La Oruga Azul.

La Oruga Azul.
La oruga se puso azul turquesa, porque presa de la luz de la poesía, reposa en las cuartillas de la mesa impregnada de tinta y fantasía… (Antonio Peláez Torres),

martes, 29 de diciembre de 2020

ABSOLEM (Revista electrónica), Núm. 50, 30 de diciembre de 2020 "Grecia y Roma, mundo clásico".





Revista ABSOLEM, editada en Guadix (GRANADA) por la Asociación para la Promoción de la Cultura y el Arte "La Oruga Azul", 

MIMESIS, por Isabel Rezmo.

 


Decidme:

-¿Cuál es mi oficio?-

 

Escucha a tu maestro

tensar la cítara para oír la belleza

del poeta.

 

Tus sentidos extrañan las palabras de los Dioses,

a través de la boca.

 

Tus sentidos aprietan la lengua,

ponen los verbos que han pronunciado

como faros del mundo,

y por  su sabiduría, imitados por  Homero.

 

Ya están las musas frente al gélido cuerpo

dispuesto a quemarlo. A sentir la picazón

de una reliquia, sentir la volatilidad del silencio

con la fuerza de los aedos.

 

La sagrada palabra despertará la Acrópolis,

alumbrará a sus Templos,

 gozarán sus ciudadanos;

 cobijando

al esclavo y al soldado.

 

Y bajo la atenta mirada de Atenea,

el filósofo purificará tu corazón,  purificará el orbe

y todo ser viviente.

 

El hombre sabio vivirá época tras época,

el necio penetrará en el Tártaro

donde habitan los muertos

-el vientre de Gea-

abismo deforme de todo cuanto odiamos.

 

Urano así lo dispone,

cuando el vacío y la oscuridad nos agita.

ESTIGIA, por Josefina Martos Peregrín

 


Le gustó el parque precisamente por su abandono, soledad, incluso cierto descuido visible en el espeso manto de hojas caídas, o en el amasijo de tierra y pelusas que cubría los bancos de forja. Siguió el Camino de los Tejos, anunciado pomposamente por un cartel de letras barrocas y oxidadas; húmedo y sombrío la llevó hasta una alta alambrada que circundaba el vasto solar de una antigua fábrica, probablemente una de tantas azucareras que hubo en la provincia.

Se alegró al encontrar por puro azar una abertura en la valla, justo ante ella; de otro modo, no la hubiera descubierto ni en cien años, tan disimulada estaba entre los harapos que colgaban de las varillas metálicas, como si una multitud hubiera perdido allí sus ropas, en su intento de traspasar la barrera.

Un camino ancho entre malezas, un portón medio abierto en el edificio principal y, a su alrededor, barracones, tinglados… ¡Perfecto! Justo lo que adoraba fotografiar: la degradación por el tiempo, el proceso de transformación que media entre  ser y  no ser. Feliz, a pesar del riachuelo fangoso, probablemente nacido de las lluvias de la víspera, que no tuvo más remedio que saltar, con la mala fortuna de perder algunas monedas que llevaba en el bolsillo, en el resbalón con que tomó tierra. No era gran saltadora y además no le importaba mojarse, con tal de evitar que su Nikon se mojara.

De una fotografía a otra, se acercó a la nave principal, la que debió ser refinería importante; bajo la cornisa aún se adivinaba el nombre, a pesar de las dos letras perdidas que mostraban tan solo su silueta claveteada: (PR)ESTIGIA. Antes de entrar, continuó con los cobertizos, detalles, tomas generales… El día era perfecto, nublado, de sombras difusas y silencio total.

No era la primera vez que se topaba, en el interior de antiguas fábricas, con vigas de hierro y elementos diversos producidos por “Ajuria”, una añeja siderurgia vasca, pero sí la primera que vio un cambio tan extraño en la marca: en todas las piezas se leía “Furias”, borrada  la “A” inicial a conciencia y rasguñado el hierro para tornar la “J” en “F” y añadir una “S” final. “Furias”… “Por aquí ha pasado algún maniático. O sigue dentro”, se dijo. Por primera vez sintió miedo. Quizá no era sino algún ocupa, como los

 

encontrados en ocasiones, pero a pleno día no suelen molestarse ni molestar. Más le asustaban los perros, los perros sin amo, desesperados, porque con ellos no hay diálogo posible.

