La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 10 de enero de 2023

SUEÑOS DE JABÓN, por Carmen Hernández Montalbán



Tengo impregnada la memoria de aquel sueño des espuma blanca. Envuelta en fragancias, ingrávida como un diente de león, me vi transportada a bosques y praderas, países exóticos, visiones marinas con sabor a sal… El poder evocador de aquel viaje onírico rezuma con fuerza por toda mi piel. La vigilia me devolvió suavemente a la tina del baño, cuando el sueño estalló en aromas como una pompa de jabón.


martes, 29 de noviembre de 2022

¿DÓNDE ESTARÁ NOE?, por Carmen Hernández Montalbán.


 


No sé si habrá un Noé 

que tripule la nave de la esperanza,

si guardará el oxígeno en una botella

o nos dará a beber de sus labios

el líquido indispensable,

si guardará con devoción de místico

la última semilla,

o evocará con su voz el canto de las aves.


¿Dónde habitará Noé 

cuando la tierra sea un páramo?

El lugar de su destierro será un enigma,

solo cabrá esperar que sepa encontrarnos

y nos enseñe a cuidar

lo que con tanto desprecio profanamos.

MONTMARTRE, Por F. Javier Franco Miguel




A Henri de Toulouse Lautrec y a los gorriones

vecinos del Sacre Coeur.



Viejo Toulouse Lautrec, andante eterno,

incensario de vieja pipa errante,

busca luz en las luces del infierno

que verter en cartel de aura anunciante.

El monte de los mártires en cerno

guarda en su espalda de perfil pecante,

vive inmerso en París, y él es su averno,

a ritmo de un cancán tan exultante.

La Place du Tetre sin corazón sacro

rinde homenaje a sus sublimes sueños,

en continuo exponer un simulacro.

Los empeños forjaron los empeños

‒huellas que al pisar yo mismo demacro‒

para alzar luces y cuerpos los dueños.

***

(Santiguado lavacro,

pirámide frontal de romos planos:

“las manos de gorriones son mis manos”


MEDITACIONES SOBRE EL AMOR, por José Luis Raya Pérez.

   


   Es otra señal más de envejecimiento moral cuando empiezas a ofrecer consejos acerca de los complicados asuntos del amor basándote en tu propia experiencia. Subrayo moral en el estricto sentido, y también filosófico, puesto que hay mayores cuya actitud denota un cierto anquilosamiento juvenil, no tanto, seguramente, por su imagen zangolotina; en este caso, al menos, nos vienen de frente. En primer lugar, debemos recordar a un joven y jocoso Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita, tratando de advertirnos sobre las desavenencias que genera el mal amor, por ello escribió “El Libro de Buen Amor” en pleno siglo XIV.

A mis alumnos, cuando me piden consejo, o si veo que este o aquella, por iniciar una aventura amorosa, su mundo se pueda transformar en una catarata de problemas, intervengo como ese viejo en ciernes que va asomando la cabeza. A veces, me convierto en padre o en abuelo quizás, para que elijan el camino correcto. Otras veces, pienso que juventud y equivocación son sinónimos. Decía Groucho Marx que no debemos renunciar a la deliciosa libertad de equivocarnos. Como ocurre en casi todas las citas, hay un mensaje tenebroso tras su aparente y contundente verdad. Por consiguiente, los dejo ir, porque darse de bruces contra la pared es una de las formas más fehacientes del aprendizaje, aunque los seres humanos tenemos la sana costumbre de tropezar dos veces con la misma piedra. Se dice, se comenta en los lúgubres foros humanistas que la mujer maltratada, por ejemplo, va buscando el perfil del hombre maltratador; esto es algo que no cabe en la cabeza humana y se escapa de la más depurada lógica.

Pasión, inexperiencia y juventud parecen ir de la mano. En tanto que la razón y el sosiego son, en teoría, el sustento de la madurez.

