las que fueran mis parteras Fatima y Lubna, que jamás se olvidaron de mí mientras vivieron. Luego llegaron las desgracias y la persecución, el fuego terrible, para unos purificador, para mí aniquilador sin razón ni excusa.
Ya había sido señalado para ocupar mi sitio en el cadalso, para sucumbir arrollado por las flamas, todo estaba a punto para mi muerte, mi desaparición definitiva, cuando apareció aquel soldado de piel oscura y mirada dulce, aquel africano que me miró con devoción y me apretó contra su pecho, llevándome consigo a lugar salvo, bajo unas montañas de nieve perpetua cuyo nombre evocaba al sol, Sulayr, a una ciudad llamada Hadirat Ylbira, donde fui feliz mucho tiempo antes de trasladarme a la recién creada medina de Garnata, donde he residido hasta ahora.
Ahora los servidores de otro dios tornan a juzgarme hereje. Ya sí que siento la hoguera certera y cercana, preparada para mi condena. Hoy al ulema le llaman cardenal. Uno, al que los suyos respetan como un gran hombre, que se ceba en los indefensos para condenarlos a un fin sin retorno, privando a las postreras generaciones del saber, de la experiencia, del mensaje vital que almacena el tiempo en cada cuerpo y que hace que todo sea más comprensible si acercamos lo dicho, lo vivido, lo pensado, lo experimentado de unas generaciones a las otras. Sé que todos, mis compañeros de infortunio y yo, somos inocentes, pero nadie nos ha dejado defendernos y ya llega el final ineluctable… Es el fuego envolviendo mi cuerpo y ya van dejando de quedarme palabras… Es el fin.


II. Lo que otros contaron

El califa al-Hakan II, hijo del gran Abd al-Rahman III, fundó en la capital del califato de al-Andalus, Córdoba, la biblioteca más importante de la Europa medieval, que muchos han comparado con la de Alejandría. La pasión del monarca por las artes, la literatura, las ciencias y la filosofía de la época, le hizo reunir la impresionante cantidad de cuatrocientos mil volúmenes.
La biblioteca se situaba en el alcázar real y la dirección y conservación corría a cargo del eunuco Talid, para el que trabajaba un conjunto de funcionarios, eruditos, copistas, destacando entre éstos dos mujeres, Fatima y Lubna, también existían miniaturistas e iluminadores. El califa, incluso, mantenía copistas destacados en la ciudad de Bagdad para que le reprodujeran obras que para el mundo occidental eran desconocidas.
Al-Hakan falleció de hemiplejía en el año 974 de la era vulgaris, le sucedió su hijo Hisham, de once años, quien dejó todo el poder en manos de su gran visir –hayib– Almanzor. Éste, en 977, se dejó llevar por la presión de los ulemas más intolerantes, quienes arrasaron las joyas de la biblioteca: “Todos los libros o hablan del Sagrado Corán o están en contra de Él, por lo que, salvo el libro sagrado, todos son innecesarios”. Éste era el trascendental argumento de la irrevocable sentencia.
Pero no todos los ejemplares fenecieron bajo el maléfico ardor de las llamas. Un soldado bereber de la guardia personal del hayib observó uno entre los montones apilados, era de una bellísima encuadernación con adornos geométricos y letras cúficas andaluzas repujados en oro en las cubiertas de cuero de ternero. Lo escondió entre sus ropas.
Cuando su bandera, al mando del general Zawi ibn Zirí, quien luego fundara el Reino de Granada, se trasladó a la cora de Elvira, el soldado portó el volumen consigo, que fue heredado como una joya familiar de padre a hijo, hasta acabar morando en la biblioteca de la universidad, madrasa, nazarí.
En 1.499, cuando la ciudad de Granada y su reino formaban ya parte de la Corona de Castilla, y el fanático cardenal Cisneros ordenaba la quema de los libros escritos en caracteres árabes en la plaza de Bib-Ramla, nada ni nadie pudo impedir que esta vez el fuego acabase con el libro y con todo aquello que guardaba entre sus páginas… Eran los versos de un poeta, los versos del califa al-Hakan, que nunca podremos leer ni escuchar.
Este califa utilizó el sobrenombre de al-Mustansir Bi-l-Lah, el que busca la ayuda victoriosa de dios, pero en nombre de dios fue derrotado lo más maravilloso de su obra.


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