Un gruñido. Otro. Sonaba allá, detrás de la serie de arcos de ladrillo. Con  la cámara lista y en modo ráfaga, cualquier cosa que asomara, saldría en la foto.

Ni siquiera llegó a verlo, le bastaron dos ladridos, espeluznantes, terribles, para salir corriendo y temblar incluso cuando se encontraba lejos. Había pasado el riachuelo a toda velocidad, sin pararse a pensar si se mojaba. Con los zapatos y los bajos de los pantalones embarrados, comenzó a buscar abertura. Y no daba con ella. Pero si no haría ni una hora que entró, tenía que haber una brecha en la alambrada, probablemente más de una. La recorrió, mirando de cerca, de lejos, pegándose al entramado metálico para buscarla al tacto, con el cuerpo, el anorak se le hacía jirones que se iban enganchando en las varillas…

Decidió hacer una pausa, respirar, tranquilizarse. Por primera vez miró hacia atrás, nada ni nadie la había seguido. Nadie a la vista, salvo sombras tenues, como llevadas por el viento, solo que no había viento. Tenía que tranquilizarse. ¿Y si viera las fotos? Muy buenas, se animó, había valido la pena el susto, la mayoría eran excelentes y la última, la del perro, muy curiosa, porque se veía claramente que sí, que era un perro, pero había movido la cabeza tan rápidamente que parecían tres, ¡lo que no le pasara a ella, un perro con tres cabezas!

LOS MISTERIOSOS ROLLOS DE PORRÓN DE ELEA, Miguel Arnas Coronado


        

Cuando el turco Quismet Ustuclul conoció a Roberto López no estaba en su mejor momento profesional. Un espía mediocre sólo se mantiene si husmea asuntos mediocres. En nómina del Mossad, Quismet vigilaba las actividades de los grupos islámicos proliferantes en Granada y provincia. Estos grupos estaban compuestos por inofensivos místicos y vigilarlos no tenía más razón para el Mossad que mantener el control de todo. Quismet llevaba en Granada una vida inocua, tratando, entre el calor andaluz, de no quitar ojo a mujeres cejudas cubiertas con gabardina y shador, o a barbudos en mangas de camisa y cráneo rasurado. Combinaba sus actividades secretas con negocios muy propios de su nacionalidad y de su ascendencia hebrea por vía de abuela materna, ascendencia de la cual había logrado un remoto apellido Peretz y un español pronunciado a la antigua lleno de camaretas, agoras, ondses y dodsenas. Conoció a Roberto López Pedrosa al paso de éste por la ciudad, de regreso de una misión en Almería, misión que le había dado más de un disgusto y por culpa de la cual se vio envuelto en ciudad ajena en toda la patulea del intento de golpe de Estado del 81. Porque también Roberto López trabajaba para unos servicios secretos, en este caso para el SSME, Servicio Secreto Militar Español, a las órdenes del general Reguero. Descansó en Granada y tuvo tiempo de coincidir con Quismet, intercambiar impresiones y recibir la oferta de compra de unos rollos antiguos, escritos en griego, lengua que Quismet conocía sin dominar, obra al parecer alusiva a cierto Porrón de Elea, acompañada de citas textuales de su obra perdida, sin duda filósofo presocrático con influencias de Epicuro y Heráclito; la primera sospecha de falsía por el presunto comprador se dio al recordar que Epicuro fue posterior a los presocráticos.

Quismet nada le dijo de cómo habían llegado a sus manos, y si lo hizo, mintió. López, aficionado a mercadillo y engañabobos como Quismet, supo ponerse a su altura con disimulo y logró una rebaja en el precio tan sustancial que cerraron el acuerdo. Regresó a Barcelona cargado con los manuscritos, procedió a traducirlos y se aprendió párrafos completos de memoria, párrafos que recitaba a sus embelesadas amigas que, admiradas de la erudición y muertas de risa por los estrafalarios aforismos del presocrático, se rendían a los morenos brazos del seductor López. Hizo, al cabo del tiempo, entrega de ellos a la Universidad barcelonesa, manera sibilina de adquirir fama y continuar en el candelero femenino, actividad valorada por él más que ninguna.