Hay quien sostiene que en la vida, realmente, solo te enamoras una vez. Se referirán a la intensidad y a los escalofríos que te producen. Popularmente conocido como eso de “las mariposas en el estómago”, aunque a veces esas bellas mariposas terminan metamorfoseándose en viles gusanos. Entonces comienza el desasosiego y el arrepentimiento.

Hay que establecer una cierta casuística, pues esto de la generalización engendra, lo mismo que las citas, un cierto grosor de falsa apariencia.

Algunas personas necesitan vivir en un constante estado de enamoramiento. Por ello rompen y vuelven a romper relaciones porque necesitan saborear esa maldita hormona, o lo que sea, que te nubla la razón y te mariposea el estómago, sin duda puede ser un placer que puede llegar a engancharte. Y, antes de que, parafraseando a Lope de Vega, el placer se transforme en dolor, yo diría indolencia, el amante ya ha depositado su indomable corazón en un nuevo amado, podríamos hablar de futuro abandonado. Va forjándose la llamada, auto-citándome, “cadena del dolor”. Quién lo probó lo sabe, quisiera volver a aludir al Fénix de los ingenios. Y es que Lope de Vega vivió una vida en permanente estado de agitación amorosa. Por ello sabe tanto del amor, pero escribió desde el lado del amante activo que busca y busca antes de que el estado amoroso languidezca, puesto que para ellos equivale un poco a morir. Don Juan Tenorio y todas sus secuelas y precuelas (Zorrilla, Azorín, Molière, Lord Byron o Torrente Ballester por citar solo algunas celebridades) perfilan al mismo personaje, el que necesita enamorarse constantemente y, por consiguiente, va dejando tras de sí un escabroso reguero de víctimas, tan desamparadas como desquiciadas. Y es que el amor puede generar muy fácilmente dolor, odio y rencor.  Solo la madurez, en el estricto sentido de la palabra, nos puede advertir de todos los daños colaterales que el amor puede infligir cuando la pasión ha menguado, puesto que ese amante visceral va buscando, cual perro hambriento, su nueva dosis de amor, de amor pasional e irracional: su droga particular. A su vez, como el cabronazo donjuán, en cuanto vea que su amada la tiene completamente rendida a sus pies, su razón de vivir ha concluido y va en busca de una nueva víctima.  Hay que estar alertado (y no alelado) ante estos casos cuasi patológicos que van sembrando dolor. Incluso, son capaces de entrometerse en parejas ajenas y destruir una estable relación, aprovechando las lógicas etapas de debilidad que el amor genera cuando se adormece.

Pues claro que una relación consolidada es indestructible, pero cualquier relación humana, incluyendo las amicales,  pasan por inevitables momentos de lasitud. Suele ocurrir que en esos lánguidos intervalos, puede aparecer el típico depredador para actuar sin remisión. Es cuando la razón debe intervenir y estudiar si te compensa unos momentos de placer, efímeros y  finalmente dolientes.

Aunque no siempre ha de concluir como insinuara Juan Ruiz. La cuestión es si merece la pena correr ese riesgo, sobre todo cuando uno empieza a peinar canas y abandonó la alocada etapa de la juventud.

 

BETHSAÍ, RAMERA BÍBLICA, por Josefina Martos Peregrín.




 Del libro de relatos "El mar y los siglos"


Expulsada de la ciudad de los hombres te refugiaste en el desierto. Amarga abriste las piernas para que te penetrara el viento cargado de arena: querías concebir dunas ondulantes que reptaran suavemente hasta sepultar la ciudad y el templo de su dios omnipotente.

Mirando al cielo desde el polvo te revolcaste con cuantos caminantes quisieron tomarte.

Al pie de la higuera azul te tendiste sobre tu manto azul. Al pie de la higuera desnuda te ofreciste desnuda.

Maldita aquella noche, malditos los dos mercaderes y sus sirvientes y esclavos, que te gozaron uno tras otro en rigurosa jerarquía. Maldito el último de los últimos, el de la nariz rajada y el puñal negro que te sacó el corazón: “Como esclavo de esclavos he calmado mi ansia en este vaso inmundo empañado por vuestras babas. Mujer, he sido el último contigo y lo seré ya para siempre”.