Sabido es que, ante la aparición de creaciones antiguas y desconocidas, sobre todo si su descubrimiento viene rodeado por una nebulosa de misterio, surgen las más variopintas teorías que contradicen versiones más o menos oficiales. Un grupo de despechadas (por abandonadas) amigas de Roberto López, comparecieron de inmediato tras el portentoso interés universitario por los manuscritos, asegurando que él ya les había contado las aventuras y teorías de Porrón de Elea, allá por la temprana fecha del año 68, cuando, estudiante preuniversitario y subyugado por Parménides, Zenón y otros, se había inventado un rijoso filósofo que aseguraba cosas tales como “lo único que merece la pena hacerse es la coyunda”, y que tras sesudas demostraciones sobre el sentido del verbo hacer y su comunidad etimológica con poetizar, conseguía vencer las más acérrimas virtudes. Se vendría así abajo toda la historia de Quismet Ustuclul y serían, por supuesto, falsos los manuscritos de Porrón y de su exégeta autor de los manuscritos, de quien se especulaba podía ser Plotino o quizá el docto esclavo Epícteto.

Pero sigamos el rastro de Roberto López, el último detentador particular y conocido de los manuscritos, y con más precisión, sigamos el rastro de estos últimos. Hay quien dice, lisa y llanamente, que no existen. Es demostrable que los tan traídos manuscritos desaparecieron nada más llegar a la Universidad barcelonesa, anunciando su rector, el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu, que para desgracia de la filología, la humedad catalana los había deteriorado hasta un extremo, convirtiéndolos en ilegibles; habían sido enviados para su casi imposible recuperación a la universidad de Brightonhyde, USA. También es demostrable que el señor D. Mariá Sistachs i Viadiu había a su vez desaparecido misteriosamente de la ciudad condal dejando atrás una malcarada esposa y cuatro hijos ataviados a lo punky. Corrió el rumor dudoso sobre si había sido visto en las Bahamas acompañado de algunas mulatas aparentes.

Resumiendo, de dos versiones disponemos sobre la posible naturaleza de estos escritos de y sobre el presocrático Porrón de Elea: tal vez Roberto López logró de veras obtener los manuscritos comprándoselos al turco Ustuclul, quizá Roberto López se inventó de cabo a rabo al personaje, inventándose, de paso, la existencia de los manuscritos.

¿Habrá una tercera? En febrero del 96, un desconocido Miguel Arnas publicó en la revista Ficciones de Granada una selecta enjundiosa sobre la filosofía de Porrón de Elea, más amplia que la aquí consignada, atribuyéndole la fábula a un tal Carlos Moreno, quizá un personaje de sus novelas pues se dice en los mentideros que el tal Arnas es novelista.

Tal vez no remate aquí la historia. ¿Existió verdaderamente Porrón de Elea? Es más, ¿existen Roberto López, Quismet Ustuclul o Miguel Arnas? Volvemos al problema de siempre, ¿quién narra? Tal es la respuesta al enigma Porrón: otra pregunta.

 

Pneuma y poiemai de Porrón de Elea

Porrón de Elea, a quien los chinos, con su tópica confusión de líquidas, cambiaban el nombre por otro figurable y de connotaciones diferentes, aseguraba que el cosmos tenía forma cónica.

Los primeros conocimientos geométricos sobre el cono datan de Menecmo y Apolonio de Perga, pero Porrón, como en tantas cosas, fue un adelantado, suponiendo que naciera antes que el primero.

Según él, la base de ese cono cósmico era infinita. En dicha base, y también en su generatriz, moraba la divinidad, causa generativa, como su propio nombre indica, del cosmos. En el vértice se situaba la méntula de la divinidad.

El cono porrístico o porrero, pues en dicha derivación no se ponen de acuerdo los exégetas, es, a pesar de su extensión, finito: lo infinito es su base y su vértice: lo extenso y lo intenso. Es éste uno de los enigmas de la cosmología porrera (adoptaremos aquí este derivado por parecernos más exento de alusiones indeseables a nuestro tratado). Pero dicho enigma tiene, como casi todo, su explicación.

El cosmos tiene medida, es mensurable y, por tanto, finito. Por contra, la divinidad carece de ella: su base es desmesurada, así como su vértice, aunque éste lo es, digamos, de signo negativo pues la imposibilidad de medición es debida a su pequeñez extremada o atómica, indivisible. Mas la manifestación de la divinidad es su filósofo (su en el sentido de propiedad exclusiva en ambos sentidos, es decir que la divinidad no tenía otro filósofo-cosmógono sino él), y el esquema cónico universal se reproducía en el microscosmos de Porrón de Elea. De tal guisa, el diminuto príapo porrero era la epifanía de la divinidad en el mundo conocido.

En el vértice, hemos dicho, se situaba según el eléata la méntula de la Divinidad, que al girar el cosmos cónico, se retorcía y retorcía hasta que el dolor se hacía insufrible. Cuando tal malestar se producía, la Divinidad invertía el sentido de giro cósmico. De tales inversiones se deriva, con una explicación que riza el rizo del absurdo vital, la fortuna, la suerte, la moira o la baraka, y según se tome, el eterno retorno. Esta creencia es la causa de uno de sus fragmentos: "lo que ha sido, a menudo no vuelve más, y sin embargo, a veces, lo que será ya ha sido".

Porrón, si bien consciente de la categoría chuchurrinosa de su miembro, se sentía orgulloso de él por dos razones: a/ por ser la manifestación del sistema cónico de la divinidad y b/ carecía de recambio.

La desmesura priápica porrera y divina, tenía su correspondencia social. Una correspondencia en el jardín, que así era llamada la diminuta comunidad formada por Porrón, sus discípulas o amantes (como prefería nombrarlas), y sus discípulos o amigos. Puede colegirse la preferencia sexual del eléata, preferencia por la que fue muy criticado.

Volvamos a la desmesura. Ésta no se exteriorizaba en el priapismo de Porrón, sino en la inmoderación de su eros. No vayamos a creer que Porrón era físicamente un anormal, ni por uno ni por el otro aspecto. Porrón era priápicamente diminuto como la mayoría de machos humanos. Sólo una minoría goza de un tamaño auténticamente desmesurado; pero esta minoría no goza de ser la manifestación microcósmica de la Divinidad.

Así, lo único que en el cosmos tiene derecho a ser desmesurado es la infinitud del vértice divino, y la constancia erótica de Porrón y sus amantes. Porque si el paralelismo entre el vértice divino, decreciente hasta la plétora, y el extremo priápico del filósofo, más bien cilíndrico y en ocasiones esférico o informe, podía entrar en contradicción (contradicción que preocupó innúmeras veces a Porrón durante su vida), no había, sin embargo, paradoja alguna entre dicho vértice divino y la más íntima feminidad, a su vez cónica aunque a la inversa de la conicidad teológica.

Porrón reconoció la urgente importancia de lo femenino. Esa importancia la da la infinita generatriz cónica, símbolo de: a/ la desmesurada capacidad humana, animal y vegetal de generación y b/ la desmesurada capacidad porrera de generación, contacto necesario éste entre la desmesura divina y la humana.

No debemos inferir de esto último que Porrón daba una importancia vital a la maternidad, es decir, a la reproducción. Cuando Porrón habla de generación, se refiere a la monstruosa capacidad vital de placer, titilación microcósmica que repercute en el macrocosmos y en la creación, en el caso humano, de pensamiento. Porrón, es más, entendía la reproducción como un mal, a veces necesario, a veces evitable. “¡Que se perpetúe quienquiera!”, exclama en otro de los múltiples fragmentos sueltos que nos quedan, para goce y disfrute de las generaciones venideras.

Pero acaso el mayor logro filosófico de Porrón estriba en un celebérrimo aforismo que reproduciremos al final. Ya se ha hablado de las investigaciones porreras sobre las curvas cónicas. Entre ellas, la elipse era su favorita. La aplicó innumerables veces en los parterres de su jardín (de inspiración epicúrea) dándoles forma elíptica mediante el célebre trazado del jardinero: dos estacas hundidas en el suelo, una cuerda de longitud mayor que la distancia entre ellas y sujeta a dichos maderos por sus extremos, y una tercera estaca marcadora del mantillo conservando tenso el triángulo formado por la cuerda entre las dos estacas fijas y la móvil que se movía alrededor de ellas. Pues bien, reflexionando sobre esa característica de la elipse que tiene dos centros, al revés del círculo que tiene uno solo, llegó a dos conclusiones diferentes: en primer lugar, que la forma perfecta y bella no es el círculo sino la elipse, y que a imitación de ella, los humanos debemos “no tener jamás una sola idea ni un solo amante”.