El dios del templo, el que todo lo veía, miró a otro lado y bostezó.


ME ESTOY DESINTEGRANDO ‘Estos escombros pesan mucho…’, por Mauricio Jaramillo Londoño.



 (Llevo aquí quince años. Poco a poco me he ido desintegrando. Recién muerto, recibida esa cantidad de tiros en mi espalda y el de gracia, en mi cráneo, rodé por un abismo que calculo tendría doce metros; di tumbos contra las rocas lo que contribuyó al rompimiento de mi piel y desgarre de mis músculos; mis ropas ensangrentadas, sucias con los restos de mi cuerpo, terminaron por convertirse en pedazos de tela despedazados por las puntas hirientes de las piedras y manchadas por el barro que se escurría en ese atardecer tenebroso de tormenta, rayo y trueno.

He sufrido mucho bajo estos escombros. Cada vez pesan más pues capas y capas de tierra y basura rellenan La Escombrera; las máquinas mueven, aplastan, organizan, repletan este sitio y siento que mis restos, por la gran presión del montón, van a pulverizarse, literalmente convertirse en partículas diminutas e irreconocibles de lo que fue mi cuerpo.)

La tarde en que morí la tengo grabada en mi mente como el peor día de mi existencia, como el final de un camino terrible: ¡mi vida ha sido dramática!

»Nací en la Comuna Trece, dentro de uno de sus barrios. Corría el año 1980. Mi madre se recostó en el mueble que servía de sofá, silla de comedor, sillón para escuchar el radio o ver la TV. Su enorme barriga dentro de la que estaba yo ―recuerdo mis pataleos y ejercicios natatorios en esa bolsa llena de un líquido salado, ese plasma materno que yo avivaba con mis propios jugos y del cual me alimentaba también pues tomaba traguitos del plasma: ¡me parecía delicioso!―, su barriga, digo, le comenzó a doler bajito, un chorrito de agua le salió por entre las piernas, gritó varias veces tan alto que sus vecinos la oyeron, vino doña Crisálida Muñoz, la partera de la Comuna ―mi padre, un desconocido a quien nunca vi, por supuesto no estaba junto a mi madre: hacía meses se había esfumado de esta ladera―; doña Crisálida la calmó con sobandijas, acomodamientos, agua tibia, tal cual trago de aguadepanela. Mi madre despanzurrada  para poder parirme ―me contaron luego que yo tenía la cabeza muy grande, que mi mamá sufrió mucho conmigo al traerme al mundo―.

»Sacarme de la bolsa materna en la que pasé nueve meses fantásticos; quitarme esa tibieza maravillosa; hacer sufrir a mi madrecita querida en este nacimiento: ¡así empezó mi vida en el planeta! Ella trabajó de parto casi dieciocho horas seguidas, y al fin, con un berrido bestial surgí yo a la Tierra, a este lugar de padecimientos.

»Mis primeros años, desde bebé tomando leche materna de esos senos cálidos y dulces de mi mamá, hasta que di mis nacientes pasos temblorosos-frágiles-minúsculos, fueron días tranquilos, cuidado yo por las robustas manos de mamá y la atención jolgoriosa de mis hermanos. Empecé a murmurar algunas palabras coherentes ―los agugús, gorjeos y sonidos salían de mi garganta hacía meses… Las palabras surgieron de repente―.

»Asustado, espié por las rendijas del tablado de mi habitación las pequeñas sabandijas que se movían debajo de nuestro hogar: hormigas, cucarachas a montón, tal cual rata, dos sapos gordos de ojos saltones y pegajosos que se limpiaban las lagañas de sus vistas con un extraño movimiento de sus manos palmeadas, muchas cucarachas voladoras.