En un próximo volumen hablaremos de la amistad entrañable, ya en edad provecta, de Porrón de Elea con otro filósofo de fama: Heráclito Ris.

LA MIRADA DE ODISEO, por Tomás Sánchez Rubio

 


Fue mi padre Laertes, hijo de Arcisio, rey de Ítaca. Cuando yo todavía era un niño, me llevaba con él de caza al monte Nérito y me adiestraba en el manejo del arco. En aquellas ocasiones me hablaba, entre otras cosas que le venían a la memoria, de cuando persiguió al jabalí de Calidón, enviado por Ártemis para devastar el reino de Eneo, resentida por no recibir la ofrenda anual de este monarca.

            Qué extraños son los dioses: viven lejos de nosotros, sin importarles nuestra vida lo más mínimo, y, sin embargo, con qué facilidad se ofenden como niños caprichosos, con una ira incontenible hasta las lágrimas, si perciben que no les hacemos caso.

            Laertes se casó muy joven con Anticlea, mi madre. Ella era hija de Autólico, con quien mi padre viajó en el navío Argo, comandado por el noble Jasón, hasta la Cólquide en busca del vellocino de oro. Llamaban a Autólico el ladrón, el lobo, el astuto... tal como a mí también me dijeron más de una vez a lo largo de mi vida.

            Anticlea acabó con su existencia adentrándose en el calmo mar un soleado día, no soportando el dolor de la probable muerte de su hijo al otro lado del inmenso océano. Quiso reencontrarse con mi alma en estas mismas orillas donde ahora estoy sentado contemplando a la Aurora de rosados dedos. Aún creo escuchar de nuevo su voz dulce y a la vez rotunda, brisa fresca y vivaz... Muy pronto volveré a reunirme con ella en el Hades.

            Fui en un tiempo a luchar a tierras lejanas junto a Menelao de Esparta, el ultrajado esposo de Helena que huyó con el loco príncipe Paris; nos acompañaban su hermano Agamenón y Aquiles, el divino, cuya cólera indómita presencié, antes de una muerte impía, en compañía de los demás aqueos de hermosas grebas. Tras arrasar Ilión, la ciudad con murallas hasta el cielo, defendida hasta el final por los aguerridos hijos de Príamo, Poseidón me mantuvo lejos de mi patria otros diez años como castigo a la insensata ceguera que provoca la soberbia en los hombres. Luché por mi vida en salvajes aguas enfrentándome al Cíclope Polifemo, a las monstruosas Caribdis y Escila, a la inmensa soledad del piélago profundo... Aprendí a amar y a temer a los dioses y a su prole.

            Hace cinco años que retorné a Ítaca; cinco años que, con la ayuda de mi hijo Telémaco, esposo ahora de Nausicaa, y el fiel sirviente Eumeo, acabé con los nobles pretendientes al trono de mi reina, la cien veces amada y fiel Penélope, hija del  soberano Icario y de la ninfa Peribea.

            Sin embargo, ha llegado el momento de hacerme de nuevo a la mar. Es mi Destino y es mi Gloria.

            Atenea, la de hermosa cabellera, divina entre los dioses, no me abandones tampoco ahora: sé mi luz y mi guía.

            Vuelvo a la isla de las Sirenas, esas mujeres de irresistible canto, temibles y crueles vástagos de Aqueloo y Melpómene. Esta vez voy solo. No me taparé los oídos con cera como hicieron mis compañeros por consejo de la hechicera Circe, amigos añorados hasta la muerte. Quise escucharlas entonces e hice que me amarraran al mástil de mi nave con riesgo de perder la razón. Cuanto más les rogaba que me desataran, con más fuerza apretaban las cuerdas.

            Mi padre me decía, mientras cazábamos juntos en la montaña, que lo importante era el camino, el viaje, no el arribar. Quizás un día nazca alguien, un lúcido narrador de las cosas humanas y divinas, que en dulces y sólidos versos -como lo era la voz de mi madre-  se encargue de recordárselo a las generaciones venideras.

            Ahora tengo que marchar de nuevo. Quiero volver a escuchar el canto de las Sirenas por última vez.

HABLANDO DE LETRAS con Luz Gabás



Luz Gabás Ariño nació en 1968 en Monzón (Huesca). Se licenció en Filología Inglesa y obtuvo la plaza de profesora titular de escuela universitaria. En 2007 escribió su primera novela, Palmeras en la nieve. Publicada en febrero de 2012, se convirtió en el debut español de más éxito de ese año y fue traducida a distintos idiomas. La adaptación de la novela al cine supuso un rotundo éxito y la película consiguió dos premios Goya.

En 2014 publicó Regreso a tu piel y, en 2017, Como fuego en el hielo. Con ambas novelas, editadas por Planeta, Luz Gabás se consolidó como una de las grandes autoras de nuestros días, por lo que ha recibido el reconocimiento de lectores y asociaciones culturales y de libreros de toda la geografía española. Su obra está siendo publicada en varios países.

Actualmente reside en Benasque, en las montañas del Pirineo aragonés, donde encuentra la inspiración para su trabajo. El latido de la tierra (Planeta, 2019) es su nueva novela.

¿Cómo llega Luz Gabás a la creación literaria?

R. Me ha gustado leer y escribir desde niña. Por cuestiones laborales iba postergando la preparación de un proyecto grande. A los cuarenta años decidí cambiar de vida y empezar a diseñar la que sería mi primera novela, Palmeras en la nieve. Gracias al éxito que tuvo, pude dedicarme a escribir.

¿Qué ingredientes, según usted, tendría una buena novela?

R.  Personajes identificables y equilibrio entre acción y mensaje. Trato de escribir como me gustaría que me contasen a mí una historia o aplicando los criterios que busco yo en una novela: que me instruya, me entretenga y me conmueva.

¿Con qué novela de las que ha publicado ha disfrutado más durante el proceso de escritura? ¿Por qué?

Con Regreso a tu piel, porque aprendí mucho de un tema que me apasionaba y del que desconocía mucho: los procesos de brujería por parte de los concejos de los pueblos. El miedo como causa de agresividad social ha estado entre nosotros a lo largo de la historia. Aprendí del pasado y del presente.

¿Qué novela de las que ha publicado, le ha resultado más complicada construir?

R. La última, El Latido de la tierra, me costó porque tenía que ser policíaca y no es un género en el que me sienta especialmente cómoda. La respuesta real a su pregunta es: la que estoy escribiendo ahora mismo. Es muy, muy complicada porque abarca muchos años e intervienen muchos personajes. No recuerdo este sufrimiento de documentación y encaje ni con Palmeras.

¿Piensa usted que antes de ponerse a escribir una novela hay que tener claro, al detalle, lo que se quiere contar?

R. No es necesario tener claro al detalle, pero sí la arquitectura completa. Si no sabes adónde va a llegar un personaje, no vas a poder construir su evolución. Los detalles de decoración y ajustes pueden esperar a las siguientes vueltas y revisiones; la trama principal y las acciones de los personajes, no.

¿Qué aconsejaría a una persona que quiere escribir una novela?

R. Que tenga muy claro en qué genero se siente cómoda; que, aunque desee narrar algo muy cercano, redacte pensando en que su novela puede leerla alguien que viva en la otra punta del mundo; y que no tenga ni prisa ni miedo a cortar, tirar y reescribir.

 

JULIO CÉSAR REPARTE HACIENDAS A SUS LEGIONARIOS EN LA RECIÉN FUNDADA COLONIA ‘IVLIA GEMELLA ACCI’, por F. Javier Franco.

 


Es el albor del nuevo día una corona

que no reclama laureles, sino los esparce,

para ser recogidos entre las mieses cándidas.

Para los héroes ocultos la fama miente,

la tierra blanda es cetro.

 

El ajado valle que no ríe no está yermo,

tan sólo urge la sangre para bendecir pasos

arañados y cansados, solitarios como,

entre el sudor escondido y rojo, una batalla.

La sangre tan sólo urge.

 

Sin dueño reposan simientes de los cadáveres

que inmaculadas esperan ser vientres fecundos,

que recoger en la hora herida de la siega.

Para vosotros, héroes, Roma os rinde el podio

de la humilde cosecha.

 

He aquí el valle que brindó en la luz Venus a Himilce,

donde arrancar de la sed la aliviadora agua

para madurar juntos los frutos y los hombres,

en una secular labor como estos páramos.

¡Tierra blanda que os crece!

¡Sangre sois para las cosechas!