»Mirar rendijas, pararme en la puerta de la pieza ―nuestro hogar era una sola habitación en la que dormíamos, cocinábamos, comíamos, jugábamos―; observar las escaleras infinitas que bajaban hacia la ruidosa ciudad llena de una neblina tenue y fétida, voltear mi cabeza que me pesaba mucho y con estos mis ojos ―que hoy no tengo dentro de mi cráneo porque todo mi cuerpo está hecho polvo por el peso inaudito de los escombros―, ver las escalas de barro que subían hacia la cumbre distante en la que tal cual árbol se mecía con los ventarrones. Al amanecer ―cuando el sol no había brotado con toda su fuerza―, los portones despedían decenas de personas que bajaban los escalones corriendo, gritando, despidiéndose. Al anochecer, ya oculto el sol y con la luz de la luna o con la luz de la noche, retornaban centenares de piernas y murmullos a la Comuna Trece.

»Yo ya caminaba mejor, entendía muchas cosas, comía con mis propias manos ―claro que me ensuciaba muchísimo con la sopa y tal cual hueso que chupaba y chupaba sin descanso sacándole la sustancia hasta dejarlo pelado y blanco―. Aprendí a limpiar mis propias vergüenzas, a vestirme, bañarme los domingos en el platón metálico donde se recogía el agua lluvia o se guardaba el poco líquido que subía a nuestra ladera, agua que ascendía estas cumbres empinadas de Medellín cada cinco días dándonos la oportunidad de reunir en vasijas la existencia ―somos seres de agua, nuestro cuerpo es agua―. (De esta condición acuática me notifiqué al sentir cómo crujían mis huesos por el aplastamiento, cómo de mi carne y mis piltrafas salía un líquido de olor salobre y sabor ácido, cómo me iba reduciendo a nada, a huesos duros que se quebraban, cómo se escurrían mis restos empozados en un charco macilento. Quedé vuelto una húmeda hoja de hojaldre humana aplanada por el rodillo de la barbarie.)

»Ya jovencito con doce años a bordo, unos pocos estudios primarios, me fui uniendo a grupos del barrio, a pandillas callejeras que surgían como la gripe por todos los rincones miserables y hambrientos de las comunas. Mi mamá hacía lo que podía por nosotros, pero era tanta su pobreza, tan poco el dinero que reclutaba en el servicio doméstico, tan grande la carga de hijos y familia ―mi abuela materna y una tía paralítica vivían con nosotros en nuestra pieza diminuta―, que a duras penas desayunábamos caldo de papa, el almuerzo no existía y la comida plátano y frisoles. Nuestro hambre, nuestra indigencia, era la misma de toda esta plaga de pobres y desdichados que poblamos las comunas de Medellín, los barrios de lata de Bogotá, las invasiones de Pasto, la Kibera (el asentamiento informal más grande de Kenia), las favelas de Brasil, los barrios miserables de Bangladesh. Hemos sido seres, somos seres, fuimos seres ―mi caso es muy particular pues vivo aquí, bajo La Escombrera, apachurrado por toneladas de mugre y barro― condenados desde nuestra concepción, desde el momento en que mi padre se unió a mi madre, sentenciados a vivir en la infamia, el hambre, la miseria, el abandono.

»A los dieciocho años ya pertenecía a una banda de jóvenes sin destino, o mejor decir, con un propósito y un fin: violencia por la violencia misma, odio por el odio mismo, sangre por la sangre misma. Mi parche venía de las mismas orillas: casas de barro y lata, piezas húmedas descascaradas, inodoros desportillados, letrinas fétidas, luz eléctrica tembleque, agua racionada, trabajo honrado por ninguna parte, hambre y delgadez por toneladas: ¡padecíamos de rabia!  

(Dentro de este encierro tormentoso, desmembrándose mis pocos huesos, calcinándose bajo los escombros por culpa de un calor infernal que se padece aquí, pienso en mi destino: ¡el amor por mi familia, mi mamá, mis hermanos, mi abuelita, mis tíos y primos, ese sentimiento de afecto increíble que nos acompaña a todos los de la misma sangre; el asombro que me produjo siempre el abandono a que nos sometieron en la Comuna, nosotros los pobres de Antioquia, emigrados del campo, robadas nuestras pertenencias, apabullados por la violencia! La pobreza terrible que se transmutó en odio cuando comparé nuestra existencia con la de los barrios de los poderosos de Medellín, sin entender yo que por un revés de la existencia nací aquí y no allá.

Me pregunto en este depósito ruin, bajo el peso de los camiones y las máquinas, enterrado doce metros bajo tierra, qué habría acontecido si mi bisabuelo no hubiese conocido a mi bisabuela: simplemente no existiría yo; y si la madre jamás se hubiese encontrado con el padre del hijo del barrio opulento qué habría sucedido. Luego la existencia es un azar del destino, un juego de dados, un accidente. ¡Y qué maldito accidente me tocó a mí!)

»Recorríamos el barrio, respetábamos los linderos invisibles que nos separaban de las otras pandillas; nos unimos a grupos delincuenciales que nos enseñaron a ser malandros, a cortarle la cara a la gente si no estaba de nuestro lado, a aterrorizar a los extraños e incluso a herir a nuestros propios vecinos. (Entiendo hoy, tendido como estoy dentro de mi tormentoso aplastamiento que nuestro instinto animal de supervivencia se tomó nuestra alma y procedimos como pandillas de bárbaros. Pero: ¿Qué alternativas teníamos si estábamos condenados al infierno incluso antes de que nuestros padres nos gestaran?)

»De repente, un amanecer como cualquier otro, un millar de soldados, policías, bandas de paras, cuadrillas de otros barrios rodearon nuestras viviendas. Los capitanes gritaban, los tenientes vociferaban, dos coroneles, un general, King Kong y Aguilar ―paramilitares reconocidos en todos los rincones de las comunas― revolcaron una por una nuestras viviendas, apachurraron nuestros enseres, escarbaron en los escondrijos y nos amarraron, a los jóvenes, con cuerdas de nylon gruesas.

»Nos hicieron subir los escalones que yo de niño veía que conducían al cielo, a la cumbre, a la arboleda; decenas de nosotros en fila india, con las espaldas amenazadas por fusiles y metralla, a gritos y patadas, como animales, subimos uno a uno esos peldaños en una especie de camino al Calvario. Nos pusieron de frente a La Escombrera, nos obligaron a arrodillarnos ― ¡hijos de puta al suelo! ―.

»Me quemó, el primer balazo me quemó, pero fueron tantos, tantos entraron por mi espalda, y como no quería morir alguien de mando se acercó a mí por detrás, colocó un tubo frío entre mi cuello y mis hombros: oí el traquido, rodé derrumbe abajo, caí muerto, ―uno menos― gritaron. Estaba así, silente, mis aguas fuera del cuerpo, mi sangre desparramada sobre la tierra y, de pronto, un bulto enorme me cayó encima: tierra movida por un bulldozer amarillo, cuya enorme pala alcancé a ver, pala cóncava-brillante-dura.

(Anochecí muerto, sin compañía alguna, prensado por la tierra y la basura. Llevo años bajo esta escombrera y nadie sabe de mí, nadie me sepulta como me merezco, como un humano, no como una hiena.)

»Sé que desde las tribunas, los tribunales, las tribus urbanas, los trípticos señoriales, las columnas de opinión, la derecha enfurecida, con fiebre de sangre y garras de vampiro, encuentran r a z o n a b l e nuestra muerte: ¡hay que limpiar de mugre la faz de la Tierra!, ¡Eliminemos a los desechables! dirán ellos; pero yo, desde mi encierro, bajo centenares de toneladas de brozas y barro, con los bulldózeres caminando sobre mi panza todo los días, les digo: ¡¿Acaso no estábamos condenados desde nuestros orígenes!?, ¡¿No debían habernos salvado, otorgado una oportunidad, abrir sus manos para sacarnos del cieno?!

»Estos escombros pesan mucho… ¡Me estoy desintegrando!